Heredarán el silencio PRÓLOGO — Antes
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Heredarán el silencio

Heredarán el silencio

Por Jan Nebel Gonzalo

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PRÓLOGO — Antes

PRÓLOGO

Antes

El hombre llevaba dieciséis horas sin dormir.

Estaba sentado en una silla de madera junto a la cama, en una habitación pequeña con las contraventanas cerradas. Olía a hierba seca quemándose en la lámpara de aceite. Un olor antiguo. Hacía once meses que ella estaba enferma. La lámpara llevaba cinco días sin apagarse.

Tenía las manos viejas y muy quietas. Los dedos manchados de tinta.

La camisa abierta en el cuello porque el sudor le había vuelto el lino incómodo y porque ya nada del aspecto importaba demasiado.

En la pared, dos fotografías. En la mesilla, una caja pequeña de madera, cerrada, con cinco rayas grabadas a punta de cuchillo. La barba canosa, a medio cortar.

Miró a su mujer respirar.

Ella llevaba todo el día respirando peor. El médico había venido al amanecer, había vuelto al mediodía, había dicho lo único que se podía decir…

La luz que entraba por la rendija inferior de las contraventanas, hacia las seis de la tarde, sería la última que ella vería.

La habitación estaba tan en silencio que se oía, lejos —muy lejos, varias plantas más abajo en algún punto del complejo— el zumbido continuo de las máquinas que no se podían apagar.

El hombre apartó la vista de su mujer. Cogió la libreta y después la pluma. Quedaban cuatro páginas en blanco al final. Durante meses había ido llenando el resto con su letra clara y pequeña.

Escribió tres frases en la primera de ellas.

«La galaxia hereda lo que sembramos en ella.

Que algún día herede algo distinto del silencio.

No supimos hacerlo nosotros.»

Las leyó dos veces. La segunda le costó más que la primera.

*  *  *

Hacia la medianoche se levantó.

Salió de la habitación con la libreta. Bajó.

En la planta inferior, una sala amplia con paredes metálicas y una consola larga llena de diales.

Encima, siete luces verdes pequeñas, una al lado de otra.

Cada una correspondía a un emplazamiento desde el que todavía se podía lanzar, uno de los pocos lugares donde aún quedaba gente suya trabajando en la oscuridad.

Cada uno había costado más años de los que el hombre quería contar.

Esa noche solo quedaban cuatro encendidas.

Las otras tres se habían ido apagando desde el anochecer, una detrás de otra, a medida que aquello que caía del cielo alcanzaba aquellos lugares.

Una mujer joven estaba sentada ante la consola. Tenía los ojos hinchados de no dormir y, en la mano izquierda, una taza fría.

—Maestro.

—¿Cuántas quedan?

—Doscientas siete preparadas en los tubos. Otras ciento veinte mil en los almacenes refrigerados, sin tiempo para cargarlas.

El hombre asintió. Se quedó mirando un mapa proyectado en la pared del fondo.

El mapa mostraba su mundo entero. Sobre él había marcadas, en distintos colores, las trayectorias de lo que caía.

Convergían sobre el planeta entero, sin dejar fuera un solo lugar donde hubiera alguien vivo.

Ninguno de los dos lo nombró. No era obra suya ni de los suyos.

Era la de los otros: la de los que se habían pasado la vida discutiendo qué nombre había que darle al cielo, y que ahora hacían caer de ese mismo cielo, sobre todos por igual, la respuesta.

Cada vez que una de aquellas líneas tocaba tierra, en algún punto del mundo se apagaba una luz que alguien había tardado una vida en encender.

Lo que él estaba a punto de lanzar iría en la dirección contraria: hacia arriba, hacia el espacio, lejos de Yggrhal, hacia mundos que no conocía y de los que no esperaba respuesta. Lo uno caía sobre ellos; lo otro se marchaba para siempre.

El hombre no apartó los ojos del mapa.

—Lánzalas todas —dijo—. Ahora. Sin esperar la ventana óptima.

—Cuatro horas para tenerlas todas cargadas. No puedo ir más rápido.

La mujer joven se inclinó sobre los diales. Sus manos recorrieron las secuencias con una precisión que el hombre reconoció enseguida: era exactamente la forma en que las habría recorrido el padre de aquella mujer, que llevaba muerto dos semanas.

Mientras ella trabajaba, una de las cuatro luces encendidas se apagó.

Sin ruido, sin parpadeo: verde, y después nada.

En algún lugar del mundo, a miles de kilómetros, acababa de dejar de existir un sitio entero.

Ella se detuvo medio segundo, miró la luz apagada, y siguió.

Ninguno de los dos dijo nada. Quedaban tres.

Pero antes de que las secuencias salieran, quedaba una cosa por hacer.

El hombre cogió una pequeña grabadora de la consola, la que registraba los mensajes que se cargaban en las cápsulas junto a los datos.

La activó. Leyó en voz alta, muy despacio, las tres frases de la libreta.

Iban a viajar con las cápsulas, y eran lo único suyo que iba a salir de aquel mundo.

Después, sin apagar la grabadora, habló todavía más bajo:

—Hola.

—Hola, quienquiera que seas.

—Hola, hijo que no veré.

Después apagó la grabadora. El mensaje quedó guardado con las secuencias, listo para salir con ellas.

Lanzaron a las cuatro y dieciocho de la madrugada.

La pantalla curva se iluminó durante un instante con doscientos siete pequeños puntos verdes que salieron en doscientas siete direcciones distintas, cada uno apuntando a un sitio del cielo que el hombre llevaba años calculando con precisión obsesiva.

Los puntos parpadearon. Después se apagaron.

Las cápsulas, ya fuera, dejaron de ser asunto suyo.

Cuando el hombre volvió a mirar, de las luces verdes quedaban dos.

El hombre tocó la consola con el índice durante un segundo. Después apartó la mano.

Pensó, sin querer, en su mujer, que seguía respirando en el cuarto de arriba.

En el médico que había venido por la mañana.

En la libreta que había bajado con él y descansaba ahora sobre la consola.

En las tres frases que acababa de grabar y que iban a seguir diciéndose, dentro de mucho tiempo, en algún sitio del cielo, quizá, con suerte, en un cuerpo que él no iba a poder ver ni imaginar.

*  *  *

El hombre se levantó y recogió la libreta de la consola. La mujer joven, sentada todavía delante, no le miró. Él subió a las cinco menos veinte de la madrugada.

Su mujer seguía respirando. Apenas. Dos respiraciones por minuto. Cada una más lenta que la anterior. El hombre se sentó en la silla de madera. Dejó la libreta sobre la cama. Le tomó la mano. Estaba tibia.

La miró respirar durante mucho rato.

Cuando ella dejó de respirar, hacia las cinco y media, el hombre no lloró. Le apretó la mano una última vez. Le pasó el dorso del pulgar por la mejilla con un cuidado que llevaba meses sin permitirse. Le acercó la libreta. Le leyó las tres frases que había escrito.

Cerró la libreta.

La metió en la caja pequeña de madera de la mesilla y la cerró. Pasó el pulgar por las cinco rayas grabadas en la tapa, una a una, muy despacio, como quien lee algo con la yema del dedo. Se detuvo en la última. Dejó la caja donde estaba.

Se levantó. Salió de la habitación.

Bajó otra vez por el pasillo y por las escaleras. En la sala de la consola, la mujer joven levantó la vista al oírlo entrar. Le bastó la cara del hombre para entender qué había pasado en el cuarto de arriba.

—Maestro.

—Vete a casa, niña. Se acabó.

—Pero las ciento veinte mil…

—Ya no van a salir. No hay tiempo. Vete con tu hijo. Que el final os pille juntos.

La mujer joven lo miró durante un par de segundos. Después se llevó el puño cerrado al pecho. Salió.

El hombre se quedó solo en la sala de la consola.

De las luces verdes quedaba una sola encendida: la de aquella sala, la del sitio donde él estaba.

Las demás se habían ido apagando una tras otra mientras velaba a su mujer allá arriba.

En el cielo, hacia el oeste, una claridad anaranjada llevaba horas creciendo y no se detenía.

No era el alba, y el hombre lo sabía. Sabía qué luz quedaba encendida, y sabía que sería la última en apagarse, y que cuando se apagara no quedaría nadie en ningún sitio para darse cuenta.

El hombre se sentó. Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una fotografía vieja. Ella, mucho más joven, sonriendo en una playa. La puso sobre la consola, boca arriba.

Y esperó.