Hermoso daño (Rostros en la oscuridad nº 2) Capítulo 23 – Teo Lo que siempre he sabido
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Capítulo 23 – Teo Lo que siempre he sabido

Es una de esas mañanas en las que el calor del fuego parece algo vivo, en las que la charla alrededor de la mesa fluye fácil y animada. Los tenedores tintinean contra los platos, el vapor se eleva en espirales de las tazas, y por una vez, la pesadez que nos ha acompañado no resulta tan punzante.

Levi está en plan bromista, metiéndose con la obsesión de Ronan por el café —«a estas alturas, deberías inyectártelo en vena»— y Ronan le suelta algo sobre los vicios del propio Levi que hace que Cassie casi escupa la bebida en la servilleta.

Frente a mí, Isla se ríe. No es una risa educada, ni hueca, sino una que le llega a los ojos.

Se abandona a la carcajada, con los hombros sacudiéndose levemente mientras Cassie le pasa el sirope de arce sin siquiera preguntar, como si ya fuera instinto.

El ritmo simple y cotidiano de todo esto llena un hueco en mí que ni sabía que existía.

Porque después de anoche, lo que más quería para ella era esto: normalidad. Sin silencios pesados. Sin miradas cargadas de intención. Sin ecos de la voz de Ethan rondándole la cabeza. Solo vida. Fácil. Natural.

La observo cortar la tortita, el sirope derramándose en un charco dorado sobre el plato, y por un segundo casi dejo que baste. Casi.

Pero no puedo.

Cuando recogen los platos y todos empiezan a dispersarse hacia sus pequeños rincones —Levi a por otra taza de café, Cassie con el móvil, Ronan desperezándose con esa postura de gato perezoso que siempre le da un aire de suficiencia— busco su mirada.

—¿Damos un paseo?

Arquea una ceja levemente, como si no esperara que fuese yo quien lo propusiera, pero asiente sin dudar.

—Claro.

El frío nos recibe en cuanto salimos, tan cortante que parece borrar de golpe el calor de la cabaña. Ella se ciñe el abrigo y yo me calo el gorro, y juntos seguimos el sendero que serpentea hacia el lago.

La nieve está compactada tras días de pisadas, y cada paso resuena con ese crujido nítido que se propaga en el silencio.

El lago se extiende amplio ante nosotros, una lámina de hielo azul pálido que brilla bajo el sol con tal intensidad que ambos tenemos que entrecerrar los ojos.

El aire huele limpio, cortante, casi metálico, y cada aliento sale convertido en nubes blancas.

No hablamos al principio. No es un silencio incómodo, más bien como si ambos esperáramos la grieta adecuada en el aire, el momento oportuno. Los únicos sonidos son el quejido del hielo al moverse bajo su caparazón helado y el ritmo constante de nuestros pasos.

Siento el pecho oprimido, pero no por los nervios. Por el peso. Años de peso acumulado.

Finalmente, lo rompo.

—He estado dándole vueltas a algo.

Vuelve la cabeza ligeramente, con las manos hundidas en los bolsillos.

—¿Sí?

Mantengo la mirada en el sendero, en cómo la luz atrapa los montículos de nieve como esquirlas de cristal. Las palabras me pesan, pero tienen que salir.

—Te quiero desde que éramos niños.

Se detiene en seco. Solo un instante.

No la miro todavía; si lo hago, puede que no consiga decir el resto.

—Cuando te sentabas en el muelle con tu bloc de dibujo, a dibujar arbolitos torcidos y jurar que eran obras maestras.

Discutías conmigo sobre el sombreado como si te fuera la vida en ello.

Se te llenaban las mejillas de manchas, y yo.

.. pensaba que eras mágica. No me importaba si tus árboles eran perfectos. Solo me importaba que estuvieras allí.

Se le entrecorta la respiración, un sonido agudo en el aire frío. Siento su mirada clavada en mí, pero mantengo los ojos al frente unos segundos más, mientras dejo que los recuerdos fluyan.

—Nunca dije nada. Porque estabas con él.

Se me tensa la mandíbula; las palabras me saben a grava.

—Y lo respeté, aunque me matara por dentro. Aunque viera cómo la luz en ti se iba apagando un poco más cada año.

Nos detenemos cuando la orilla se abre amplia ante nosotros, el lago congelado extendido como un espejo del cielo. Por fin me vuelvo hacia ella.

Tiene las mejillas sonrojadas, y no solo por el frío. Los ojos muy abiertos, húmedos, como si contuviera demasiadas cosas a la vez.

Me acerco un paso. La voz me sale más grave ahora, firme, serena.

—Necesito que me escuches, Isla. Estás a salvo con nosotros. Conmigo. No somos él. Y espero que, con el tiempo, podamos ayudarte a creer que la seguridad no tiene por qué ir de la mano del miedo.

Entreabre los labios, pero no le salen las palabras de inmediato. Hay ternura en sus ojos, pero también vacilación, de esa que se graba a fuego tras años de que alguien te enseñe a no confiar en ti misma.

Así que le tomo las manos. Lleva guantes, pero las sostengo igual, dándoles calor con las mías.

—No te pido que me prometas nada —digo—. Ni para siempre. Ni siquiera para mañana. Solo... déjame seguir estando ahí.

El silencio se alarga. Lo suficiente como para preguntarme si me he pasado.

Pero entonces asiente. Una sola vez. Despacio. Su voz es suave pero clara.

—Vale.

Y esa única palabra es como una puerta que se abre dentro de mí.

Seguimos caminando, pero ahora es diferente. El aire parece más ligero, como si esa puerta que ella entreabrió hubiera dejado entrar al mundo de nuevo.

Me pregunta por el taller, por la mesa tallada que llevo semanas dibujando pero que aún no he empezado. Le digo que estoy esperando la pieza de madera adecuada, la veta perfecta. Se ríe y dice que solo yo podría hacer que la madera suene a destino.

Le pregunto por su bloc de dibujo, el que guarda bajo la cama como un secreto. La sonrisa le vacila, pero luego admite que últimamente ha estado dibujando más. Que a veces se sorprende, que la mano todavía sabe moverse aunque la mente lo dude.

—Esa es la parte de ti que siempre he visto —le digo—. La que crea incluso cuando tiene miedo.

Parpadea, y lo veo: esa chispa, tenue pero real.

Cuando volvemos hacia la cabaña, el sol está más alto y esparce diamantes sobre la nieve. Nuestros pasos vuelven a caer en un ritmo fácil, pero dentro de mí, nada es igual.

Porque lo dije. En voz alta.

Y ella no huyó.

No se echó atrás.

Dijo que sí.

Y quizá ella aún no lo sepa, pero esa palabra —esa palabra tan simple, tan pequeña— fue el comienzo de todo.

El comienzo de que ella volviera a confiar. El comienzo de que yo, por fin, volviera a respirar.

El comienzo de nosotros.