8 El descubrimiento
Pecovio Marino estaba sentado a su escritorio en la comisaría, rodeado de expedientes, fotografías de escenas del crimen y notas dispersas.
Las paredes de hormigón de la sala parecían cerrarse sobre él a medida que las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.
—Todos criticaron sus libros… todos muertos —murmuró para sí, con los ojos fijos en las imágenes de las víctimas.
La coincidencia era demasiado evidente para ignorarla.
Caía la noche cuando decidió hacerle otra visita a Ivana, no como policía, no como cliente, no como amante, sino como un hombre en conflicto.
Llevaba una camisa que jamás había acompañado a su placa, una elección que reflejaba la confusión de su corazón.
El apartamento de Ivana, con su aroma a velas perfumadas y la música suave que brotaba del estéreo, parecía un refugio del mundo cruel.
Ella abrió la puerta y a Pecovio se le aceleró el corazón al verla.
Llevaba el cabello rojo suelto, derramado sobre los hombros, y un vestido de seda que parecía prometer secretos inconfesables.
—Necesito preguntarte, Ivana, sobre el crimen…
—No me parecías el tipo de hombre que necesita una segunda dosis de interrogatorio —dijo Ivana con una sonrisa enigmática mientras cerraba la puerta tras él.
—No estoy aquí como policía —respondió él con una voz cargada de algo más profundo que la simple curiosidad.
Ella lo condujo al sofá, donde la luz de las velas creaba sombras danzantes en las paredes.
—Entonces, ¿por qué estás aquí, Pecovio?
Él se sentó y observó la curva de su cuello, la forma en que la seda del vestido le abrazaba el cuerpo.
—Porque estoy dividido —confesó—, entre lo que siento por ti y lo que debería hacer.
Ivana se sentó a su lado; su proximidad provocó una carga eléctrica entre ellos.
—¿Y qué sientes? —preguntó ella mientras sus dedos trazaban un camino por el brazo de él.
—Me incendias —dijo él—. Pero hay algo que no puedo ignorar. Estas muertes… todas vinculadas a ti.
—Soy una promesa, Pecovio, una profecía sagrada que nunca se cumplirá…
—Quizás esté llegando el momento de cerrar este libro… —dijo él con voz cargada de tristeza.
Ella no retrocedió. Sus ojos se clavaron en los de él con una intensidad que parecía querer atravesarlo.
—¿Y qué harás, Pecovio? ¿Encerrarme? ¿O amarme?
La pregunta quedó suspendida entre ellos como un desafío.
Pecovio se sintió atraído, no solo por el deseo, sino por la complejidad de la mujer que tenía a su lado: una combinación de belleza, misterio y peligro.
Su respuesta fue silenciosa, pero clara. La atrajo hacia él y sus labios se encontraron con los de ella en un beso que mezclaba furia y ternura, anhelo y miedo.
Ivana respondió con igual fervor; sus manos se deslizaron dentro de la camisa de él y sintió el calor de su piel.
Se dirigieron juntos al dormitorio, donde la cama se convirtió en un campo de batalla para sus sentimientos en conflicto.
La noche fue un torbellino de pasión y descubrimiento, cada caricia cargada con la pregunta silenciosa de «¿quién eres en realidad?».
Después, con la ciudad en silencio a su alrededor e Ivana dormida a su lado, Pecovio se quedó tumbado mirando al techo.
Su mente era un tumulto de pensamientos. Sabía que debía actuar, que la ley y su moral exigían respuestas y justicia. Pero el amor que crecía dentro de él, el deseo de protegerla, incluso de sí misma, era una fuerza igual y opuesta.
—Cuando el deber y el deseo chocan —murmuró mientras acariciaba el cabello de Ivana—, solo queda un hombre dividido.
Sabía que la decisión que tendría que tomar a la mañana siguiente podía cambiarlo todo. Pero por ahora, se permitió simplemente sentir: la sensación del cuerpo de ella contra el suyo, la respiración suave de la mujer a la que amaba y temía al mismo tiempo.
8: El final y el principio
El amanecer aún no había llegado y el apartamento de Pecovio era un refugio de sombras y susurros de sueño.
Ivana yacía a su lado y sentía el calor de su cuerpo, el ritmo constante de su respiración.
La luna proyectaba una luz pálida sobre ellos, testigo silencioso de la tormenta interna que la consumía.
Sabía que el tiempo se agotaba. Pecovio era un hombre de justicia, y su mente, incluso en sueños, probablemente estaba desentrañando el misterio que se negaba a aceptar en la vigilia.
Pensó en la pistola de él, una herramienta de protección que ahora se convertía en el instrumento de su posible libertad o condena.
Lentamente, sin hacer ruido, Ivana se levantó; su silueta era una sombra danzante contra la pared. Tomó la pistola de Pecovio y sintió el peso frío del metal contra su piel cálida. Sentimientos contradictorios la asaltaban: amor, miedo, remordimiento, instinto de supervivencia.
Lo miró: el hombre que se había convertido en su amante y en su potencial verdugo.
—Te he esclavizado, pero tú puedes, en cualquier momento, encarcelarme… Es un riesgo que no voy a correr. Perdóname —susurró, más para sí misma que para él.
Le temblaba la mano, pero su decisión estaba tomada.
Envolvió la pistola con la almohada y la acercó a la frente del detective.
Respiró hondo y, con un solo movimiento, apretó el gatillo.
El sonido fue amortiguado, pero el impacto reverberó por el apartamento. Pecovio yacía ahora en un sueño eterno; una sola lágrima corría por el rostro de Ivana mientras lo contemplaba.
Trabajó rápido, pero con cuidado. Colocó la pistola en la mano de Pecovio y le manipuló los dedos para que pareciera un suicidio.
Repasó con la mirada las pruebas que tenía que plantar: la carta de despedida que había escrito con guantes en el ordenador de Pecovio, en la que relataba la angustia melancólica que lo había llevado a quitarse la vida.
Con todo en su lugar, Ivana se preparó para marcharse.
Se vistió rápidamente y salió del apartamento del detective.
Antes de irse, miró hacia atrás, hacia Pecovio, con el corazón encogido por lo que había hecho.
—Creo que hasta te amé —susurró con pesar—. Pero no lo suficiente como para entregarme.