Capítulo tres #3
—¡Oh, venga ya! —Laura hizo una mueca—. ¡La luz es perfecta! ¡El sol está a punto de ponerse!
—La sesión de pareja era fundamental para el tema de la campaña —dijo Carla, aleccionándome como si sufriera pérdida de memoria además de migrañas—. Sinceramente, no sé qué hacer.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Lexi mientras se unía a nosotros en la cresta y bebía de su botella de agua.
En ese momento estaba posando descalza, e incluso sus pies eran bonitos: largos, esbeltos y delicados, como el resto de ella. Una descarga de deseo me recorrió el cuerpo cuando me imaginé besándole cada uno de los dedos antes de ir subiendo hacia el norte...
—¿Max? —Carla chasqueó los dedos delante de mi cara—. ¿Estás prestando atención?
—Sí, señora —le hice un saludo burlón—. Jorge Bjorn. Atascado en el aeropuerto.
—Oh, no —Lexi apretó la botella entre las manos—. Esperaba salir de aquí con luz del día. Necesito encontrar un camping donde aparcar mi Bambi.
—Peor aún, estamos a punto de perder la mejor luz del día —la fotógrafa miró al cielo, incapaz de ocultar su irritación—. El pronóstico es malo para mañana. Si no hacemos esto hoy, tendremos problemas.
Lo intenté, pero ¿sinceramente? Me importaba una mierda.
Después de pasar la mayor parte de mi vida en el campo de batalla, tomando decisiones de vida o muerte, esto no era un problema, y mucho menos una emergencia.
Nadie iba a morir si Jorge Bjorn no aparecía, y el tiempo acabaría cambiando.
Mucho ruido y pocas nueces. ¿Por qué estaban todos tan alterados?
—Esto se va a poner caro rápidamente —se quejó Carla.
—¿Podemos conseguir a alguien más para posar? —Laura examinó al personal como si buscara voluntarios para asaltar un bastión terrorista—. Solo necesitamos un tío bueno. Uno de esos tipos con pinta de soldado podría servir.
Su mirada recorrió a mi equipo de seguridad. Estaban por ahí, en sus puestos, vestidos de civil y con posturas relajadas que ocultaban su alto nivel de alerta pero no su forma física.
—¿Qué tal tú? —la mirada de Laura cayó sobre mí—. Estás como un tren. Servirías.
—¿Yo? —Me quedé mirando a la mujer—. ¿Qué pasa, estás loca de remate?
—Sabes... —Carla inclinó la cabeza y se unió a Laura y Lexi para examinarme con miradas interesadas que me recorrieron el cuerpo de arriba abajo—. No es una idea del todo mala...
—Ni de coña. —De repente deseé tener la ropa puesta, demasiado consciente de las cicatrices que salpicaban mis extremidades y surcaban mi torso—. No va a pasar.
Laura inspeccionó mis pectorales con una mirada crítica que me hizo sentir como un trozo de carne en el mercado, y juraría que Carla le echó un vistazo a mi paquete.
—Tiene el cuerpo para ello —murmuró Laura como si yo no estuviera allí mismo con un cerebro dentro de la cabeza—. Buena tableta de chocolate, cuádriceps cincelados, bíceps impresionantes.
—Señoras, no. —Me mantuve firme—. Buscad a otro, elegid a otro.
—Las cicatrices añaden algo único —reflexionó Laura, fingiendo que no me había oído—. Tiene una cara interesante que cuenta una historia.
—Me encantan las caras rudas —intervino Lexi.
¿Le encantaban?
Se me desencajó la mandíbula.
—Y en realidad es uno de los Battle Brothers originales —continuó Laura—. Eso solo aumenta el atractivo del concepto.
—Además —añadió Carla—, ya lleva puesto el producto.
Las tres mujeres clavaron la mirada en mis pantalones negros de BB, y sí, esta vez estaba seguro de que todas le echaban un vistazo a mi paquete.
—Hagámoslo —decidió Laura—. Que pose él.
—¿Qué tal un no rotundo?
No es que nadie estuviera pidiendo mi opinión, pero yo no servía para modelo y no me dejaba fotografiar. Punto.
Carla se acercó a mi oído.
—Piensa en los sobrecostes. Le estamos pagando a Laura una barbaridad por hora.
Sabía echar cuentas tan bien como cualquiera, pero aun así no quería hacer esto.
—No me gusta que me vean la cara.
Cazar hijos de puta en internet y sobre el terreno requería anonimato. Era meticuloso protegiendo mis identidades, tanto en la red como fuera de ella.
—No hay problema —dijo Laura—. Dejaremos tu cara en sombra y retocaremos con Photoshop lo que haga falta. Siempre podemos pegar la cara de Bjorn sobre la tuya. Piensa que eres un sustituto temporal. Lo que necesito seguro es tu cuerpo. Y lo tienes.
Joder. Me sentía como una bestia acorralada.
—Venga, guapo. —Lexi me guiñó un ojo—. Tú puedes con esto.
Me quedé boquiabierto. ¿Lexi pensaba que yo era guapo?
—¿Qué pasa, le tienes miedo a la cámara? —Arqueó las cejas y me desafió con una sonrisa pícara—. No es tan difícil, ¿sabes?, y estaré encantada de enseñarte cómo va esto.
¿La sonrisa traviesa de Lexi?
Era un desafío en toda regla.
Un desafío suyo no era algo a lo que pudiera resistirme. Y si quería enseñarme cómo iba aquello, estaba más que dispuesto a aprender de ella. Además, necesitaba que esta maldita sesión de fotos terminara de una vez.
La nueva campaña se lanzaría en tres semanas durante nuestra gala benéfica anual, con un elaborado desfile de moda encabezado por Lexi.
La gala atraía a la élite de Colorado, a los VIP del país y a los medios.
Generaba los fondos que financiaban nuestros programas de asistencia a veteranos heridos. Mi calendario era más que ajustado.
Un pensamiento repentino terminó de convencerme. Si aceptaba, podría volver a tocar a Lexi.
No lo hagas, marine, advirtió una voz en mi cabeza. No la toques otra vez.
—Vamos —suplicó Laura—. Estamos en la hora dorada. Si perdemos la puesta de sol, estamos fritos.
—Vale, de acuerdo —dije, yendo en contra de mis instintos—. Pero lo del retoque facial con Photoshop es innegociable.
—Hecho —dijo Carla.
—Ponte ahí arriba, en la cresta, detrás de Alexandra. —Laura nos condujo cuesta arriba, ya ajustando el objetivo de su cámara—. Excelente. Ahora, separa los pies, eso está bien. Pon las manos en sus caderas.
Flexioné mis dedos grandes y callosos antes de bajarlos a cada lado de Lexi.
Puse las manos en sus caderas y apoyé las palmas en la parte baja de su vientre.
Una oleada de excitación me recorrió el cuerpo.
Sentirla me estremeció. Sus caderas eran tan suaves y estrechas que las puntas de mis dedos casi se tocaban.
Era suave, firme y cálida. Hacía tiempo que no sostenía a una mujer así, pero mi cuerpo recordaba los placeres del tacto. Respiré hondo para calmarme y llené los pulmones con las notas afrutadas de su champú. Olía a bayas silvestres y hierba fresca. Refrescante, y también seductora.
Me miró y por un momento nuestros ojos se encontraron. Entonces solo existíamos nosotros en la cumbre, y las Rocosas girando a nuestro alrededor en una celebración impresionante e improvisada.
La fotógrafa gritó instrucciones, apuntando con la cámara, el ojo pegado al visor.
—Buen trabajo, Max. Piernas separadas. Mira a Alexandra. A lo tuyo, Alexandra.
Lexi giró la cabeza y miró con valentía directamente a la cámara. El coraje brillaba en sus ojos azul verdosos, en la inclinación de sus cejas y en la posición de su boca, un puchero altivo que provocaba, coqueteaba y desafiaba.
Comenzó a moverse, orientando el cuerpo hacia la cámara como una mujer que seduce a su amante. Sus caderas se balanceaban entre mis manos, oscilando de un lado a otro, luciendo las mallas que llevaba. Hacía que el spandex utilitario pareciera seda fina.
Sus manos adoptaron posiciones ensayadas: cruzadas frente al pecho, levantadas sobre la cabeza, en las caderas, muy cerca de las mías.
El pecho se le elevó para lucir el sujetador deportivo que llevaba.
Su delicado abdomen, los hombros rectos y las increíbles clavículas realzaban el ajuste perfecto de la ropa.
Lo que hacía tenía un método, un oficio que perfeccionaba cada uno de sus movimientos y garantizaba su gama de expresiones.
Cuando posaba, era la dueña de su cuerpo, la reina de su universo.
Y ahora mismo, con el cuerpo fluyendo entre mis manos y el viento agitándole el cabello, era la emperatriz de las Rocosas, el centro de mi mundo.
Su trasero rozó mi entrepierna. Se me puso dura.
Joder. Menos mal que estaba detrás de ella y no delante.
De lo contrario, esto podría haberse convertido en otro tipo de sesión muy distinta.
La sujeté con la misma fuerza con que me aferraba a mi voluntad, luchando contra las fuerzas que amenazaban con destrozar mi control.
—Ya llega la puesta de sol, ¡todos listos! —anunció Laura, y sus asistentes se apresuraron a captar los últimos rayos de luz mientras nos rodeaban con reflectores plateados—. Alexandra, date la vuelta. Max, bésala.
Lexi se giró entre mis brazos. Alzó el rostro hacia mí, con los ojos tan abiertos e invitadores como un mar de aguas someras. Juntó los labios y se pasó la punta de la lengua por el superior y el inferior, humedeciéndolos, preparando la boca para mí.
Abortar, abortar, abortar.
Mis instintos estaban en lo cierto y, sin embargo, nunca tuve la menor posibilidad de resistirme a ella. Cuando me miró, estaba perdido. Mi voluntad se rindió. Mi cerebro se desconectó. Incliné la boca hacia la suya y reclamé sus labios, generosamente ofrecidos.
La cumbre tembló bajo mis pies. La montaña se elevó; diablos, toda la corteza continental se alzó en un empuje repentino. Las Rocosas debieron de crecer un pie entero bajo nosotros. Nada más podía explicar esta sensación de estar volando.
Anclado a su boca, mi cuerpo encontró su lugar en el cosmos. Cuando sus labios cedieron, no tuve más remedio que sumergir la lengua en su boca y beberla con lentas caricias íntimas que recogían sus sabores y fertilizaban el cascarón reseco que había sido mi cuerpo hasta ese día.
Delicioso. Corrección. Lexilicioso.