Hela (Lago de fuego 1) 01 · Mara
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Hela (Lago de fuego 1)

Hela (Lago de fuego 1)

Por Andres Rodriguez E.

© inepub.com

01 · Mara

Mara

Hay acciones que determinan si vas al cielo o al lago de fuego.

NO SABE QUE LA BALA YA TIENE SU NOMbrE .

Mara se retoca el maquillaje frente al retrovisor. El pecado cometido, todavía pegado a la piel.

El hombre que aprieta el gatillo no cambia el ritmo de la respiración. Está a escasos treinta centímetros de la ventana, empañada por el rocío. Es de madrugada en Ciudad Capital.

Ni un tropiezo, ni una duda. Un solo tiro.

Mete la mano por el vidrio roto y se lleva el bolso de la mujer como quien recoge algo suyo.

Después se desvanece en la penumbra, con el olor de la pólvora en los guantes.

Aparece como un fantasma y se marcha igual.

Atrás quedan el Mazda sedán último modelo, con el interior tiñéndose de rojo cereza, y el eco del disparo, que retumba hasta el tímpano del administrador del motel «Pela Rua».

El administrador es un viejo checo, alcohólico. A esa hora vomita los restos de las dos botellas de vodka barato que se bebe cada noche, solo con sus recuerdos.

El estruendo interrumpe su ritual. Un espasmo le sacude el brazo, todavía aferrado al inodoro mugriento de la recepción. Con la mano derecha se limpia la boca y usa las pocas fuerzas que le quedan para arrastrarse hasta la ventana que da al estacionamiento de los huéspedes.

Le toma varios parpadeos enfocar el sedán.

El frío le recorre la espalda y se le lleva de un golpe el licor que tiene encima.

Se olvida de respirar, con las manos quietas contra el vidrio.

De repente, empujado por la adrenalina, se abalanza sobre el escritorio y, con la misma mano con la que se limpió la boca, agarra un celular destartalado.

—Línea de emergencia, ¿en qué le puedo colaborar? —pregunta una operadora con voz de sueño.

—¡Hay uno muerto en lo carro! —balbucea el hombre, mirando hacia todos lados para asegurarse de que el asesino no esté cerca—. ¡Hay uno muerto en lo carro!

—Deme su nombre y su ubicación para enviar una unidad —dice la mujer, que todavía no termina de despertarse.

—Motel «Pela Rua», avenida Libertad, kilómetro tres. Mi nombre es Blazej.

—¿Brased?

—¡Blazej!

—Perfecto, señor Brasel. ¿Puede usted ver al responsable?

—¡Blazej! —insiste—. No, no hay responsable.

—Señor Brasei, le voy a pedir que asegure las puertas del lugar donde se encuentra y que por ningún motivo se acerque al vehículo. Una patrulla ya va para allá. ¿Entendido?

—Sí, señoría.

Blazej corre hacia la puerta de la recepción, pasa un pequeño cerrojo, apaga la luz y se tira al piso junto a la ventana.

Del bolsillo interior del abrigo saca una licorera abollada, repleta de whisky, y se empina la mitad, rezando en checo.

Va a darse otro trago cuando ve, a lo lejos, las luces de un furgón viejo.

Han pasado siete minutos. Cree que es la ayuda.

Sin pensarlo, sale corriendo, con el vértigo en las piernas.

—¡Ayuda! ¡Ayuda! —grita, agitando los brazos frente al furgón, que frena para no arrollarlo—. ¡Allá! ¡Allá!

Señala el carro con el vidrio roto, la sangre salpicada en el tablero, escurriendo.

En la cabina van tres hombres. Se bajan.

Muestran más interés por el entorno que por la víctima.

Uno se agacha junto a las marcas húmedas del piso de ladrillo y las roza con dos dedos.

No dice nada. Los otros dos esperan, inmóviles, sin necesitar instrucciones.

Huellas de bota de obra, cuero con punta metálica, de hombre.

Frescas. Apuntan hacia la entrada por la que acaba de llegar el furgón. Por ahí escapó el asesino con su botín.

Ninguno habla. Vuelven a subir y se van por donde llegaron, detrás de las huellas. Dejan a Blazej envuelto en el humo del exosto. El furgón se pierde en la niebla.

Blazej sigue ahí, petrificado, con la mirada perdida. La única señal de vida que hay en él es el vaho que le sale de los pulmones agitados. Cuando los dos policías llegan minutos después, atendiendo el llamado, del furgón ya no queda ni el eco del motor. Ellos no lo ven. Nadie más lo ve.