Hablar con los muertos Territorio de brujas #2
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Territorio de brujas #2

Josefa atendió durante horas seguidas a los pacientes conforme iban llegando.

La mayoría eran adultos, aunque en ocasiones llevaban niños que necesitaban una limpia, con torsión de intestinos o una simple gripe.

A falta de médico en Catorce, ella era la única alternativa.

Una vez, un pequeño se coló hasta la cocina y preguntó: «¿Qué comen las brujas?

»; «bolín, biznagas y a ti», soltó una de las ayudantes al momento.

El niño salió de la cocina y no se volvió a mover de su asiento.

Poco antes de cumplirse el mes, la sangre me visitó de nuevo.

Al anochecer, sin nada más que el olor del desierto, aparecieron tres bolas de fuego a lo lejos.

Verlas moverse fue muy bello, era como si danzaran.

Sus llamas se tocaban, alargaban sus lenguas rojas y se alejaban para encontrarse de nuevo.

Josefa dijo que era el baile de iniciación.

Luego de eso, me mandó a la choza trasera, donde vivían las dos mujeres.

Comencé a acompañarlas al pueblo una vez por semana para hacer mandados y traer lo que hiciera falta.

Noté que quienes me miraban lo hacían con cierto respeto o temor.

Agachaban la cabeza si pasaban junto a nosotras y se persignaban.

Ahí entendí que volver no sería tan sencillo, y me conformé con ver a mi madre y a mis hermanos desde lejos.

A veces ella se escapaba e iba a la casa de Josefa, me dejaba alguna prenda y dulces de leche o camote.

Todos los días se trabaja igual, «no hay descanso para la enfermedad», decía Josefa.

De seis de la mañana a cinco de la tarde, la puerta de la casa permanecía abierta.

A las cinco y media se cerraba. Había días en que llegaban casos urgentes o a deshoras porque venían de fuera, y ella siempre supo hacer un espacio para cada uno.

Cuando aprendí lo suficiente sobre las hierbas y podían confiar en mí para surtir los tratamientos, Josefa me permitió presenciar sus consultas.

Mis recuerdos son turbios: entre la oscuridad mal iluminada por cirios viejos, el olor nauseabundo a carne podrida y el humo del sahumerio, no sé qué tanto de lo que vi fue real.

El aire en ese sitio, que yo sentía como un pozo asfixiante y húmedo, era denso; costaba moverse y respirar.

Trata de imaginarlo: me ubicaba por su voz, al escuchar sus susurros.

El cuchillo era siempre el mismo, un deshuesador oxidado pero filoso con una cinta negra en el mango, tan viejo como ella.

El procedimiento tampoco variaba. El paciente, recostado bocarriba o bocabajo, según se requiriera, era envuelto por hechizos: Josefa se encomendaba a Nakawé, la madre y la vida, y con una estocada certera abría piel, grasa, carne y hueso.

El hombre que la acompañaba, su mano derecha, presto ayudaba a rasgar y separar para que ella sacara el «daño», como le decían a la enfermedad o al mal que aquejara el cuerpo.

Luego, Josefa, ávida, metía los dedos, adornados siempre con sus anillos enormes de oro y plata, y hundía también las manos.

Extirpaba el tumor, el hígado, la vejiga, la próstata o matriz, el pulmón o hasta el corazón dañado, incluso huesos; lo lanzaba lejos y sacaba de una caja de madera, ornamentada con lagartijas de chaquira azul, un tejido u órgano idéntico y sano, lo levantaba sobre el cuerpo recipiente y lo dejaba caer.

La entraña siempre se hundía en el lugar exacto, emitiendo un ruido líquido al embonar.

Todo aquello transcurría en baños de sangre y dolor, y si se trataba de un hombre, había además gritos y blasfemias.

Después, Josefa pasaba las manos sangrientas sobre la herida, untaba menjurjes y colocaba vendas.

Recetaba lo indicado y decía que, después de tres días de reposo, estarían sanos y podrían volver a trabajar.

A los del pueblo los trataba con brebajes y pócimas; a los extranjeros, con medicamentos.

A quienes eran muy católicos, les recomendaba rezar; y a los huicholes, el contacto con la tierra, invocar a Tatewari, el abuelo fuego.

No me preguntes de dónde salían esos órganos, yo tampoco lo sé. Algunos decían que eran donaciones; otros, que Josefa se los arrancaba a los animales desperdigados. Ve tú a saber. Para el caso, a nadie le interesaba mucho la procedencia, siempre y cuando recuperaran la salud.

—Ya lo ves, niña, ni demonios ni diablo, esta es la pura magia de la tierra, la naturaleza misma de la vida.

El universo susurra en soledad, son sus palabras las que sanan a través de mí.

Yo no me convertí en sanadora, nací siéndolo.

Nadie me dio a elegir. Aprendí a descifrar los secretos, a utilizar el poder.

A comprender el cuerpo —me dijo Josefa al terminar la primera faena en la que participé—.

Esta sabiduría se remonta al inicio de los tiempos, de nuestros orígenes.

La naturaleza es una diosa poderosa, yo nomás la interpreto.

Estos ritos, ofrendas y sacrificios me ayudan a proteger a todo aquel que lo pida.

Nuestra tierra seca nos obliga a esto, a comunicarnos con ella.

Hechicera o bruja, da lo mismo cómo me digan.

No te imaginas cuántas somos. Aunque nunca las hayas visto, ahí andan, estamos al tanto las unas de las otras.

Hay algunas que hablan con los muertos, adivinan el futuro, tienen visiones. Yo nomás curo.

¿Sabes que Wirikuta es tierra sagrada? Para los indígenas, el mundo como lo conocemos nació aquí.

De ahí viene el poder de esta tierra. Nuestras bolitas de fuego no son otra cosa que un buen augurio, la esperanza para muchos; el alivio de la enfermedad, el consuelo para la aflicción. Una guía en medio del abismo.

El poder en la sangre y las manos de las brujas es inmenso. No temas cuando las veas de nuevo en medio de la oscuridad muda. Piensa que podría ser yo.