Capítulo nueve
Max
La lluvia cesó y la sesión de fotos continuó el resto de la semana. El trabajo siguió adelante: horas de fotografía, edición y vuelta a empezar.
Había duplicado el equipo de seguridad, añadido patrullas aéreas y restringido el acceso a Res y a la sesión de fotos para garantizar la seguridad de Lexi.
La veía todos los días, la saludaba, me comportaba con profesionalidad y mantenía las distancias.
Ella, por su parte, hacía lo mismo: rostro inexpresivo, espalda recta, sonrisas frías y corteses.
No tenía ni idea de lo que pensaba, ni derecho a preguntarme si su cuerpo me necesitaba tanto como yo necesitaba el suyo. La locura me martilleaba el pecho cada vez que la veía, y nada conseguía aplacar mis ansias.
Cumplir mi promesa era difícil, pero estaba decidido. No iba a hacerle daño a Lexi.
La seguridad era estricta, pero si alguien estaba vigilando, vería que ella no tenía nada que ver conmigo.
Las noches eran especialmente difíciles. Las migrañas habían vuelto, y saber que Lexi estaba justo en el piso de abajo convertía las horas en una eternidad. Pero aunque me matara, iba a mantenerme alejado de ella. Era un desastre y un imbécil, pero siempre cumplía mi palabra.
Dividía mi tiempo entre la sesión de fotos y rastrear al hacker de sombrero negro que había infiltrado nuestras defensas.
Junto con Trev y el resto de mi equipo cibernético, habíamos avanzado en el rastreo de su huella en internet.
Habíamos identificado más de veinte alias y avatares diferentes asociados con sus ataques.
Esta noche, sentado ante mi escritorio, le pisaba los talones.
—Lo tengo —murmuré mientras enviaba mi propio troyano a los veinte alias en cuestión.
El programa funcionaba como un rastreador nocturno. Estaba diseñado para infiltrarse en sus sistemas y conducirnos al punto de origen común de todos esos alias: el hacker de sombrero negro que estaba buscando.
—¿Estás dentro? —preguntó Trev desde su puesto a mi lado, mientras hacía su propio intento de pillar al cabrón.
—La carga ha sido entregada —me crují los nudillos y me masajeé los dedos agarrotados—. Es solo cuestión de tiempo. ¿Algo nuevo sobre nuestros veinte principales hackers de sombrero negro?
—Los estamos rastreando, pero hasta ahora, nada.
—Maldita sea —maldije entre dientes—. Ojalá tuviéramos una forma clara de conectar a este hacker hijo de puta con Zero Tango. Necesitamos un avance.
—Estamos atacando esto desde todos los ángulos posibles —dijo Trev—. Lo encontraremos.
Resoplé. La paciencia no era lo mío.
—¿Quieres que me quede a vigilar el progreso de tu troyano? —preguntó Trev.
—Nah, lo haré yo mismo —total, no tenía nada mejor que hacer—. Es sábado. ¿Por qué no te tomas la noche libre?
—¿Seguro?
—No hacen falta dos para quedarse mirando. El equipo de guardia también lo está vigilando, así que no necesitamos duplicarnos.
—En ese caso, me largo —Trev apagó su sistema—. Es noche temática del Oeste en Rocosas. Va a estar bien. Como dijiste, hay gente de guardia vigilando. ¿Quieres venir?
—Nah —el ruido solo me empeoraría el dolor de cabeza, y era, como siempre, pésima compañía—. Ve tú y no me des la lata.
—Como quieras —Trev se dirigió rodando hacia la puerta.
—Oye, Trev —lo llamé—. ¿Sacaron la caravana de Lexi del lago?
—Sip —dijo Trev, que se había detenido junto a la puerta—. Supervisé la extracción personalmente.
—¿Y lo demás?
—Todo hecho, según tus instrucciones. Pero va a llevar tiempo.
—Lo sé —dije—. Gracias por la ayuda.
—De nada —vaciló—. ¿Seguro que no quieres venir?
—Estoy bien.
La puerta se cerró tras Trev. Me quité las gafas, crucé los brazos sobre el escritorio y apoyé la frente en las manos. En una escala del uno al diez, las migrañas eran un ocho esta noche. Menos mal que podía seguir funcionando a pesar del dolor.
Las sienes me palpitaban y, joder, estaba agotado. De pensar. De vivir. Pero sobre todo, estaba harto de resistirme. Mi mente se desvió dos pisos más abajo. Lexi estaba allí.
¿Qué estaría haciendo?
Seguramente pasando el rato con Emme y Jax, quizá incluso tirada en el suelo jugando con Maya y Joram. Ayer había pillado a Lexi con los hijos de Jax en el parque. Joder, parecía que adoraba a esos críos.
No podía quitarme a Lexi de la cabeza.
Me descubrí navegando por fotos suyas en internet. Mientras seguía las fotos de Alexandra de un sitio a otro, caí en un bucle infinito de scroll. Pero ninguna de esas fotos me mostraba la sonrisa boba que tanto ansiaba.
Cuando me topé con un reportaje en el que posaba con una línea de biquinis escandalosos, apreté la mandíbula. Igual le daba ponerse hilo dental.
Los celos me golpearon el pecho. No quería compartir esas vistas de su cuerpo con cualquier imbécil. Por otro lado, quería ese cuerpo cálido, esbelto y flexible aprisionado bajo el mío.
Mierda. La erección se me puso de acero. La necesidad de ver a Lexi se disparó, y el dolor de cabeza también.
A la mierda.
Tenía que encontrar la manera de aliviar el dolor. Si no salía de El Taj, las cosas se iban a poner feas muy rápido.
Salí de mi apartamento y bajé las escaleras. Tenía que largarme antes de irrumpir en casa de Jax y secuestrar a Lexi con fines perversos. Me obligué a no desviarme en el tercer piso.
En lugar de eso, me fui directo al Rocky's, muerto de ganas de un trago del mejor whisky de centeno de Colorado, o dos, o cuatro, los que hicieran falta. Si tenía que emborracharme para sacarme a Lexi de la cabeza, que así fuera.
Entré en el Rocky's como un marine asaltando una playa. Fui directo a la barra y, pasando de la multitud y de la banda en el escenario, di unos golpes en el mostrador.
—Whisky. 291. Doble. Rápido.
Antes de que me explotara la cabeza.
—Hola, Max.
Mike Rockwall, el exmarine dueño del Rocky's, me observó mientras servía.
—¿Seguro con el doble?
—Sí.
Mike plantó el vaso delante de mí. Sus ojos negros se clavaron en mi cara y apretó la mandíbula, acentuando su ceño severo y lo marcial de su corte de pelo al rape. Ignorándolo, agarré el vaso, eché la cabeza hacia atrás y me lo bebí de un trago.
El licor me abrasó el gaznate hasta el estómago. Solté un siseo. Esta mierda no le iba a sentar nada bien a mi reflujo. El calor se extendió, pero cuando abrí los ojos, mi cabeza seguía dándole vueltas a Lexi.
—Otro.
Golpeé el mostrador de nuevo.
—Que sea triple.
—De mí no sacas ningún triple.
Mike me rellenó el vaso con un miserable sencillo.
Gruñí.
—¿Por qué coño no?
—Órdenes.
Señaló con su barbilla de granito hacia el reservado del fondo.
Giré en el taburete. Jax y Kass estaban sentados en nuestra mesa de siempre, como siempre, de cara a las puertas, con las espaldas contra la pared de ladrillo.
Jax jugueteaba con un botellín. Kass bebía su ron con cola de siempre. Apostado al final de la mesa, Trev saboreaba una cerveza fría. Por encima del respaldo acolchado asomaba la cabeza de Emme, una inconfundible mata de pelo cobrizo. Trev dijo algo y todos se rieron.
Mike empujó el vaso hacia mí.
—Para darte ánimos, pero es el último.
El calor se me subió directo a la cabeza.
—¿Esto es un bar o una reunión de Alcohólicos Anónimos?
Mike me miró con sus ojos apagados y tristes.
—Lo que necesites, hijo.
Apreté los dientes y conté hasta diez. No tenía sentido pagarlo con el buen viejo Mike porque mis hermanos fueran unas putas marujas.
Era una mierda ser el pequeño de una manada alfa. Era una mierda ser el que provocó que mataran a su hermano mayor y quedó hecho polvo en el proceso. ¿Y qué si me emborrachaba y me ponía borde de vez en cuando? No era como si tuviera algo mejor que hacer.
Le di un trago a mi copa, me levanté y fui hacia el reservado.
—Hola, Pelirroja —le dije a Emme antes de fulminar a mis hermanos con la mirada—. ¿Cuál de vosotros, imbéciles, le dijo a Mike que no me sirviera?
—Eh, eh, no te sulfures con nosotros por nada —Kass levantó una mano—. Le dijimos que no te pasara. Por tu propio bien. Eso es muy diferente.
—Sí, claro. Por mi propio bien —me burlé—. No me dejáis hacer una mierda por aquí. No me dejáis volver a la lucha. Ahora ni siquiera me dejáis beber en el bar. Lo siguiente será encerrarme en mi habitación y tirar las llaves por el váter.
Kass puso los ojos en blanco e intercambió una mirada incómoda con los demás. Se me revolvieron las tripas. Joder. No era un puto crío.
—Tranquilo, Max —dijo Jax—. Kass solo intenta ayudar.
—Pues dejad de hacerlo —espeté—. Tú también, Jax. No necesito ayuda de nadie.
—No estoy de acuerdo —dijo Kass, brusco como siempre—. La última vez que te emborrachaste, la liaste parda aquí.
—Una pelea de bar, nada más.
—Bebiste como para tumbar a una manada de elefantes —dijo Jax, igual de brusco que Kass—. El local quedó como si lo hubiera arrasado una bola de demolición. Y por cierto, ¿cuándo fue la última vez que te afeitaste? Tienes una pinta de mierda.
—Que te jodan —golpeé el vaso contra la mesa, con ganas de partirle la cara a alguien, a quien fuera.
—¿Chicos? —la alarma en la cara de Emme me sacó del modo combate. Me cogió la mano y me la apretó suavemente, recordándome que estaba allí—. No nos peleemos esta noche, ¿vale? No he pagado una canguro para ver a un puñado de gilipollas dándose hostias. Por favor, Max, ¿te sientas con nosotros?
La súplica en la mirada de Emme casi me apagó las ganas de pelea. Me costaba negarle prácticamente cualquier cosa a la mejor cuñada que un soldado podía tener.
—Hacedme sitio —me deslicé en el asiento junto a Emme y eché un vistazo alrededor—. ¿Dónde está Apollo?
—Trabajando en urgencias esta noche.
—¿Y Troy? —dije—. ¿Dónde está?
Kass clavó la vista en su copa y removió el hielo.
—Está por aquí, en algún sitio.
Nadie en la mesa me miró a los ojos. Un escalofrío de inquietud me recorrió la espalda. ¿Qué coño estaba pasando?
Miré por encima del hombro y recorrí el local con la mirada. Ahí. En la pista de baile. Troy. No era difícil distinguir al gigante de pelo negro azabache entre la multitud.