Harrison (The Level 1) 6. Apartamento de Harrison, The Level #3
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6. Apartamento de Harrison, The Level #3

Respira hondo antes de hablar, su pecho se expande y se contrae. Mis ojos se posan en el tigre con la violeta que tiene en el hombro. Él sigue mi mirada con la suya.

—Significa lo que crees que significa. Te cubro las espaldas —susurra antes de dejar caer sus labios sobre mi frente.

Cierro los ojos, dejando que el momento me invada.

Se aparta y yo pongo las palmas de las manos en su pecho, sintiendo su piel aún húmeda bajo mis dedos—.

Os cubro las espaldas a los dos. —Nuestros dedos se entrelazan, y luego tira de mí hacia el sofá mientras camina hacia atrás—.

Siéntate aquí —dice, señalando el asiento—. Voy a enjuagarme otra vez.

Después de lo que parecen horas, vuelve duchado y vestido solo con unos pantalones cortos.

Se deja caer a mi lado y me rodea los hombros con el brazo.

Nos sentamos juntos, con mi cuerpo acurrucado contra el suyo, casi desnudo.

A medida que pasan los minutos, mi ansiedad disminuye.

Estar aquí con él me hace sentir segura.

Me acomodo en su regazo, necesitando que me rodee por completo.

Una película que se estaba reproduciendo de fondo termina.

Debemos de haber estado sentados así durante una hora, pero no me había dado cuenta.

El tiempo con Harry es fluido. Disfruto tanto de su compañía que desaparece.

Es un santuario donde puedo estar en paz.

Tan poco tiempo juntos, tantas emociones entre nosotros sin discutir.

Mis antiguos sentimientos están resurgiendo con cada respiración.

—¿Tienes hambre? —pregunto, mirando nuestra cena sin tocar que sigue en la encimera, fría. Me mira y sus ojos se encienden de deseo.

—No la suficiente como para detener lo que va a pasar ahora —dice.

Se me corta la respiración, mi cerebro ata cabos.

Me desea. La mirada es la misma de aquella tarde en mi dormitorio de la infancia: la necesidad carnal de que mi cuerpo se una al suyo es evidente—.

¿Vamos a la cama? Creo que los dos necesitamos esto esta noche. Sé que te necesito.

—Vale. —Es todo lo que puedo decir, a la vez emocionada y aterrorizada ante la perspectiva de estar con él de nuevo. Me anima a ponerme en pie, luego se levanta antes de cogerme la mano y tirar de mí en dirección a los dormitorios.

Llegamos a su habitación y empuja la puerta para abrirla. Es similar a la que yo ocupo, una cama cubierta de seda y llena de muebles de alta gama. Me lleva hasta la cama, girándome suavemente y colocándome de pie al borde. La parte de atrás de mis rodillas toca las sábanas.

Con su escasa ropa, puedo verlo por completo.

Está bien definido y tonificado, con músculos en todos los sitios correctos.

Un oscuro sendero de vello comienza en su ombligo y se pierde bajo sus pantalones cortos.

Empuja la tela hacia abajo, dejándola caer al suelo.

Su polla cuelga entre sus piernas, dura. Lo miro y él sonríe con suficiencia.

—Tú me has visto —susurra con voz grave—, ahora quiero verte a ti entera.

Agarra el bajo del vestido de verano que llevo y lo levanta.

Yo alzo las manos por encima de la cabeza, permitiéndole que me quite la prenda de algodón del cuerpo.

Cae al suelo en un montón de tela azul pálido.

Me rodea la espalda con los brazos, desabrochándome el sujetador con maestría, y este se une a mi ropa en el suelo.

Me quedo ante él solo con mis bragas de encaje blanco.

—Joder, cómo has crecido. —Se inclina y me besa con fiereza, sujetándome la nuca con las manos.

—Harry —murmullo contra sus labios—, esto no es una buena idea.

—Nosotros nunca hemos sido una buena idea —responde—, pero supe desde el momento en que volviste que tú y yo acabaríamos aquí.

Eres como un puto imán que me llama. Siempre lo has sido.

—Me besa de nuevo y luego me anima a sentarme en la cama, dando unos golpecitos en la sábana con la mano antes de dejarse caer a mi lado—.

A lo largo de los años, nadie se le ha acercado ni de lejos.

—Nos acostamos una vez —protesto.

—Una vez fue todo lo que hizo falta. Nadie ha hecho reaccionar a mi cuerpo como tú. Solo tienes que entrar en una habitación y me transformo en un adolescente salido. La sensación de tu coño a mi alrededor ha quedado grabada en mi mente todos estos años. Necesito volverte a sentir.

—Estoy embarazada —digo.

—Y yo estoy aquí. Estoy aquí para los dos. Si me aceptas. Aquel día, el día que me diste tu virginidad... —Deja la frase en el aire y me sonrojo.

—Debería habértelo dicho —murmullo. La culpa todavía escuece. Si se lo hubiera dicho, la vida podría haber sido diferente, pero, por otra parte, puede que nunca me hubiera tocado.

—Y yo debería haberme puesto en contacto contigo después. Pero ambos éramos jóvenes e inseguros. Siempre has sido la que se me escapó. No voy a dejar que te vayas de nuevo, embarazada o no.

Sus dedos recorren mi clavícula, atraviesan mis pechos y aterrizan entre mis piernas.

Mientras me acaricia por fuera de las bragas, abro más las piernas para darle acceso.

Un dedo engancha la tela, apartándola a un lado.

Sus ojos nunca se apartan de los míos. —Túmbate —ordena, y obedezco sin pensarlo—.

Levanta las rodillas. —Introduce un dedo entre mis labios vaginales y luego añade un segundo—.

¿Alguien está excitada? —susurra—. ¿Alguien está recordando lo que se siente al ser reclamada por un hombre que te adora?

¿Que te desea con cada molécula de su cuerpo?

Gimo suavemente mientras me embiste. Sus dedos fuertes se reencuentran con lo que siempre ha sido suyo, aunque ninguno de los dos pensara que volvería a suceder.

—Ese sonido —gruñe— es una de las cosas más eróticas que he oído nunca. Quiero hacer que lo repitas, pero más alto. —Me arranca las bragas con la otra mano—. Estas tienen que desaparecer. —Las tira a un lado, descartadas por innecesarias.

El sonido de mi cuerpo succionando sus dedos provoca otro gemido.

Levanto más las rodillas, abriéndolas de par en par.

Se tumba a mi lado, apoyado en el codo, desnudo.

Su polla está dura contra mi costado, su mano anima a mi coño a que le dé más.

—Estás jodidamente húmeda. Quiero saborearte.

—Saca los dedos, se los lleva directamente a la boca y los chupa con ganas.

Trago saliva, completamente excitada por el regocijo que veo en su rostro como reacción—.

El sabor más dulce —susurra—. Necesito más.

Coge dos almohadas de la cabecera de la cama y se desliza entre mis piernas abiertas.

—Culo en pompa. —Levanto las caderas y él me coloca un cojín bajo el trasero antes de arrodillarse con una pierna a cada lado.

Coloca uno de mis pies en cada uno de sus hombros, empujando hacia delante para que mis rodillas se doblen más hacia mi cabeza.

Lo miro desde abajo, enroscada como un brezel, con el coño abierto como una bandeja esperando a ser devorada.

—Mantén esas rodillas abiertas. Esto es un puto banquete y pienso darme un festín.

Baja la cabeza, una lengua hambrienta aparece al contacto con mis labios vaginales.

Aprieta su agarre, empujando mi culo hacia arriba mientras su boca presiona con fuerza mi entrada.

No me muestra piedad, comiéndome como si fuera su primera comida en semanas.

Sus embestidas son profundas, necesitando probar cada centímetro de mí, su lengua barriendo mi piel en un esfuerzo por lamer cada gota que mi cuerpo produce.

Se inclina más hacia delante, doblándome aún más, el zumbido interior se intensifica cuanta más presión aplica. —Tengo hambre —murmura con voz grave—. Aliméntame. Necesito más. Lléname la boca con tu clímax antes de que te devuelva el favor y te llene con mi polla.

—Harry, esto es intenso —gimoteo—. No puedo.

—«No puedo» no es una palabra en mi vocabulario —responde.

Su rostro está oculto, solo se ve la parte superior de su cabeza.

Gira los labios hacia mi muslo interno. Unos dientes afilados se hunden en mi piel, reprendiéndome.

El dolor inesperado me acerca más al orgasmo; su agarre en mi cuerpo se tensa aún más mientras su boca vuelve a donde estaba.

Estoy atrapada entre sus brazos fuertes y su lengua feroz, ambas partes de él exigiendo mi sumisión.

Juega con mi clítoris sin descanso. Retuerzo el culo en busca de alivio, pero no puedo liberarme de él.

Mi orgasmo llega al punto de ruptura, y él se retira, permitiendo una pausa en la sensación.

Repite el proceso, llevándome al límite para luego no empujarme a cruzarlo.

Los altibajos alternos son a la vez seductores e irritantes.