Herencia Alday 34. EL CASO HERRERA
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34. EL CASO HERRERA

La llamada llegó el miércoles por la mañana, desde un número de Madrid que yo no tenía guardado pero que reconocí por el prefijo: la zona de Salamanca, los despachos de abogados y notarías y bufetes que llenan esas calles anchas del Madrid de principios de siglo.

Era una abogada. Se llamaba Lucía Prado y me habló con la eficiencia de quien tiene mucho que decir y poco tiempo que perder.

No se presentó con más detalle que su nombre y su relación con Rubén Herrera.

La eficiencia de quien trabaja en casos donde el tiempo siempre va en contra, donde cada conversación que se alarga es tiempo que alguien que no ha hecho nada está encerrado en un lugar donde no debería estar.

Yo conocía ese cálculo. Lo había hecho muchas veces desde el otro lado.

—Soy la defensora de Rubén Herrera —dijo—. El hombre que pasó dieciocho meses en Soto del Real basándose en parte en su informe pericial.

—Sé quién es Rubén Herrera —dije.

—Bien. Entonces también sabrá que la prueba nueva que excluyó su perfil genético de la escena del crimen no es solo exculpatoria. Es más que eso.

Me quedé quieta con el café en la mano.

—¿Qué significa más que eso?

—Significa que el ADN que se encontró en la escena es identificable.

Que la base de datos policial tiene ese perfil.

Y que ese perfil pertenece a alguien que cuando se recogió la evidencia era colaborador activo de la unidad que instruyó el caso.

—La voz de Lucía Prado era completamente plana, la voz de quien lleva meses con esta información y ha aprendido a decirla sin que la temperatura de la frase traicione lo que le produce—.

La evidencia no fue contaminada de manera accidental. Fue gestionada.

Procesé eso durante tres segundos.

—¿Estás diciéndome que manipularon la escena del crimen para apuntar hacia Herrera?

—Estoy diciéndote que la evidencia disponible apunta en esa dirección.

Lo que yo necesito ahora es que alguien que estuvo en el proceso desde el principio me diga qué vio y qué no vio, y cuándo.

—Pausa—. Usted elaboró el perfil psicológico que corroboró la acusación.

Lo elaboró de buena fe, eso no está en discusión.

Lo que está en discusión es si en algún momento del proceso alguien le presentó información de una manera que orientara sus conclusiones en una dirección específica.

Me puse de pie sin darme cuenta.

Dieciséis meses de suspensión. Cargando todo ese tiempo con la posibilidad de que mi diagnóstico hubiera enviado a un inocente a prisión. Dieciséis meses preguntándome qué había visto mal, qué había interpretado de manera incorrecta, dónde había estado mi error.

Y ahora, que quizás no había sido un error. Que quizás alguien se había asegurado de que yo viera lo que necesitaban que viera.

—¿Cuándo necesitas que hable? —dije.

—Lo antes posible. Pero antes de que lo haga necesito que sepa algo. —Lucía Prado bajó ligeramente la voz—. El juez que firmó la orden de entrada y registro en el Caso Herrera, el que validó toda la cadena de custodia de la evidencia. ¿Recuerda su nombre?

—Vázquez Mora —dije.

—Correcto. —Una pausa—. ¿Sabe si tiene alguna relación con un magistrado de la Audiencia Nacional llamado Esteban Quiroga?

El suelo del salón pareció desplazarse ligeramente bajo mis pies.

—¿Son de la misma red? —dije.

—Comparten un pasado en el mismo colegio de abogados de Madrid, a mediados de los noventa.

Y comparten algo más, que es lo que el fiscal está empezando a desenredar desde esta semana.

—Pausa—. El Caso Herrera y el caso del reformatorio no son necesariamente el mismo caso.

Pero puede que compartan parte de la misma infraestructura.

—La red judicial.

—Parte de ella. Lo que la fiscal sospecha, y lo que yo necesito que usted me ayude a documentar desde el punto de vista del proceso pericial, es que hubo casos en diferentes jurisdicciones donde el resultado fue gestionado a través de la cadena de peritos, no directamente por los jueces.

Los jueces simplemente validaban lo que los peritos les entregaban.

Los peritos, a su vez, trabajaban con la información que les proporcionaban las unidades de instrucción.

Y en algunas de esas unidades había personas que respondían a intereses que no eran los del proceso judicial.

Tardé en responder.

—Yo no supe que me estaban manipulando.

—Eso es exactamente lo que necesito que diga.

Y que lo demuestre con el procedimiento.

—Una pausa—. Usted actuó de buena fe con la información que tenía.

Lo que cambió no fue su capacidad de análisis sino la calidad y la selección de los datos que le proporcionaron. Eso es lo que hay que documentar.

Salí al patio de la casa de mi madre. Los geranios nuevos recibían el sol de la mañana con ese primer color que era todavía más promesa que hecho. El muro del cementerio al fondo, los cipreses, el mismo paisaje de siempre.

Me quedé en el patio con el teléfono en la mano un momento más antes de responder, porque la respuesta necesitaba ser dicha desde aquí —desde este patio, con los geranios y el cementerio y las semanas de este pueblo encima— y no desde el piso de Madrid donde había elaborado el informe original.

El informe original lo había hecho desde la certeza.

Lo que tenía que hacer ahora, lo haría desde la comprensión de lo que la certeza mal informada puede llegar a costar. A mi y a otras personas.

—¿Qué quiere que haga? —dije.

—Que escriba un informe complementario al que ya presentó.

Uno que describa el proceso de elaboración del perfil psicológico: qué materiales le proporcionaron, en qué orden, quién los seleccionó.

No para contradecir sus conclusiones anteriores, que se sostienen dado lo que usted tenía.

Para mostrar qué se omitió y quién lo omitió.

—¿Cuándo?

—Dos semanas.

Colgué.

Me quedé en el patio con el teléfono en la mano y los geranios delante y la certeza creciente de que el caso que había creído que era una historia de mi propio error resultaba ser algo diferente.

Una historia de alguien que se había asegurado de que yo cometiera el error correcto en el momento correcto, por razones que todavía no terminaba de entender del todo.

Dieciséis meses. Había pasado dieciséis meses creyendo que había fallado en lo más fundamental de mi trabajo.

Que no había visto lo que estaba ahí. Que la psicóloga forense que diagnosticaba el estado mental de los sospechosos no había sido capaz de ver la manipulación cuando le tocaba a ella recibirla.

Y ahora la arquitectura del error se reordenaba en algo diferente.

No había fallado en ver. Habían decidido qué tenía que ver.

Habían seleccionado la información, habían gestionado el acceso, habían construido el contexto en el que mis herramientas profesionales llegaran a la conclusión que necesitaban que llegaran.

No era absolución. Rubén Herrera había pasado dieciocho meses en Soto del Real de todas formas, y yo había contribuido a eso de buena fe, pero había contribuido. La distinción entre el error y el daño deliberado no cambiaba el resultado para él.

Pero cambiaba lo que yo tenía que hacer ahora. No solo corregir, sino señalar. No solo reconocer el error sino identificar quién lo había construido y cómo.

Fui a la estantería del salón y saqué un cuaderno en blanco.

Si tenía que reconstruir el Caso Herrera desde el principio, necesitaba el mismo método que había usado aquí: papel, bolígrafo, tres columnas.

Lo que sabía, lo que infería, lo que no sabía todavía.

La primera columna solo tenía tres entradas cuando llegó Diego, pero esas tres entradas eran suficientes para ver ya la arquitectura de lo que había ocurrido.

**********

Diego llegó en diez minutos. Esta vez sí con cara de no haber dormido suficiente.

—Vázquez Mora —dije, antes de que se sentara.

—Lo sé. —Se sentó—. El fiscal me llamó hace veinte minutos. Está abriendo una nueva línea de investigación sobre la relación entre Vázquez Mora y Quiroga. —Una pausa—. No es el único juez. Hay al menos tres más identificados en diferentes jurisdicciones.

—Una red de protección judicial.

—Así es. La Fundación de la Sagrada Familia tuvo acceso a procesos judiciales durante veintisiete años no solo porque Quiroga archivaba casos cuando llegaban a la Audiencia Nacional. Tenían una red en los juzgados de instrucción de primera instancia.

Me senté frente a él.

—Yo no cometí un error en el Caso Herrera —dije. Lo dije en voz alta por primera vez, no como absolución sino como verificación de un hecho—. Alguien manipuló lo que yo recibí para que mi diagnóstico apuntara en la dirección correcta para ellos.

—Es lo que parece. —Diego me miró—. Lo que todavía no sabemos es si el Caso Herrera tenía que ver directamente con la red o si Herrera fue simplemente un inocente conveniente cuyo caso fue el vehículo para algo más.

—¿Qué algo más?

—Eso es lo que el fiscal está investigando.

Me quedé en silencio durante un momento.

Dieciséis meses de suspensión. Dieciséis meses creyendo que había fallado en lo más fundamental de mi trabajo.

En ver lo que estaba ahí. Y la respuesta era que no había fallado en ver, sino que alguien había decidido lo que tenía que ver.

La diferencia era la diferencia entre el error y el daño que alguien te hace deliberadamente.

Ambos producen el mismo resultado. Solo uno es culpa tuya.

—Necesito el expediente completo —dije—. Lucía Prado me lo manda esta tarde. Cuando lo tenga, quiero revisar cada pieza desde el principio.

—De acuerdo. —Diego me miró—. ¿Estás bien?

—Estoy empezando a estarlo —dije—. Que no es lo mismo que estarlo todavía. Pero la diferencia entre los dos es medible. Y hace dos semanas eso tampoco era cierto.

Diego asintió. Sabía lo que significaba. Había estado en ese mismo punto durante nueve años en este pueblo. Empezando a estar bien, sin estar del todo bien todavía, manteniendo el trabajo y el movimiento como el único sustituto disponible de la resolución que todavía no había llegado.

—Una cosa más —dijo, levantándose—. Rubén Herrera sabe que estás aquí. La abogada lo ha mantenido informado. — Hizo una pausa en la puerta—. Cuando estés lista para hablar con él directamente, ella puede facilitarlo.

Me quedé con eso cuando Diego se fue.

Rubén Herrera. Dieciocho meses en Soto del Real.

No por culpa mía en el sentido de que yo hubiera actuado de mala fe.

Pero sí como parte de un proceso en el que yo había sido la pieza que alguien había colocado en el lugar correcto para que las cosas salieran como salieron.

Eso no desaparecía. La distinción entre el error y el daño deliberado no lo hacía desaparecer.

Lo que sí podía hacer era, redactar el informe correcto ahora.

Con los ojos que tenía ahora. Señalando qué se había omitido y quién lo había omitido y cómo ese mecanismo de selección había funcionado para que mis herramientas profesionales llegaran al lugar que alguien había decidido que tenían que llegar.

Y luego, cuando estuviera lista, hablar con Rubén Herrera. No para que me absolviera, sino  para que él también supiera lo que había ocurrido de verdad.