25. EL CAMINO A MADRID
Salimos el lunes a las siete de la mañana.
Diego llegó puntual, con el coche limpio y una bolsa de papel con dos cafés y dos napolitanas de chocolate que puso en el salpicadero sin decir nada, como quien sabe que en los viajes que importan los gestos pequeños hacen más que las palabras grandes.
Metí el abrigo en el maletero junto a la mochila pequeña que había preparado la noche anterior.
Dos días fuera, lo suficiente para lo que había que hacer y no más.
La calle del Pozo estaba vacía a esa hora.
El farol de la esquina todavía encendido contra el amanecer gris.
La maceta de los geranios muertos junto a la puerta de la casa de mi madre, que yo no había recogido todavía porque recogerla significaba admitir algo que todavía no estaba lista para admitir del todo.
Antes de entrar al coche me giré y miré la fachada un momento.
Hacía menos de dos semanas que había llegado aquí para enterrar a mi madre.
En ese tiempo habían ocurrido cosas para las que no tenía todavía el nombre completo.
No me habían pasado, exactamente, sino que habían ocurrido a mi alrededor y yo había participado en ellas de la manera en que se participa en las cosas que necesitan ocurrir, que es con todo lo que tienes, aunque en ese momento, no sepas que lo estás poniendo todo.
Eugenia me había llamado la noche anterior para despedirse. Su voz tenía esa textura nueva que yo había empezado a reconocer en los últimos días. No el silencio aprendido de cuatro décadas, sino algo más abierto, más aireado. No alegría exactamente. Más parecido a respirar sin calcular el volumen.
—Ve —me había dicho—. Y cuando encuentres lo que vas a encontrar, vuelve y cuéntamelo. No para mí. Para las niñas del álbum.
Le había prometido que lo haría.
Entré al coche. Diego arrancó.
**********
Llevábamos media hora en la autovía cuando Diego habló.
—Leí las cartas anoche otra vez. Todas. Las que no tenían destinatario también.
—¿Y?
—Hay algo en la segunda carta que necesitas saber antes de llegar.
—Una pausa que no era duda sobre si decírmelo sino la pausa de alguien que está ordenando cómo decirlo—.
Sofía describe lo que le pasó después de septiembre de 2006.
No con detalle, no con nombres, pero sí con suficientes palabras como para entender el orden de los hechos.
Lo miré de perfil. Los ojos en la carretera, las manos sobre el volante con esa posición de quien conduce desde hace muchos años y ya no piensa en las manos.
—Dime.
—En septiembre de 2006 la sacaron del lugar donde estaba.
No porque ella lo hubiera pedido ni porque hubiera escapado.
La sacaron porque la red estaba cerrando ese tramo de la operación.
El reformatorio llevaba cuatro años cerrado, los traslados se habían reducido, y tener a una chica de doce años retenida en un lugar que ya no funcionaba como centro era un riesgo que no valía mantener.
—Diego hizo una pausa breve—. La llevaron a otro sitio.
Fuera de esta provincia. Sofía no dice dónde.
Dice que era un lugar que parecía una casa normal.
Que había otras personas, no solo niñas.
Que las condiciones eran distintas a las del reformatorio pero que la situación era la misma.
Miré la carretera. El paisaje había cambiado. Ya no había pinos ni olivos sino la llanura de la meseta con su color ocre de enero, plana y extensa y sin sitio donde esconderse.
—¿Y Vera? —dije.
—Vera nació en ese lugar en diciembre de 2006. —Lo leyó de la carta con la voz de quien ha releído la misma frase muchas veces sin terminar de integrarla del todo—. Sofía tenía doce años.
No dije nada durante un momento.
—¿Qué pasó después?
—Sofía no lo describe en detalle. Lo que sí dice es que a Vera se la llevaron a los pocos días de nacer.
Que no supo adónde. Que durante semanas creyó que la habían matado.
—Una pausa—. Y luego hay una frase que Sofía escribe con una letra diferente a las demás, más apretada, como si hubiera tardado mucho en poder escribirla: dice que alguien le contó que la niña estaba viva.
Que estaba en buenas manos. Que la persona que se la había pedido a Blanes era alguien que la quería de verdad.
—Mi madre.
—Tu madre. —Diego asintió—. Sofía lo supo. Supo que Vera estaba con Carmen. Y dice que eso fue lo único que le permitió seguir.
La autovía se extendía delante de nosotros con su geometría recta e impasible. Pasamos un camión, un área de servicio, una señal que indicaba Madrid a ciento cuarenta kilómetros.
—¿Qué más dice la carta?
Diego tardó.
—Dice que a finales de 2007 la trasladaron una última vez. A un lugar que describe como definitivo. No en el sentido de permanente. En el otro sentido.
Lo miré.
Definitivo. Una palabra con una sola interpretación posible cuando quien la usa tiene quince años y lleva un año y pico dentro de algo que no tiene salida y que acaba de recibir la confirmación de que la niña que tuvo está viva y en manos de alguien que la quiere.
Definitivo significaba que Sofía sabía lo que iba a pasarle. Y había escrito las cartas de todas formas. Había escrito la que me pedía que buscara a Vera. Había escrito la que me daba permiso para no seguir cargando aquella tarde de septiembre.
Las había escrito sabiendo que quizás nunca llegarían, porque escribirlas era la única forma que le quedaba de seguir siendo alguien en lugar de convertirse solo en algo que le había pasado.
Me quedé con eso durante varios kilómetros. El paisaje de la meseta seguía siendo plano e implacable a los dos lados.
—¿Qué hay en la segunda carta? —dije—. La que Marcos tiene todavía.
—No lo sé. No estaba con las demás. Marcos la guardó aparte. Dijo que había una razón para que no la leyeras antes de haber estado con Vera.
El kilómetro ciento treinta y nueve. Ciento treinta y ocho.
—¿Cómo está Vera? —pregunté.
—Marcos dice que bien. —Diego hizo una pausa—.
Dice que es una persona que ha construido una vida con los materiales que tenía, que no son muchos pero que los ha usado bien.
Dice que trabaja en esa librería porque le gustan los libros desde siempre, que tiene un piso compartido en Lavapiés, que tiene amigos.
—Otra pausa—. Y dice que desde hace tres años lleva buscando información sobre sus orígenes.
Que sabe que hay algo que no encaja en la historia que le contaron de pequeña pero que todavía no sabe qué.
—¿Qué le contaron de pequeña?
—Que su madre había muerto cuando ella era un bebé. Que no había más familia.
Procesé eso en silencio durante varios kilómetros.
—¿Sabe que vamos?
—Marcos se lo dijo ayer. Le dijo que había personas que querían conocerla. Que tenían información sobre sus orígenes. Que, si quería recibirlos, estarían allí el lunes por la mañana.
—¿Y qué respondió?
—Que sí. —Una pausa—. Marcos dice que respondió sin dudar.
Eso me quedó un momento en la cabeza: ese sí, sin duda de una chica de veinte años que llevaba tres años buscando los bordes de una historia que no terminaba de encajar.
El mismo instinto que Sofía había tenido a su edad.
No el instinto de los que tienen miedo sino el de los que han decidido que lo que importa es saber, aunque lo que sepan cambie todo.
Madrid apareció en el horizonte dos horas después, con su contorno de grúas y edificios y el cielo gris de enero sobre todo eso. Diego aparcó en la ronda y estuvimos un momento sin salir del coche.
—¿Estás lista? —preguntó.
—No. Pero eso no cambia nada.
Diego asintió. Los dos lo sabíamos. La preparación no es lo que hace posible las cosas que importan.
Es ir de todas formas. Y los dos habíamos llegado a este punto siguiendo exactamente esa lógica, desde el principio, sin que en ningún momento estuviéramos realmente listos para lo que venía a continuación y yendo de todas formas porque no había otra opción que valiera.
**********
Llegamos a Lavapiés al mediodía.
Caminamos hacia la dirección que Marcos nos había indicado. El barrio tenía esa mezcla específica de antiguo y provisional que tienen los lugares donde la gente llega con lo que tiene y construye algo que parece temporal y que resulta ser lo más sólido que han construido en mucho tiempo.
Tiendas pequeñas, bares con menú del día, una frutería que ponía los precios en tres idiomas, niños en un parque con los abrigos de colores que hacen los niños más reconocibles en los parques grises de invierno.
La librería estaba en una calle estrecha que bajaba desde la plaza, entre una tienda de alimentación árabe y un local de tattoo con la persiana a medio bajar.
El letrero de madera pintado a mano: Librería La Escucha, segunda mano.
La planta en el alféizar que alguien había dejado crecer demasiado sobre el cristal, exactamente como en la foto que Marcos le había mandado a Diego.
Me detuve en la acera.
Había luz dentro aunque el cartel de la puerta indicara que abrían a las diez y eran las doce menos cuarto.
Por el cristal se veían las estanterías, los lomos de los libros de segunda mano ordenados con un criterio que no era el alfabético, y al fondo, de espaldas, alguien recolocando algo en una estantería alta con la concentración pausada de quien hace las cosas de memoria.
Diego también se detuvo a mi lado. Los dos mirando la puerta de una librería de barrio en una mañana gris de enero.
Él con las cartas de Sofía en la memoria.
Las había releído en el coche, en silencio, y yo no había interrumpido ese silencio porque era un silencio que necesitaba su propio espacio.
Yo con la foto del cajón de mi madre, los ojos que yo había reconocido antes de saber lo que significaba reconocerlos, la carta con el permiso que tardé veinte años en recibir y que llegó con trece días de retraso sobre el momento exacto en que lo necesitaba.
Había pensado en este momento muchas veces desde que Marcos me había dado la dirección.
No había podido imaginar cómo sería exactamente, y ahora que estaba en él descubrí que eso había sido lo correcto.
Que algunas cosas no deben imaginarse antes, porque si las imaginas construyes una expectativa que la realidad no puede cumplir de la manera correcta.
Lo que había detrás de esa puerta no era la conclusión de algo sino el principio de otra etapa. Un principio que todavía no tenía nombre pero que ya tenía forma. La forma de una joven de veinte años con los ojos de Sofía que había dicho que sí sin dudar cuando le preguntaron si quería saber.
—¿Entramos? —preguntó Diego.
No respondí con palabras. Empujé la puerta. Y en el segundo exacto en que la puerta se abrió y el olor de papel viejo y café y madera de estantería llegó al encuentro del frío de la calle, la persona que estaba al fondo se giró.