Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintiuno #3
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Capítulo veintiuno #3

Me deslicé en su humedad para hacerla mía por completo. Sus paredes estrechas se contrajeron a mi alrededor. Envolvió sus largas piernas detrás de mí, entrelazando su cuerpo con el mío, como una hiedra que se aferra a su enrejado.

Se aferró a mis hombros y me atrajo aún más cerca. Bajé el rostro y ella levantó la boca en respuesta, con sus ojos impresionantes ardiendo de deseo.

Presioné los labios contra los suyos y deslicé la lengua sobre las comisuras de su boca. En cuanto sus labios cedieron, mi lengua se hundió en su boca. El sabor exquisito del triunfo endulzó la maravilla de estar inmerso en el cuerpo de Lexi.

Movió las caderas, se deslizó sobre mi miembro, gimió contra mi boca y me instó a continuar.

Sabía tan bien como yo que era solo cuestión de momentos antes de que alguien viniera a buscarnos.

La carpa ofrecía poca privacidad y solo una delgada separación entre nosotros y la gente que circulaba afuera.

Pero no había forma de detenernos ahora.

Mientras me hundía dentro y fuera de Lexi, sofoqué sus gritos con la boca y tragué mis propios gemidos de deleite.

Me sentí aliviado de estar en ella de nuevo, agradecido por esta oportunidad de arreglar las cosas entre nosotros.

Rocé los labios sobre sus ojos y planté besos ligeros sobre la punta de su nariz, en su barbilla, por la larga línea de su cuello.

Invertí el rumbo, fui besándola hasta llegar a su oído y susurré:

—Esta va a tener que ser rápida.

—Rápida está bien.

Me lanzó su sonrisa más traviesa.

—Me servirá para aguantar hasta más tarde.

Mi miembro dio un tirón y alcanzó un nuevo nivel de rigidez. Casi me corrí en el acto. Maldición, esta mujer me ponía a cien.

Empujé más rápido y más profundo, aumenté la fricción y disfruté la sensación del cuerpo de Lexi que se elevaba para encontrar mis embestidas, el placer que me atravesaba cada vez que me tragaba. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos mientras gemía de placer.

—Mírame —dije con voz ronca, mientras luchaba por aguantar un segundo más.

Encontró mi mirada. Sus iris eran de un tono impactante de azul salpicado de motas esmeralda. Se mordió el labio inferior y las fosas nasales le temblaron con cada respiración. Su cuerpo rebotaba a mi ritmo y sus pechos se estremecían al unísono.

—Necesito que sepas —dije—. Adonde quiera que vayas, te seguiré.

Sus ojos se abrieron de sorpresa.

—¿Tú me seguirías?

—Así es. A Nueva York. A Los Ángeles. Hasta los confines del universo si es ahí donde quieres ir.

Me hundí en sus profundidades.

—¿Quieres un donante? Soy tu donante. Tu único donante.

Sus pupilas se contrajeron hasta quedar como cabezas de alfiler.

—Max, no tienes que...

—Sí, tengo que hacerlo.

Empujé más rápido y más profundo.

—Voy a hacerte feliz. Te lo juro.

—Estar contigo me hace feliz.

Se agitaba con cada una de mis embestidas gozosas.

—Sabes que te amo, ¿verdad?

Sí. Lo sabía. Me había hecho sentir su amor cada día desde que nos conocimos. Su amabilidad. Su afecto. Su paciencia conmigo y con mis cambios de humor. El amor no era algo que se dijera. Era algo que se hacía.

Lexi sabía cómo amar. Le salía de forma natural. Sabía lo que implicaba amar a otra persona. Todo. Y con su ejemplo, me había enseñado a hacerlo.

No tenía ni idea de por qué ni cómo una mujer como ella podía amar a un soldado roto como yo, pero qué demonios, estaba dispuesto.

—Siento tu amor.

Lo veía en su mirada, en su tacto, en la forma en que su cuerpo se fundía con el mío.

—Y gracias a ti, soy el hijo de puta más afortunado del mundo.

Su sonrisa. Podría correrme solo de verla iluminarle los ojos.

—Entonces debes saber —susurró con un suave gemido contra mi boca—. Si no estás listo, si no quieres...

—Estoy listo —le aseguré—. ¿Quieres un bebé? Te daré un bebé. Quiero que tengas mi bebé.

Su cuerpo se tensó. Los dedos se le apretaron en el borde del mostrador.

—¿Estás seguro? —preguntó mientras presionaba su sexo hacia abajo sobre mi miembro y me atrapaba en un estado insoportable de quietud que me tenía suspendido al borde de un orgasmo descomunal.

—Estoy seguro —dije con voz ronca y los dientes apretados.

—Entonces quiero tres.

Me lanzó su sonrisa más traviesa.

—Quiero tres mini-tús inteligentes y traviesos, que corran por ahí y causen estragos en nuestra casa en Res.

Me hundí en ella tan profundamente que la punta besó su cérvix. No había forma de contenerme. Quería hacer un hogar conmigo. En Res. Me quería a mí y a mis hijos.

Rugí mientras derramaba mi semilla en lo profundo de ella.

Llegó al clímax al mismo tiempo; se mordió los gritos y su cuerpo se estremeció con la misma dicha que me llevaba a la inconsciencia.

Vertí toda mi fuerza en ella, todas mis esperanzas, todo ese afecto que había descubierto encerrado dentro de mí, liberado ahora, para ella.

Me corrí tan fuerte que el mundo se oscureció. Y en esa oscuridad, todo lo que podía ver era a Lexi, el futuro que construiríamos juntos, y a nuestros tres mini-nosotros con sonrisas pícaras, saludándome.