Capítulo Seis
Jax
Sus ojos brillaban, encendidos de deseo. El rubor de sus mejillas hacía que sus pecas relucieran, y eso me encendía la sangre. Con un roce distraído de la lengua, se humedeció los labios, todavía hinchados por mis besos voraces. Mi erección se volvió de acero.
En mis treinta y seis años de vida, jamás había sentido una necesidad tan electrizante como la que ahora rugía en mi interior. Era el deseo hecho carne, la lujuria concentrada. Nunca había deseado a nadie tanto como deseaba a Emme.
¿Quién habría pensado que la mujer adecuada me causaría este efecto devastador?
Me lo había pasado en grande fingiendo estar dormido, observándola a través de mis pestañas entrecerradas. Había sido un placer ver cómo su valentía desafiaba su vacilación, cómo su determinación vencía su reticencia.
Había mantenido el control mientras me rozaba la boca con sus suaves labios y exploraba el resto de mi cuerpo, pero ¿cuando llegó a mi polla?
Ya no tanto.
Fue entonces cuando me di cuenta del fallo peligroso de mi plan. No había contado con el efecto catastrófico que tendría sobre mi autocontrol.
Que ella fuera la pieza clave de mi nueva estrategia de vida no cambiaba nada. Ver cómo las piezas de mi plan encajaban en torno a Emme me hacía creer en el destino y, sin embargo, esta mujer también me volvía imprudente.
Intenté frenarme. Emme había pasado por mucho y todavía le quedaba un largo camino cuesta arriba.
Dios, quería contárselo todo ahora mismo, arrodillarme a sus pies y confesar, poner todas las cartas sobre la mesa y quitarme ese peso de encima. Necesitaba que me aceptara por quien era y no por quien quería ser.
Pero me recordé que la galaxia no giraba a mi alrededor.
Había mucho en juego y no era tan ingenuo como para pensar que ya me había ganado la confianza de Emme.
No podía simplemente decirle «oye, tú y yo tenemos que estar juntos para que pueda salvar unas cuantas vidas inocentes y cumplir una promesa sagrada a un hombre muerto».
No, no podía soltar todo mi lastre a los pies de Emme y esperar que se subiera al carro de Jax sin más.
Por si fuera poco, yo la había metido en este lío.
Le había hecho algunas promesas y las iba a cumplir.
No iba a desaparecer, no cuando tenía tantos problemas encima y el hijo de puta que me había atacado tenía su móvil y sus datos.
Necesitaba mi protección y yo estaba dispuesto a dársela. Joder, se lo debía.
Pero había algo más. Otras fuerzas estaban en juego. Para bien o para mal, yo era un tío de todo o nada. La luz amarilla de precaución no significaba nada para mí.
Si había intentado contenerme al principio, era solo porque quería darle tiempo y espacio para asimilar todo lo que estaba pasando y para conocerme. Pero ahora se habían acabado las contemplaciones. Luz verde en toda la línea. Mi calendario se aceleró. Era aquí y ahora.
La estreché entre mis brazos y la besé de nuevo, recorriendo su espalda con las manos y deslizando los dedos bajo su suave camiseta. Su piel era más suave que el cachemira. Un escalofrío le erizó la piel bajo las yemas de mis dedos. Sus labios se movían contra los míos, reflejando mi hambre.
Aunque hubiera querido —que no quería— no habría podido dejar de besarla.
Era una combinación rara y exótica, la inocente seductora. Ansiaba, deseaba y suspiraba con una pasión que me ponía duro como una piedra y multiplicaba mi necesidad.
Y ahora iba a seducir a la inocente y darle a la seductora exactamente lo que quería.
—Espera, por favor, Jax —murmuró contra mi boca justo antes de separar sus labios de los míos y apartarse—. No podemos hacer esto.
Me incorporé sobre los codos y la atravesé con la mirada.
—¿Por qué coño no?
—Nosotros... yo... simplemente no podemos —dijo.
Apartó la vista, evitando mis ojos.
—No te conozco y tú no sabes nada de mí.
Me senté y tiré de ella hasta sentarla en mi regazo.
—Sé todo lo que necesito saber sobre ti. Eres valiente, hermosa e inteligente.
Le besé la frente, los ojos, las pecas que salpicaban cada centímetro de su rostro.
—Sé que te necesito de tantas formas que no puedo contarlas. Y también sé que me voy a morir si no estoy dentro de ti en el próximo minuto.
—Jax...
Exhaló un suspiro apasionado y me pasó los dedos por el pelo, una caricia que me dio algo de esperanza pero que también me subió la temperatura hasta niveles febriles y me puso la polla dura como una barra de hierro.
—No soy la adecuada, Jax, no para ti.
—¿Quién coño sabe qué es lo correcto o lo incorrecto para otra persona?
Le rocé los labios con los míos.
—Te deseo. Te necesito. El resto podemos resolverlo después.
Mucho después, si me salía con la mía.
—Esto es una mala idea —dijo—. Además, estás herido. No quiero que se te salte un punto o algo así.
—Soy el tío que más rápido cicatriza del oeste.
Cualquier dolor o molestia residual quedaba eclipsado por mi polla.
—Estoy listo.
Le planté otro beso en los labios, le recorrí la comisura con la lengua y la convencí de que se abriera para poder saciarme con su sabor.
Tendría que estar conectado a un respirador para rechazarla, e incluso entonces, mi polla se levantaría de la cama del hospital.
—Jax, por favor —susurró—. No puedo.
Capté el miedo en sus ojos, el temblor de su labio inferior, las dudas que acentuaban las líneas de su rostro. El fuego seguía allí, ardiendo como una brasa, justo bajo su piel. Pero había mucha duda en ella, mucha vacilación.
Su reticencia me estaba matando. Su incertidumbre era palpable. Si había un factor que podía hundirnos antes siquiera de empezar, era su miedo.
Tenía que afrontar eso directamente, convencerla de que estaba a salvo conmigo, persuadirla de que me diera esta oportunidad para poder ganarme la siguiente.
También tenía que mantenerla cerca si quería protegerla. Era demasiado inteligente, orgullosa y terca para dejarse convencer con argumentos simples, pero también era apasionada. Su pasión era la única ventaja real que yo tenía.
—Quieres esto, ¿verdad? —pregunté—. Yo también. ¿Qué hay de malo en coger lo que deseas?
—No sé quién eres —dijo—. Y tengo preguntas, muchas preguntas.
—Puedo intentar contestar a algunas —dije—. Pero ahora no.
—¿Por qué no?
Porque no podía traicionar a los chicos ni revelar secretos que nos pertenecían a todos.
Porque saldría corriendo si le contaba todo, especialmente lo de mi pasado y por qué la necesitaba para cumplir con mi deber.
Y lo más importante, porque explicarle cómo había dado con ella me llevaría tiempo y podría hacer que me rechazara del todo.
No quería perderla cuando acababa de encontrarla.
—Te juro que contestaré a tus preguntas, Emme, a todas.
—¿Cuándo?
—Más tarde. —Cuando pudiera, cuando llegara el momento adecuado, cuando me hubiera ganado un poco su corazón y tuviera tiempo de explicarle sin que la urgencia me nublara el juicio—. Primero tú y yo. Luego el resto.
Había un montón de cosas que caían en esa categoría.
—No nos andemos con rodeos. —Bajó la mirada y se mordió el labio inferior antes de continuar—. Nuestras vidas no encajan. Mañana ya no te gustaré.
Estaba bastante seguro de que me gustaría mañana y todos los días que vinieran después.
De hecho, estaba dispuesto a apostar a que me gustaría dentro de treinta años.
Me gustaría con arrugas y canas, pero decírselo ahora, cuando la necesitaba tanto y ella estaba tan aterrada, parecía la peor idea que había tenido nunca.
—El mañana queda muy lejos —dije—. ¿Y si nos centramos en el hoy? ¿Para qué dejar pasar la oportunidad cuando el futuro es pura incertidumbre?
Le brillaron los ojos.
Diana.
Había dado con un argumento que podía comprar.
Era valiente y tenía ganas de vivir, un hambre de vida que la empujaba a aprovechar el momento. Seguramente era un poco adicta a la adrenalina, como yo.
Pero a diferencia de mí, había pasado la mayor parte de su vida encerrada y no había tenido ocasión de saciar su sed de emociones fuertes.
Tenía que aprovecharme de eso.
Me lanzó una mirada tímida rebosante de emociones contradictorias. El miedo y la duda se mezclaban con la esperanza, y la audacia pugnaba con la cautela.
—Dejemos las cosas claras. —Inspiró hondo y contuvo el aliento—. ¿Estás hablando de un rollo de una noche?
—Me da igual cómo quieras llamarlo, mientras estés a punto de enrollarte conmigo.
Abrió los ojos de par en par y se le cortó la respiración. Movió los labios, pero no le salieron las palabras.
—Por favor, no digas que no, Emme. —Le cogí la mano y le acaricié la palma con el pulgar, trazando pequeños círculos que me reverberaban en la entrepierna como ondas en un estanque—.
Si dices que no otra vez, voy a tener que aguantarme, hacerme el caballero y largarme.
Y no quiero largarme. Ni hacerme el jodido caballero.
Es lo último que quiero. Así que, por favor, no me obligues.
Le llevé la mano a los labios y le besé los nudillos.
—Di que sí, Emme. Haz feliz a este calamar. Dame una oportunidad. Dame esta noche.
Cerró los ojos y se llevó la mano al pecho, donde los senos le subían y bajaban con cada respiración agitada durante unos segundos que casi me dejaron sin vida.
Durante el minuto más largo de mi vida, no dijo nada. Luego abrió los ojos y su mirada plateada se posó en mí.
—Una noche, Jax —dijo—. Es todo lo que puedo ofrecerte.
El corazón casi se me salió del pecho. —Acepto.
Me devolvió la mirada con unos ojos tan dulces y ardientes que se me derritieron las entrañas como azúcar convirtiéndose en caramelo. Estaba decidido a convertir una noche en dos, dos en cuatro y cuatro en cientos.
El sendero que hacía apenas un momento parecía tan estrecho se transformó en una autopista de doce carriles. Los miedos se le acumulaban en el fondo de la mirada, pero había dicho que sí.
La besé de nuevo, con suavidad, aunque la sangre me rugía en los oídos y la polla me palpitaba al ritmo del corazón.