Capítulo cuatro #3
Me torturó un poco más, provocando mi clítoris, con sus dedos yendo y viniendo a lo largo de mi intimidad, extrayendo mi humedad como un hombre que sabía arrancarle el placer a una mujer. Luego bajó el rostro y posó la boca entre mis pliegues.
Al primer roce de su lengua, me doblé sobre mí misma, levanté el pubis y dejé escapar un largo gemido gutural, un sonido lascivo que no sabía que podía emitir.
Me lamió de delante hacia atrás, generando una oleada de necesidad que siguió el recorrido de su lengua y me hizo jadear de lujuria oscura y deseo agónico.
La punta de su lengua provocó mi entrada y me hizo contraerme con fuerza, una contracción que resonó en lo más profundo de mi coño. El sensible haz de nervios que bordeaba mi abertura cobró vida.
Dejé caer la cabeza hacia atrás.
«Oh. Dios. Mío».
El mundo entero giraba alrededor de su boca.
Mi cuerpo vibraba con el fuego erótico de su lengua. Las llamas se extendieron desde el centro de mi sexo y saltaron de célula en célula hasta que cada molécula de mi ser ardía con su calor.
Apretó los labios sobre mi clítoris. Grité y me sacudí sobre la mesa. Enroscó las manos bajo mis muslos y me sujetó con suavidad, intensificando la succión, tirando de mi botón, con la boca tan hábil e implacable como cuando me succionaba los pezones.
Los codos me cedieron. Caí de espaldas, abandonada a sus labios. Presioné el coño contra su boca, necesitando más succión, más lengua, más labios, más, solo más de él.
Levanté la cabeza, miré hacia abajo y entrelacé los dedos en su cabello, liberando algunos rizos más de su coleta.
Su mirada se encontró con la mía. Un destello le iluminó los ojos y sus cejas se alzaron con picardía.
Aunque la mitad inferior de su rostro estaba enterrada entre mis piernas, su boca atrevida se curvó en una sonrisa pícara.
Su lengua hurgaba y provocaba. Se enroscaba alrededor de mi clítoris, golpeteando y lamiendo, volviéndome loca.
La pura necesidad hizo que mis caderas se elevaran y ondularan.
El rastrojo de su barbilla se frotaba contra el interior de mis muslos, añadiendo un estremecimiento a las increíbles sensaciones que me recorrían.
Dejé caer la nuca sobre la mesa y tomé pequeñas bocanadas de aire, tratando de soportar la deliciosa agonía.
Justo cuando pensé que no podía aguantar más, su dedo se deslizó dentro de mí, ascendiendo por mi canal para responder a mi necesidad primitiva de aferrarme a algo, algo rígido, duro y satisfactorio que mi sexo pudiera apretar.
—¿Max? —grité, una pregunta, una advertencia, una súplica—. ¡Max!
—Sí.
Añadió otro dedo y los deslizó dentro y fuera de mí.
—Hazlo, Lexi. Vamos. Hazlo.
—Oh, Dios, yo... creo que quiero...
—No pienses.
Giró la muñeca y, deslizándose en mi humedad, curvó las yemas de los dedos y me acarició el punto G.
—Solo córrete.
Su toque desencadenó el orgasmo masivo que estalló en mí. Me arqueé sobre la mesa. Mi cuerpo quedó atrapado en un rictus de placer. Dedos, lengua, labios, Max los presionó todos contra mí, elevándome cada vez más alto en la escala del placer.
Con los dedos de los pies enroscados y las manos aferradas al borde de la mesa, el único foco que brillaba desde el techo pulido se difuminó ante mis ojos. Los cerré y lo único que pude ver fue el brillo en la mirada de Max, centelleando en mi retina.
En algún lugar de la noche, una loba aulló su placer a la luna llena.
«No. No era una loba».
¿Ese sonido?
Venía de mí.
Era un grito lujurioso, desesperado, deseo consumado en lo más primitivo de mi ser.
Mi espalda se estrelló contra la mesa y, sin embargo, el intenso orgasmo continuó causando estragos en mi cuerpo.
La boca de Max abandonó su puesto. El zumbido de una cremallera resonó en el pequeño espacio. Sus dedos se clavaron en los costados de mi cintura.
Jadeé buscando aire y me obligué a abrir los párpados fuertemente cerrados. Estaba de pie entre mis piernas, con su impresionante sexo al descubierto, apuntando hacia mi coño.
—¿Estás segura de que quieres esto? —preguntó, con el pecho agitado y la voz contenida.
—A ti.
Mis ojos oscilaron entre su rostro y su hermosa erección.
—Te quiero a ti.
—Eso me alegra, Lexi —dijo él, posando la punta de su miembro en mi húmeda abertura—. Porque yo también te deseo.
Presionó contra mí, moviéndose despacio, guiando su sexo hinchado, con cuidado de no hacerme daño.
—No, así no —jadeé—. No me tomes como si fuera…
Mi voz se apagó.
Me daba demasiada vergüenza decir lo que de verdad quería.
—¿Que no te tome como si fueras algo frágil y bonito?
—terminó por mí, inclinando la cabeza, leyéndome el pensamiento—.
¿Que no te tome como si fueras una famosa modelo de portada?
¿Como si tu cuerpo no estuviera asegurado por millones y tu coño no estuviera hecho para simples mortales? ¿He acertado, Lex?
Lex.
Me había llamado Lex.
Así era como me llamaba a mí misma en mi fuero interno.
¿Cómo podía conocer mi nombre secreto?
Y además, ¿cómo podía saber lo que sentía, lo que quería y necesitaba?
Asentí, avergonzada, asustada. Quería disculparme por mis necesidades. Tenía miedo de que se marchara. O de que se negara a continuar. O de que se desinflara, como los demás. O—
—Lex, mírame —ordenó. Su voz barrió cualquier pensamiento de mi mente y me obligó a prestarle atención—. Esta noche eres mía. Mía para follarte. Mía para darte placer. Mía para hacerte vibrar y satisfacerte. ¿Lo entiendes?
—Sí —susurré, profundamente consciente de él, de su deseo, de su sexo duro y mi coño preparado—. No te contengas.
—A un tipo como yo no le dices esas cosas —su cuerpo vibraba de deseo—. ¿Sabes lo que estás pidiendo?
—Sí —dije, por una vez con absoluta certeza—. Quiero ser tuya.