Capítulo Siete #2
—A estas alturas, mis hermanos ya están en acción y Robby ha salido de la residencia asistida, camino de otra más segura.
Levantó la cabeza de golpe y clavó la mirada en mí, con los ojos como platos.
—¿Qué?
Su mirada atónita me revolvía las tripas.
—Hice lo que había que hacer.
—¿Lo que había que hacer? —repitió aturdida—. Espera. ¿Qué demonios quieres decir? ¿Sacaste a Robby de la residencia? ¿Ya salió?
—Somos rápidos.
Eché un vistazo al móvil y comprobé la hora.
—Si todo ha ido según lo previsto, a estas horas ya está hecho.
—¿Hecho? —Se quedó lívida—. ¿Quieres decir que Robby se ha ido de Egypt? ¿De verdad se ha ido?
—Se ha ido y está a salvo —repetí, notando su ansiedad creciente en la boca del estómago.
—Dios mío.
Se levantó de un salto y empezó a ir de un lado a otro por la pequeña habitación.
—¿Qué has hecho? ¡Ray me va a matar! Peor. ¡Te va a matar a ti!
—No es tan fácil —dije, pero no me escuchaba.
—¡Idiota imprudente y arrogante!
Se pasó los dedos por el pelo, tirando de los mechones índigo.
—¡No te pedí que hicieras esto!
—Cierto —admití—. Pensé que quizás confiarías en mí para tomar esta decisión.
—¿Confiar en ti? —El pánico le nubló los ojos y le afiló la voz—. ¡No te conozco de nada! No eres Dios. Vas a conseguir que maten a Robby, que nos maten a todos. Para esto. Tienes que irte. Ahora. Antes de que Ray se entere.
—Tranquila —dije—. Todo va a salir bien.
—¡Te equivocas! No va a salir bien. Nunca sale bien.
Se paró en seco y se frotó la cara con cansancio.
—No conoces a Ray. Robby está en peligro.
El móvil me pitó y llegó una foto. En la imagen, Jax llevaba uniforme de enfermero y Troy iba con su traje oscuro de negocios.
Ambos viajaban en la parte trasera de una ambulancia, flanqueando a un hombre de unos treinta años, con gafas gruesas, sentado en una camilla, que mostraba una sonrisa torcida y levantaba el pulgar.
El pie de foto decía: Tenemos a Robby. Es la monda. De camino a la casa de seguridad.
—Todo ha salido bien y Robby está estupendamente.
Levanté el móvil.
—¿Quieres verlo?
Blue vino hacia mí pisando fuerte, me arrancó el móvil de las manos y se quedó mirando la foto en la pantalla. Se quedó boquiabierta y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Es él —susurró—. ¡Es él de verdad!
—Pues claro que es él.
¿Qué más hacía falta para que esta mujer lo entendiera?
—Está a salvo, con mis hermanos, de camino a una residencia asistida de primera y segura. Ya no tienes que preocuparte por él. Esta es tu oportunidad, Blue. Es hora de largarse de aquí.
Blue se dejó caer contra la pared y, aferrando el teléfono, me miró. Un sinfín de dudas le nublaban la mirada. Abrió la boca para decir algo, pero el móvil volvió a pitar y dio un respingo. Me lo devolvió.
Era un mensaje de Max: Tengo que hablar. Urgente.
Un mensaje urgente de Max no era algo que pudiera ignorar, pero ahora mismo la prioridad era sacar a Blue de Egypt.
—Recoge tus cosas —dije, arremangándome—. Solo lo esencial. Nos vamos ahora mismo.
—Yo... —tartamudeó—. Tengo que pensarlo. No sé qué decir, qué hacer.
—Blue, confía en mí.
Le puse las manos en los hombros, le sostuve la mirada y, acercando mi rostro al suyo, le di un beso rápido en los labios.
—Lo tenemos controlado. Nos vamos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —murmuró, rozándose con los dedos aquella boca preciosa—. De acuerdo.
Fui directo al baño, cerré la puerta y, después de aliviarme, me acerqué al lavabo. Frente al espejo, me lavé rápidamente.
El móvil me vibró en el bolsillo, un zumbido incesante, insistente. Lo saqué y miré la pantalla. Otro mensaje de Max.
911 y Contesta el maldito teléfono.
Solté una risita. Mi hermano el marine no tenía ni pizca de paciencia.
Acepté la llamada y me encajé el móvil entre el hombro y la oreja.
—Apollo al habla.
—¿Pero qué coño, tío? —La voz ronca de Max resonó en la línea sin el menor esfuerzo por contener su irritación—. Tengo información que necesitas. ¿Por qué cojones no has contestado?
—Acabo de hacerlo —dije, secándome las manos—. Suenas raro, hermano. ¿Qué pasa?
—¿Estás sentado?
—No —dije—. Pero dime de todas formas.
—Blue Weber no existe.
Se me cerraron los dedos en torno a la toalla.
—Eso no tiene ningún sentido —cambié el peso de un pie a otro—. Debes haberte equivocado, haberte saltado algo. Blue Weber sí existe. Está ahí fuera, al otro lado de mi puerta, ahora mismo.
—Negativo —dijo Max—. Me he dejado el culo en esto, hackeé tres bases de datos gubernamentales distintas, lo verifiqué y lo volví a verificar. Me costó lo mío encajar las piezas, pero mi investigación es cien por cien fiable.
Las baldosas del baño irradiaban el frío que se colaba del exterior, pero bajo mi camisa, una gota de sudor brotó entre mis omóplatos y empezó a deslizarse lentamente por mi espalda. Se me agrió la boca y se me encogieron las tripas con un mal presentimiento.
Max no cometía errores. Cuando él decía cien por cien, era certeza absoluta. Dejé la toalla, me pasé el móvil a la mano y me obligué a hablar.
—Dime.
—Esa mujer no es Blue Weber.
—Entonces, ¿quién demonios es?
—Prepárate para el aluvión de datos —dijo Max—. ¿Estás listo?
Todo lo listo que iba a estar.
—Dispara.
—El padre de Ray Weber era un skinhead conocido con un largo historial delictivo.
Murió en una prisión federal, lo mataron en una pelea hace años.
Ray tomó el control de la banda de su padre y la convirtió en un vórtice de supremacía blanca financiado por una red de tráfico de drogas y armas con tentáculos por todo el estado.
—Parte de eso ya lo sabía por estar aquí —dije—. Sigue.
—La madre de Ray Weber tuvo un segundo hijo antes de que el padre entrara en la cárcel. Algo pasó cuando el niño era un bebé y quedó con discapacidades del desarrollo.
—Robby Weber.
—Exacto —dijo Max—. La madre de Ray y Robby Weber se divorció del padre cuando este fue a la cárcel y luego volvió a casarse. El segundo marido murió. Pero antes de que falleciera, ella tuvo otra hija.
—Ahí lo tienes —dije, bastante aliviado—. Blue Weber sí existe.
—No, ¿no lo ves? Su nombre no es Blue Weber —replicó Max con impaciencia—. Por lo que he podido averiguar, Blue es un apodo reciente.
—¿Cómo de reciente?
—Desde que empezó a bailar en The Hangout, más o menos.
—Sigue, Max —esa mala sensación en la boca del estómago no dejaba de crecer—. Si no es Blue Weber, ¿cuál es su verdadero nombre?
—El nombre legal de Blue es River —dijo Max—. River Niles.
Las baldosas temblaron bajo mis pies. El baño empezó a dar vueltas y tuve que agarrarme al lavabo para no caerme. Forcé las palabras a salir de mi garganta atenazada.
—¿Me estás diciendo que Blue es la misma persona que Leo quería que encontrara?
—Afirmativo. Blue es River Niles y también la dueña de The Hangout.
Se me nubló la vista. Ahogué el gruñido en mi garganta. No podía ser. Blue no podía ser River Niles. Era imposible que fuera la dueña de The Hangout, el antro que tanto odiaba. Me lo habría dicho cuando se lo pregunté.
¿Verdad?
Pero en cambio, Blue me había dicho que el dueño era otra persona.
¿Por qué me habría mentido?
Era difícil cuestionar los hallazgos de Max, pero esta vez tenía que haberse equivocado. Blue no era River Niles. No podía serlo.
Tampoco era como Ray Weber. No era violenta, racista ni fanática. Iba por la vida afilada como una navaja, pero detrás de su fachada de chica dura, era un alma dulce y sensible.
Lo sabía.
Me había acostado con ella.
Apreté el móvil en la mano.
—Creo que esta vez te has equivocado, hermano.
—Me temo que no —dijo Max—. Te estoy diciendo la verdad.
De repente, necesitaba confirmación inmediata de que Blue no era River Niles. Eso aclararía el error. Con el corazón latiéndome en la garganta, abrí de golpe el botiquín y rebusqué entre los estantes abarrotados.
Ahí. Un frasco de pastillas. Analgésicos. Para el pie de Blue.
Giré el frasco entre los dedos y entrecerré los ojos para leer el nombre de la etiqueta. Las letras en negrita me golpearon como un puñetazo en la nariz.
River Niles.
Mudo, volví a dejar el frasco en el estante. Se me entumecieron las manos. Y la mente. Por el rabillo del ojo, divisé una pequeña tira brillante metida en la esquina interior de la puerta del botiquín.
No conseguía enfocar la vista en las imágenes borrosas que venían de uno de esos fotomatones de estaciones de tren y bares. Me temblaban los dedos, pero saqué la pequeña tira del borde metálico y la miré incrédulo.
Se me trabó la mandíbula. Ahí, en blanco y negro, había una versión más joven de Blue sin rastro de gótica, una Blue feliz, sonriente, casi aniñada, riendo y haciendo el tonto con un chico igual de feliz.
Tenía ojos oscuros, pelo castaño, una nariz aguileña y marcada, y esa sonrisa traviesa que había visto por primera vez en el centro de menores donde había conocido a la mayoría de mis hermanos. Habría reconocido esa sonrisa y esa cara en cualquier lugar del mundo, incluso en plena oscuridad.
En la primera foto, sacaba la lengua. En la segunda, se aferraba a Blue y fingía lamerle la cara. En la tercera, besaba a Blue de lleno.
Joder.
Se me cayó el alma a los pies.
Esto no está pasando.
Me froté los ojos y volví a mirar la secuencia de fotos que se arrugaban entre mis dedos. Sabía quién era aquel hombre sin la menor sombra de duda.
El suelo se abrió bajo mis pies. Me llevé la mano al pecho. Dentro, mi corazón se hizo añicos con el eco de mi agonía silenciosa.
—Apollo, ¿estás ahí? —la voz de Max atravesó el ruido—. ¿Puedes oírme?
—Sí —murmuré con esfuerzo—. Te oigo.
—Blue Weber es River Niles, la mujer que estábamos buscando —la voz de Max vibraba de emoción—. Lo lograste, Apollo. La encontraste, como Leo quería. ¿Entiendes lo que eso significa?
—Sí, lo entiendo.
Blue era River Niles, la mujer de Leo.
Y acababa de acostarme con la mujer de mi hermano muerto.