Herba Vitae CAPÍTULO 6 Bóvedas inundadas
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CAPÍTULO 6 Bóvedas inundadas

BLOQUE 1

La autorización para abrir el acceso llegó cuarenta y ocho horas después.

El operativo comenzó antes del amanecer para evitar la presencia de visitantes. Los jardines del Generalife permanecían cerrados bajo el pretexto de una inspección de conservación y solo un reducido grupo de técnicos conocía la verdadera naturaleza del trabajo.

La gran losa fue rodeada por un armazón metálico diseñado para levantarla sin dañarla.

Lucía revisó por última vez los apoyos.

—Vamos a moverla lo mínimo necesario.

Daniel comprobó las cámaras y los sensores.

—Todo registrado.

Los gatos hidráulicos comenzaron a ejercer presión lentamente.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Después se escuchó un leve crujido.

Una fina nube de polvo escapó por una de las juntas.

Daniel observó el desplazamiento.

—Está cediendo.

Centímetro a centímetro, la piedra comenzó a elevarse.

El aire que salió desde el interior era más frío que el exterior, algo esperable en un espacio subterráneo cerrado y húmedo.

Omar iluminó la abertura.

El haz descendió varios metros antes de perderse en la oscuridad.

No había un simple hueco.

Había una escalera.

Peldaños de piedra descendían hacia los niveles inferiores.

Adrián observó el desgaste de los bordes.

—Esto fue utilizado.

Lucía se acercó.

—¿Cuándo?

—No podemos saberlo todavía.

Algunos peldaños presentaban erosión.

Otros parecían haber sido reparados en épocas posteriores.

Aquello sugería uso y mantenimiento, pero no permitía afirmar durante cuánto tiempo había permanecido operativo el acceso.

Lucía introdujo un equipo de medición ambiental.

Esperaron.

Oxígeno dentro de valores aceptables.

Humedad elevada.

Sin concentraciones peligrosas detectadas por los sensores disponibles.

—Podemos hacer una inspección inicial —dijo.

Isabel estableció las condiciones.

Nadie descendería solo.

No tocarían ningún elemento sin documentarlo antes.

Y regresarían inmediatamente si encontraban signos de inestabilidad o mala calidad del aire.

Adrián encendió la linterna.

Uno tras otro comenzaron a bajar.

Con cada peldaño el ruido exterior disminuía.

Poco a poco quedó únicamente el sonido de la humedad y, más abajo, un murmullo continuo.

Agua.

No parecía cercana.

Pero estaba allí.

La escalera giró varias veces antes de desembocar en un pequeño rellano.

Lucía se detuvo.

El sonido resultaba ahora más claro.

—Tenemos circulación abajo.

Adrián observó la oscuridad.

No habían abierto una cámara sellada esperando despertarlos.

Habían recuperado un acceso olvidado hacia una parte de la infraestructura hidráulica que ya no aparecía en la documentación corriente.

Y por primera vez estaban a punto de recorrerla desde dentro.

BLOQUE 2

La escalera descendía con una inclinación constante.

Los peldaños estaban desgastados y algunas juntas mostraban reparaciones de diferentes épocas. No había derrumbes recientes, aunque Lucía insistió en que aquello no significaba que toda la estructura se encontrara en buen estado.

La temperatura disminuía a medida que bajaban.

Daniel consultó el medidor ambiental.

—Cinco grados menos que arriba.

—Normal en un espacio subterráneo con agua —respondió Lucía.

La humedad era muy elevada.

Las paredes reflejaban el brillo de las linternas.

En algunos puntos aparecían depósitos minerales y manchas asociadas a filtraciones antiguas.

Adrián observaba las fábricas.

No se parecían a la arquitectura decorativa de los palacios.

Pero eso no significaba que fueran anteriores.

Una infraestructura de servicio no necesitaba yeserías ni mosaicos.

Su función podía haber sido completamente práctica.

Al cabo de varios minutos, la escalera terminó.

Frente a ellos se abría una galería abovedada.

El espacio era considerable, pero no infinito.

Las linternas alcanzaban a revelar pilares sucesivos y un canal que ocupaba buena parte del suelo.

El agua avanzaba lentamente.

Lucía permaneció unos segundos observándola.

—Este sí es un canal importante.

Daniel comenzó a levantar el espacio con el escáner láser.

La nube de puntos fue creciendo en la tableta.

Aparecieron una pequeña cámara lateral.

Después otro corredor.

Un tramo cegado.

Una abertura superior.

El modelo empezó a mostrar una infraestructura más compleja de lo esperado.

Pero no una red perfecta.

Había tramos desconectados.

Sectores parcialmente colmatados.

Cambios de sección.

Espacios cuya función no podían determinar todavía.

Omar miró la pantalla.

—Esto pudo tener varias funciones.

Lucía asintió.

—Distribución de agua. Mantenimiento. Regulación. Almacenamiento. Incluso drenaje en algunos sectores.

Adrián recorrió con la linterna una pared.

—Y probablemente no todo pertenece a la misma época.

Daniel amplió el modelo.

Las diferencias constructivas resultaban visibles.

Unos arcos utilizaban un aparejo.

Otros, otro distinto.

Algunos sectores parecían haber sido reparados.

Isabel contempló el mapa.

—Entonces no estamos dentro de una obra concebida necesariamente como una sola unidad.

—No podemos afirmarlo —respondió Adrián.

Eso era importante.

Burgos ya le había enseñado lo fácil que resultaba convertir estructuras acumuladas durante siglos en un supuesto sistema original perfectamente diseñado.

La Alhambra podía esconder una historia mucho más realista.

Canales ampliados.

Galerías reutilizadas.

Accesos clausurados.

Reformas sucesivas.

Partes olvidadas.

Y, quizá, sectores cuya función había cambiado con el tiempo.

Daniel terminó un primer levantamiento.

—Podemos seguir aproximadamente cien metros antes de que el escaneo pierda línea directa.

Lucía observó el agua.

—Primero quiero saber de dónde viene y adónde va.

Colocaron pequeños sensores en diferentes puntos.

La corriente presentaba variaciones de velocidad.

En algunos tramos aumentaba ligeramente.

En otros disminuía.

Nada perfectamente uniforme.

Todo respondía a diferencias de sección, pendiente y obstáculos.

—Esto tiene regulación —dijo Lucía.

Adrián la miró.

—¿Activa?

—No necesariamente mediante un mecanismo en funcionamiento. La propia geometría puede regular el caudal.

Canales más estrechos.

Pequeños desniveles.

Depósitos intermedios.

Derivaciones.

La ingeniería hidráulica podía producir un comportamiento sorprendentemente estable sin necesidad de ninguna máquina oculta.

Omar observó hacia la oscuridad.

—Entonces quizá este sistema simplemente siguió funcionando porque nunca dejó de recibir agua.

—Es una posibilidad —respondió Lucía.

La verdadera pregunta era de dónde.

Y por qué un recorrido de esa magnitud había quedado prácticamente fuera de los planos modernos.

BLOQUE 3

El sonido del agua acompañaba cada paso.

No era completamente uniforme.

Cambiaba al pasar por estrechamientos, pequeñas caídas y sectores de distinta profundidad.

Lucía avanzaba por una estrecha cornisa lateral mientras Daniel completaba el levantamiento.

El haz de su linterna iluminó uno de los pilares.

—Acá hay marcas.

Todos se acercaron.

A simple vista parecían pequeñas incisiones realizadas sobre la piedra.

Omar las examinó sin tocarlas.

—No parecen decorativas.

Daniel fotografió el conjunto.

Había varias.

Algunas bastante regulares.

Otras apenas visibles.

Adrián observó el siguiente pilar.

También presentaba marcas.

Y el siguiente.

—Pueden ser referencias de obra.

Lucía asintió.

—O de mantenimiento.

Daniel comenzó a medir sus alturas y separaciones.

No eran idénticas.

Algunas estaban aproximadamente a treinta centímetros.

Otras se alejaban varios centímetros de esa medida.

Eso resultaba mucho más razonable que una secuencia perfecta repetida durante cientos de metros.

Omar señaló algunas.

—Estas podrían indicar niveles.

Lucía miró el canal.

La posibilidad tenía sentido.

Marcas de altura.

Referencias para inspeccionar el caudal.

Indicaciones realizadas durante reparaciones.

Necesitaban comparar muchas más antes de sacar conclusiones.

Adrián observó un grupo situado cerca de un estrechamiento.

—Fíjense dónde aparecen estas.

Lucía midió la sección del canal.

El ancho disminuía ligeramente.

—Aquí la velocidad debería aumentar.

Daniel tomó una medición.

La diferencia era pequeña, pero existía.

En otro pilar, cerca de una ampliación del cauce, ocurría lo contrario.

Lucía comenzó a comprender.

—Quizá algunas marcas indiquen cambios constructivos del canal.

Adrián asintió.

Eso era mucho más plausible que pensar que cada marca codificaba una frecuencia.

Personas encargadas de mantener una infraestructura hidráulica necesitaban saber dónde cambiaban pendientes, secciones o profundidades.

Una marca podía resultar suficiente.

Continuaron recorriendo la galería.

En determinado punto el agua atravesaba un paso más estrecho bajo un pequeño arco.

El sonido cambió.

Apareció un tono grave.

Lucía se detuvo.

—¿Escucharon?

Daniel colocó un acelerómetro sobre el muro.

La piedra registraba una vibración.

No perfectamente periódica.

Tampoco extraordinaria.

Aumentaba cada vez que el caudal atravesaba con mayor velocidad el estrechamiento.

—La corriente está excitando la estructura —dijo Lucía.

Adrián observó el arco.

El agua golpeaba ligeramente una irregularidad situada en la base.

Ese impacto transmitía vibración a la piedra.

Daniel desplazó el sensor.

La intensidad disminuía al alejarse.

—Ahí tenemos el origen.

No era la pared respondiendo conscientemente.

Era energía mecánica transmitida por una estructura.

El comportamiento resultaba completamente normal.

Lo extraordinario estaba en cuánto se prolongaba la vibración dentro de aquel espacio.

La bóveda y los pilares podían reforzar determinadas componentes del sonido.

Adrián recordó Burgos.

Allí habían encontrado fenómenos semejantes vinculados a la acústica arquitectónica.

Pero no significaba que ambos lugares formaran un mismo sistema.

La física era la misma.

Las historias podían ser completamente distintas.

Lucía observó la forma del canal.

—Es posible que quienes trabajaban aquí conocieran perfectamente estos sonidos.

—¿Y los aprovecharan? —preguntó Isabel.

—Tal vez. O simplemente los usaran como referencia durante las inspecciones.

Adrián miró las marcas de los pilares.

Un operario experimentado podía reconocer por el ruido si un canal tenía más caudal de lo habitual.

Si una obstrucción modificaba el flujo.

Si una derivación había dejado de funcionar.

No necesitaba sensores.

Solo experiencia.

Entonces llegó una vibración un poco más intensa.

El agua tembló ligeramente junto a uno de los bordes.

Daniel miró el sensor.

—Aumentó el caudal aguas arriba.

Lucía observó la corriente.

Pocos segundos después el nivel subió apenas unos milímetros.

—Hay una variación de alimentación.

Adrián levantó la mirada.

—¿Desde dónde?

Lucía siguió el canal con la linterna.

—Eso es lo que tenemos que encontrar.

No había un pulso secreto recorriendo la piedra.

Ni una estructura que escuchara el agua.

Había una conducción antigua, una arquitectura capaz de transmitir vibraciones y un suministro cuyo origen todavía desconocían.

El misterio seguía intacto.

Solo había dejado de ser imposible.

Y eso lo volvía mucho más peligroso.

Porque si alguien conocía aquella infraestructura mejor que ellos, podía utilizarla sin necesidad de recurrir a nada extraordinario.