Capítulo Nueve
Troy
—Max, ya no aguanto más la espera —apreté el móvil en la mano, yendo de un extremo del pasillo al otro, intentando quemar el exceso de energía que me recorría como una descarga eléctrica—. Llevamos cuatro días aquí. Necesito salir de este lugar, ahora mismo, hoy.
—Hermano, ya te lo dije —dijo Max, con tono paciente pero tenso—. Estamos haciendo todo lo posible para traerte de vuelta. Preparamos una operación, ejecución prevista para mañana. Pero hay que ser cautelosos. No podemos darle ninguna ventaja a Rivera.
Max tenía razón, pero yo estaba al borde de la desesperación. Miré la puerta de la Suite Roja como si fuera la entrada al infierno. O al cielo. Marisol estaba ahí dentro, toda dulce, con esas curvas, deliciosa, esperándome.
En los últimos tres días, habíamos hablado, jugado, nos habíamos dado atracones de películas y series, leído uno al lado del otro, hablado todavía más. Para ser sincero, nunca había compartido tanto de mí mismo con nadie fuera de mi familia elegida. Era bastante impactante.
Quizá por su formación científica, Marisol era curiosa como pocas. Cuando le preguntaba por su carrera, ella quería saber más sobre la mía. Cuando le preguntaba por su infancia, me contaba todo lo que quería saber y luego me hacía un montón de preguntas sobre la mía.
Me salté los primeros años por completo. Había jurado que nunca hablaría de esa mierda y pensaba cumplir mi palabra. Pero sí le conté cómo conocí a mis hermanos durante mi paso por el reformatorio y cómo nos convertimos en un equipo mientras estábamos encerrados allí.
Quería saber por qué había acabado en el reformatorio, pero esquivé la pregunta. O tal vez percibió mi reticencia y simplemente lo dejó estar. Conociendo lo lista que era, apostaba por lo segundo.
En cambio, le conté cómo todos nos convertimos en una familia bajo el mismo apellido cuando Leo nos encontró un hogar con Scott y Maria Battleson.
Marisol quería saber todo sobre mis hermanos y las mujeres de sus vidas, y le di el gusto.
Prefería hablar de los demás que de mí. Sabía escuchar, y cada vez que sonreía, esa cosa rara volvía a pasarme en el pecho.
¿Qué coño me pasaba?
En los últimos días, había empezado a desear el sonido de su risa y el brillo que le iluminaba los ojos cuando algo la fascinaba, divertía o atraía, cosa que pasaba a menudo. Joder, hasta me gustaba el pequeño puchero que me ponía cada vez que quería mangonearme, cosa que también pasaba a menudo.
Estaba metido en un buen lío.
No había vuelto a sacar el tema del sexo. No hacía falta. Su cuerpo transmitía las señales adecuadas constantemente. No sabía si lo hacía a propósito o no, si era mi calentura la que marcaba el ritmo o la suya.
Daba igual. No necesitaba seducirme. Estaba conectado a ella como un cable de alto voltaje a su central eléctrica. Mi cuerpo se alimentaba de su energía, vibrando con sus corrientes subterráneas de deseo.
El problema era que no tenía forma de procesar el intercambio constante entre nosotros. Y no ayudaba que estuviéramos en Le Chalet, donde el ambiente erótico lo impregnaba todo.
La piscina nudista no era un destino que pudiera manejar con Marisol a mi lado.
La Suite Roja, con sus pinturas explícitas, su prominente banco de sexo y su ambiente erótico, no ayudaba precisamente a mi estado.
Había estado empalmado durante horas la noche anterior, cuando Marisol me preguntó para qué servía el gancho del techo sobre la cama.
Por mucho que intentara ser técnico, explicarle la mecánica de un arnés de suspensión sexual me llevó al límite de mi resistencia. En cualquier momento, mi polla dura como el acero iba a resquebrajarse por fatiga del metal.
Una ejecución rápida habría sido más piadosa que la larga y excruciante miseria de tener que mantener las manos quietas mientras dormía en la misma cama que ella cada noche.
—¿Cuándo crees que podrás sacarnos de aquí? —le pregunté a Max.
—En cuanto el tráfico hostil disminuya —dijo—. Ha sido tan denso que todavía no hemos podido recuperar el McLaren.
—Hijos de puta cabrones. —Si seguía maldiciendo así, me iba a quedar sin tacos.
O me iba a convertir en Jax, el más malhablado de mis irreverentes hermanos.
Tuve una visión de mi pobre y precioso McLaren abandonado en el viejo túnel de lavado, o peor, robado por esos matones asquerosos—.
Más vale que mi coche siga donde lo dejé.
—Tranquilo, baja el pistón —dijo Max—. El rastreador indica que tu coche está bien.
Bueno, al menos esos imbéciles no lo habían encontrado todavía. Y lo mejor: tampoco habían encontrado a Marisol. Si tenía que elegir entre ella y el McLaren, que se quedaran con el coche.
Oh, mierda. Me pasé la mano por la cara. Estoy tan jodido.
—No lo entiendes, Max —intenté no sonar desesperado—. Mientras esté atrapado aquí, no puedo avanzar con lo demás. Estoy paralizado.
—Sí estamos avanzando —me aseguró Max—. Envié copias encriptadas de los documentos a las personas de la lista que me diste.
Vamos directos a los de arriba con esto.
Kass, Apollo y Jax están moviendo sus contactos, y Trev, el equipo cibernético y yo llevamos al pie del cañón las veinticuatro horas. No estás paralizado.
—Me estoy volviendo loco de tanto encierro.
—Sí, eso lo pillo alto y claro —Max hizo una pausa—. ¿Y eso por qué?
Porque estaba atrapado hora tras hora en una habitación con una mujer que me volvía loco de remate.
Porque era ardiente, sexy y estaba dispuesta, y yo no podía tenerla.
Porque Tee la había enviado en mi dirección —o quizá no, no estaba seguro, ya que Tee era la más lista que conocía—, y no podía dejar de preguntarme si la había enviado para mí.
Sin siquiera intentarlo, Marisol iba a conseguir lo que había querido aquella primera noche, cuando estaba borracha, que resultaba ser exactamente lo que yo quería sin tener una sola gota de alcohol en las venas.
Mierda.
Imposible contarle nada de eso a Max.
Doble mierda.
—No me gusta estar encerrado —gruñí, cambiando de tema—. Voy a perder la cabeza si no salgo de aquí.
—Esto no tiene nada que ver con que Marisol forme parte de los tejemanejes de Tee como celestina, ¿verdad?
Mi risita sonó totalmente falsa.
—Por supuesto que no.
—Claro —se burló Max—. O sea que no te gusta Marisol.
Se me encogió el estómago.
—No he dicho eso.
—¿Quieres mi consejo?
—No necesito tu puto consejo.
—Qué pena, porque te lo voy a dar igual.
Que mi testarudo hermano se fuera al infierno y no volviera.
—Ahórrate tiempo —dijo Max—. No tiene sentido luchar una guerra perdida. Déjate llevar.
—¿A mí me dices eso? —mascullé entre dientes—. ¿Te has vuelto loco?
—He estado loco antes —admitió Max, refiriéndose a una época en la que era pura miseria humana con patas—. Pero ahora tengo a Lexi y se lo debo a Tee. Yo también luché contra ello. Sé de lo que hablo. Hashtag la resistencia es inútil.
—Por última vez —espeté—, no es así.
—La negación es el último recurso del tonto.
—Imagínate que te estoy haciendo una peineta ahora mismo —dije—. Cállate, ¿quieres?
—Mantén la posición —ordenó Max, aunque le noté la sonrisa en la voz—. Ya te aviso.
La línea se cortó y volví a quedarme solo con esa maldita puerta, interpuesta entre mis propósitos y mis instintos más básicos.
Dudé antes de abrirla. ¿Otra noche en esta habitación, a solas, con Marisol?
Iba a matarme.
***
Marisol
Troy entró en la suite arrastrando los pies, con el ceño fruncido y sin mirarme. Dejó el móvil sobre la mesa, cogió una bebida proteica del minibar y, tras quitarle el tapón, se sentó en la silla más alejada de mí.
Después de pasar los últimos días con él, había aprendido a leerle el humor.
Ocultaba sus emociones y nunca hablaba de su infancia ni de su vida antes de Battle Brothers.
Pero de vez en cuando, cuando creía que yo no prestaba atención, se encerraba en sí mismo.
Se quedaba muy callado y se perdía en algún lugar oscuro e inaccesible.
En esas ocasiones, vislumbraba la profunda tristeza que le borraba las sonrisas y le apagaba la luz de los ojos. ¿Qué fantasmas atormentaban a un tío tan seguro y chulesco para dejarlo tan devastadoramente triste?
Pero ahora no estaba triste. Estaba preocupado. Y eso me preocupaba mucho a mí.
—¿Pasa algo? —apagué la tele y me senté en la cama con las piernas cruzadas, alisándome con las manos el vestido holgado que me había prestado Rey.
—Sin cambios —dijo con ese tono militar y escueto que no me aclaraba nada ni explicaba su mal humor.
—¿Sabes cuándo podremos salir de aquí? —pregunté mientras cogía la baraja que había comprado en el dispensador de placer junto al ascensor y me repartía otra mano de Solitario.
No me ayudaba el ánimo que las cartas mostraran a gente desnuda follando en posturas bastante explícitas. No necesitaba ese tipo de distracción.
—Esta tarde no salimos, seguro —dio un sorbo a su bebida, con la mirada perdida por la habitación, también muy distraído—. Esta noche tampoco. Seguramente mañana.
Mañana.
La noticia me dejó la mano paralizada en el aire, con una reina de corazones muy desnuda y tetona flotando entre mis dedos.
Los últimos días había buscado una oportunidad para escabullirme de Le Chalet sin que me pillaran, pero Troy siempre andaba cerca, vigilante y alerta.
Pero mañana saldríamos del encierro, de esta habitación. Mañana sería mi mejor oportunidad para retomar mi huida interrumpida. Él seguiría su camino y yo el mío. Tenía que hacer lo que fuera para mantener a Lulu a salvo.
Los últimos días me había pasado pensando mucho, repasando mis errores, enumerando mis remordimientos, preguntándome cuándo y cómo había perdido el control absoluto de mi vida.
¿Había tenido alguna vez voz y voto sobre mi propia vida? ¿Había sido todo una ilusión creada por Alfonso para tener a mi hermana sometida? ¿Había sido mi carrera parte de la fachada que él había montado para justificar y ocultar el maltrato a Desiree?
Esos pensamientos me habían aplastado, obligándome a mirarme larga y fríamente, a examinar quién era y en quién quería convertirme.
Libre.
Por encima de todo, quería ser libre. De Alfonso. De mí misma. De la coraza rígida que me había construido para sobrellevar la pérdida de mis padres y mi hermana, y el hecho de que era diferente, siempre sería diferente del resto del mundo.
No encajaba. No estaba hecha para pertenecer a ningún sitio salvo junto a Desiree. Con ella muerta, estaba sola. Y esa era otra dura verdad que tenía que afrontar.
Así que había llegado el momento de ser yo misma. De ser libre.
Después de tanta reflexión, resultó que no me arrepentía de nada de lo que había hecho. De lo que sí me arrepentía era de lo que no había hecho, de lo que nunca llegaría a hacer, incluso si sobrevivía a Alfonso, lo cual era mucho suponer.
Estaba cansada de huir, harta de tener miedo, exhausta de intentar simplemente seguir con vida.
Demasiados «si» en mi vida. Demasiadas incógnitas en mi futuro.
Demasiadas oportunidades perdidas, posibilidades descartadas.
Había puesto el deber en lo más alto de mi lista, relegando mis deseos, necesidades y sueños a la categoría de «más adelante».
Me golpeó como un tren a toda velocidad.
Más adelante era ahora.
Hice girar la reina de corazones entre dos dedos y levanté la mirada.
—¿Troy?
—No lo hagas —se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y agachó la cabeza, evitando mi mirada—. No me lo pidas.
—Lo siento —coloqué la reina de corazones sobre el rey de espadas—. Pero hoy necesito ser egoísta.
—Marisol... —hundió el rostro entre las manos y gimió—. Seamos lógicos.
—He sido lógica toda mi vida —dije—. Mirándolo ahora, no me ha salido muy bien. Me gustaría hacer algo que quiero por una vez.
Soltó una risa amarga.
—Bueno, pues no voy a ser yo.
Las palabras me sentaron fatal. Su amargura me desconcertó, pero yo era terca. Ya no tenía un futuro propio y no iba a renunciar a mi única oportunidad tan fácilmente.
Solté la pregunta:
—¿Por qué no?
—No voy a permitirme aprovecharme de ti.
—Yo tampoco te lo permitiría —dije—. ¿Qué más?
—Te llevo ocho años.
—Irrelevante —recogí las cartas de la cama—. Los encuentros entre adultos no tienen requisitos de edad.
—Encuentro casual. Joder —maldijo entre dientes—. ¿Eso es lo que quieres?
—Sí —alineé las cartas en mi mano formando un montón—. Siguiente objeción, letrado.
Parecía conmocionado, pero se recompuso y respiró hondo.
—Mi trabajo es protegerte.
—¿Quién lo dice?
—Tee lo dice.
—¿Y siempre haces lo que dice Tee?
Me contempló durante un largo momento.
—No, pero no puedo hacer bien mi trabajo si hay algo entre nosotros.
—Más tonterías —barajé las cartas—. No hace falta que haya sentimientos para acostarnos, y no soy una criatura débil y frágil que vayas a romper al tocarme. Soy una mujer, Troy, y como mínimo, merezco que me traten como tal.
—Sí, eres una mujer, hermosa y deseable —dijo, probablemente para apaciguarme—. Pero no me quieres a mí. Cuando todo esto acabe, no voy a quedarme.
—¿Quién dice que quiero que te quedes?
Sabía perfectamente que, aunque sobreviviera a Alfonso, mi futuro no incluiría a Troy. No buscaba amor ni compromiso. Ni siquiera buscaba el mañana. Solo quería vivir el hoy al máximo.
—Tengo mi carrera y mis responsabilidades —dije—. No busco un hombre. Solo una tarde, solo esta vez, tú y yo, en esta cama. ¿Es eso tan malo?
—No, no está mal —sus ojos oscuros se apagaron con una tristeza infinita—. Pero no soy el hombre adecuado para ti. Créeme.
Parecía abatido, desgastado, derrotado. Pero no me resultaba menos deseable.
Dejé el mazo de cartas en la mesita de noche. Era mi mejor oportunidad. Y a juzgar por el bulto en sus vaqueros, me necesitaba tanto como yo a él, incluso en medio de su negación.
—Yo decido qué es correcto o incorrecto para mí —me levanté y me quedé junto a la cama, sosteniéndole la mirada—. ¿No te parezco atractiva? ¿No me deseas? ¿Te repugna lo que ves? Dilo y lo aceptaré. Eres libre de tomar tus propias decisiones, y te prometo que las respetaré.
—Dios —murmuró, con expresión a la vez miserable y esperanzada—. Para ser una mujer menuda y de aspecto dulce, eres de armas tomar.
—Así es —dije—. Y tengo que seguir adelante.
Respiré hondo, rebusqué en mi bolsillo y dejé caer sobre el colchón el paquete de preservativos que había comprado en el dispensador.
—Así que, Troy —me quité el vestido por la cabeza, lo dejé caer al suelo y lo miré de frente—. Te lo estoy pidiendo.