HATERMINATOR
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1 El comienzo de la obsesión
En Campinas, una ciudad vibrante de avenidas arboladas y edificios históricos, Ivana Quilio era una figura que no pasaba desapercibida.
La calle donde vivía, una mezcla de antiguas mansiones y edificios modernos, percibía su presencia como un soplo de aire fresco en una mañana de verano. Su apartamento, en el segundo piso de un edificio de fachada discreta, era un santuario de seducción y creatividad.
Ivana, de veintitrés años, con su cabello rojo cayendo en ondas sobre los hombros, estaba sentada en su sillón de terciopelo verde, del mismo color que unos ojos que parecían ver más allá de lo visible.
La luz del sol entraba por los ventanales, creando un halo a su alrededor mientras revisaba las reseñas de su último lanzamiento en Kindle, titulado «El sinvergüenza mafioso y las llamas del deseo infinito».
—Cinco estrellas… Cuatro estrellas… Otras cinco estrellas… —murmuró, esbozando una sonrisa en sus labios pintados de rojo ardiente.
Pero entonces, el dedo se le detuvo en la pantalla de la tableta.
—¿Una estrella? —dijo Ivana para sí, con los labios temblorosos de odio—. ¿Cómo que una estrella?
La reseña era cruel, escrita con palabras que se clavaban como agujas.
«Pretenciosa. Una lectura predecible y sin creatividad, erotismo barato, sin poesía ni intensidad, ¡demasiado floja!
Debe de haberla escrito alguna virgen obesa», decía la reseña.
Ivana sintió cómo la ira crecía en su interior, una llama encendida en lo más profundo de su alma.
Se levantó y caminó hacia el espejo de cuerpo entero que ocupaba una pared de la habitación.
Se observó. Su reflejo era la perfección personificada: un cuerpo curvilíneo que se movía con la gracia de una bailarina, el rostro una obra de arte donde la simetría solo se quebraba por la rebeldía de unas cejas arqueadas.
—No eres predecible —le dijo a su reflejo, como si desafiara al mundo entero—. Eres una tormenta, eres… Letal…
El sonido del interfono la devolvió a la realidad.
Era hora de trabajar.
Ivana se cambió el camisón por un vestido ceñido que le abrazaba el cuerpo con la promesa de placeres inimaginables, y bajó a encontrarse con su primer cliente del día.
Lucas, un joven empresario de ojos brillantes de emoción, la esperaba. Se encontraron en un café discreto, donde el ambiente íntimo y las mesas ocultas entre plantas creaban el escenario perfecto para iniciar su encuentro.
—Estás preciosa, como siempre —dijo él, recorriéndole el cuerpo con la mirada, con un hambre apenas disimulada.
—Lucas —respondió ella, con un tono que era a la vez promesa y advertencia—, hoy quiero que me lleves a algún lugar donde podamos perdernos.
Terminaron el café deprisa, y pronto estaban en un hotel boutique de la ciudad, donde el lujo se mezclaba con un toque de decadencia. La habitación daba al Jardín Botánico, pero Lucas solo tenía ojos para Ivana.
Ella se acercó y lo atrajo hacia sí con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—Muéstrame lo que quieres —le susurró al oído, rozándole la oreja con los labios y provocándole un escalofrío que le recorrió la espalda.
El encuentro fue una danza de poder y deseo, donde Ivana dirigía con mano firme pero delicada.
Cada caricia estaba calculada, cada beso era una marca ardiente en la piel de Lucas, que se entregaba por completo a su dominio.
El placer de ambos se entrelazaba, sus respiraciones se fundían en una sola, hasta que el clímax los sorprendió en un abrazo que parecía querer desafiar al tiempo.
Si ella quería, podía hacerlo terminar en segundos, con un solo gemido en el tono exacto, una sola caricia con la intensidad precisa.
Pero no tenía prisa, y usó sus habilidades sobrehumanas para sumergir al chico en un vórtice de placer y sensualidad que duró exactamente cincuenta y nueve minutos, según comprobó en su reloj inteligente Samsung Fit 3 blanco.
Y, segundos antes de que se cumpliera la hora, le susurró al oído.
No importaba lo que dijera: era el tono, la intensidad, la perfección manifestada en su voz, y él, indefenso ante el hechizo, terminó…
Después, mientras Lucas bajaba aún flotando en las nubes de la satisfacción, Ivana regresó a su apartamento con las palabras de la crítica todavía resonándole en la mente.
Abrió el portátil y la pantalla le iluminó el rostro con una luz fría. «Gordon sabrá qué hacer», pensó mientras escribía el mensaje a su cliente hacker, un friki obeso y genial que siempre pagaba generosamente.
Mientras hablaba con el hombre, Ivana se miró en un espejo de la habitación y una sonrisa oscura se dibujó en su rostro.
—Veamos quién es realmente predecible.