Hermoso daño (Rostros en la oscuridad nº 2) Capítulo 27 – Teo Una noche sin sombras
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Capítulo 27 – Teo Una noche sin sombras

Comienza con un pensamiento tan pequeño que casi se me escapa. No otro baile de máscaras. No otro momento secreto y arriesgado en el que el deseo se enreda con el peligro. Solo alegría. Algo simple. Algo que Isla no ha tenido en años.

Ha estado cambiando. Lo he visto en la curva de su sonrisa, en la soltura con la que se sienta a la mesa del desayuno, en cómo ya no se encoge cuando la risa llena la habitación. Las grietas en su armadura ya no la están rompiendo: ahora dejan que la luz se filtre. Quiero honrar eso.

A media tarde, el granero resplandece. Hileras de luces cálidas cruzan las vigas, formando halos dorados sobre la madera.

He colocado velas en cada mesa, con sus llamas suaves y constantes.

He barrido las viejas tablas del suelo hasta dejarlas relucientes, y en la esquina hay un pequeño altavoz, listo para reproducir cada canción que nos hizo reír cuando éramos más jóvenes.

El aire huele levemente a cedro y cera derretida. El lugar está vivo.

Solo que esta vez no hay secretos. No hay máscaras tras las que esconderse, no hay que escabullirse mientras Caleb y Cassie duermen. Están invitados. Incluidos. Porque si esta noche trata de que Isla vuelva a ser ella misma, todos los que la quieren deberían estar aquí para compartirla.

Cuando los demás llegan, se detienen en la puerta.

La sonrisa de Levi se extiende primero, lenta y genuina.

Ronan suelta un silbido bajo y me da una palmada en el hombro tan fuerte que me hace tambalear.

Caleb levanta una ceja, fingiendo que no está impresionado, pero capto la leve sonrisa que asoma en sus labios.

E Isla simplemente se queda allí, con los ojos muy abiertos, el resplandor de las luces reflejado en su mirada.

—¿Hiciste esto? —pregunta en voz baja, casi como si temiera que hablar más alto fuera a romper el hechizo.

—Sí —respondo, nervioso sin saber por qué—. Para todos nosotros. Pero sobre todo porque te mereces una noche que no duela.

La curva de sus labios lo dice todo. No es la sonrisa coqueta que pone cuando no quiere mostrar demasiado. Es real, sin defensas. Por primera vez en más tiempo del que puedo recordar, la veo como solía ser: la chica que reía con facilidad, que no sopesaba cada palabra en balanzas invisibles.

Cassie es la primera en moverse, por supuesto. Agarra la mano de Isla antes de que ninguno de nosotros pueda reaccionar y la arrastra al centro de la pista.

—Si crees que vas a quedarte ahí plantada mientras miramos todas estas luces, estás muy equivocada. Vas a bailar conmigo.

Isla se ríe sin aliento, dejándose girar bajo el resplandor de las luces.

Cassie pisa fuerte al ritmo de la primera canción animada, exagerada y dramática, y hace que Isla se doble de risa hasta agarrarse el estómago.

Su risa llena el granero, fuerte y desinhibida, rebotando en las vigas como si perteneciera allí.

Y así es.

La música cambia de viejas canciones pop a rock, y Caleb, precisamente él, se une.

Pone los ojos en blanco pero da un paso adelante de todos modos, le coge la mano a Isla a mitad de la canción y la hace girar como si fueran niños otra vez.

Ella chilla y le golpea el brazo, pero sigue sonriendo cuando él la acerca y la hace girar de nuevo.

Al verlos, algo se asienta en mi pecho: esto es lo que le ha estado faltando.

Familia, risas, un espacio donde nada duele.

También hay comida. Ronan insistió en preparar una mesa larga con pasteles, tartas saladas y botellas de vino. Isla no duda. No se queda al borde de la mesa esperando a ver quién más come antes de hacerlo ella. Coge un pastel, lo parte por la mitad y se lo mete en la boca.

Levi intenta robárselo y ella le da un manotazo con falsa severidad.

—Toca mi comida y pierdes un dedo.

La forma en que lo dice no es defensiva ni apocada. Es juguetona. Y cuando da otro mordisco, veo que sus hombros siguen relajados. Sin vergüenza. Sin culpa. Solo hambre simple, satisfecha sin castigo. Se me hace un nudo en la garganta.

Poco después, Ronan levanta su copa de champán y su voz resuena sobre el murmullo de la música.

—Por ver a Isla reír como antes.

Se le sonrojan las mejillas, pero en lugar de bajar la cabeza como habría hecho hace una semana, choca su copa contra la de él y dice:

—Por recordar cómo se vive.

El granero vibra con todo ello: alegría, calidez, pertenencia. Durante un rato, me quedo al margen, viéndola moverse entre todos nosotros como si estuviera recuperando la forma que siempre debió tener.

Al final, sin embargo, no puedo resistirme. Cuando la música se vuelve más suave, doy un paso adelante con la máscara en la mano. Se la ofrezco como un desafío.

—¿Bailas conmigo?

Esboza una sonrisa ladeada, divertida. Coge la máscara, se la ata sin apretar sobre el rostro y desliza la mano en la mía.

La canción es más lenta, fácil, un ritmo que casi no pide nada.

La guío por la pista, su cuerpo ligero contra el mío, la máscara torcida en su rostro mientras se ríe.

Esta vez no se trata de deseo. No se trata del calor que siempre hay entre nosotros.

Se trata de lo fácil que resulta esto. De lo bien que está.

—Estás sonriendo —murmuro.

Echa la cabeza hacia atrás y asoma el más leve hoyuelo en la comisura de su boca.

—Lo sé. Es raro.

Le aprieto la mano.

—Te queda bien.

Sus ojos se suavizan y brillan bajo la máscara. Por un momento, el resto del granero se difumina: las velas, las voces, la risa. Solo estamos ella y yo, moviéndonos despacio sobre la madera desgastada, su respiración acompasada, su presencia sólida.

Cuando la canción termina, no se aleja de inmediato. Se queda cerca, su mano aún contra la mía, su sonrisa aún en los labios. Y lo sé, con una certeza que rara vez siento, que esta noche es lo que recordará. No las sombras. No Ethan. No los años que le robaron. Esto.

La noche continúa y la risa se derrama como el vino.

Caleb y Cassie se enzarzan en una discusión sobre quién todavía recuerda la letra de una vieja canción, y Levi sigue intentando superar los chistes de Ronan hasta que incluso Isla tiene lágrimas de risa en los ojos.

Se mueve entre todos nosotros con naturalidad, bailando, bromeando, bebiendo champán, y ni una sola vez parece que quiera desaparecer.

Pasan horas antes de que siquiera note el tiempo.

Las velas se han consumido y su cera se acumula espesa en las mesas.

El altavoz crepita con una última canción, y durante un rato nadie se molesta en poner otra.

El granero está lleno de sonidos: botas que se arrastran, copas que tintinean, voces bajas y cansadas pero contentas.

Poco a poco, la gente empieza a dispersarse.

Caleb insiste en acompañar a Cassie de vuelta a la cabaña y su risa se desvanece en la noche.

Levi se desploma en una de las sillas, quejándose de las rodillas.

Ronan coge otra copa y la levanta en mi dirección con una sonrisa que dice que está más que satisfecho con esta noche.

Pero Isla sigue en la pista. La máscara se le ha deslizado y cuelga torcida alrededor del cuello, las mejillas sonrosadas por el calor y el vino, los ojos más brillantes de lo que los he visto en años. Me pilla mirándola, y en lugar de apartarse con timidez, camina hacia mí.

—Gracias —dice sin más, con la voz baja pero firme.

—¿Por qué? —pregunto, sinceramente intrigado.

—Por darme una noche sin sombras.

Su mano busca la mía; sus dedos se cierran con fuerza, y me ancla a ella tanto como ella se ancla a mí.

—No pensé que volvería a sentirme así.

Sus palabras calan hondo y se asientan en mi pecho, pesadas y certeras. Cubro su mano con la mía, sosteniéndola como si fuera lo más frágil y precioso del mundo.

—Volverás a sentirte así. Te lo prometo.

Sonríe: una sonrisa pequeña, segura, inquebrantable. Y por primera vez en años, creo que ella también.