Harrison (The Level 1) 6. Apartamento de Harrison, The Level
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6. Apartamento de Harrison, The Level

Apartamento de Harrison, The Level

Harrison

—Del color que tú quieras —le digo, y ella me mira fijamente a los ojos.

Mi sentido común se ha tomado un año sabático.

Esta noche, lo único en lo que puedo pensar es en acercarme a ella.

En tocarla. Mi instinto es alargar la mano y sentir su piel bajo las yemas de mis dedos.

Cuando Russell sugirió que se mudara con él, necesité toda mi fuerza de voluntad para no gritar «ni de puta coña».

Antes de que pueda pasarme más de la raya, me levanto, le doy las buenas noches y desaparezco en mi habitación.

En la ducha, me recorro el miembro con la mano pensando en ella, imaginando su cuerpo unido al mío.

Cómo ha cambiado en los años que hemos estado separados.

La polla se me pone dura hasta casi romperse y mis dedos tiran con fuerza mientras me la imagino sin ropa.

Con una mano en la pared, dejo que el agua tibia me recorra el cuerpo y me doy placer fingiendo que es ella, imaginándome embistiéndole el coño mientras la sujeto contra los fríos azulejos blancos.

Esas piernas bien torneadas rodeándome la cintura; sus pechos firmes aplastados contra mi torso.

Los sonidos que hace con cada orgasmo, la sensación de ella corriéndose a mi alrededor.

No deseo nada más que descubrir cómo se siente ahora, si nuestros cuerpos seguirán encajando a la perfección como lo hicieron antes.

La única vez que permitimos que sucediera.

***

El teléfono de mi despacho suena y me saca del recuerdo de anoche.

—Señor Waite —dice mi secretaria, Elspeth—, el comisario jefe McKinney ha llegado para su cita de las once.

—Hágale pasar, por favor.

La pesada puerta de roble se abre de golpe y rebota contra la pared.

Alzo la vista y me encuentro con los ojos furiosos de Damon McKinney.

—Cinco más, Waite —gruñe—. Cinco muertes más este fin de semana por culpa de esa puta heroína.

—Atraviesa la habitación y se deja caer en la silla frente a mí.

Deja caer la cabeza entre las manos, con los codos apoyados en las rodillas.

—¿Lo sabe Devane? —pregunto.

—Todavía no. No quiero empezar una guerra que no podemos ganar.

—Se frota la frente. Unos ojos cansados se alzan hacia los míos—.

Cuando se entere, querrá sangre. Cinco estudiantes inocentes que salieron una noche de fiesta, les vendieron el producto en un club de mala muerte.

Todos muertos a las pocas horas de tomarlo.

—Joder —mascullo—. Igual que Danny. —El hermano pequeño de Devane murió en una noche como esa.

No participaba en el lado criminal de la vida de su familia.

Hunter se pasaba el tiempo manteniéndolo a salvo en un intento de permitirle llevar una existencia normal.

Sin embargo, ni siquiera el capo de la mafia de Londres pudo salvar a un adolescente demasiado entusiasta de sí mismo.

A los diecinueve años, se inyectó la sustancia equivocada en las venas y cayó fulminado en la pista de baile diez minutos después.

Hunter ha estado buscando el origen de esa droga desde entonces: heroína mezclada con matarratas.

Cuantas más semanas pasan, más aumentan las muertes.

—Tengo que decírselo —dice Damon, casi para sí mismo—.

Pero he estado lidiando con tanta mierda suya que me llega al despacho que me preocupa no ser capaz de controlar las repercusiones.

La cantidad de muertes y sucesos extraños que puedo justificar tiene un límite.

Va a llegar un punto en el que alguien querrá respuestas.

—¿Qué necesitas que haga?

—Apóyeme. —Es una petición sencilla—. Cuando nos reunamos en tu casa el miércoles por la noche y nos sentemos a discutir el proyecto, lo único que te pido es que apoyes mis sugerencias para hacer avanzar la operación.

—Asiento, pero permito que continúe—. Devane y Russell querrán usar la fuerza.

No creo que podamos. Este sindicato tiene raíces profundas.

Hay mucha gente involucrada y no conocemos sus verdaderas identidades.

Necesitamos todas las pruebas que podamos conseguir antes de acabar con ellos. Matar a más testigos no ayudará.

—¿Has hablado con Connor?

—Todavía no, pero lo haré. No estoy seguro de qué lado se pondrá. Es un hombre que no muestra sus cartas. Pero, al fin y al cabo, es el hermano de Russell y probablemente seguirá su ejemplo.

—Connor es sensato. Sabe cuándo luchar una batalla. Yo hablaré con él —le digo.

—Bien —dice y se levanta—. Necesitamos un esfuerzo conjunto, no al puto Robin Hood en una misión para detener cualquier puta injusticia que no le parezca bien.

—¿Cómo van las cosas en casa? —pregunto, cambiando de tema. Se queda quieto, me mira y luego desvía la mirada.

—Mal —masculla—. Muy mal. Este mes hace un año que la perdimos. Intentar compaginar ser padre con mi trabajo es como jugar al Tetris sin parar.

—Estás haciendo un trabajo increíble en todos los sentidos.

No responde, solo se da la vuelta y sale de mi despacho.

Siento una opresión en el pecho por mi amigo desconsolado.

Después de años intentando completar su familia, su mujer no llegó a ver nacer al bebé.

Doce meses después, está perdido y confundido.

Si las cosas continúan como hasta ahora, su vida podría complicarse aún más.

Cuando llego a casa, Violet y la señora D.

están trabajando juntas en la cocina. Hay un sinfín de cacerolas en los fogones borboteando y el olor a pan recién hecho inunda la habitación.

Una animada charla sobre medidas y acompañamientos para lo que están cocinando rebota entre ellas.

No me oyen entrar, solo levantan la vista cuando me coloco al otro lado de la encimera.

Violet me regala una sonrisa que me deja sin aliento y el pecho se me oprime. Joder, qué guapa es.

—Buenas noches, señor Waite —dice la señora D—. La cena está casi lista. Dhansak de pollo con arroz al vapor, brócoli y pan recién hecho. Violet sabe lo que hay que hacer, así que le dejo en paz. Que disfruten de la velada.

—Gracias —respondo. Sus ojos brillan mientras habla, moviéndose entre Violet y yo. ¿Son tan evidentes mis sentimientos? ¿El mero hecho de estar en una habitación con esta mujer es una señal para todos los demás de lo que siento por ella?

La señora D. pone un último vaso en la encimera, se lava las manos y se va. No sin antes darle un tierno beso en la mejilla a Violet. —Disfrutad de la noche —le susurra en tono conspirador.

***

Violet

Harry y yo la vemos marcharse, de pie uno frente al otro, separados por la encimera. Mi respiración se profundiza al mirarlo. Joder, es guapísimo. Sus ojos recorren mi cara y se detienen en mis labios.

—¿Tienes hambre? —le pregunto. Sonríe de forma sexi y luego se pasa la lengua por el labio inferior.

—Se podría decir que sí. ¿Cuánto falta para la cena?

—Unos diez minutos —le digo.

—Voy a refrescarme. Ahora vuelvo —dice, luego rodea el obstáculo que nos separa y me da un suave beso en la mejilla.

Me derrito bajo su contacto, el corazón me explota en el pecho—.

Nos vemos en diez minutos. —Se da la vuelta y camina en dirección a su dormitorio.

Veo cómo su culo tenso desaparece de mi vista y luego voy hacia el horno, usándolo como espejo para ajustarme los tirantes del sencillo vestido veraniego azul que la señora D.

trajo hoy después de comer. Había salido un momento solo para volver con algunas prendas que me ayudaran con mi maltrecho vestuario hasta que pueda ir a las tiendas.

Estoy sirviendo el final de la comida en los platos cuando unos golpes en la puerta principal me distraen.

Dando por hecho que debe de ser Matthew o uno de mis hermanos, me acerco y la abro de par en par.

Aiden está al otro lado, rebosante de confianza en sí mismo.

—Buenas noches, princesa —dice con una sonrisa ladina.

Lleva su traje negro de Armani combinado con una camisa rosa pálido.

Sus ojos azules se clavan en los míos y me quedo helada.

Verlo es un sobresalto que no necesito—.

Ha sido mucho más fácil de localizar de lo que pensaba.

—¿Cómo has entrado aquí? —tartamudeo.

—Tengo una personalidad muy persuasiva —responde con desdén.

Intento cerrar la puerta; él la golpea con una mano fuerte para detenerme—.

Ni se te ocurra. Tenemos mucho de qué hablar.

—Su mano se dispara hacia mi garganta, con sus fuertes dedos rodeando mi tráquea mientras me empuja hacia atrás, hacia dentro del apartamento.

Tambaleándome, retrocedo, intentando mantener el equilibrio mientras igualo sus largas zancadas.

—Aiden —jadeo, tirando de su mano—. ¿Qué haces? Por favor, no me hagas daño. —Sus dedos se aprietan, reduciendo mi acceso al oxígeno. Siento pánico por el niño que llevo en mi vientre—. Aiden, por favor. No lo entiendes. —Abro la boca en un intento de coger aire; la recompensa es mínima.

—Imagina mi sorpresa cuando fui a verte a nuestro apartamento y ya no estabas —gruñe, ignorando mis súplicas—. Simplemente te largaste. Sin nota, sin mensaje. Después de todo lo que he hecho por ti, princesa. —Su agarre se aprieta aún más.

—«Hecho por mí» —escupo entre jadeos—. Estás casado. Me dediqué a ti durante trece años. Me mentiste. Nunca tuve un futuro contigo. Nunca quisiste uno conmigo.