Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

—Necesitamos quitarnos de encima a este cabrón de ICE y restaurar los registros de Marisol para poder defender sus derechos.

—Ahí está el problema. Sus registros han sido purgados del sistema. He recuperado su información de los archivos eliminados de varias bases de datos del gobierno federal, pero tengo que encontrar la manera de restaurarlos sin que me detecten.

—¿Por qué no lo haces y al carajo con lo demás?

—La cosa puede ponerse fea si me pillan, demandas y contrademandas. También necesito establecer algunas protecciones para asegurarme de que no la borren otra vez.

—Vale, bien. Es lo tuyo, así que hazlo —dije, sin poder disimular la impaciencia—. Solo asegúrate de que nadie pueda negarle sus derechos. Y de paso, haz lo que haga falta para quitarle de encima a ese gilipollas de ICE. Ya tiene bastantes problemas.

—Puede que tenga que ponerme creativo para conseguirlo —advirtió Max.

—Pues sé jodidamente creativo, marine, y hazlo rápido. —Antes de que me volviera loco y me explotaran los huevos.

—En ello estoy. Aguanta, Rogue. Corto.

Me guardé el móvil en el bolsillo, cogí la bandeja de comida que Rey nos había dejado y volví a la habitación. Me obligué a cruzar el umbral y entrar en la Suite Roja. Con la bandeja en equilibrio entre las manos, cerré la puerta con el talón.

Como si las putas noticias de Max no bastaran para ponerme de un humor de perros, ahora tenía que enfrentarme a…ella.

Marisol salió del baño justo cuando la puerta se cerró a mi espalda. Gracias a Dios, iba completamente vestida. Quizás ahora pudiera pensar con claridad.

Gracias a Rey, llevaba unos vaqueros azules que le sentaban mejor que los de ayer, además de un jersey color crema que le quedaba largo pero se le ceñía demasiado al pecho.

Me obligué a mirarla a la cara. Sus ojos marrones aún estaban entornados por el sueño y su melena rubio fresa le caía sobre los hombros en suaves ondas femeninas.

Dejé la bandeja sobre la mesa mientras un olor clínico, como a jabón medicinal, me hacía cosquillas en la nariz. —¿Tienes hambre?

—Muerta de hambre —respondió, con un brillo codicioso en los ojos mientras miraba la bandeja.

—Pues ven a por ello. —Le aparté una silla.

—Espera. —Sujetaba un paquete de toallitas Clorox bajo el brazo y volvió al baño—. Ya casi he terminado de desinfectar ahí dentro.

¿Desinfectar?

¿Por qué me sorprendía tanto? Al fin y al cabo, había comprobado los productos químicos del jacuzzi la noche anterior antes de meterse, y probablemente ya iba borracha a esas alturas.

Le serví café. Era un bicho raro, pero me hacía sonreír.

—¿De dónde has sacado esas toallitas desinfectantes? —pregunté.

—Las llevo siempre encima, por supuesto —respondió desde el baño.

Por supuesto. Sacudí la cabeza y me reí para mis adentros al fijarme en la colcha, desterrada del colchón y relegada a cubrir el potro erótico.

—¿También has desinfectado el dormitorio?

—Cada superficie, pomo, interruptor y tirador.

Joder. —Creía que habías dicho que este sitio estaba bien anoche.

—Y lo está —respondió, con su voz melodiosa resonando desde el baño—. Esto es solo precaución extra. Cualquier hotel puede desatar catástrofes epidémicas.

Sí. Se me ensanchó la sonrisa. Era una auténtica germófoba.

Salió del baño a toda prisa, esta vez enrollando el cable de un rizador.

—¿Y eso de dónde lo has sacado? —Me senté a la mesa, cogí un bagel bien cargado del plato y le di un mordisco a las generosas capas de salmón, tomate y queso crema.

—Nunca salgo de casa sin él. —Dejó las toallitas y el rizador en el bolso y vino a sentarse a mi lado, oliendo a lejía.

—A ver si lo he entendido bien —dije con la boca llena, sonriendo—. Aquí estás, huyendo por tu vida de un asesino profesional, ¿y qué llevas en ese bolso enorme? Toallitas desinfectantes y un rizador.

—Si tengo que morir, prefiero estar limpia y tener buen aspecto en el ataúd. —Cogió una pequeña quiche Lorraine del plato y se la metió en la boca—. Además… —Hizo una pausa para masticar y tragar—. Que sepas que, aunque un arma habría sido mejor opción, no necesitas permiso para llevar un rizador.

Se me escapó la risa. Me reí tan fuerte que me dolía la tripa. Su humor seco y directo disipó parte de los estragos de mi noche en vela.

Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa que iluminó la habitación. No me importaba el olor limpio a lejía. Y a decir verdad, el pelo le quedaba muy bien, enmarcando su rostro ovalado y su figura menuda en un manto lujoso que me pedía a gritos que lo tocara.

No. No iba a tocarla. Lo tenía clarísimo.

Mantén el rumbo, Capitán.

—¿Te importa? —Señaló los pequeños recipientes de crema apilados en la bandeja.

—Todos tuyos.

Marisol fue abriendo un recipiente tras otro y echando crema en el café hasta que se acabaron todos. Luego rasgó cuatro sobres de azúcar y los vació de golpe en la taza.

—Vaya, eso es una taza de diabetes en toda regla —observé—. Parece que te gusta el café con un toque de azúcar y crema... o más bien al revés.

—¿Qué quieres que te diga? —Probó el café, se relamió y asintió satisfecha. Sus ojos brillantes me recorrieron con un destello divertido—. Me gusta endulzar lo amargo.

Todo mi cuerpo se tensó. Joder. ¿Acababa de tirarme los tejos?

No.

No era posible.

Su mente sobria y científica no lo permitiría.

Volví a mirarla de reojo y la pillé estudiándome como si fuera una muestra bajo su microscopio.

Maldita sea.

Cada célula de mi cuerpo reaccionó a la invitación de su mirada.

Ver su lengua rosada deslizarse de nuevo sobre sus labios me atravesó como un chute de cafeína y me llegó directo a la polla.

Mierda.

Me removí en la silla.

Después de anoche, después de verla desnuda y pasar más de cinco horas tumbado junto a su cuerpo cálido y perfecto, ¿cómo iba a poder mantener una conversación con Marisol sin tener un doloroso pedazo de madera asomando entre las piernas?

—Quiero disculparme —dijo mientras cogía una rosquilla y la mojaba en el café.

Le sostuve la mirada, ignorando mi erección y lo que a todas luces era una seria adicción al azúcar.

—¿Disculparte por qué? —pregunté, aunque se me ocurría una lista larguísima de cosas por las que debería disculparse.

Por ejemplo, anoche. Podría disculparse por hacerme sufrir la tortura de quitarle la lencería empapada y sexy, enjuagarla, secarla y luego meterla en la cama sin tocar las partes de su cuerpo que más pedían ser tocadas.

Por regla general, intento comportarme con honor, pero anoche, mantenerme fiel a mis principios había sido un auténtico suplicio.

También podría querer disculparse por dar vueltas en la cama toda la noche.

La mujer era un tornado durmiendo. Se había destapado varias veces, y me resultaba imposible no quedarme mirando sus pechos.

Me había pasado la noche en un tortuoso juego del escondite: yo le tapaba los pechos y ella volvía a destapárselos.

También debería disculparse por echarme la pierna encima y restregarme la suave cara interna del muslo por toda la entrepierna sin una pizca de compasión por mi rígido sufrimiento.

O por sobresaltarme cada vez que me metía los dedos de los pies helados debajo del culo.

O por la erección que me duró toda la noche y que me obligó a darme una ducha fría a primera hora de la mañana, que, por cierto, no sirvió de nada para apagar el calor permanentemente instalado en mi entrepierna. O por...

—Me gustaría disculparme por algunas de las cosas que pasaron anoche —declaró con ese tono enloquecedoramente directo y académico tan suyo.

Teniendo en cuenta mi lista interminable, arqueé una ceja escéptica. —¿Algunas de las cosas?

Dejó la rosquilla a un lado, se reclinó en la silla y se aferró a la taza de café.

—Lamento haberte puesto en una situación difícil con tu novia Rey.

—Rey no es mi novia.

—¿Tu follamiga, entonces?

¿Pero qué coño? La fulminé con la mirada.

—No es asunto mío, lo sé —me dedicó la sonrisa más exasperante y provocadora que había visto en mi vida—. Llamémosla tu amiga, entonces. Lamento haber creado conflicto. El drama no va conmigo. Pero estaba estresada y quería ponerme a prueba.

Era, con diferencia, la mujer más extraña que había conocido en mi vida. Pero tenía que saberlo.

—¿Ponerte a prueba cómo?

—A veces, cuando estoy fuera del laboratorio, me obligo a vivir situaciones nuevas, ya sabes, estirarme un poco, adaptarme y experimentar en un entorno diferente.

—Ajá.

¿Qué coño podía decir a eso?

No se me ocurrió absolutamente nada, así que opté por hacerme el tranquilo y despreocupado.

—Yo estoy muy a favor de experimentar, cielo, pero algunos experimentos pueden ser peligrosos para la salud.

—Cierto —inclinó la cabeza—. Pero a veces, a mayor riesgo, mayor recompensa.

Su energía me recorrió de arriba abajo. ¿De qué coño estábamos hablando?

De ciencia pura y dura, desde luego que no.

¿Y por qué mi cuerpo reaccionaba como si me estuviera tirando los tejos?

—Sé cuidarme sola —añadió con una franqueza que me dejó atónito—. Y para que lo sepas, piñas coladas aparte, no iba a acabar con Carl, o Ralph, o como se llamase.

Tragué saliva y solté la pregunta.

—¿Por qué no?

—Porque era un baboso —volvió a clavarme esos ojos—. Y odio a los babosos.

—Me alegra saberlo —me removí incómodo en la silla.

—No me gustaba el Sr. Ébola —declaró sin rodeos—. Pero tú sí me gustas.

El corazón me dio un vuelco. O varios vuelcos, en realidad. Su franqueza me pilló desprevenido. Una oleada de calor me subió a la piel. Me aflojé el cuello de la camisa.

¿Hacía calor aquí o era cosa mía?

Esta mujer me estaba afectando. Levanté la guardia como un escudo magnético. La mejor defensa siempre es un buen ataque.

—Noticia de última hora, hermana —esbocé una sonrisa burlona—. Yo también soy un baboso, aunque con un poco más de clase que ese imbécil.