42. LOS DOCE NOMBRES
El juez dictó el auto de identificación el último martes de febrero.
Doce nombres.
Los leí uno por uno en el documento que Diego me mandó esa mañana, con sus edades y sus fechas y los datos que el proceso había podido establecer sobre cada una.
Eran personas que habían tenido doce años, trece, catorce.
Personas que habían tenido vidas antes de llegar a este pinar —familias, escuelas, aficiones que ya no podíamos saber cuáles eran, amigos que las habían buscado durante años o que habían dejado de buscar cuando quedarse esperando se volvió insostenible.
El nombre de Sofía era el undécimo de la lista. Sofía Alday Torres, doce años en el momento de la desaparición, trece en el momento de la muerte. Identificada por comparativa de ADN.
Doce mujeres cuyos restos habían sido localizados en el perímetro ampliado del pinar y en dos zonas adicionales identificadas a partir de la documentación del sótano y del cuaderno de Eugenia.
La segunda persona encontrada en el primer hallazgo había resultado ser el caso del año 2001 que estaba documentado en el expediente —un nombre, una familia en un municipio vecino que llevaba veintitrés años esperando.
Leí los doce nombres otra vez desde el principio, despacio, con el mismo cuidado con que se lee algo que merece ser leído bien.
No eran solo nombres —eran doce biografías truncadas, doce conjuntos de cosas que alguien había amado y aprendido y pensado antes de que el pinar fuera el último lugar donde estuvieron.
Doce edades entre los doce y los dieciséis años.
Doce periodos de desaparición que oscilaban entre dos y veintitrés años.
Doce familias que habían seguido viviendo con un hueco que tenía la forma exacta de cada una de esas personas.
El undécimo nombre era el de Sofía.
Lo leí con la misma atención con que había leído los otros diez que le precedían.
No porque me fuera a decir más de lo que ya sabía —el nombre en el documento era el resumen administrativo de algo que yo conocía con mucho más detalle, en muchas más dimensiones.
Lo leí así porque Sofía merecía ser leída con la misma atención que los otros once. No más. No menos. La misma.
Once familias notificadas era once familias que después de años —en algunos casos décadas— de no saber, ahora sabían.
Era once familias que podían enterrar, que podían poner una piedra con un nombre, que podían pasar del limbo de la búsqueda activa al duelo, que es más pesado en algunos sentidos y más liviano en otros —el duelo sabe hacia dónde va, la búsqueda no.
Yo había hablado con tres de esas once familias la semana anterior.
Eran conversaciones difíciles de maneras distintas —una madre que llevaba veintidós años sin poder responder a la pregunta de dónde estaba su hija y que ahora tenía la respuesta y la respuesta era lo que más temía pero que de todas formas prefería tener.
Un padre que no lloraba pero que apretaba el teléfono con tanta fuerza que yo lo oía a través del auricular.
Una hermana que dijo que necesitaba un día para procesar y que llamó al día siguiente con una lista de preguntas tan precisa y ordenada que yo la escuché con algo parecido al reconocimiento —así era como yo también gestionaba las cosas que me superaban.
La duodécima persona seguía sin identificar. Un nombre todavía desconocido. Una persona sin familia identificada, sin nadie que hubiera presentado denuncia en ningún registro, sin ningún rastro en ningún sistema.
Diego me lo contó por teléfono con el tono específico de los reportes de avance —directo, sin inflexión, el tono que se usa cuando el contenido es demasiado importante para permitir que la emoción lo distorsione.
—Once familias notificadas. Todas con acompañamiento del juzgado. —Una pausa—. La décima segunda sigue en investigación. El fiscal ha pedido acceso a los registros de centros de acogida de tres provincias limítrofes para buscar coincidencias.
—¿Cuánto tardará?
—No lo saben. Puede ser meses. Puede ser años. Puede no resolverse.
—¿Quién lleva la búsqueda?
—Hay un equipo en el juzgado. —Una pausa—. Y Marcos Serrano ha pedido colaborar. Dice que conoce fuentes que el juzgado no conoce todavía.
Marcos, como siempre, encontrando la manera de ser útil desde el margen.
Había algo en esa constancia —la de Marcos, la de Eugenia, la de Tomás, la de Diego— que me parecía la descripción más exacta de lo que significa no rendirse: no la intensidad del momento decisivo sino la persistencia de seguir siendo útil en la siguiente búsqueda, hasta que algo aparece o hasta que queda establecido que ya no hay más que aparecer.
El duodécimo nombre era la siguiente búsqueda. Y habría personas dispuestas a seguirla cuando llegara el momento.
**********
Eugenia me llamó esa tarde.
—He oído lo del auto —dijo—. Once familias.
—Sí.
Silencio durante un momento.
—¿Y la duodécima?
—Todavía no.
Otro silencio, más largo.
—Cuarenta y ocho años —dijo Eugenia—. Empecé este cuaderno hace cuarenta y ocho años. Doce nombres. Once con familia. Uno sin. —Una pausa—. No me parece suficiente cerrar sin el doce.
—No va a cerrar sin el doce, Eugenia. El proceso continúa. —Hice una pausa—. Y tú has hecho lo que había que hacer. Once familias lo saben porque tú llevabas cuarenta y ocho años documentando.
—Lo hice por ellas, no para estar satisfecha.
—Lo sé. Pero las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Un silencio.
—¿Cómo están las familias? —preguntó Eugenia—. Las que ya saben.
—Distintas. Cada una con su manera. —Hice una pausa—. Hay una madre que me dijo que por primera vez en veintidós años puede dormir de un tirón. No porque la noticia sea buena. Sino porque ya no espera. —Otra pausa—. El duelo es distinto a la espera. El duelo sabe hacia dónde va.
Eugenia tardó.
—¿Crees que lo encontrarán?
—Creo que Marcos Serrano y el juzgado van a seguir buscando hasta que lo encuentren o hasta que quede establecido que no hay más que encontrar. —Una pausa—. Y creo que el proceso de buscar importa, aunque el resultado llegue tarde.
Eugenia aceptó eso con la calma de quien ha llegado al punto donde lo que depende de ella ya está hecho y lo que queda depende de otros. Eso estaba bien. Era la calma de quien trabaja durante décadas sin reconocimiento y se sostiene igual.
**********
El ayuntamiento anunció el memorial el primer viernes de marzo.
La alcaldesa provisional leyó la nota de prensa desde la sala de plenos. Estaba Diego en uniforme, estaba Marta con su libreta, estaban varias personas de las once familias que habían podido llegar ese día.
Yo estaba en el fondo de la sala, junto a Eugenia, que había venido en taxi desde la calle del Molino porque sus rodillas ya no la dejaban caminar hasta el ayuntamiento sin que le dolieran demasiado para concentrarse en lo que iba a escuchar.
Eugenia escuchó la nota de prensa con los ojos cerrados. No por emoción. Porque a veces hay cosas que se reciben mejor cuando el único sentido activo es el oído.
Cuando terminó la lectura, Eugenia abrió los ojos.
—Bien —dijo casi en voz baja, para nadie en particular, o quizás para las niñas del álbum de Rosario Vega, o quizás para ella misma después de cuarenta y ocho años de espera.
El memorial estaría en el pinar, con los doce nombres grabados en piedra —los once identificados y el espacio en blanco que correspondía al duodécimo. Debajo de los nombres, una frase. La había propuesto Vera a través de Marcos, que la había transmitido al ayuntamiento con su eficiencia habitual.
Aquí. Recordadas. No olvidadas.
Cuando Marcos me mandó el mensaje con la frase, antes de que se la transmitiera al ayuntamiento, yo lo leí tres veces. Luego le pregunté de dónde la había sacado Vera.
—Dice que se le ocurrió cuando estaba en la librería ordenando libros. Que estaba moviendo un libro de un sitio a otro y que la frase apareció sin que ella la buscara.
Así son las frases que quedan. No se buscan. Se encuentran cuando uno está haciendo otra cosa, cuando el espacio interior está lo suficientemente abierto para que lleguen.
Pensé en la cadena que había llevado esa frase de una librería de Lavapiés a un memorial en un pinar.
Vera ordenando libros, sin saber que estaba buscando palabras.
Las palabras llegando porque alguien que se llama Sofía le había enseñado que los libros son el lugar donde las cosas sin sitio encuentran uno.
Esa enseñanza llegando a Vera a través de Carmen Alday, que la había recibido de una hija a quien había fallado y a quien había amado con las herramientas que tenía, que no eran todas las que hacían falta pero que fueron las que hubo.
Aquí. Recordadas. No olvidadas.
Tres palabras y una negación. La misma estructura que ya casi —pequeña, directa, sin adornos, con todo el peso en su sitio. Como si la única manera de decirle la verdad a algo tan grande fuera con muy pocas palabras elegidas con mucho cuidado.
Vera tenía veinte años. Lo había entendido solo.
Vera tenía veinte años y había llegado a este pinar sin historia conocida y había dejado allí una piedra con el nombre de su madre y una frase para doce personas a las que nunca había conocido pero que tenían que ver con ella de maneras que el tiempo iría desvelando.
No había planeado nada de eso. Solo había estado disponible cuando llegó el momento.
Igual que Tomás Serrano volviendo al pueblo después de ocho años.
Igual que Marcos construyendo el camino con los materiales de su padre.
Igual que Eugenia esperando cuarenta y ocho años con el cuaderno.
Igual que Diego pidiendo el destino en este pueblo nueve años atrás.
Igual que mi madre grabando diecisiete notas de voz con la voz firme del que ya no tiene más tiempo que perder.
Igual, quizás, que yo volviendo para el funeral de mi madre con la suspensión en el bolsillo y sin saber lo que iba a encontrar.
Ninguno de nosotros había planeado llegar aquí. Todos habíamos estado disponibles cuando el momento llegó.
Había aprendido algo sobre eso en las últimas semanas que no habría podido aprender de ninguna otra manera: que estar disponible no es lo mismo que estar preparado.
Preparado implica que se sabe de antemano lo que va a llegar.
Disponible implica solo que cuando llegue, uno está.
Sin saber exactamente qué forma va a tener, ni qué va a costar, ni si va a salir bien.
Solo disponible —en el lugar, con lo que tiene, con la disposición a usarlo.
Era la única instrucción que todos los que habían llegado aquí habían seguido. Y era, quizás, la única que importaba.
El momento había llegado, y habíamos llegado nosotros, y en el pinar había doce nombres grabados en piedra y un espacio en blanco que seguía esperando y un arbusto de romero plantado en enero que crecía porque es lo que hacen los arbustos de romero cuando los cuidan.