Guerra de familia, amor de generación DIECIOCHO MESES DESPUÉSEpílogo. La nueva fecha
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DIECIOCHO MESES DESPUÉSEpílogo. La nueva fecha

DIECIOCHO MESES DESPUÉS

Epílogo

La nueva fecha

En el patio de La Concordia caben treinta y una sillas si se quitan las dos jardineras, y las quitamos.

Las contamos nosotros, en enero, un domingo por la tarde, discutiendo. Yo decía treinta y cuatro y él decía veintinueve, y las pusimos y salieron treinta y una, y a mí me sentó fatal porque me gusta acertar.

Nos casamos un sábado de febrero, a las doce, con treinta y una personas y sin nadie de pie.

Nos casó la alcaldesa, que se llama Pilar y que llevaba dos años sin casar a nadie, y que preguntó tres veces si de verdad no queríamos megafonía.

Joan Borràs vino de invitado y no trajo carpeta.

Eso lo noté yo a los diez minutos y estuve un rato mirándole las manos vacías, y creo que él también, porque en un momento dado se las metió en los bolsillos.

En febrero aquí hace un frío húmedo que no se le puede explicar a la gente de fuera.

No es frío de Bruselas. En Bruselas hace un frío que se sabe lo que es y te pones un abrigo.

Aquí hace ocho grados y te entran por debajo de la ropa como si no llevaras nada, y a las doce del mediodía, con el sol dando en la mitad del patio, la gente se pelea por la silla que está al sol.

Se pelearon.

Empezó mi tía Reme.

—Yo aquí no me pongo.

—Tía, si es media hora.

—Es que en la sombra hace un frío que pela.

Y se cambió de sitio, y detrás de ella se cambiaron otras cuatro personas, y el plano de mesas que había hecho mi madre, que esta vez eran tres mesas y no dieciséis, se deshizo en cuatro minutos.

Mi madre no dijo nada.

Eso es lo que ha cambiado, si alguien me pregunta. No que se hablen. Se hablan poco. Lo que ha cambiado es que mi madre hizo un plano de tres mesas para treinta y una personas, lo puso en el patio a las diez de la mañana, vio cómo se deshacía a las doce y cinco y se quedó donde estaba.

Nicolás llegó el jueves por la noche.

Vino desde Manises con la maleta gris, la de la correa naranja, que es la maleta que en mi edificio de Bruselas conocen tres personas: la del cuarto, que me pregunta cada dos meses si mi novio es el de la maleta; el portero, que se la sube al ascensor sin que nadie se lo pida; y una compañera húngara que le preguntó una vez si esa correa era una cosa de España.

En dieciocho meses esa maleta ha hecho ese viaje once veces.

Once no son muchas. Once en dieciocho meses son una cada siete semanas y media, y hay parejas que se ven más y hay parejas que se ven menos, y a nosotros unas veces nos ha parecido poco y otras nos ha parecido lo que había.

Yo he ido a Beniflor nueve.

La primera fue en octubre, cuando cerró el obrador cuatro días.

Yo pensé que no lo iba a hacer, y no se lo dije. En septiembre, cuando estaban las coronas y el consejo y la valoración, yo di por hecho que en octubre me diría que no podía y que ya iría en enero, y me preparé para no enfadarme.

Y el ocho de octubre cerró el obrador cuatro días.

Puso un cartel en la puerta escrito por Kevin, que decía CERRADO DEL 8 AL 12 y debajo, en letra más pequeña, PERDONEN LAS MOLESTIAS, y estuvo tres semanas oyendo comentarios y sigue oyéndolos.

En el piso de Bruselas hay una taza amarilla.

Es del Forn Salvat, del juego de las de La Cambra, y me la trajo en aquel viaje envuelta en dos camisetas. Es la que uso todos los días. Mi compañera húngara, que ha estado en mi casa dos veces, cree que es de un hotel.

No hay ninguna turquesa. Eso lo decidí yo y no se lo he explicado a nadie, y si alguien me pregunta digo que solo trajo una.

El calendario lo llevamos en el móvil y es una vergüenza.

Tiene tachones. Tiene tres viajes movidos, dos cancelados y un fin de semana de mayo que se cambió cuatro veces y que al final no fue ninguno de los dos.

Tiene una semana de agosto marcada en la que él no vino porque son fiestas, y no vino, y yo lo entendí y lo entendí mal, y estuvimos dos días sin hablarnos.

Y hay una cosa que no aparece en ningún calendario y que es la que más me ha costado, y es lo que él llama los domingos.

Los domingos por la tarde, en Bruselas, en enero, a las cinco ya es de noche.

En Beniflor a esa hora está el bar lleno y él está detrás de la barra o está en el patio con su padre, que ahora baja los domingos y se sienta, y hay ruido. Y yo estoy en un piso de cuarenta metros con una taza amarilla y un expediente húngaro.

Las tres primeras veces le llamé y no lo cogió porque estaba trabajando, y me sentó fatal, y no se lo dije.

La cuarta se lo dije.

Ahora me llama él a las siete, que aquí son las siete y allí son las siete, porque estamos en la misma hora, que es una de las pocas ventajas de esto.

Y en noviembre hubo lo del pedido.

A Nicolás le ofrecieron llevar la corona a una cadena de veintidós tiendas de la provincia. Un contrato bueno, un contrato de verdad, el primero grande desde lo de Requena. Con una condición: producción exclusiva y volumen fijo todo el año.

Me llamó un martes a las siete y veinte de la tarde, desde el patio del obrador, antes de firmar nada.

Estuvimos cuarenta minutos y discutimos.

Discutimos de verdad, con la voz alta, porque yo veía la cláusula de exclusividad y él veía veintidós tiendas, y en algún momento yo le dije que ya habíamos tenido un señor de Requena y él me dijo que él ya sabía leer un contrato, que no hacía falta que se lo leyera yo.

Y después de cuarenta minutos me dijo:

—Vale. Pues lo voy a firmar igual.

Y lo firmó.

Y eso es exactamente lo que acordamos en una cocina con el suelo mojado el día de una boda que no hubo. No acordamos estar de acuerdo. Acordamos que ninguno de los dos firma sin decírselo al otro antes.

Funcionó. Y me fastidió muchísimo.

El contrato va bien, por cierto. Y la exclusividad la limitaron a la corona, que fue lo único que le acepté.

De Bruselas se me acabó el contrato en enero.

Me han ofrecido renovar tres años.

No he contestado todavía. Se lo dije el mismo día que me lo ofrecieron, el veintidós de enero, por teléfono, a las dos y media, saliendo de la reunión, y él me dijo:

—Vale. ¿Cuándo lo hablamos?

Y lo vamos a hablar el lunes.

Eso es lo que hay. Eso es todo lo que hay, y a mí, que llevaba treinta y cinco años queriendo saber el final de las cosas antes de que pasaran, me ha costado dieciocho meses aprender que a eso se le puede llamar tener un plan.

De mi madre y de Vicent Salvat, lo justo, porque no es mi historia y porque llevo dieciocho meses oyendo tonterías.

No están juntos. No van a estar juntos. No se han vuelto a sentar solos en ninguna parte que yo sepa.

Lo que hacen ahora es esto: él baja los domingos por la tarde y se sienta en el patio, que es de los dos y siempre lo ha sido, y ella le saca un café a las seis y se lo deja en la mesa sin decir nada y vuelve dentro. Y a veces se hablan cuatro frases sobre el género, y a veces no se hablan.

Eso es todo, y en este pueblo hay gente que lleva dieciocho meses esperando que sea otra cosa.

De la boda voy a contar cuatro cosas.

La primera es que no la sabía nadie hasta ocho días antes.

Eso fue idea suya y yo estaba de acuerdo, y lo hicimos por la vía más sencilla, que fue no decírselo a Puri.

Se enteraron el domingo anterior, y hubo opiniones.

Josefina Císcar, que tiene ochenta y tres años y sigue yendo a por pan, le dijo a mi madre en la puerta del Cafè Ribes que eso había que hacerlo en la plaza.

Ferran, el de la comisión, dijo que si querían el sonido lo prestaba.

Ximo Blasco preguntó si tocaba alguien y le dijeron que no, y dijo que muy bien, y a las once y media del sábado apareció en el patio con la carpeta de anillas y sin nada dentro, y se sentó.

Neus Ortells se enteró el jueves, me escribió, y le dije que no.

Me contestó con dos líneas diciendo que muy bien, que enhorabuena, y que si algún día queríamos contar lo del año pasado entero, con la fotografía y con todo, que ella lo escribía.

Y añadió: Y esta vez os mando el texto antes.

Vinieron treinta y una personas y no vino la prensa.

La segunda es lo del abanico.

Mi madre apareció con uno de los turquesa. De los trescientos. De los que costaron mil ochocientos sesenta euros y no se pueden devolver.

Le había tachado la fecha con una raya de bolígrafo azul, sin apretar, y había escrito la nueva debajo, y la letra le salió más pequeña de lo que había calculado y no le cabía el año, así que puso solo el día y el mes.

Y encima seguía diciendo POR FIN, JUNTOS.

—Mamá.

—¿Qué.

—Que en febrero no hace falta abanico.

—Ya lo sé.

Y lo llevó abierto toda la mañana en la mano izquierda, a ocho grados, en un patio, y no encargó otros.

Los otros doscientos noventa y nueve siguen en cajas en el comedor del primer piso del Cafè Ribes. Los cuatro de los amarillos siguen en el altillo del obrador viejo, encima del horno grande, donde no hay humedad y donde no la va a haber nunca.

Un día habrá que hacer algo con eso y nadie ha dicho todavía qué.

La tercera es que el tabique sigue.

Sigue en el bar, con el cuadro de la Virgen y la moldura cortada, y sigue en las trastiendas con su palmo de ladrillo a ras de rodapié, y lo del hueco de en medio lo miró un albañil en diciembre y dijo que se podía abrir y que costaba lo que cuesta abrir una puerta en un muro de carga, que es mucho, y ahí se quedó.

Ahora se llama otra cosa, eso sí. La sociedad se llama La Corona de Beniflor y factura desde los dos locales, y el obrador nuevo se hizo con el préstamo de noviembre en la nave del polígono, y en el polígono no hay tabiques porque las naves se hacen de una pieza.

Pero el bar sigue partido, y el mostrador sigue teniendo cinco metros y medio en cada lado.

Y la gente sigue dando la vuelta.

Lo que pasa es que ahora lo hacen sin pensarlo. Entran por una puerta, andan metro y medio y entran por la otra, y hay gente joven en este pueblo que ya no sabe por qué se hace así, y a esa gente se le dice que es porque las dos cocinas están en sitios distintos, y no es mentira.

Y la cuarta es la tarta.

La hizo él. La empezó el viernes por la tarde, cuando llegó, en el obrador viejo, que es donde sigue haciendo lo suyo aunque la producción esté en el polígono.

Tres pisos. La misma. Bizcocho, crema, la almendra por el canto y la naranja confitada colocada a mano en el borde, gajo a gajo, que es lo único que se hace con los dedos.

Y encima, las dos figuras.

Las mismas. Estaban en una caja en el altillo del obrador desde agosto del año anterior, encima del horno grande, al lado de cuatro cajas de abanicos amarillos que siguen ahí y que ya no se van a repartir nunca.

Él las subió y las puso.

De espaldas. De brazos cruzados. Como venían de fábrica y como llevaban dieciocho meses.

A la una menos cuarto, cuando ya se había acabado lo de firmar y la gente estaba de pie en el patio con el vermú, y cuando el fotógrafo, que es un chico de Alzira y no es prensa, dijo que ahora íbamos a hacer las de la tarta, Nicolás me cogió del brazo.

—Ven —dijo.

Y nos metimos en la cocina del Cafè Ribes, que es la de mi madre, la del horno de bar donde caben ocho magdalenas, con la tarta en el mármol y la puerta cerrada.

—¿Tienes hambre? —dijo.

—Mucha.

Cogió un cuchillo de la barra. Del piso de abajo, del frente, entró con el cuchillo hasta el centro y sacó un trozo de dos palmos, y lo sacó a lo bruto, tirando con la mano izquierda, y se llevó por delante el bizcocho de dentro y las migas cayeron en el plato.

—Nicolás.

—¿Qué?

—Que es la tarta.

—Es que si la cortamos bien, luego hay que servirla entera y no comemos hasta las cuatro.

Y me dio la mitad.

Nos la comimos de pie en la cocina de mi madre, con las manos, sin plato, en cuatro minutos, y no dijimos absolutamente nada mientras lo hacíamos, y a mí se me cayó crema en el vestido, que era un vestido de dos años antes al que Candela le había cambiado los tirantes.

Después él se limpió las manos en un paño de mi madre y yo me limpié en el suyo.

—Tienes crema aquí —dijo, y me señaló el sitio en vez de quitármela, y esperó, y me la quité yo.

Y eso, que no es nada, es lo más de nosotros dos que ha pasado en dieciocho meses.

—¿Salimos? —dijo.

—Vamos.

Y sacamos la tarta al patio entre los dos, él por delante y yo por detrás, esquivando la jamba, y la pusimos en la mesa del rincón, la que da a la pared del fondo, con el sol de la una encima.

Salió Candela a mirar. Salió mi madre. Salió Vicent, que estaba en el rincón de la pared con las manos por delante, como se pone él.

Y salió Marisa, que había venido con su marido y que llevaba media hora sentada sin que nadie le diera una bandeja, y que al ver la tarta en la mesa dijo, para su marido y no para nosotros:

—Cuatro kilos.

El chico de Alzira levantó la cámara.

Y allí estaba: tres pisos, la crema del borde intacta con su cordón entero, la naranja confitada colocada a mano gajo a gajo, un boquete de dos palmos en el piso de abajo con el bizcocho a la vista y las migas caídas en el plato.

Y arriba, en el piso de arriba, las dos figuras de pie, de espaldas la una a la otra, con los brazos cruzados.