Capítulo 105
U n petirrojo estaba posado en una rama desnuda sobre la tumba, girando su cabecita hacia ella, y Claire lo observó durante un buen rato antes de recuperar el habla.
—Mamá.
Bajó la vista hacia la lápida, hacia el nombre de su madre, desgastado y enverdecido bajo más de sesenta inviernos.
—Soy Wren.
Desplegó la silla de camping que había traído por el sendero, la colocó cerca de la piedra y se sentó.
—Siento haber tardado tanto.
Claire se quedó allí sentada un rato, contemplando la fotografía de su madre.
No el recorte de la revista. No, ya no necesitaba aquello.
La inspectora Gerry Carver-Foley — Dios la bendiga — le había conseguido una foto de verdad de su madre.
De 1950. De pie en un andén de tren en algún lugar de Hull. Con un abrigo que le venía grande. Un bolso en el brazo equivocado. La expresión de una mujer que no se había hecho fotos las veces suficientes como para saber qué hacer con la cara.
Hizo sonreír a Claire.
Era de antes de que las fotografías se vendieran a precio de saldo.
Resultaban más reales, de algún modo. Pepitas de oro.
—Siempre quise venir.
Pero querer nunca había sido la parte difícil.
Durante más de medio siglo, una mujer se había interpuesto entre Claire y este pequeño parche de hierba, y esa mujer era ella misma, o el yo en el que la habían convertido.
Edith Dinsdale no tenía ninguna madre enterrada aquí.
Edith no podría haber acudido a esta piedra sin desbaratar toda la cuidadosa mentira, y la mentira era lo único que la había mantenido con vida.
Así que se había mantenido alejada, y había dejado que los años se acumularan entre ellas como la nieve contra una puerta, y lo llamó seguridad.
La verdad era que había tenido miedo. Miedo de que, si alguna vez venía, no encontrara el camino de vuelta a no ser nadie en absoluto.
—Pero siempre te he llevado conmigo.
Las ramas desnudas sobre ella no estaban vacías.
Una pareja de mirlos removía la hojarasca junto al muro.
Un petirrojo ocupaba su rama como si fuera el dueño del lugar.
En lo alto del tilo, una bandada de jilgueros pasó volando como un nudo suelto y brillante, y más abajo, entre la maraña de hiedra, un chochín no más grande que su pulgar regañaba a todo el cementerio con una voz demasiado potente para su tamaño.
—Hay un chochín, mamá —dijo en voz baja—. Qué bichito más descarado. Te habrías reído.
Le hablaba de ellos como antaño le contaba todo, sentada al borde de la cama: los nombres, las pequeñas diferencias, cuáles se quedaban durante el invierno y cuáles no.
Lo había hecho toda su vida. En patios y en alféizares, sobre el muro de una casita que en realidad era una celda, había observado a los pájaros, y los había nombrado en voz baja, y había mantenido a su madre en la habitación con ella.
—A través de ellos, podía tenerte muy cerca.
—¿Conoces este poema, mamá? ¿Cómo se llama?
Claire respiró hondo y abrió la Antología poética de Charlotte Mew sobre su regazo. No le dijo que era el último poema que le había leído a Hector. O mejor dicho, el último poema que le había puesto en su tableta, porque no podía arriesgarse a que la oyeran hablar.
—Ese sobre un granjero que eligió a una chica muy joven para que fuera su esposa, y se casó con ella para que ayudara en la granja.
¿Te acuerdas? Hablamos de ello. Me dijiste que lo importante es recordar que él la amaba, pero que eso no importaba, porque nunca podría tenerla de verdad. Creo que ahora lo entiendo.
Leyó el poema en voz alta.
Leyó sobre las dificultades iniciales de la novia, sus intentos de escapar antes de que el granjero la trajera de vuelta para cumplir con sus deberes, obligada a vivir en silencio, evitando todo contacto visual y compromiso emocional.
El poema estaba escrito con la voz del granjero. Estaba lleno de desconcierto ante la huida de ella dentro de sus propios muros.
Claire no alzó la voz. No interpretó. No buscó ningún efecto. Lo leyó tal como Mew lo había escrito: con la cadencia pausada y desconcertada de un hombre al que le había quedado una esposa a la que no entendía y a la que no podía poseer.
Al terminar, cerró los ojos y suspiró.
—He enterrado a nueve pájaros a lo largo de los años, mamá, y lamento no haberte enterrado nunca a ti.
En Whitby Glades, el poema terminó en su tableta.
Cerró el libro y vio que la cabeza de Hector había caído hacia un lado y que él la estaba mirando, otra vez.
Con los ojos llenos de amor por su prisionera.
Colocó el libro en la mesita de noche junto a la tableta.
Agarró la almohada que tenía en el regazo, con una mano a cada lado, y dijo: —Nunca llegaste a entenderlo. —Se puso en pie—. Pero, claro, yo tampoco.
Él dijo, con los ojos llenos de lágrimas: —Edie.
—No. —Sacudió la cabeza, sonriendo—. Solo Wren.
Colocó la almohada firmemente sobre su rostro y, mientras él moría, vislumbró una gaviota planeando ante la ventana.