Harrison (The Level 1) 7. Apartamento de Harrison, The Level
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7. Apartamento de Harrison, The Level

Apartamento de Harrison, The Level

Harrison

El móvil vibra en la mesilla de noche y me despierta de un sobresalto.

Me estiro para cogerlo, pero fallo y lo tiro al suelo.

—Joder —refunfuño, molesto, y salgo de debajo del edredón para buscarlo.

Violet ronca suavemente a mi lado, con la cabeza en la almohada y los dedos aferrados a la suave tela que tiene bajo la cara.

Su largo pelo oscuro está esparcido sobre la seda.

La noche anterior fue increíble. Dentro de ella me he sentido más completo que en años. Fue como si los últimos trece años hubieran desaparecido y estuviéramos de nuevo en el dormitorio de su infancia, disfrutando el uno del otro por primera vez.

El zumbido continúa mientras busco el móvil perdido. Después de buscar a gatas, lo encuentro debajo de la cama. —Habla Waite —contesto, más alto de lo que pretendía.

—Señor Waite, soy Matthew. Me han informado de que deseaba verme esta mañana. —Miro el reloj: las seis y cuarto. Mierda, llego tarde.

—Sí, Matthew. Reúnase conmigo en la sala de juntas en diez minutos. Tenemos que hablar de una brecha de seguridad de ayer. Alguien se va a llevar una patada en los cojones.

—Sí, señor —responde. Cuelgo, todavía desnudo y agachado junto a la cama. Cuando me levanto, Violet me mira con timidez.

—Buenos días —dice en voz baja con una sonrisa nerviosa. Me siento en la cama a su lado y le paso los dedos por la mejilla y luego por el cuello. Me pilla por sorpresa cuando veo los moratones que tiene en el cuello. —¿Qué pasa? —pregunta mientras la preocupación asoma a su rostro.

—Te ha marcado —gruño, y ella me lanza una mirada de extrañeza—. El cabrón te ha dejado moratones en la piel. Lo mato, joder.

Se incorpora hasta sentarse y se lleva los dedos a la clavícula. Mira el espejo del armario que hay junto a la cama. Se le cae el alma a los pies cuando ve las marcas moradas donde estuvieron los dedos de él.

—Oh… —Su voz se apaga mientras se acerca al espejo. Mirando su reflejo, se recorre las heridas con los dedos. Me acerco, me pongo detrás de ella y le pongo las manos en los hombros. Nuestras miradas se encuentran en el reflejo.

—¿Te ha hecho daño antes? —pregunto, y ella niega con la cabeza.

—No, el hombre que llegó ayer no se parece en nada al que yo conocía. Siempre fue distante, pero amable. No tenía ninguna razón para ser violento conmigo. Le había dado todo lo que quería y apenas le hacía preguntas.

—Eso no es una relación —le digo. Ella aparta la mirada de la mía.

—¿Acaso tú tienes un historial probado de buenas relaciones? —murmura, retorciéndose las manos—. ¿Después de acostarte conmigo, me vas a dar consejos sobre citas? —Me río por lo bajo.

—Sería un consejo inútil. —Vuelve a mirarme—. No soy un experto, pero sé que no puede ser que una sola persona tenga todas las cartas.

—¿Has estado enamorado alguna vez, Harry? —Su pregunta me pilla por sorpresa. Hago una pausa, sin saber cuál es la mejor manera de responder.

—El amor es una emoción complicada. Fácil de malinterpretar. Sospecho que sí. —Suspira bajo mi caricia—. ¿Y tú?

—Creía que sí, pero ahora no estoy tan segura —dice con tristeza—. He perdido mucho tiempo con un hombre que me usó para su placer. Ahora mismo, el amor me parece algo que nunca estará en mi vida. Quizá no merezca que me quieran.

Sin saber qué decir, le doy un beso en el hombro y luego le paso los dedos por el vientre, una señal, espero, de que soy plenamente consciente de su situación.

De nuestra situación. El secreto que soy una de las pocas personas que conoce.

—Todo el mundo merece que le quieran —le aseguro—. Tú mereces que te quieran.

—Eso también vale para ti —responde.

Incómodo con la afirmación, aparto las manos de sus hombros.

Ella frunce el ceño. Me importa Violet, más de lo que me ha importado nadie, pero el amor…

nadie me querrá nunca. Lo que tenemos entre nosotros es especial, pero eso podría deberse al equilibrio químico de nuestros cuerpos, a las hormonas que nos atraen.

Al fin y al cabo, somos animales; no todo depende de cómo nos sentimos.

—Tengo que irme. Tengo una reunión. Vuelve a la cama —le digo, yendo hacia mi armario.

Lo abro, saco un traje y una camisa limpios y los cuelgo en el pomo de la puerta.

Me observa mientras me visto, poniéndome primero los calzoncillos y los calcetines—.

La señora D. estará aquí sobre las nueve.

Volveré a casa por la noche, pero los chicos vienen a tomar algo, que es miércoles.

—Vale —dice. Siento su mirada fija en mí, pero no la miro, no puedo.

De repente, la realidad me golpea. Lo que pasó entre nosotros anoche fue un terrible error.

Una complicación más en mi vida que no necesito, por muy bueno que fuera, por muy bien que me sintiera.

Tiene el corazón roto por una traición y está embarazada del hijo de otro hombre.

¿En qué coño estaba pensando? Por no mencionar que es la hermana pequeña que nunca me permitieron tocar.

Ya me lo habían advertido. Este es un juego peligroso para los dos. Protegerla significa no tenerla.

—Normalmente vemos el fútbol y nos tomamos unas cervezas —le digo, atreviéndome a mirarla. Asiente, pero no dice nada—. Esperemos no molestarte mucho.

—No os molestaré —responde—. ¿Solo estáis mis hermanos y tú?

—No, vienen otros dos caballeros. Amigos.

Bueno, socios en realidad. A veces, puede haber otra compañía.

—Enfatizo la palabra compañía , intentando advertirla sin pronunciar las palabras exactas.

Sus ojos se abren de par en par al caer en la cuenta.

Lo entiende. Su rostro se contrae en una mueca de desagrado ante la información.

—Compañía femenina —insinúa. No respondo, no quiero tener esta conversación con ella—.

No os molestaré —repite—. De todos modos, probablemente sea mejor que me mude a un hotel.

No puedo quedarme aquí después de lo de anoche.

—Recoge el vestido que le quité y se lo pone—.

Iré a hacer las maletas. Tu mensaje está claro, Harry, considéralo olvidado.

—Vi…

Levanta una mano para que no hable. —No pasa nada, no tenemos que hablar de ello.

Había muchas emociones de por medio. Pasaron cosas y se dijeron otras que no deberían haberse dicho.

Fue algo sentimental, tú y yo, una oportunidad para recordar una época en la que las cosas eran menos complicadas.

Una oportunidad de volver a ser adolescentes; quizá era un asunto pendiente que ya ha quedado zanjado.

—No hace falta que te vayas —le digo—. Quédate aquí hasta que llegue a casa, por favor. Podemos hablarlo.

Se acerca a la puerta, la abre y mira por encima del hombro. —Que tengas un buen día —dice con una sonrisa triste—. Hasta luego.

***

Más tarde esa mañana, estoy sentado en mi sillón orejero de cuero azul, detrás del profundo escritorio de roble repleto de papeles.

Mi cliente está sentado frente a mí. Ronda la sesentena, tiene el pelo cano y ralo y una barriga que le abulta por encima de la hebilla del cinturón.

Se estira de nuevo la camisa de cuadros rojos que lleva y luego se limpia la mancha de café del bolsillo del pecho.

Al mirarlo, nunca dirías que es un gigante multimillonario de los medios de comunicación.

Hizo su fortuna con la creación de la publicidad en línea.

—Señor Roydon, ¿podemos repasar de nuevo el incidente relacionado con la muerte de su esposa? —digo. Murmura algo por lo bajo y luego da dos manotazos en mi escritorio—. Si vamos a rebatir estas acusaciones, su historia tiene que ser hermética.

—Waite, usted y yo sabemos que mi historia tiene más agujeros que un colador.

—Ríe entre dientes y luego tose de forma explosiva sobre los papeles que tiene delante.

Es difícil defender a un hombre que ha admitido repetidamente ser culpable.

Por suerte, que yo sepa, solo me lo ha confesado a mí en esta habitación.

—¿Alguien era consciente de las indiscreciones de su esposa? —le pregunto, tratando de mantener la conversación en el tema.

—Bueno, el cabrón sobre cuya polla estaba botando, supongo que sí.

Y muy posiblemente su asistente personal.

Cómo una mujer sin trabajo ni responsabilidades necesitaba una puta asistente personal es algo que me supera.

—Se frota la cara con las manos—. Cuando la conocí, me hipnotizó con sus tetas de plástico y sus mamadas increíbles.

Estaba perdido. Joder, cuando se sentaba en mi cara mientras me la chupaba hasta dejarme seco, qué recuerdos.

Moriré feliz pensando en eso. Podría haberme pedido un riñón y yo habría accedido.

—Cuénteme otra vez qué pasó el día que murió.

—Ignoro la digresión sobre su vida sexual.

En las breves conversaciones que hemos tenido hasta ahora, es algo habitual.

Es como si quisiera que supiera que todavía tiene relaciones sexuales.

Que él y su mujer todavía tenían intimidad, que todavía se le pone dura.

—Estábamos en el jacuzzi. Era un viernes por la noche normal; nos habíamos bebido unas cuantas botellas de vino.

Había oído que se estaba follando a su entrenador personal.

—Hace una pausa y le hago un gesto para que continúe—.

Estaba bajo el agua con los labios alrededor de mi polla, y mis manos estaban en la nuca de ella, empujándola más adentro.

—Sonríe con malicia—. Salió a por aire y le pregunté.

—¿Le preguntó qué?

—¡Si se estaba follando a los empleados! —gruñe—. ¿Qué si no, idiota?