Capítulo 3
M e quedé mirando hasta que los dracónidos doblaron la esquina de la calle Hawthorn y desaparecieron.
Seguí mirando un segundo más de todos modos, porque la paranoia había dejado de ser un defecto de personalidad para convertirse en una habilidad de supervivencia.
Entonces cerré la puerta de un portazo, con la ira latiéndome al mismo ritmo que el corazón.
Morty dejó escapar un silbido bajo a mis espaldas.
—Vaya, eso fue interesante. ¿Los odiamos?
Me di la vuelta.
—Sí. Entraron en mi casa, sin invitación, para intentar intimidarme. Esos tipos no son amigos de Eryk. Son rivales.
Morty arqueó una ceja.
—Y vestidos para la ocasión.
Todavía tenía el cigarrillo colgando de la comisura de la boca, pero ya no podía percibir su magia.
—Ya puedes calmarte, Roja —dijo, señalando mis manos.
Bajé la mirada.
Hilos dorados y rojos se habían enroscado desde las yemas de mis dedos hasta mis brazos en bucles gruesos y relucientes, entrelazándose alrededor de mis muñecas y antebrazos como joyas furiosas creadas por un dios inestable.
Brillaban con más intensidad en los pliegues de mis codos, pulsando bajo mi piel y también sobre ella.
Eran hermosos, de una forma profundamente amenazante.
Maldita sea. Ni siquiera me había dado cuenta de que se habían convertido en auténticas pulseras de ataque.
Exhalé y solté el control sobre mi magia, dejando que los hilos arcanos volvieran a hundirse bajo mi piel. La luz se desvaneció en remolinos lentos y renuentes, e intenté relajarme con ella.
«Intenté» es la palabra clave.
Porque, ¿cómo se suponía que iba a relajarme después de la visita sorpresa de tres dracónidos que querían castigar a Eryk por la runa que le había dibujado?
Querían forzar un encuentro con el Legado.
Querían someterlo a la ley de los dragones.
Al control de los dragones. ¿Y yo? También querían castigarme a mí, fuera lo que fuera que eso significara.
En este caso, apostaría por «muerta». Sí, me querían muerta.
Estaba acostumbrada a meterme en líos con autoridades importantes.
Joder, a estas alturas ya formaba prácticamente parte de mi imagen.
¿El Grupo Merlín? Relación tensa. ¿El Consejo de la Puerta de la Horca?
Complicado. ¿Los dioses? Abiertamente hostiles.
Si había alguna institución poderosa con normas anticuadas y un problema conmigo, lo más probable es que ya nos hubiéramos encontrado.
Lo que no me gustaba, lo que se me asentaba como una piedra en el estómago, era que mis acciones pusieran en peligro a otras personas.
Esa parte nunca se hacía más fácil, porque dibujar esa runa sobre Eryk había sido la decisión correcta.
Lo sabía de esa forma en que una sabe las cosas en lo más profundo, incluso cuando el papeleo, la política y los reptiles enfadados dicen lo contrario.
Les había demostrado a los dioses de lo que era capaz.
Me había demostrado a mí misma de lo que era capaz.
Y había ayudado a Eryk a atravesar su barrera y poner a nuestros amigos a salvo.
No me arrepiento de nada. Bueno, quizá de una cosita.
No tenía ni la más remota idea de que había estado metiéndome con la sangre sagrada de los dracónidos.
¿Acaso sus protecciones percibían los cambios en la magia dracónida del mismo modo que yo ahora podía sentir los hilos arcanos y las runas?
¿Acaso la marca de Eryk había activado algún antiguo sistema de alarma grabado en los huesos de su historia?
¿O se lo había contado Eryk?
No.
Mi estómago dio un pequeño y desagradable vuelco ante esa idea, pero enseguida la descarté. No. Él no lo haría. No sin avisarme. No sin una razón.
Aun así, el mero hecho de tener que plantearme esa pregunta me molestaba.
Me pasé una mano por la cara. Fantástico. Apenas era mediodía y ya estaba sumida en una espiral de teorías sobre traiciones, política de sangre y escenarios de homicidio. Muy saludable. Muy equilibrado.
—Necesito un trago.
Morty volvió a la cocina y tomó la botella de whisky con la concentración solemne de un hombre que responde a una llamada sagrada.
Se movía como siempre: con suavidad y sin prisas, con ese aire arrogante de la vieja escuela y sin pánico visible.
Pero percibí una ligera rigidez en sus hombros.
Los dragones también le habían afectado. Simplemente lo ocultaba mejor que yo.
Se sirvió un trago generoso.
—Que sean dos, por favor —dije, siguiéndolo y dejándome caer en una de las sillas de la mesa de la cocina.
La silla crujió bajo mi peso en señal de protesta. No es que me estuviera sentando con elegancia, sino más bien desplomándome a propósito.
Morty dejó mi vaso delante de mí y se deslizó en la silla frente a mí, con un tobillo apoyado sobre la rodilla opuesta. El humo del cigarrillo se elevaba alrededor de su cabeza en perezosas cintas blanco-grisáceas mientras levantaba su vaso.
—Bueno. Mirándolo por el lado positivo, los antiguos compañeros de trabajo de tu novio son todos tremendamente atractivos.
Lo miré fijamente.
Se encogió de hombros.
—He dicho «lado positivo». No he dicho «lado útil».
Resoplé a pesar mío y bebí el whisky. Me quemó maravillosamente al bajar, lo cual, francamente, era lo único sincero que había experimentado en los últimos diez minutos.
—Sabían lo de la runa —dije, sacudiendo la cabeza—. Eso no debería ser posible.
Morty asintió, con una expresión más seria.
—Sí. Esa parte no pintaba nada bien.
—¿«No pintaba nada bien»? —repetí—. Morty, básicamente aparecieron y anunciaron: «¡Sorpresa! Tu decisión impulsiva y mágica ha infringido una antigua ley de sangre de los dragones, y ahora todo el mundo quiere una reunión».
Dio una calada a su cigarrillo.
—Para ser justos, cuando lo dices así, sí que suena mal.
Lo miré con expresión impasible por encima del borde de mi vaso.
—Es mucho más que malo.
—Eso ya lo pillo. —Exhaló el humo—. Roja, te amenazaron. Amenazaron al chico dragón.
—Lo sé.
Y ese era el problema.
Sabía exactamente lo grave que era todo esto, o al menos lo suficiente como para sentirme profundamente perturbada a nivel espiritual.
Los dragones no habían venido aquí para hacer alarde de poder y marcharse.
Habían venido porque había ocurrido algo real: algo antiguo, algo prohibido, algo que yo había hecho con mis propias manos y que aún no acababa de comprender del todo.
—¿Qué vamos a hacer al respecto? —preguntó Morty, mirándome por encima del borde de su vaso.
Suspiré y tamborileé con los dedos en el borde del vaso de whisky, con un tintineo suave y demasiado nervioso como para parecer casual.
—Aún no lo sé. Necesito pensar. Asimilarlo.
Porque tenía mucho que asimilar.
Ya tenía suficiente entre manos como para que se considerara un problema médico relacionado con el estrés.
Los dioses seguían ahí fuera, en algún lugar, lamiéndose las heridas y furiosos porque yo pudiera romper sus preciosas runas y tallar otras nuevas por mi cuenta.
Eso no era precisamente el tipo de cosa que las deidades se tomaban a la ligera y dejaban atrás.
A los dioses les gustaba el poder. Les gustaba el orden.
Les gustaba ser quienes escribían las reglas y luego se las echaban en cara a todos los demás.
Y yo me estaba convirtiendo rápidamente en el equivalente mágico de un corrector líquido sobre su sagrada documentación.
Volverían. Lo sabía con la misma certeza cruda y desagradable con la que sabía que se avecinaba una tormenta cuando cambiaba el aire.
Quizá Kael también apareciera con esa cara exasperante y su colección de medias verdades.
Quizá Galadael decidiera que un intento de asesinato merecía una segunda parte.
O quizá enviaran caballeros divinos para rematar la faena.
Porque ahora estaba claro, dolorosamente claro, que mi existencia era una amenaza.
No porque fuera especial en plan «chica elegida» y todo eso. Odiaba esa tontería. Sino porque podía hacer algo que se suponía que no debía hacer. Podía tocar la ley divina. Romperla. Reescribirla. Hacer que lo imposible sucediera y dejar a los dioses ahí plantados, con cara de ofendidos.
Al parecer, eso me convertía en el problema favorito de todo el mundo. Y ahora tenía que añadir a los dragones a la lista.
Fantástico.
Di otro sorbo de whisky. El calor se deslizó por mi garganta y se instaló en mi estómago, lo cual fue agradable porque, en ese momento, todo lo que tenía por encima del estómago parecía como si lo hubieran metido en una licuadora. Me quedé mirando el líquido ámbar de mi vaso.
—Esto se está volviendo ridículo.
Morty ladeó la cabeza.
—¿Se está volviendo?
Le lancé una mirada.
—Ya sabes a qué me refiero.
Se encogió de hombros.
—Solo estoy siendo preciso con la cronología.
Solté una risa a mi pesar, pero se apagó rápidamente. Porque bajo el humor, bajo el humo, el whisky y las pullas, podía sentir cómo algo cruel y frío se iba instalando en mi interior.
Froté el pulgar por el borde del vaso.
—Necesito un plan.
—Bien —dijo Morty—. Porque improvisar suele acabar en daños materiales.
Exhalé por la nariz.
—Tengo que hablar con Eryk antes de que el Legado llegue a él primero.
Se me ocurrió una idea. ¿Y si él sabía que esto iba a pasar e intentaba ocultármelo? Era reservado, así que era posible.
Toda esta situación era más grave de lo que pensaba. Más grave que un arrebato puntual de poder en un momento de desesperación. Más grave que el hecho de que yo rascara una especie de picor divino usando la piel de Eryk como lienzo.
Significaba que la marca importaba. Significaba que el mundo se había dado cuenta. Y esa era la parte que no podía dejar de darle vueltas.
Porque quizá los dragones tenían razón en una cosa. Quizá lo que había hecho debería haber sido imposible.