Hablar con los muertos
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Prólogo Maravillados y horrorizados por igual
«Al amanecer, los invitados se despedían maravillados y horrorizados por igual».
De En el Oriente se encendió esta guerra
Ay, Lola, Lolita, Lola.
Debo reconocerte, hermana perversa, que nada más conocía un par de cuentos tuyos —¿cómo es que no te había buscado más, maldita sea?
¿Cómo es que no había rasguñado las piedras para dar contigo y tomar un té de brujería?
— y conocía tu nombre, omnipresente, cuando preguntaba por la literatura de terror contemporánea en tu México.
Siempre orbitándote. Dándote vueltas sin quemarme.
Hasta ahora. Que me he calcinado, beatífica como una mártir, ante tus cuentos.
Oye, muchacha, eres.
Bárbara, salvaje, bestia, terrorífica, primitiva, sexual, tremenda, corrupta, desquiciada, violenta, animal, cirujana, perversa, diosa, destructiva, creadora, fuego, vicio, vida.
Una monstrua.
Esta antología de tus relatos es la primera que se publica en España y me hace feliz que por fin vayan a conocer tu literatura, tu demencial, sexual, onírica, fantasiosa, descarnada e inquietante literatura.
Salir de Hablar con los muertos es como despertar de una pesadilla.
Esto ya se ha comentado de muchos libros, tal vez de demasiados.
Ah, esta novela es pesadillesca; ah, esta antología te dará pesadillas.
Se ha dicho un millón de veces y se volverá a decir otro millón.
Yo no invento nada, pero las pesadillas, sí, Lola: las pesadillas son únicas como tus cuentos.
Carajo, son esos malos sueños en los que no puedes gritar cuando hay alguien/algo con los ojos rojos mirándote en la punta de la cama, extendiendo unas manos garras hacia ti.
Así lo describes:
«Las primeras noches fueron angustiantes, espesas: creí atisbar una figura negra en el quicio de la puerta de mi habitación cada que abría los ojos».
Terminé el libro con los personajes dentro, vivos, ¿no te parece que a veces los muertos están más vivos que los vivos?
, hablando quedito con seres extraños encerrados en viejas mansiones, el psiquiátrico de la histérica , el aterrador pueblo de decorado donde, como en The Truman Show , nada es lo que parece; el padre obsesionado con la perrita astronauta Laika (¡Dios, ese cuento!); la voyerista de los durmientes; las sanadoras y sus métodos mágicos; el higo que sabe a niño y el México asesino donde el que tiene que encontrar no se mueve y las otras, las buscadoras, ponen el oído para que la tierra les hable y les diga dónde está, si no el cuerpo, al menos el huesito, la ropita, el zapato, el cuaderno escolar.
Tú sabes de eso, Lola: el miedo no está en los muertos sino en quien los mata, en por qué los mata, en dónde los mata, en la pregunta sin respuesta: «¿Dónde están?».
Ese terror creador de todos los terrores: que tu niño no vuelva a casa.
Y esa madre que pide, que suplica:
«Emilio, ven ya. Necesito saber cómo estás, qué tanto has hecho, qué lugares has conocido».
Cuando habla de él, o con él, se empeña en usar el presente. Mientras su deceso no esté certificado por escrito, lo pensará con vida.
Nunca olvidaré a esa Elisa que da nombre a esta colección porque haces algo que es increíblemente difícil y es hacer llorar con la pena del miedo y el miedo de la pena.
Tu libro es enorme, Lola, y tú, definitivamente, eres la hermana bruja que estábamos esperando.
María Fernanda Ampuero
Madrid, 2026