Guerra de familia, amor de generación 21. Dos despedidas
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21. Dos despedidas

Dos despedidas

Candela me organizó una despedida de nueve personas en el reservado del bar de Maribel, con tapas, sin disfraces, sin banda, sin ninguna prenda con la palabra novia escrita y sin un solo objeto con forma de nada.

Me lo dijo el lunes, en la floristería, entre dos llamadas.

—Nueve. Sin juegos.

—Gracias.

—Y a las doce nos vamos, que tienes que dormir.

Nueve éramos: mi prima, mi tía Reme, dos primas de Alzira, Nuria, que es la única persona de Valencia que sabía lo mío desde el principio y que se enteró de la ruptura por un audio de dos minutos y catorce segundos, la mujer de mi primo Rubén, dos amigas de la escuela y yo.

El bar de Maribel está en la calle de detrás del ayuntamiento, tiene doce mesas, una máquina de tabaco que no funciona desde 2018 y un reservado al fondo con una puerta de cristal esmerilado que no cierra.

Es el sitio donde se hacen aquí las comuniones pequeñas, las jubilaciones y las reuniones de la comisión cuando el casal está ocupado.

A las nueve y cuarto estábamos las nueve sentadas en el reservado, con el bacalao y las patatas y una botella de blanco, y era exactamente lo que yo necesitaba y me duró veintidós minutos.

Nuria me trajo un regalo envuelto y me dijo que no lo abriera allí, y yo se lo agradecí más de lo que le pude decir con mi tía Reme delante.

A las nueve y treinta y siete entró Kevin.

Kevin entró en el reservado con una bolsa de hielo debajo del brazo, se paró en seco al vernos y dijo:

—Ah.

Detrás de Kevin venían Toni, del obrador, que es de La Unió y que toca el bombardino, Sergi, que es de la edad de Nicolás y que fue con él al instituto de Alzira, dos primos de Nicolás y un señor de sesenta años que resultó ser el que le vende la almendra.

Once.

Once y nueve son veinte, y el reservado del bar de Maribel tiene cinco mesas y cabe la gente hasta que empieza a caber mal.

Yo me quedé con el tenedor a medio camino, y en los tres segundos siguientes hice lo mismo que llevaba haciendo nueve días, que era calcular a qué velocidad se propaga una cosa.

—Que aquí tenemos reserva —dijo Candela.

—Y nosotros —dijo Sergi.

—¿A qué nombre?

—A nombre de la comisión.

Y ahí ya lo supimos todas.

Maribel salió de la barra con el trapo al hombro y con la cara de una mujer que lleva veinte años teniendo esta conversación.

—Es que me lo reservó Puri —dijo—. Las dos cosas.

—¿Las dos cosas el mismo día?

—A la misma hora. Me llamó el domingo y me dijo: nueve y once. Y yo puse veinte.

—Maribel.

—Yo puse lo que me dijeron.

Candela sacó el móvil y llamó a Puri delante de todo el mundo, y puso el manos libres, cosa que hizo a propósito.

—Puri, ¿tú has reservado dos despedidas en el mismo sitio a la misma hora?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque es la misma boda —dijo Puri.

En el reservado, con veinte personas delante y un móvil en manos libres encima de una mesa, no contestó nadie.

—Es que si vais a dos sitios —siguió—, Maribel tiene que sacar dos veces la cocina, y son dos noches de un chico sirviendo, y hay que llevar las sillas de fuera a un sitio y luego al otro. Y es la misma boda, Candela. Es la misma gente y son los mismos platos.

—Puri, una despedida se hace por separado.

—¿Por qué?

Y ahí Candela se quedó callada, porque la verdadera respuesta a eso es «porque sí», y a Puri Albiol no se le puede decir «porque sí» cuando ha hecho un cálculo.

—He optimizado —dijo Puri, y colgó.

Candela se quedó mirando el móvil.

—Es que tiene razón —dijo mi tía Reme.

—Tía.

—Que sí, hija. Que son los mismos platos.

Voy a decir en su descargo, ahora que ha pasado el tiempo, que aquella noche fue divertidísima.

Fue divertidísima para diecinueve personas.

Se juntaron las mesas a los cuatro minutos, porque en un reservado de cinco mesas dos grupos no se pueden ignorar más de cuatro minutos, y a las diez menos cuarto ya había una sola mesa larga con veinte personas, dos botellas más y el señor de la almendra contándole a mi tía Reme cómo se distingue una marcona de una largueta.

Mi tía Reme, que tiene setenta y ocho años, dijo:

—Ay, qué interesante.

Y lo decía en serio.

Nicolás llegó a las diez y veinte.

No venía a su despedida. Yo eso lo supe en cuanto entró por la manera en que entró: se paró en la puerta del reservado, hizo un barrido de la sala de izquierda a derecha, contó cabezas, localizó los tres móviles que estaban en alto y solo entonces saludó.

Después me buscó a mí y me miró un segundo y medio, que es lo que dura una pregunta.

Yo levanté las cejas medio centímetro. Estoy bien.

Y entonces Sergi le puso una silla al lado de la mía, y Nicolás se sentó, y a partir de ese momento hizo la cosa más suya del mundo: se puso a servir.

Rellenó copas. Cambió un plato de sitio.

Fue a la barra a por hielo cuando Maribel no daba abasto y volvió con la cubitera y con dos servilleteros.

En una despedida de la que era protagonista, mi ex prometido se pasó dos horas trabajando, y nadie se extrañó, y yo lo miraba desde el otro lado de la mesa y pensaba que llevo tres años sin darme cuenta de que ese hombre, cuando está incómodo, se busca una bandeja.

A las diez y media apareció mi madre.

Con un bolso pequeño, sin delantal, y eso fue lo que me alarmó: mi madre sin delantal es mi madre trabajando en otra cosa.

—Solo un momento —dijo.

—Mamá, es una despedida.

—Ya lo sé. Pasaba.

Y se sentó en el extremo de la mesa, al lado de la mujer de Rubén, y pidió un agua con gas y no se movió de allí en una hora y cuarenta minutos.

A las diez y cuarenta y cinco llegó Maribel.

La otra Maribel. La de la peluquería, madre de la del bar, que llegó porque su hija le había dicho que aquello estaba lleno, y que llegó con el móvil ya en la mano y con una energía de reportera de guerra.

Yo a Maribel la conozco desde que tengo uso de razón. Me cortó el pelo para la comunión. Me lo cortó para la selectividad. Me lo cortó mal una vez, en 2007, y todavía nos reímos.

Y aquí está la parte que yo no había previsto y que me tuvo mal el resto de la semana.

Maribel no hacía fotos a escondidas. Maribel hacía fotos y las enseñaba.

—Mira qué guapa te he sacado.

—Maribel...

—Y esta con Nicolás, mira. Esta la subo.

—Maribel, no la subas.

—¿Por qué no? Si estáis preciosos.

Aquella noche se hicieron, entre unos y otros, más de doscientas fotografías, y se subieron unas cuarenta, y no las subió nadie con mala intención.

Las subieron porque la gente sube fotos de la gente contenta.

Y a la una de la madrugada, en el grupo de doscientos catorce, había una secuencia completa de dos personas que se habían separado nueve días antes riéndose, brindando, comiendo bacalao y aplaudiendo a un señor que explicaba almendras.

Yo he pasado cinco días teniendo miedo de que alguien hiciera una captura.

Y aquella noche entendí que el peligro de verdad era el contrario: que doscientas personas produjeran, voluntariamente y con cariño, todas las pruebas de una felicidad que no existía. Cuando se rompiera, no iba a haber que explicar una foto. Iba a haber que explicar cuarenta.

Joan Borràs llegó a las once y diez.

Y esto es lo mejor de la noche y por eso lo dejo en su sitio.

Joan entró con una carpeta. En una despedida. A las once y diez de la noche de un martes.

—Buenas noches. Perdonad. ¿Quién es el responsable?

—¿De qué? —dijo Sergi.

—De la actividad.

—Joan, esto no es una actividad.

—Esto es una reunión de veinte personas en un local, en fiestas, que no figura en ningún sitio. —Abrió la carpeta—. Y yo desde ayer estoy anotando todo lo que pasa en este pueblo, porque me lo ha dicho el secretario.

—¿Y qué quieres anotar?

—Un responsable y un horario de finalización.

Se hizo un silencio y después se rió medio bar, y Joan Borràs esperó, muy serio, con el bolígrafo puesto, hasta que se le contestó.

Candela dijo que ella. Y Puri, que había llegado detrás de él sin que nadie la viera, dijo desde la puerta:

—Y yo.

—Las dos no puede ser.

—Pues las dos —dijo Puri.

Joan apuntó las dos.

—¿Y horario de finalización?

—Las dos —dijo Candela.

—Pongo la una y media.

—Pon las dos.

—Es que si pongo las dos y a las dos hay gente, la que tiene el problema eres tú.

—Pues la una y media.

—La una y media —dijo Joan, y lo apuntó, y cerró la carpeta, y se tomó un mosto de pie en la barra antes de irse, que es la única cosa que hizo aquella noche que no era administrativa.

El juego lo sacó Nuria a las once y media, y lo sacó porque llevaba dos horas sin poder hacer nada de lo que había preparado y porque las despedidas tienen una física propia y a las once y media alguien saca un juego.

Era el de siempre. Veinte preguntas escritas en papelitos por los invitados; el novio contesta en voz alta y la novia enseña su respuesta escrita; si coinciden, punto.

Yo intenté pararlo. Dije que era tarde. Nadie me oyó, porque en una mesa de veinte personas una frase razonable dicha en voz normal no existe.

Nos sentaron enfrente, con la mesa en medio, y me dieron un rotulador y una pila de folios.

Y aquí tengo que decir una cosa a mi favor y otra en mi contra.

A mi favor: intenté irme. Me levanté a las once y veinticinco diciendo que al día siguiente tenía una videollamada, y mi tía Reme me cogió de la muñeca y me sentó, y una no se puede levantar dos veces.

En mi contra: cuando me sentaron, me lo pasé bien.

Las primeras ocho fueron lo que son estas cosas.

Qué desayuna ella. Café solo y nada. Punto.

De qué lado duerme. Nicolás dijo el de la ventana. Punto.

Qué canción no soporta. Fallo, porque él dijo una y yo escribí otra y las dos eran verdad.

Qué le pide siempre en un restaurante y no se come. Las aceitunas. Punto, y el señor de la almendra dio un golpe en la mesa.

Cuál fue el primer regalo. Fallo. Él dijo un libro. Yo escribí «una llave inglesa», y era una llave inglesa, y cuando lo enseñé se rió toda la mesa y él se quedó mirando el folio y dijo:

—Es verdad. La llave inglesa fue antes.

Y ahí, durante un segundo, se le puso una cara que no era de juego.

En qué trabajo. Nicolás dijo «regulación alimentaria y comercio europeo» de carrerilla, y Sergi dijo «hostia» y toda la mesa aplaudió, y yo enseñé el folio donde había escrito «abogada» y me tocó explicar que el punto era suyo.

Cuántos hermanos tengo. Ninguno. Punto.

A qué le tengo miedo. Nicolás dijo «a deber algo».

Yo había escrito «a las alturas».

Fallo, dijo Nuria. Y la mesa se rió, y yo dejé el folio boca abajo y me bebí medio vaso de agua, porque mi respuesta era una tontería y la suya no.

Íbamos seis a tres cuando Nuria cogió el siguiente papelito, lo leyó por dentro, se rió sola y lo leyó en voz alta.

—«¿Cuál es la última cosa que le has escondido?»

La mesa hizo un ruido de aprobación. Alguien silbó. Mi tía Reme dijo «ay, esta es buena».

Ese papelito lo había escrito uno de los primos de Nicolás, un chaval de veintitantos, y lo había escrito pensando en el regalo de boda, o en el viaje, o en cualquiera de las cosas que un hombre le esconde a su novia diez días antes de casarse y que hacen gracia.

Nicolás tardó.

Tardó lo que tarda él, que son dos segundos, y aquella noche fueron cuatro, y en una mesa de veinte personas cuatro segundos son suficientes para que la gente empiece a jalear.

—¡Que conteste!

—¡Uy, uy, uy!

—El viaje —dijo Nicolás.

Y la mesa aplaudió, y Sergi le dio un puñetazo en el hombro, y Nuria se giró hacia mí con la teatralidad de las once y media y dijo:

—A ver, la novia. ¿Qué te ha escondido?

Yo tenía el folio delante desde antes de que la pregunta terminara.

Había escrito una palabra, sin pensarla, mientras Nuria leía el papelito, y la había escrito porque era lo que pensaba y porque llevaba nueve días agarrándome a ello como quien se agarra a un pasamanos.

Le di la vuelta al folio.

Nada.

Y la mesa se vino abajo.

Se vino abajo de risa. Veinte personas riéndose a la vez, y mi tía Reme dando palmadas, y Maribel haciendo una foto, y Nuria diciendo «fallo, fallo» con el brazo levantado, y Sergi gritando que eso era peor que un fallo, que eso era un problema, y todo el mundo riéndose más.

Y Nicolás mirando el folio.

Mirándolo dos segundos más de los que hacía falta, con la mesa entera cayéndose de risa alrededor y la cara completamente quieta.

Después se rió también, tarde y un poco fuerte, y cogió la copa.

Yo me quedé con el folio en la mano.

Y hasta el jueves por la tarde, cuando lo entendí todo, aquello fue para mí solo una cosa graciosa y triste: que en un juego de una despedida yo hubiera contestado que mi ex prometido no me escondía nada, y que veinte personas se rieran de que eso fuera un fallo.

Después del juego la cosa se deshizo sola, que es como se deshacen aquí las noches: primero se van los mayores, luego se juntan dos conversaciones en una, luego alguien pide la última y ya no hay última.

A las doce y media, Sergi se puso a contar la historia de cuando Nicolás y él se colaron en la piscina en 2004, que la sabe todo el pueblo, y la contó otra vez, y todo el mundo se rió otra vez.

A la una menos cuarto, Toni sacó el móvil y puso una grabación de La Unió tocando en la ofrenda del año pasado, y Kevin dijo que sonaba mejor que en Spotify, y el señor de la almendra dijo que eso era porque estaba grabado en la calle.

Se acabó a la una y veinte, cuando Maribel apagó la mitad de las luces, que es la forma que tiene ella de cerrar.

Mi madre se fue a la una menos cuarto, andando, sola, después de haber estado casi dos horas sentada en el extremo de una mesa de veinte personas bebiendo un agua con gas y mirando.

Joan se fue a las doce con dos nombres apuntados.

Kevin se llevó la bolsa de hielo, que no había abierto.

Nuria se volvió a Valencia en el coche de una de mis primas y me abrazó en la puerta y me dijo al oído «llámame el domingo», y yo le dije que sí, y no la llamé.

Y a la una y treinta y cinco, cuando ya no quedaba nadie en la plaza y solo se oía el motor de la cámara del Forn Salvat, Nicolás y yo cruzamos los ochenta metros que hay del bar de Maribel a la puerta del medio.

No dijimos nada en los ochenta metros.

Él abrió con su llave. Subimos los catorce escalones. Él agachó la cabeza en el cuarto sin mirar y yo también, y arriba, en el rellano, con la llave todavía en la cerradura, se paró.

—Alba.

—Qué.

—Lo de la llave inglesa fue antes del libro —dijo—. Fue tres semanas antes.

—Ya lo sé.

—Ya.

Y entró.