Capítulo veintiuno
Lexi
Tras desfilar con seis conjuntos, corrí a mi carpa de vestuario, donde el equipo esperaba para ayudarme con el último look. Hasta el momento, el espectáculo estaba siendo un gran éxito. Estaba en las nubes por los Battle Brothers.
Pero tenía que darme prisa. Este último cambio de ropa me daba apenas unos minutos antes de volver al escenario para el gran final.
Me quité el microvestido azul cobalto y me quedé completamente desnuda mientras mi encargada de vestuario me ayudaba a quitarme las botas rebeldes que se empeñaban en no soltar mis piernas.
Martha, una mujer de piel clara y delgada, de carácter nervioso, era una de las contrataciones de Carla para el evento. No era de las que perdían el tiempo charlando, pero era rápida y organizada, así que me caía bien.
Una vez que me quitó las botas, extendió ante mí unas medias blancas brillantes. Metí el pie con cuidado para no enredarme con las tiras entrecruzadas y sexis que se ajustaban alrededor de la pantorrilla. Enredarse con un conjunto durante un desfile era un error de principiante.
—Toma.
Martha me embutió los pechos en el sujetador deportivo más diminuto y sexi de la historia mientras yo me calzaba unos tacones plateados.
Al mismo tiempo, la estilista me alisó el flequillo con una ráfaga de laca que casi me asfixia, la maquilladora me aplicó brillo plateado en los labios y su ayudante me roció con un bronceador brillante que me hizo resplandecer como una bengala.
Me quedé allí plantada, como un coche de carreras en boxes, mientras me atendían a velocidad de récord.
En cuestión de segundos, subí corriendo y ocupé mi lugar detrás del telón mientras Martha hacía los últimos ajustes a mi conjunto antes de escabullirse del escenario.
—Diez segundos —indicó Carla, y respiré hondo.
—¡Lex, espera!
Me di la vuelta.
Max estaba entre bastidores, al pie de las escaleras.
—No puedes salir ahí. —La expresión de su rostro me heló las entrañas—. Todavía no.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó de miedo.
—Pero... el espectáculo... tengo que...
—Max, ¿qué estás haciendo? —siseó Carla entre dientes, agitando la tableta en el aire—. Deja a Lexi en paz. ¡Es el gran final!
Max ignoró a Carla y empezó a decir algo, pero la música subió de volumen y el director de escena me dio la entrada. Las cortinas se abrieron, dejando a la vista a la multitud y la pasarela iluminada ante mí. La fila de modelos se abrió para dejarme en el centro de una V humana.
Me quedé paralizada bajo los focos. Observé a la multitud ante mí y luego miré hacia atrás, hacia Max. La alarma en su rostro me provocó un escalofrío de miedo que me recorrió la columna.
Dudé, pero Max no.
Saltó al lateral del escenario y se quitó la chaqueta de un tirón. Debajo llevaba un arma enfundada en una sobaquera. Desabrochó la pistolera y se la plantó a Carla en las manos, junto con la chaqueta. Después de trabajar en tantos desfiles, era una experta en leer los labios.
—Quédate con esto —articuló mientras se adentraba en el escenario.
—¿Estás loco? —Carla le pasó el arma a uno de los de seguridad que pululaban entre bastidores—. ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Max! ¡Bájate!
Max cruzó medio escenario y se plantó a mi lado.
¿Había perdido la cabeza?
Mientras escrutaba a la multitud, me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo hacia él. Al mismo tiempo, se llevó la mano al oído y murmuró algo. Vi el pinganillo. Ladeó la cabeza, escuchando, aunque a quién o qué, no tenía ni idea.
Tuve la sensación de que le importaba un comino la multitud expectante, o que estuviera fuera de lugar en el escenario, o la conmoción del equipo bien ensayado ante su repentina aparición. No tenían ni idea de qué hacer.
Yo tampoco.
—Recibido —Max apagó el comunicador y me miró a los ojos—. No hay peligro, de momento.
No había peligro. ¿De momento?
No era del todo tranquilizador, pero era mejor que nada.
De ninguna manera iba a dejar que algún imbécil arruinara la gala benéfica para los Battleson y los veteranos heridos que necesitaban su ayuda.
Avancé resuelta, desfilando con paso firme por la pasarela. No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero dos cosas tenía claras:
Max estaba en el escenario, conmigo, y por tanto, estaba a salvo.
Y el espectáculo debía continuar.
***
Max
Observé a Lexi desfilar por la pasarela con el corazón en un puño. Al mismo tiempo, Trev me iba soltando informes rápidos al oído.
Habían localizado el móvil de Chaos a varios kilómetros de allí. Seguridad estaba realizando un barrido discreto pero exhaustivo del recinto. Nuestro equipo se había desplegado por todo el patio, mezclado con la multitud, igual que mis hermanos.
Y aun así, seguía preocupado.
—Informe —murmuré al micrófono.
—Está demasiado lejos para suponer una amenaza —informó Trev.
—¿Táctica de distracción?
—Posible.
No tenía ninguna razón sólida para creer que Chaos o su misterioso jefe se hubieran infiltrado en la gala. Y sin embargo, sentía un cosquilleo en la nuca y no podía quitarme de encima la sensación de que el enemigo nos tenía en el punto de mira.
Escudriñé el patio. En algún lugar entre aquella multitud, nuestros enemigos observaban y esperaban la oportunidad de eliminarnos.
El impulso de proteger a Lexi no hizo más que intensificarse, una necesidad desgarradora de arrancarla de la pasarela. Era una joya excepcional que había llegado a mis manos. Quería encerrarla en una caja fuerte forrada de terciopelo y quedármela para siempre.
Lo que habría preferido era detener el espectáculo y evacuar el patio.
Pero cualquier acción imprudente por mi parte podría causar más daño que bien.
El pánico aumentaba el peligro, incrementaba las posibilidades de que gente inocente resultara herida y proporcionaba cobertura a los malos. Eso, claro, si había tangos cerca.
¿Estaba exagerando?
—Mantén la calma, Max —crepitó la voz de Kass en mi oído—. Baja del escenario.
Mis hermanos y yo estábamos preparados para cualquier eventualidad. Las trampas estaban listas. Si Chaos o cualquier otro aparecía por aquí, estaban muertos.
Una parte de mí lo quería aquí, ansiaba tener su cuello entre mis dedos, exigía la satisfacción de acabar con esto ahora, esta noche. La otra parte quería a Chaos lo más lejos posible de Lexi.
Apreté la mandíbula y afirmé los pies, escudriñando al público en busca de armas. Ignorando las luces cegadoras y la música atronadora, estudié las copas de los árboles y los perfiles oscuros de edificios lejanos que podían ocultar a uno o más francotiradores.
Habíamos inspeccionado esos edificios antes del espectáculo. Teníamos gente experimentada allí fuera cubriendo cada ángulo. Pero esas precauciones ya no me parecían suficientes.
Debía de parecer ridículo, por no decir raro, plantado en medio del elegante escenario, en pleno desfile de moda. Las modelos y los acróbatas pasaban a mi alrededor, intercambiando miradas desconcertadas.
Me importaba una mierda.
Iba a proteger a Lexi costara lo que costara.
Al final de la pasarela, Lexi se giró. Su mirada se encontró con la mía, llena de preguntas. El miedo brillaba en sus ojos y le arrugaba el entrecejo con tres pequeñas líneas. Una creciente sensación de peligro me aceleró el pulso.
Un tirador escondido entre los invitados solo necesitaría un segundo para levantarse y dispararle a Lexi a quemarropa. Un francotirador experimentado con el arma adecuada podría meterle una bala en menos tiempo aún.
Estaba demasiado lejos de mí, demasiado expuesta. Podría estar muerta antes de que yo viera u oyera el disparo. Antes de que pudiera ponerla a salvo.
A la mierda con esto.
Saqué el parche del bolsillo del pecho y me lo coloqué sobre el ojo.
Lexi ladeó la cabeza casi imperceptiblemente, con gesto inquisitivo, y luego arqueó las cejas con severidad cuando me arranqué la corbata y la dejé caer sobre las tablas relucientes del escenario.
—¿Max? —la voz de Kass crepitó en mi oído—. ¿Qué coño estás haciendo?
—Espera —dije—. Tengo un plan.
Me quité los gemelos, desabroché la camisa y, tras quitármela, la arrojé encima del pequeño montón que crecía a mis pies. En cuanto mi camisa salió volando, el público soltó un jadeo colectivo.
El peso de dos mil pares de ojos cayó sobre mí. De la multitud se elevaron gritos y vítores. Se me heló la piel. Mis cicatrices quedaban expuestas a la vista de todos. Me sentía como una reliquia en exhibición.
En el otro extremo de la pasarela, Lexi aminoró el paso y me miró como si me hubiera vuelto loco. No tenía sentido parar, ahora que sabía lo que tenía que hacer.
Me quité los zapatos de una patada y, saltando de un pie a otro, me arranqué los calcetines con la gracia de un futbolista en el vestuario.
Por el rabillo del ojo vi a Carla haciéndome señas frenéticas para que bajara del escenario. Ella tampoco iba a detenerme.
Me bajé la cremallera de los pantalones, me los deslicé por las piernas y salí de la tela arrugada a mis pies. Y allí me quedé, con solo mis bóxers negros de BB hasta la rodilla, el mismo estilo ajustado que había llevado el día de la sesión de fotos.
La multitud enloqueció de repente. Las mujeres se levantaron de un salto, y bastantes hombres también, y todos vitoreaban y aplaudían como si estuvieran en un club de striptease.
¿Qué coño les pasaba a esta gente?
Lexi se detuvo en seco a mitad de la pasarela. Por un instante, su fachada profesional se resquebrajó y se quedó boquiabierta.
Bajé la barbilla y clavé la mirada en ella, suplicándole en silencio que me siguiera el juego.
Vaciló un momento antes de alzar la barbilla, posar las manos en las caderas y afirmarse sobre sus tacones. Su mirada me recorrió de la cabeza a los pies, acariciándome. Me estaba haciendo una mamada sin que sus labios me tocaran.
Dios, ayúdame. La polla se me puso dura como el hormigón. Era magnífica. Allí plantada frente a mí, al otro lado de la pasarela, su postura altiva transmitía tanto necesidad como desafío.