Harrison (The Level 1) Damon #3
100%

Damon #3

—Cielo, no me importa si aumenta nuestras posibilidades al noventa y nueve por ciento.

No voy a meter mi polla en el coño de otra mujer.

¿Está claro? —Se giró hacia mí, con ojos furiosos que me dejaron clavada en el sitio—.

No me pidas eso nunca. Siempre has sido tú, y no permitiré que puedas pensar en mí con otra mujer, ya sea por negocios o por placer.

Visto en retrospectiva, tenía razón. La idea de él teniendo sexo con otra persona me habría matado. Pero en aquel momento de locura, me pareció una sugerencia sensata. Crear un bebé puede volverse algo absorbente, sobre todo cuando no puedes hacerlo por ti misma.

***

Dos semanas después, Emma entra de golpe en el salón. Es un martes por la mañana, así que no tiene clases ni en la facultad ni online. Me ha sorprendido la cantidad de clases que ha dado a distancia en lugar de presenciales. Damon se está atando los zapatos, preparándose para irse al trabajo.

—¡Se me ha retrasado! —grita ella. Estoy sentada en el sofá con mi bata enorme y mullida bebiendo una taza gigante de té. Su voz me hace dar un salto y un poco de líquido se derrama por el borde sobre mi impecable sofá de terciopelo.

—¿El qué? —le pregunto, confundida, mientras limpio la mancha con mi bata.

—La regla —dice ella, mirándome como si fuera una puta idiota.

Agita una caja en su mano—. Me voy a mear en este palito.

Esperad aquí. —Sale disparada por la puerta en dirección al baño y vuelve cinco minutos después colocando el test de embarazo blanco sobre la mesa que hay entre todos—.

Tenemos que esperar diez minutos y luego mirar. Queremos dos rayitas azules.

Pongo los ojos en blanco. No tiene ni la más remota idea de cuántas de estas cosas he mirado a lo largo de los años. Cientos, si no miles. Siempre tenían una maldita raya.

Se queda mirando su reloj. —Ya está —anuncia—. Míralo tú, Connie.

Me inclino hacia delante para mirar el palito y dos rayas azules me devuelven la mirada. —Estamos embarazados —susurro, impactada. Emma empieza a bailar para celebrarlo. Damon se inclina, abrazándome y besándome en la sien.

—Vamos a tener un bebé —dice.

Mi cuerpo se inunda de emociones —felicidad, alegría, dolor, miedo, tristeza, alivio—, un cóctel embriagador difícil de asimilar.

Mi mirada se desplaza hacia la joven que lo ha hecho posible y todo lo que siento es un profundo aprecio por ella.

Gratitud por habernos encontrado cuando ambos nos necesitábamos.

—Será mejor que nos vayamos de compras para el bebé —dice Damon, desviando mi atención hacia él. Me dedica una sonrisa impresionante—. Está ocurriendo, Cielo. Vas a ser mamá.

***

Junio de 2021

El embarazo de Emma, nuestro embarazo, por fin se ha anunciado al mundo con la sencilla explicación de que ella es la gestante.

Nuestro bebé nacerá en diciembre y no puedo esperar a conocerlo.

La vida se siente esperanzadora, como si estuviéramos a punto de completar nuestros objetivos.

Hasta ahora no ha habido complicaciones aparte de un poco de náuseas matutinas, pero Emma sigue adelante haciendo lo que tiene que hacer.

De una manera extraña, se ha convertido en la hermana pequeña que nunca tuve, ayudando en casa y hablando de cosas de chicas.

Hemos disfrutado juntas del sol del verano, tumbadas en nuestras hamacas mientras decíamos tonterías.

Hace poco ascendieron a Damon en el trabajo, lo que le exige más tiempo.

Está subiendo de rango rápidamente y en las últimas semanas ha sido fichado por la Unidad Nacional contra el Crimen Organizado.

Es un papel que le pondrá presión en el lugar de trabajo y le empujará a moverse en círculos más oscuros y peligrosos.

Mucho de su trabajo no podemos discutirlo, pero sé que las cosas están cambiando para él y para nosotras.

Cuando salimos de casa, esun poco más precavido, sus ojos escanean la situación mientras hacemos nuestra vida. Me inquieta.

He hecho una parada rápida para comprar algunos alimentos para la cena.

El supermercado está tranquilo en una calurosa tarde de jueves.

Aparco en un sitio en la esquina más alejada del aparcamiento.

Damon me regaló un flamante todoterreno en preparación para nuestra nueva incorporación; es de color rojo brillante con cuatro llantas negras impecables.

No quiero que me lo abolle ningún imbécil que no sepa conducir.

Mientras camino por la acera hacia las amplias puertas de entrada, un hombre vestido de negro con una gorra de béisbol sale de una pequeña furgoneta blanca. Se interpone en mi camino, obligándome a detenerme. —¿Connie McKinney? —pregunta bruscamente.

—Sí, ¿quién lo pregunta? —le espeto.

—No importa. No necesitas saberlo —responde, y luego me dedica una sonrisa desagradable—. Aquí acaba todo. —Levanta el brazo y presiona un metal frío contra mi pecho. Miro el arma y luego vuelvo a mirarlo a él—. Adiós —dice, y dispara.