Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintisiete
57%

Capítulo veintisiete

Marisol

El corazón me dejó de latir. La puerta se cerró de golpe a mi espalda. Por un instante, me quedé allí paralizada, incapaz de asimilar lo que veía.

Pálida y llorosa, Beth se acurrucaba en un rincón bajo la amenaza del matón que le apoyaba el arma en la coronilla. Otros hombres nos rodeaban, apuntándonos a Troy y a mí con armas de grueso calibre. Y luego estaba Alfonso.

Alfonso. Aquí. ¿Cómo?

Estaba sentado al otro lado de la habitación, contra la pared del fondo, enmarcado por dos ventanales alargados a cada lado de su silla.

Tenía a Lulu en el regazo. La niña se mantenía muy erguida, el cuerpo tembloroso, la mirada alternando entre mí y el arma negra que Alfonso le presionaba contra la sien.

Quería abalanzarme sobre Alfonso, arrancar a Lulu de su regazo y borrarle la sonrisa petulante de la cara con una esponja empapada en lejía. Quería sacarle los ojos y hacerle entrar en razón a golpes. ¡Estaba usando a su propia hija como rehén, por el amor de Dios!

Pero Troy me lanzó una mirada de advertencia para que no hiciera ninguna locura. Afiancé los pies en el suelo y me mordí los labios hasta saborear la sangre. Apenas podía oír mis propios pensamientos por encima del pulso que me retumbaba en los oídos.

Esto no podía estar pasando. Troy y sus hermanos habían tomado todas las precauciones posibles. Parpadeé varias veces, pero cuando volví a mirar, Alfonso seguía allí, observándome con una mueca burlona.

Mantén la calma. Me obligué a respirar. Usa la cabeza para encontrar una salida de este lío.

¿Por qué el dron de Max no había detectado la señal térmica del hombre?

Obtuve la respuesta cuando Alfonso rompió el silencio de la habitación.

Cambió a Lulu de posición en el regazo, se arrancó el poncho plateado que llevaba sobre la cabeza y lo dejó caer al suelo con despreocupación.

Mis ojos fueron directos a la prenda brillante.

Estaba hecha de mylar, un material que atrapa el calor.

Los demás matones también llevaban mantas térmicas.

Los ponchos de mylar y la red de camuflaje bien fijada al techo de la cabaña explicaban por qué las cámaras infrarrojas del dron solo habían detectado las débiles señales térmicas de Beth y Lulu, y no las de los matones que aguardaban para tendernos una emboscada.

Todo aquello parecía una pesadilla, pero cuando miré el rostro pétreo de Troy, supe que no estaba soñando.

Alfonso estaba aquí.

Tenía a Lulu.

Estábamos rodeados.

Tragué saliva, aterrorizada. Las piernas me temblaban como un andamio a punto de venirse abajo.

—Hola, Troy —la voz untuosa de Alfonso rezumaba triunfo—. No te importa que te tutee, ¿verdad? Ahora que tienes todos esos AK-47 apuntándote a la cabeza, puedo llamarte como me dé la puta gana.

Un gruñido brotó de la garganta de Troy, pero cuando habló, su voz sonó suave como la miel.

—Troy está bien, siempre que no te importe que yo te llame simplemente «gilipollas».

—Cuidado —Alfonso hundió el cañón del arma en la sien de Lulu—. Nunca tuviste ventaja, y mucho menos ahora. Suelta el arma. Está poniendo nerviosos a mis amigos. ¿O prefieres ver a Lulu herida por tu desobediencia?

Con el bíceps en tensión y los pies bien plantados, Troy tensó el antebrazo mientras acariciaba el gatillo. La furia irradiaba de él, emanando de sus poros en oleadas de calor.

—Esa niña es tu hija —Troy mantuvo el arma apuntando a Alfonso—. No le harás daño.

—¿Eso es lo que piensas? —la sonrisa plácida de Alfonso me provocó un nuevo escalofrío de terror que me recorrió la columna—. ¿Que no le haré daño porque es mía? Oh, Troy. Qué poco me conoces.

Alfonso negó con la cabeza y chasqueó la lengua, un sonido que me puso los pelos de punta.

—No soy un hombre sentimental —su sonrisa se volvía más horrible con cada palabra—.

Pragmático. ¿Recuerdas? Eso es lo que soy.

Solo hay una Marisol Méndez que puede testificar contra mí en varios tribunales.

En cuanto a esta gatita mocosa y sarnosa, no tiene ningún valor real para mí.

¿Sabes que puedo fabricar tantas como quiera?

Todos los músculos de Troy se tensaron de indignación, pero fueron los sollozos de Lulu los que me partieron el corazón.

Eran los llantos de una niña rechazada, de un ser humano traicionado.

Las lágrimas le corrían por la cara, los labios temblorosos de un terror indecible.

En algún lugar del cielo, Desiree también lloraba.

La ira me cegó, ardiente e intensa. Apreté los dientes hasta que me dolieron. ¿Qué clase de monstruo arriesgaría a su propia carne y sangre para conseguir lo que quería?

—No lo repetiré —espetó Alfonso—. El arma.

Agarró a Lulu por el pelo y tiró con un tirón brutal que le retorció el cuello y la hizo gritar de dolor.

Se me subió el estómago a la garganta.

—Si le haces daño, te mato.

—Cállate, puta —Alfonso mantuvo la mirada fija en Troy—. El arma.

Troy vaciló, la mandíbula apretada, los ojos ardiendo de rabia negra como la obsidiana. Me mordí los labios, desgarrada por el miedo. Si Troy entregaba el arma, quedaría indefenso. Pero si no lo hacía, Lulu sufriría.

Eso último no era algo que Troy estuviera dispuesto a arriesgar. Con movimientos lentos, dobló una rodilla, dejó caer la carabina al suelo y se irguió.

Tres de los hombres de Alfonso rodearon a Troy.

Uno le apuntó a la cabeza, otro le clavó el cañón en la espalda, el tercero le apuntó al corazón.

Un contacto frío en la base del cráneo me anunció que también tenía un arma a la espalda.

Me estremecí de pavor. El quinto matón mantenía encañonada a Beth, que seguía acurrucada en el rincón.

Seis asesinos armados, contando a Alfonso. Troy desarmado. Las vidas de Beth y Lulu en juego. Sin salida. A menos que…

Desiree, dame valor.

Lulu gimoteó.

—¿Tía?

La súplica en sus ojos castaños, anegados en lágrimas, casi me mata. Quería estrechar a Lulu entre mis brazos, abrazarla y decirle que todo iba a salir bien.

Pero no podía mentirle, y el brillo en los ojos de Alfonso me confirmó que le importaba un bledo la seguridad o la cordura de su hija. El terror y la furia me sacudieron el cuerpo, una combinación explosiva.

Respiré hondo e intenté que no me temblara la voz. —Lulu, cariño, este es mi marido, Troy. Queremos que vengas a vivir con nosotros. Estamos aquí para hablar con tu padre sobre eso. Pero necesito que seas valiente. ¿De acuerdo?

—¡Silencio! —escupió Rivera, clavándome la mirada mientras apretaba el brazo alrededor de la cintura de Lulu—. No quiero oír ni un pío de ti.

Lulu se quedó rígida en su regazo, con los ojos muy abiertos y las mejillas húmedas de lágrimas.

Observé impotente cómo se le apagaba la mirada y su rostro perdía toda expresión.

Se metió el pulgar en la boca y empezó a mecerse en el regazo de su padre.

Allí mismo, ante mí, retrocedió al estado catatónico que la había atrapado cuando asesinaron a su madre.

—¡Quédate quieta! —Rivera zarandeó a su hija con tal fuerza que Troy se tensó de rabia a mi lado.

La pequeña cerró los ojos y se hizo un ovillo. Se notaba que se había desconectado del mundo.

Tenía que sacar a Lulu de allí.

Su estado agravó mi desesperación. No podía fallarle a Desiree. No podía permitir que mataran a su hija. Enganché los pulgares en los bordes del chaleco táctico y me obligué a dejar de temblar y a pensar con claridad.

—Mucho mejor —Alfonso se recostó en la silla, que crujió bajo su peso—. Ahora, dile a tu equipo que se retire.

Con la mirada encendida de furia, Troy se llevó la mano al comunicador del oído. —Retírense. Es una orden.

Alfonso hizo una seña a uno de sus matones. —Desactívale el comunicador.

Uno de los hombres le arrancó el comunicador de la oreja a Troy y tiró del cable del receptor. Troy no se inmutó. Apretó los puños y fulminó a Alfonso con la mirada.

Alfonso se aflojó la corbata con la mano libre y esbozó su fea sonrisa burlona. —Ahora que has aprendido una lección de humildad, vamos a tener una pequeña charla.

—No he venido a charlar contigo —gruñó Troy.

—Pero me vas a escuchar. Con atención. Está la niña, por supuesto —le dio unas palmaditas en la cabeza a Lulu como si fuera un perro y señaló con la barbilla hacia Beth—. Y está la anciana de allí. Los Battleson no dejan que los inocentes paguen por sus errores. ¿No es así?

—Cien por cien —dijo Troy.

—Excelente —dijo Alfonso con excesiva alegría—. Entonces estas dos no tienen por qué sufrir una muerte lenta si cumples con mis deseos.

Troy se cruzó de brazos, ignorando al nervioso grupo que se estremecía con cada uno de sus movimientos. —Vale, morderé el anzuelo —dijo—. Preguntaré lo obvio. ¿Por qué no matarnos a todos y acabar de una vez?

—Buena pregunta —Rivera esbozó una sonrisa burlona, aunque aprobatoria—. Estamos hablando de mi futuro. Has conseguido alterar el frágil equilibrio que podría destruir mi poder. Lo quiero de vuelta, todo.

Abrí la boca y la cerré. Maldito narcisista. Flexioné los dedos, deseando tener garras en vez de uñas. Me moría de ganas de arrancarle los ojos.

En lugar de eso, palpé la esquina interior derecha del chaleco y encontré poco consuelo en el tubo de metal frío que había escondido allí. Estudié a los hombres que nos rodeaban.

No eran los matones originales de Alfonso, los fanáticos guardaespaldas iraníes y cubanos que lo protegían en su propio país. Estos eran mercenarios. ¿Hasta qué punto le serían leales a Alfonso?

Alfonso me ignoró y centró su atención en Troy, la verdadera amenaza en la habitación. Para Alfonso, yo no era más que una hembra insignificante, una especie inferior sin valor ni voluntad, un animal al que podía someter a puñetazos como había hecho con mi hermana.

—Tu inmunidad diplomática se ha acabado —dijo Troy—. Eres un fugitivo buscado. Tu único futuro es la cárcel.

—Puede que ahora sea así, pero todo eso podría cambiar —Alfonso hizo una pausa teatral, el muy dramático—. Con tu cooperación, por supuesto.

—¿Crees que voy a cooperar contigo? —Troy soltó un bufido despectivo—. Debes de estar colocado.