Epílogo
Dos años después, la playa donde Lucas y yo nos habíamos besado por primera vez al regresar a Bora Bora amaneció convertida en el lugar más hermoso que había visto nunca.
No porque estuviera cubierta de flores —aunque las había por todas partes— ni porque el embarcadero apareciera adornado con telas blancas que danzaban al ritmo de la brisa, sino porque aquel rincón de la isla concentraba, de alguna manera, toda nuestra historia.
No habíamos querido una boda solemne. Tampoco una celebración llena de protocolos ni de invitados célebres. Bora Bora nunca había sido eso. Nuestra isla olía a sal, a flores de tiaré y a libertad, así que casarnos descalzos sobre la arena era la única opción que tenía sentido.
El altar consistía en una sencilla estructura de madera clara cubierta de buganvillas, hibiscos y orquídeas blancas. Detrás, la laguna brillaba con ese azul imposible que seguía dejándome sin palabras incluso después de tantos años.
Las primeras filas estaban ocupadas por nuestra familia, por los empleados del resort, que hacía mucho habían dejado de ser trabajadores para convertirse en amigos, y por muchos habitantes de la isla que habían visto convertirse en un hombre a Lucas y que, de alguna forma, también me habían visto volver a casa.
Cuando comenzó a sonar la música, respiré hondo antes de echar a andar.
No iba sola.
Mi madre caminaba a un lado y Samantha al otro.
Las dos insistieron en acompañarme hasta el altar porque, según Samantha, «si entre las tres habíamos sobrevivido a un parto en mitad de una tormenta tropical, llegar hasta Lucas iba a ser un paseo».
Todavía me hacía reír su manera de convertir cualquier momento emocionante en una broma.
La pequeña Eleanor apareció delante de nosotras, arrancando una sonrisa colectiva.
Tenía dos años recién cumplidos y llevaba un vestido diminuto de lino blanco que apenas conseguía contener sus ganas de correr. Sujetaba una pequeña cesta de fibras naturales y, colgados de un cojín bordado a mano por varias artesanas de la isla, viajaban nuestros anillos.
Apenas daba tres pasos antes de detenerse para saludar a alguien. Luego volvía a caminar. Después descubría una concha en la arena. Y volvía a detenerse.
Las carcajadas se extendieron por toda la playa.
Lucas se llevó una mano a la frente.
—Creo que va a tardar más que la novia.
—Es una Reed —respondió Samantha orgullosa—. Ya sabes que nos gusta hacernos esperar.
La niña terminó llegando hasta él con una sonrisa inmensa.
Lucas se agachó para recibirla y Eleanor le entregó el cojín con la solemnidad de quien está convencida de realizar la misión más importante del planeta.
Le dio además un beso sonoro en la mejilla.
El aplauso fue inmediato.
Nadie habría imaginado, dos años atrás, que aquella pequeña llevaría ese nombre.
Había sido Samantha quien lo propuso. «Quiero que se llame Eleanor», dijo tras darla a luz. Mi madre creyó que bromeaba.
Samantha negó con la cabeza y respondió con una emoción que todavía hoy recuerdo perfectamente. «Quiero que mi hija lleve el nombre de la mujer que me ha enseñado que siempre existe una forma mejor de querer.»
Mi madre lloró tanto que apenas consiguió darle las gracias.
Desde entonces, la pequeña Eleanor se convirtió en el corazón de aquella familia tan improbable como maravillosa.
La casa también había cambiado.
A propuesta de Samantha, construimos un nuevo ala junto a la mansión Reed.
Ella insistió en que quería criar allí a su hija, cerca de todos nosotros, pero sin invadir nuestro espacio.
El resultado fue una vivienda unida por un gran jardín tropical y una galería cubierta que permitía pasar de una parte a otra en apenas unos segundos.
Lucas resumía la situación mucho mejor.
—Vivimos juntos.
Hacía una pausa teatral.
—Pero no revueltos.
Y siempre terminábamos riendo.
Aquello nos permitía desayunar todos juntos casi cada mañana, discutir sobre quién preparaba las mejores ensaladas, compartir cenas interminables y ver crecer a Eleanor rodeada de cariño, sin renunciar ninguno a su propia intimidad.
Alexandra, por supuesto, seguía apareciendo cada verano como un huracán.
Aseguraba que el aeropuerto de Bora Bora ya debía poner una alfombra roja con su nombre.
Aquel día era mi dama de honor. Aunque ella prefería otra definición.
Unos minutos antes, mientras terminaban de colocarme el velo pirata en la cabeza, me abrazó por los hombros y sonrió a través del espejo.
—No soy tu dama de honor.
—¿Ah, no?
—No.
Negó con absoluta convicción.
—Soy tu sostén emocional.
Solté una carcajada.
—Qué elegante.
—Cada una tiene el cargo que merece.
—¿Y quién te ha nombrado?
—Yo misma.
—Debí suponerlo, qué tonta yo.
—Es un puesto de enorme responsabilidad.
Nos abrazamos durante unos segundos.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
Miré hacia la playa, donde Lucas esperaba con esa mezcla de serenidad y emoción que siempre conseguía transmitirme calma.
Sonreí.
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
Respiré despacio.
—Porque llevo años sintiendo que estoy exactamente donde debo estar.
Alexandra besó mi frente.
—Pues ve. Hay un pobre hombre esperando desde hace un rato y creo que, si tardas mucho más, necesitará beberse un montón de esos cócteles sensacionales que prepara.
Cuando llegué junto a Lucas, sus ojos ya estaban brillando.
—Hola —susurró.
—Hola.
—Estás…
Negó con la cabeza.
—No encuentro una palabra que esté a tu altura.
Le acaricié la mano.
—Pues no la busques.
Durante la ceremonia apenas pude apartar la vista de él.
Mientras pronunciábamos nuestros votos, el mar parecía acompañar cada palabra con el rumor tranquilo de las olas.
No prometimos perfección. Prometimos seguir eligiéndonos. Cada mañana. Incluso los días difíciles. Especialmente esos.
Antes del intercambio de anillos, levanté la vista hacia el horizonte.
Muy cerca del altar, sobre una pequeña mesa de madera, descansaba una fotografía de mi padre sonriendo, tomada muchos años antes, cuando el resort aún era un sueño gigantesco.
Una sencilla flor blanca reposaba junto al marco.
No sentí tristeza. Solo gratitud. Porque, de alguna manera, él seguía allí.
En la isla que tanto había amado.
En la familia que, pese a todos los errores, había terminado encontrando el camino de regreso.
Y en el hombre al que yo estaba a punto de llamar marido.
Cuando Lucas deslizó el anillo en mi dedo, comprendí que el amor nunca había consistido en encontrar a alguien que llenara mis vacíos.
Había consistido en encontrar a alguien que caminara a mi lado cuando ya estaba completa.
Alguien que nunca intentó salvarme porque jamás me vio rota.
Solo me quiso. Así de sencillo. Y quizás por eso funcionó.
La música comenzó a sonar en cuanto nos besamos.
Mi hermanita aplaudía con entusiasmo desde los brazos de Samantha, Alexandra lloraba mientras insistía en que tenía arena en los ojos, mi madre reía sin dejar de secarse las lágrimas y todo el resort estalló en una ovación que se confundió con el murmullo del océano.
Mientras caminábamos descalzos por la playa entre aplausos, flores y abrazos, levanté la vista hacia el inmenso cielo de Bora Bora y tuve la absoluta certeza de que algunas historias no terminaban con un «para siempre».
Las mejores empezaban precisamente allí.