Capítulo 7 Hincarle el diente a la Gran Manzana
Phina regresó a Nueva York en primavera.
Las flores habían empezado a abrirse y los árboles comenzaban a recuperar sus colores y su antiguo esplendor.
Se acercaba la presentación oficial de sus diseños en Hartiers.
El trabajo que habían realizado durante los últimos seis meses por fin estaba dando sus frutos y sus esfuerzos comenzaban a verse recompensados.
No solo tenía que atender la marca Ophinas, sino que también debía crear una nueva serie de diseños para lanzarla en el mercado estadounidense.
Nunca había trabajado tanto en su vida. Aunque contrató a seis diseñadores para que la ayudaran a hacer realidad su visión, todas las prendas de ambas colecciones tenían que pasar siempre por su escrutinio.
Isabel y Simon la esperaban en el JFK cuando llegó. En cuanto entró en la lujosa limusina, el estallido del corcho de una botella de champán la sobresaltó.
—Bienvenida a la Gran Manzana —la saludó Simon con voz grave.
Phina se echó a reír con una mano sobre el pecho mientras se recuperaba del susto. —Gracias, Simon. Lo abrazó a él y después a Isabel antes de sentarse frente a ellos.
—Feliz Pascua —la saludó Isabel—. Me alegro de que puedas pasarla con nosotros.
—Feliz Pascua a los dos —respondió Phina con alegría.
—¿Cómo está Patrick? —preguntó Simon—. La última vez que hablamos, parecía que las cosas estaban mejorando mucho.
—Ah, sí. Fue la peor discusión que hemos tenido y espero que sea la última.
—Me alegra oírlo —dijo Simon—. Si no por Brigitte, al menos por el amor que sentís el uno por el otro.
—Simon siempre ve lo mejor de las personas —comentó Isabel antes de que Phina pudiera responder—. Esta vez estoy de acuerdo con él. Patrick es tu alma gemela.
Phina asintió. Permanecieron un rato en silencio, contemplando el paisaje por la ventanilla.
En Nueva York hacía calor, el cielo estaba despejado y de un azul intenso, y la promesa de buen tiempo para el desfile de Pascua de la Quinta Avenida se mantuvo durante casi todo el día.
Phina salió de sus profundos pensamientos cuando Isabel le tocó ligeramente la rodilla.
—He visto la colección. Cada pieza era tan increíble como la anterior.
Había una variedad impresionante —dijo Isabel.
—Me alegra que te haya encantado —respondió Phina.
—Nuestros inversores nos adorarán por haberte incorporado al equipo.
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La mansión resplandecía iluminada cuando llegaron.
La puerta principal estaba abierta y el mayordomo aguardaba en la escalinata mientras el chófer detenía el coche.
Phina aspiró los deliciosos aromas y se maravilló ante el estallido de color de los tulipanes, narcisos y acónitos de invierno que llenaban el jardín.
—Podría vivir aquí para siempre. Aunque ojalá hubiera traído a Brigitte conmigo —se quejó Phina en cuanto pisaron la escalinata.
—Te dije que la trajeras —repuso Isabel con viveza—. Habrías estado más relajada y no sentirías la necesidad de marcharte tan pronto.
—No —dijo Phina, negando con la cabeza—. No habría podido concentrarme. Además, no puedo quedarme demasiado tiempo en Nueva York. Aún queda muchísimo por hacer en casa. Tengo que empezar a crear la próxima colección.
—Nueva York te dará la inspiración que necesitas. No te preocupes por eso. Aunque va a ser una semana de locos, lo tengo todo organizado —le aseguró Isabel.
—Eso espero.
—Nos vemos en la cena —dijo Isabel cuando se separaron y Phina subió a su habitación.
La habitación estaba caldeada cuando entró, y le habían dejado unas zapatillas mullidas y un albornoz.
Sobre el escritorio había un reluciente jarrón rojo con flores primaverales frescas y en el aire flotaba un aroma fresco e indescifrable.
Phina apenas había tenido tiempo de apreciar el lujo y la belleza del dormitorio cuando oyó llamar a la puerta y el mayordomo anunció que la cena estaba lista.
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—Oh, ¿qué es ese olor tan delicioso? —preguntó Phina al entrar en el comedor, donde Isabel y Simon ya estaban sentados.
La mesa estaba puesta con platos idénticos de cerámica burdeos y bordes blancos.
De los cuencos salía vapor y, en medio de todo, había un gran salmón del Atlántico adornado con cebolletas, remolacha, espárragos y zanahorias.
De primer plato, la cocinera sirvió sopa de champiñones con panecillos caseros.
La sopa estaba tan deliciosa que Phina tuvo que obligarse a dejar de comer para reservar sitio para el plato principal.
Los tres conversaron mientras comían y, cuando sirvieron el postre, Phina estaba demasiado llena para probar otro bocado.
—Tienes que probarlo —insistió Simon.
Phina accedió y probó un bocado de la tarta de arándanos.
Un bocado se convirtió en dos y luego en tres, y, cuando quiso darse cuenta, se había terminado la porción entera.
Era la tarta de arándanos más deliciosa que había probado en su vida.
—A este paso —dijo—, tendréis que sacarme de aquí en silla de ruedas cuando me marche dentro de una semana.
—No será necesario —bromeó Isabel—. Vamos a ir de un lado para otro sin parar. Quemarás el doble de calorías.
—Eso espero —dijo Phina con una risita—. Gracias, queridos. No sé cómo me las habría arreglado sin vosotros dos.
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Al día siguiente, Isabel y Phina recorrieron las tiendas de Hartiers para comprobar la ubicación de las prendas de la marca Ophinas.
En la tienda principal de Long Island, la colección Ophinas estaba magníficamente expuesta entre espejos, luces y lámparas de araña, y las prendas ya se vendían en cifras récord.
A las cuatro de la tarde, las dos se dieron cuenta de que se habían olvidado de comer y pararon en Reno’s, un pequeño restaurante del centro de Manhattan, para tomar algo.
Después de instalarse en un rincón junto a la ventana, retomaron su pasatiempo favorito: observar a la gente que entraba y salía de las tiendas.
—Menudo día —dijo Isabel, suspirando y arqueando las cejas.
—Aunque todavía tenemos muchísimo que hacer antes del gran día —respondió Phina mientras señalaba al camarero lo que había elegido.
—¿Y tus amigos, Nduka y Bimpe? ¿Piensas verlos?
—¡Ah! —Phina se dio una palmada en la frente—. Se me había olvidado por completo. Le prometí a Nduka que lo llamaría cuando llegara. He estado desbordada. Lo llamaré cuando volvamos esta tarde. Puede que todavía esté trabajando.
—He hablado con él hoy.
—No sabía que hablabais —dijo Phina, mirando a Isabel con asombro.
—Él y Simon se han hecho muy amigos. A veces juegan al golf.
—Vaya. ¿Y su novia, Bimpe? ¿Hablas con ella? Parece bastante reservada.
—No. No la he visto desde el día en que Nduka la trajo a cenar. Me sorprendió enterarme de que era pediatra.
—Nduka nunca lo mencionó —murmuró Phina.
—Parece que le va muy bien —continuó Isabel—. Su casa de Manhattan es magnífica. Simon fue a verlo una vez.
—Por lo visto, los médicos ganan mucho dinero.
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Después de comer, regresaron a la oficina y trabajaron hasta que ambas quedaron exhaustas. Al llegar a casa alrededor de las ocho, Phina vio un Rolls-Royce aparcado en la entrada.
—¿No es ese el coche de Nduka? —le preguntó a Isabel.
—Así es —dijo Isabel—. Seguro que está con Simon. Probablemente haya venido a verte.
Nada más entrar en el suntuoso salón, oyeron risas en el balcón y se dirigieron hacia allí.
—Aquí estáis —dijo Simon con voz estruendosa—. Hola, cariño —añadió, dándole un beso a Isabel en los labios y conduciéndola al salón.
Nduka abrazó a Phina y la besó en las mejillas antes de anunciar que tenía que marcharse.
—¿Tan pronto? —preguntó Isabel—. Pensaba que te quedarías a cenar.
—Esta noche no —dijo él, arrastrando las palabras con voz grave—. Estoy de guardia. Ojalá pudiera quedarme. Parece que haya pasado una eternidad desde que vi a Phina.
—Estaré aquí toda la semana, así que quizá podamos vernos en otro momento —dijo Phina—. Oye, ven a la presentación de la marca el viernes. Me marcho al día siguiente.
—Ya lo tengo apuntado en la agenda. Isabel me envió una invitación hace tiempo —dijo Nduka con una sonrisa—. Acompáñame al coche y nos ponemos un poco al día.
—De acuerdo —respondió Phina.
Salió con Nduka y estuvieron hablando un rato, hasta que empezó a soplar un viento frío. Nduka sacó una chaqueta del coche y se la puso por encima.
—No tenía ni idea de que hiciera tanto frío en Nueva York en abril —dijo Phina castañeteando los dientes.
—Entremos en el coche y terminemos de hablar.
No quiero que enfermes antes de la presentación.
Isabel me mataría —dijo en broma antes de abrirle la puerta y esperar a que entrara.
Rodeó el coche, fue hasta el otro lado y, antes de subir, indicó al conductor que esperara dentro del vestíbulo—.
Por fin puedo hablar contigo a solas. ¿Cómo te ha ido?
—Aunque desde que llegué a Nueva York no he hecho más que trabajar, trabajar y trabajar, Isabel y Simon siguen encontrando ocasiones para que me divierta. Ojalá pudiera relajarme y disfrutar de cada momento, pero, en vez de eso, no paro de preocuparme. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo está Bimpe?
—Estoy muy bien. Bimpe está bien. Ya sabes cómo son las relaciones largas. A veces pueden ser difíciles. Tú tienes una, así que lo entiendes.
—La mía iba bien hasta que me quitaron el suelo bajo los pies. Aunque estamos intentando solucionar las cosas, no creo que vuelva a confiar de verdad en él, pero el tiempo lo dirá. Con Bimpe, en cambio, tienes toda la vida por delante.
—Mi problema con Bimpe es otra historia.
Phina se encogió de hombros. —Sigues obsesionado con esa tontería de las tribus.
—No, no es eso —dijo Nduka, negando con la cabeza—. Es solo que, desde que tú y yo retomamos el contacto, no puedo dejar de pensar en los besos apasionados que compartíamos.
—No digas tonterías —dijo Phina, mirándolo atónita.
—No pretendo decirlas. Desde que te vi la última vez, no he podido quitarte de la cabeza. Puedes considerarlo ridículo si quieres, pero esa es mi verdad.