HATERMINATOR 5. Complicaciones y consecuencias
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5. Complicaciones y consecuencias

El apartamento de Ivana resultó toda una sorpresa. Aunque el edificio era modesto, el interior mezclaba seducción e intelectualidad.

Los libros cubrían las estanterías, una mezcla de clásicos y erótica, y en el aire flotaba un aroma suave, casi hipnótico.

Ivana abrió la puerta y, por un momento, el mundo de Pecovio pareció detenerse. Llevaba una falda ceñida a las curvas y una blusa que dejaba los hombros al descubierto. Sus ojos verdes se encontraron con los de él, y había algo en ellos: una tormenta de secretos y deseo.

—Señorita Quilio —comenzó Pecovio, mostrando la placa—. Soy el detective Marino. ¿Puedo hacerle unas preguntas?

—Claro, pase —respondió ella con voz que era una suave invitación.

Le explicó el motivo de la visita: la víctima tenía la misma profesión que Ivana, autora de libros electrónicos eróticos en Amazon, y la fallecida había escrito una reseña negativa de su obra poco antes de morir.

—Todo esto es fascinante, detective… Pero ya se lo dije, no conocía a Feikana en persona.

Pecovio echó un vistazo a su alrededor; todo en el nido sensual de Ivana Quilio lo hacía sentir como si hubiera caído en una trampa de terciopelo, una telaraña de seducción irresistible.

Sintió una excitación creciente que le hizo olvidar qué hacía allí, y casi olvidó hasta su propio nombre.

Era como caer en un abismo infinito de deseo.

Observó a Ivana moverse por la habitación, cada gesto cargado de elegancia natural.

—¿Sabía que ella escribió una reseña negativa de su libro?

¿La leyó… en algún momento? Ivana se detuvo y se volvió lentamente.

—Sé lo que escribió, sé lo que todos dicen en sus reseñas de Amazon —dijo con tono de resignación—.

Nuestros libros son como nuestros hijos, Marino, son el fruto de nuestro deseo y amor…

Pero eso no me da motivos para matar a una crítica, detective.

El interrogatorio debería haber sido profesional, pero cada pregunta parecía cargarse de una corriente eléctrica entre ellos.

Pecovio se sintió atraído, no solo por la sospechosa, sino por la mujer en sí.

La estudió buscando señales de miedo o culpa, pero solo encontró una intensidad que lo desarmaba.

—¿Tiene coartada para la noche del crimen?

Ella sonrió, una sonrisa que prometía y provocaba a la vez.

—Estaba trabajando, detective. Tengo clientes que pueden confirmarlo.

—Clientes... ¿A qué se dedica? —preguntó él con voz vacilante.

Ella se levantó, caminó hacia el detective, le acercó los labios al oído y dijo: —¿Por qué no te lo muestro?

Se arrodilló frente a él, le bajó la cremallera del pantalón y empezó a lamerlo y chuparlo hasta que, en cuestión de minutos, el detective eyaculó en su boca.

Pero aquello no terminó ahí: él se levantó y caminó hacia el dormitorio de la autora, y ella lo siguió mientras se limpiaba la boca y el rostro y se quitaba la ropa.

Él hizo lo mismo, y comenzaron un largo e intenso maratón sexual que duró deliciosas horas.

No hubo posición, ritmo ni intensidad que no probaran, entre besos, caricias, lametones y gemidos casi sobrenaturales.

Después, él se sentó en la cama, y ella se puso una bata color vino y se sentó junto a él.

—Escribes sobre la pasión —dijo, todavía algo confundido por el torbellino de emociones que había experimentado.

La investigación era ahora una sombra lejana en su mente—.

¿Alguna vez has sentido esta pasión en la vida real?

Ivana se acercó hasta quedar peligrosamente cerca.

—La pasión puede ser peligrosa, detective.

Puede llevarnos a hacer cosas que nunca soñamos.

Él tragó saliva, sintiendo el calor de ella, su fragancia.

—Muchas veces, la pasión es lo que nos hace sentir vivos —respondió con voz más baja, casi un susurro.

El momento se alargó, un hilo de tensión sexual palpable que aún flotaba en el aire.

Pecovio sabía que debería irse, pero estaba atrapado en aquella red de seducción, en su mirada, en la promesa silenciosa de algo más intenso que cualquier caso que hubiera resuelto.

—Me gustaría volver a verte —dijo, sorprendiéndose incluso a sí mismo—. No como sospechosa, sino como mujer.

Ivana le rozó el brazo, un gesto que parecía quemar.

—Es un hambre que nunca termina, detective, siempre hambrienta, nunca satisfecha; los amantes son los verdaderos malditos.

Pero si tu hambre persiste, quizás pueda arreglarse —murmuró ella.

Pecovio se levantó, se vistió y salió del apartamento, consciente de que estaba jugando un juego peligroso, tanto con la ley como con su corazón.