Capítulo dos
Jax
En cuanto salí volando, supe que había caído en una emboscada. Me hice un ovillo y rodé sobre el asfalto para minimizar el daño. Me llevé un golpe en la cabeza que me rompió el casco y me sacudió el cráneo. El impacto también destrozó el móvil que llevaba en el manillar.
Sin comunicaciones.
Pero estaba acostumbrado a pensar bajo presión. Había sobrevivido a unas cuantas misiones nocturnas en algunos de los lugares más peligrosos del mundo. Me sacudí el golpe, me puse en pie de un salto y encaré a mis atacantes.
No tenía ni puta idea de qué pretendían estos cabrones, pero si pensaban que la superioridad numérica les daba ventaja, estaban muy equivocados.
Evalué a los tangos que me rodeaban y tomé nota de cada arma: tipo y ubicación. Aquellos mierdas tenían todas las características de una unidad de élite. Rostros ocultos. Bien armados. Silenciadores. Y parecían tener un objetivo claro: yo.
Si hubieran querido matarme, podrían haberme abatido desde una distancia segura. En cambio, habían asumido un riesgo enorme.
Me querían vivo.
Quiénes eran y por qué me querían eran preguntas que tendrían que esperar a que los eliminara.
Estaba a punto de enseñarles a esos imbéciles lo que pasaba cuando te metías con un SEAL entrenado cuando apareció Emme. Dobló la esquina a toda velocidad, frenó en seco y asimiló la escena con los ojos como platos.
Joder.
El corazón casi se me paró. No me cabía duda de que había oído el accidente y había venido a ayudarme. Añadí valentía a la lista de cualidades que llevaba recopilando sobre ella, que ya incluía belleza e inteligencia.
Tenía toda la intención de acercarme a ella en algún momento. En cualquier otra circunstancia, me habría encantado poner en marcha mi plan. ¿Pero justo después de una emboscada, cuando me enfrentaba a seis hostiles, tres Springfield XD-S, dos Ruger y cinco UZI equipadas con silenciadores?
No era lo ideal.
Vaya marrón.
Mis prioridades cambiaron en el acto. Pasara lo que pasara, no podía permitir que Emme resultara herida.
Mi cerebro entró en modo misión. Me puse en posición y fulminé con la mirada a los hombres que tenía delante, transmitiéndoles un mensaje simple cargado de furia: Si os acercáis, os mato.
Los mierdas vacilaron, mirando alternativamente a su líder y a mí, sin saber cómo proceder. Su reticencia a enfrentarse a mí me dio veinte segundos que antes no tenía.
Volví a evaluar al enemigo y tomé nota hasta del más mínimo detalle sobre mis atacantes. Al mismo tiempo, analicé mi posición y examiné los hechos que me habían llevado a este momento.
Había dejado que la ciudad me adormeciera con una falsa sensación de seguridad. Aquejado de insomnio crónico y distraído por mis búsquedas nocturnas de la mujer que se había convertido en el ancla de mis sueños, había bajado la guardia.
Esta noche no era la primera vez que me fijaba en Emme. La había visto por primera vez hacía tres semanas, cuando, incapaz de dormir, había venido en bici por este camino siguiendo el consejo de mi amigo Tee, que resultó ser —como yo— un conspirador y maquinador de primera.
Fue entonces cuando Emme irrumpió en mi vida: alta, esbelta, ágil y estilizada, con la coleta pelirroja ondeando en el aire mientras corría por el sendero a un ritmo impresionante.
Su constitución atlética me llamó la atención: piernas fuertes y curvas suaves y esbeltas, rematadas por un trasero respingón muy bien enfundado en… ¿qué si no? Unas mallas Elite Speed de Battle Brothers de lo más finas: mi diseño.
Eso me hizo sonreír.
Unos enormes ojos grises y la multitud de pecas que le salpicaban el rostro le daban un aire adorable de vecina encantadora. Pero los reflejos rojizos que brillaban en su pelo insinuaban una naturaleza ardiente que me había tentado como las llamas atraen al diablo.
Y luego estaban su magnífico trasero y sus pechos pequeños y firmes, que rebotaban con gracia mientras corría, arrastrándome a ensoñaciones lascivas en las que ella rebotaba desnuda sobre mi regazo con mi polla hundida en lo más profundo de su cuerpo.
Sí, ese era yo, primitivo hasta la médula y recientemente bendecido con una atracción por la mujer correcta, por fin. Más valía admitirlo mientras estaba metido en el plan de mejora de Jax. Solo con verla y soñar con las posibilidades se me ponía dura.
Pero esta noche, mis esperanzas y mi calentura quedaron relegadas a un segundo plano. Estábamos bajo ataque y los ojos grises de Emme brillaban de terror. Casi perdí la cabeza cuando ese cabrón salió sigilosamente del bosque y le puso una Ruger de 9 mm en la sien a Emme.
Me moría por matar a aquel hijo de puta.
Su postura, sus ojos, el timbre sarcástico de su voz… algo en él me resultaba familiar. Y sin embargo no conseguía identificarlo.
La rabia atrapada en el centro de mi ser me golpeaba el pecho, un tornado de violencia oscura pugnando por salir.
Hice un esfuerzo enorme por mantener la furia bajo control, confiando en mi entrenamiento para pensar con claridad, pero el miedo que dilataba los ojos de Emme me golpeó como una patada en los huevos.
Me prometí el placer de machacar al cabrón número uno hasta dejarlo hecho polvo. Luego aparqué la rabia.
Hora de poner a Emme a salvo.
Si ella no hubiera aparecido, estos cabrones ya estarían muertos. Pero lo habían descubierto. Así que me contuve y aguardé el momento adecuado para lanzar mi ataque.
Incluso dejé que el cabrón número dos intentara ponerme una esposa en la muñeca mientras recopilaba más información sobre Emme. Tenía agallas. Plantaba cara a su miedo, lo que me decía que era una luchadora.
Vale, muy bien, con eso podía apañarme.
También tenía la mirada asesina más fenomenal que había visto en mi vida. Y no le daba miedo usarla. Se me escapó una sonrisa. Sí, me gustaba.
El cabrón número uno hizo todo lo posible por aterrorizarla. Estaba preparándome para mandarlo al infierno cuando me encontré con su mirada.
Lo que vi allí me cortó la respiración.
Sus iris grises relucían de inteligencia, resplandecientes como un par de bengalas. Su mano derecha se cerró en un puño y sus cejas suaves se arquearon en un gesto perfecto que me habló sin palabras.
Algo centelleó en su mirada: una advertencia, un mensaje, una llamada a la acción.
No, demasiado peligroso. La miré con los ojos entrecerrados. Quieta, ordené con un leve movimiento de cabeza. No, no—
Demasiado tarde.
Se movió tan rápido que el capullo número uno no lo vio venir.
Levantó el brazo de golpe. El índice presionó el pequeño bote que sujetaba. El espray de pimienta le dio en plena cara. Al mismo tiempo, bloqueó con el antebrazo y le arrancó la Ruger de la mano.
El factor sorpresa la protegió durante los cinco segundos siguientes. Ninguno de esos hijos de puta se esperaba que atacase.
Solté toda la rabia.
Brotó de mí, potenciando mis músculos y convirtiendo mi cuerpo en un arma teledirigida. Lancé el brazo izquierdo hacia arriba y noqueé al imbécil de las esposas con un codazo en la barbilla.
Crac.
La cabeza le rebotó hacia atrás. Casi al unísono, despaché al tango de las dos en punto con un golpe de mano a la garganta, le arrebaté la UZI y me tiré al suelo. Rodar me desestabilizó la puntería, pero conseguí que otros dos agresores salieran corriendo o se lanzaran a cubierto.
El tango número cinco se parapetó detrás de un árbol. Sus balas silbaban a mi alrededor, pero lo mantuve a raya con una lluvia de disparos mientras me incorporaba y avanzaba agachado por el sendero.
Emme estaba en el suelo, forcejeando con el capullo número uno. Era el doble de grande y diez veces más fuerte, un abusón de manual, y aun así ella golpeaba y pateaba como la luchadora feroz que era.
Le arrancó la máscara y pude verle bien la cara al idiota antes de que ella le arañara la mejilla. Nunca había visto esa cara, y sin embargo, ese destello de reconocimiento me reconcomía por dentro. Eran los ojos. Ya me había enfrentado a esa mirada cargada de odio.
¿Pero dónde?
No tuve tiempo de darle más vueltas. El hijo de puta levantó el puño y le gruñó a Emme.
—Voy a disfrutar matándote.
Sin dejar de moverme, apunté la UZI y apreté el gatillo con cuidado de no alcanzar a la mujer en el suelo. El hombre rodó lejos de Emme esquivando mis balas. Fue a por su Ruger, pero Emme se lanzó sobre el arma antes de que pudiera cogerla.
Enfurecido, la agarró del pelo y la levantó del suelo, usándola como escudo. Un cuchillo brilló en su puño. Le acercó la hoja al cuello.
Me estampé contra él como un tráiler. El impulso lo arrancó de Emme. Rodamos juntos barranco abajo, rebotando contra la hierba y las rocas. Caímos en el arroyo con un chapoteo.
Podría haber sobrevivido de no haber puesto sus sucias manos encima de Emme. Pero lo había hecho, y ahora estaba sentenciado.
La furia que sentía era fría y despiadada. Le clavé la UZI en el costado y apreté el gatillo.
Clic.
Nada.
La maldita cosa se encasquilló.
Joder.
Contraatacó con todo lo que tenía, demostrando un dominio del Krav Maga que me llamó la atención. El cabrón era tan grande y estaba tan bien entrenado como yo. Levanté el arma inútil para bloquear, pero debió de colocarme unos cuantos golpes. El muslo me ardía como si estuviera en llamas.
A tomar por culo, estaba hasta los cojones de él.
Canalicé toda mi rabia, le solté tres ganchos de derecha, lo agarré del cuello y le hundí la cara en el arroyo. Aguantó más de lo normal, pero empezaba a quedarse flojo cuando una bala pasó silbando y me rozó el bíceps.
El escozor me cabreó aún más.
—¡Arriba, en el puente! —gritó Emme.
Levanté la cabeza de golpe. Más hostiles armados. Unos disparaban desde el paso elevado. Otros bajaban hacia el sendero. Las balas silbaban a mi alrededor, pero de momento los silenciadores amortiguaban el ruido.
Me lancé a cubierto tras una roca baja, esquivando la siguiente andanada, pero quedé inmovilizado. Eché un vistazo rápido a la mujer. Estaba agazapada bajo el paso elevado, atrapada como yo.