Guerra de familia, amor de generación 20. Incidencia municipal
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20. Incidencia municipal

Incidencia municipal

Joan Borràs nos convocó a las doce en el ayuntamiento, por escrito, con un correo que tenía asunto y número de expediente.

Yo he recibido burofaxes de despachos de Madrid con menos oficio.

Y lo mandó a las nueve y cuatro de la mañana, que es la hora a la que se manda una cosa cuando la has escrito la noche anterior y has esperado a que fuera horario de oficina.

Llevaba en copia a Empar, la secretaria del ayuntamiento, a Puri en calidad de tesorera de la comisión, y a mí y a Nicolás con nuestros nombres completos y sin ningún tratamiento, que es exactamente como se cita a una parte.

A las once y media le enseñé el correo a Nicolás en la puerta del obrador.

—¿Esto es malo? —dijo.

—Esto es un hombre protegiéndose.

—¿De nosotros?

—De todo.

Estábamos en el despacho del concejal, que es más pequeño que el salón de plenos y tiene una mesa, cuatro sillas, un armario de persiana y una foto aérea de Beniflor de los años ochenta: Joan, Empar, Puri, mi madre, Nicolás y yo.

Seis personas y cuatro sillas, así que Nicolás y yo estuvimos de pie los cincuenta minutos.

Vicent no vino. Nadie preguntó por él, y eso, en una reunión en la que se hablaba de la mitad de su receta, es un dato que debería haberme llamado la atención y no me la llamó.

Antes de empezar, la secretaria del ayuntamiento, que se llama Empar y que lleva veintiséis años allí, puso la fecha en un cuaderno y dijo:

—¿Esto lo levanto como acta o como nota interna?

—Como nota interna —dijo Joan.

—¿Seguro?

—De momento.

Y esa fue la primera vez en toda la semana que alguien me dio verdaderamente miedo, y fue una señora con un cuaderno preguntando de qué manera había que escribir lo que estaba a punto de pasar.

Joan tenía tres folios impresos y un rotulador.

—Voy a decir lo que hay —dijo— y luego decidimos. Porque yo hasta ayer tenía un programa de fiestas, y hoy tengo esto.

Antes de leer hizo una cosa que no le había visto: se quitó las gafas, las limpió con el faldón de la camisa y se las volvió a poner.

Joan Borràs tiene cincuenta y tantos años, es concejal de Fiestas desde 2015 y en su vida civil es perito de una compañía de seguros en Alzira. Yo eso lo supe aquel martes, porque lo dijo Empar de pasada, y explica el noventa por ciento de este hombre.

Y leyó, del primer folio:

—Uno. Una asociación sin ánimo de lucro, la comisión de fiestas de Beniflor, ha cobrado ocho mil doscientos cuarenta y cuatro euros de particulares por un producto alimentario que no ha elaborado y que no puede elaborar.

Puri levantó la mano como en la escuela.

—Yo solo le di a publicar —dijo.

—Puri, no te estoy acusando de nada.

—Es que parece que sí.

—Es que si te acusara sería mucho peor, porque tú eres la tesorera.

—Joan pasó de folio—. Dos. Esa venta se ha hecho desde una página que está enlazada en el apartado de actividades del programa municipal, que llevo yo.

Tres. La entrega se anuncia para el sábado, en un acto que está en el programa municipal, en la plaza mayor, con corte de tráfico y megafonía, que también llevo yo. Y cuatro.

Dejó el folio boca abajo.

—Cuatro. Si el sábado hay seiscientas y pico personas en mi plaza esperando un dulce que no existe, el que sale en el periódico soy yo.

—Joan —dijo mi madre—, no seas exagerado.

—Amparo, el año pasado se cayó el castillo por el viento y me llamaron de la radio de Alzira.

Nadie contestó a eso.

—Y a mí lo del año pasado me costó dos meses —siguió—. Dos meses de gente parándome en la calle. Y el castillo no lo tiro yo, el castillo lo tira una empresa de Bétera.

Joan dejó los folios encima de la mesa, se pasó la mano por la boca y dijo la frase.

—Esto que tenemos aquí —dijo, muy despacio, sin ninguna gracia y con toda la seriedad de un hombre con expediente abierto— es una incidencia sentimental con efectos administrativos.

Y lo dijo tan bien, y tan en serio, que yo tuve que mirar la mesa.

Voy a resumir lo que hicimos en cincuenta minutos, porque fue lo único útil de aquella semana.

La comisión no vende: la comisión ha recogido reservas por cuenta de dos negocios, y eso se documenta con un acuerdo de intermediación de una página que redacté allí mismo, a mano, en el reverso del tercer folio de Joan, y que Empar pasó a máquina antes de las dos.

Lo escribí en once minutos, de pie, apoyada en el armario de persiana, con un bolígrafo del ayuntamiento que no pintaba y con Empar diciéndome «no me lo hagas muy largo, que lo tengo que picar yo».

Me salió bien. Me salió limpio, corto y sin una sola trampa. Es probablemente el mejor documento que he redactado en once años, y lo redacté para tapar una cosa que había hecho yo.

El dinero no se toca. Se queda en la cuenta de la comisión, identificado, sin gastar ni un euro, hasta que haya entrega o devolución. Puri firmó eso con una solemnidad que no le había visto nunca.

La campaña se congela: se retira el enlace del apartado del programa y se sustituye por una línea que dice «venta a través de los establecimientos». Nada nuevo se anuncia, nada se promete y nada se cancela.

Y los seiscientos ochenta y siete pedidos se quedan vivos.

Eso, y lo digo para que conste, no lo decidió una abogada. Lo decidió una mujer que llevaba desde la una y media de la madrugada sabiendo que no había manera de producirlos.

Eso lo peleé yo durante quince minutos y lo gané por una razón muy poco jurídica: porque cancelar significaba devolver, y devolver significaba escribir a seiscientas ochenta y siete personas de esta comarca el martes de las fiestas para decirles que no había corona, y eso, en Beniflor, no es un movimiento administrativo. Es un funeral.

—Entonces se entrega el sábado —dijo Joan, anotando.

—Se entrega en cuanto se pueda.

—Alba, en el programa pone sábado.

—Ya lo sé.

—Y en la página también.

—Ya lo sé, Joan.

—Pues entonces pone sábado.

—¿Y si no llegan? —dijo Empar sin levantar la vista del teclado.

Todo el mundo se giró.

—Digo que si no llegan las coronas. —Siguió picando—. Que aquí estamos hablando de cómo se entregan y yo no he oído a nadie decir que las vayan a tener.

En el despacho del concejal solo se oía el teclado de Empar, que no había parado.

—Llegarán —dije.

—Vale. —Y siguió picando—. Lo pongo como que llegarán.

Ahí es donde mi madre, que llevaba cuarenta minutos callada, abrió el bolso.

Sacó un folio doblado en tres y lo desdobló encima de la mesa, y le dio la vuelta para que lo viéramos bien, y era un plano de mesas.

Dieciséis mesas redondas dibujadas a bolígrafo, numeradas, con una lista de nombres al lado.

—Si se entrega el sábado —dijo—, se entrega en el banquete.

Joan se inclinó sobre el plano.

—¿Cómo en el banquete?

—En el banquete. La gente viene, se le da su caja y se queda a comer si quiere. —Puso el dedo en el dibujo—. Aquí, en este lado, ponemos las cajas por orden alfabético. Y el acto de la Corona ya no es un acto: es la entrega.

—Amparo, eso son seiscientas personas.

—Seiscientas ochenta y siete.

—Y las mesas son para doscientas ochenta.

—Las mesas son para los que se sientan. Los otros pasan.

—¿Pasan por dónde?

—Por delante. Cogen la caja y pasan.

—¿Y los que se quieran quedar?

—Que se queden de pie, Joan, que es agosto.

Joan Borràs se quedó mirando el plano y después me miró a mí, y yo vi cómo un concejal de Fiestas calculaba en tiempo real que le acababan de convertir una boda en un acto multitudinario con reparto de mercancía.

—Yo esto lo tengo que consultar —dijo.

—Consúltalo. Y consulta también lo del orden de entrada, que eso sigue sin decidirse y ya estamos a martes.

—Amparo, lo del orden de entrada lo lleva la comisión.

—La comisión es Puri.

—La comisión son once personas.

—En agosto la comisión es Puri, Joan, y lo sabes tú y lo sé yo.

—Amparo, es que si la gente viene a recoger una cosa que ha pagado, eso ya no es un convite, eso es un punto de entrega. Y un punto de entrega en la vía pública, en fiestas, con seiscientas personas, lleva plan de aforo.

—Pues haz el plan.

—El plan lo tengo que pedir yo a la Diputación con quince días.

—Joan.

—Amparo.

—Que faltan cuatro.

—Ya lo sé que faltan cuatro. —Joan se pasó la mano por la cara—. Por eso lo tengo que consultar.

Y lo consultó allí mismo, que es lo que tiene este hombre.

Cogió el fijo del despacho, marcó un número que se sabía de memoria y puso el altavoz sin preguntarle a nadie si le parecía bien, y durante cuatro minutos las seis personas de aquel despacho oímos una melodía de espera de una diputación provincial.

Contestó una mujer.

—Buenos días, soy Joan Borràs, del Ayuntamiento de Beniflor. Llamaba por un plan de aforo para un acto en vía pública.

—¿Fecha del acto?

—Sábado.

—¿Sábado de esta semana?

—Sábado de esta semana.

Hubo una pausa al otro lado que a mí me pareció más larga de lo que fue.

—El plan se presenta con quince días hábiles —dijo la mujer.

—Ya lo sé.

—Entonces no llega.

—Ya lo sé —dijo Joan—. Yo lo que necesito saber es qué pasa si el acto se hace igual.

—Si el acto está en el programa de fiestas y el programa está aprobado, el acto se puede celebrar. Lo que no tiene es plan de aforo.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que si pasa algo, no lo cubre el plan.

—¿Y lo cubre alguien?

—El organizador.

Joan miró la mesa.

—El organizador soy yo —dijo.

—Pues eso.

Y colgó ella.

Empar, sin levantar la vista del teclado, dijo:

—¿Esto lo pongo?

—Ponlo.

—¿Con el nombre de la señora?

—Sin el nombre de la señora.

Y ahí, en un despacho de cuatro sillas, con seis personas y un altavoz, entendí una cosa que llevaba una semana sin ver: que el hombre al que llevábamos nueve días tratando como una molestia administrativa era la única persona de aquel pueblo que iba a responder con su nombre si el sábado pasaba algo en una plaza con seiscientas personas.

Y no lo estaba diciendo. Estaba pidiendo permiso para taparse.

Y entonces yo miré el plano de cerca.

Y vi lo de las mesas.

Mesa uno: dos Ribes, dos Salvat, dos Ribes, dos Salvat. Mesa dos: igual. Mesa tres: igual. Dieciséis mesas de dieciséis personas, alternadas una a una, con los apellidos escritos completos para que se viera.

Mi madre había sentado a las dos familias entrelazadas, silla por silla, como se ata un cordón.

—Mamá.

—Qué.

—¿Tú has visto cómo has puesto las mesas?

—Las he puesto bien.

—Has puesto a la tía Reme al lado del hermano de Vicent.

—Están los dos operados de la cadera. Tienen de qué hablar.

—Y has puesto a Ximo Blasco en la ocho, con Rosa Marí.

—Están los dos en la comisión.

—Están los dos en la comisión y llevan desde el sábado sin hablarse por un muerto de mil novecientos ochenta y nueve.

—Pues ya se hablarán.

Y ahí me pasé al valenciano.

Me pasé sin pensarlo, que es la única manera en que me sale, y me salió peor de lo que lo tengo, con dos castellanismos que a mi madre le habrían costado una corrección en cualquier otra conversación de mi vida.

No me corrigió. Contestó.

—Mare, açò no ho pots fer sense preguntar.

—Puc.

—No pots. Hi ha gent que no s'ha parlat en quaranta anys.

—Per això.

—Estàs muntant una cosa que no és una boda.

Mi madre bajó la vista al plano, con las dos manos apoyadas a los lados, y estuvo dos segundos.

—Açò no és una boda —dijo—. És una mascletà amb centres de flors.

Y no lo dijo enfadada. Lo dijo como se dice una cosa que llevas meses sabiendo.

Joan levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—Nada, Joan —dije—. Que a mi madre le parece bien.

—Ah, bueno.

Nos quedamos las dos calladas y Empar siguió escribiendo a máquina, y en aquel despacho de cuatro sillas se oyó durante quince segundos el ruido de un teclado y nada más.

Y yo pensé una cosa que llevaba cinco días sin poder pensar, porque no había tenido quince segundos seguidos: que mi madre no estaba organizando una boda.

Que si estuviera organizando una boda le importarían el ramo, el vestido y la música, y en cinco días no me había preguntado por ninguna de las tres.

Le importaban las sillas, las mesas, el programa, la prensa, el orden de entrada y quién se sienta al lado de quién.

Le importaba el acto.

Salimos del despacho a la una en punto. Joan se quedó dentro con Empar y con dos folios que ya no se parecían a los que había traído.

En el pasillo, Puri me cogió del brazo.

—Alba.

—Dime, Puri.

—¿Yo he hecho algo mal?

Yo, que llevaba veinticuatro horas viendo cómo una mujer de sesenta y siete años firmaba papeles que no entendía porque se los ponía delante una abogada de Valencia, le dije que no.

—Tú no has hecho nada mal.

—Es que le he dado a un botón.

—Puri, el botón lo puse yo.

Se quedó un momento pensándolo.

—Bueno —dijo—. Pues ya está.

Y se fue a por las sillas.

Yo cogí el plano para doblarlo y devolvérselo, y al levantarlo se me quedó la vista en la mesa uno, donde están los nombres escritos completos, y leí uno que no conocía.

Remedios Ferrer Sanchis.

—Mamá, ¿esta quién es?

Mi madre alargó la mano y me quitó el papel.

Lo miró un segundo. Después cogió el bolígrafo de la mesa de Joan, tachó el nombre con una raya, y dejó el plano boca abajo.

—Nadie —dijo—. Está mal.

Lo tachó de una sola raya, no de dos, y sin apretar.

Remedios Ferrer Sanchis era mi abuela. Se llamaba igual que mi tía porque en esta familia todas las mujeres se llaman igual que alguien. Murió en 2011, en el hospital de Alzira, un martes, y yo cogí un tren desde Bruselas, donde estaba de prácticas, y no llegué.

Mi madre había hecho un plano de mesas para una boda que se celebra el sábado y había sentado a su madre en la mesa uno.

No se le había olvidado que estaba muerta. Mi madre no se olvida de nada.

Es que llevaba mucho tiempo haciendo ese plano.

—Joan —dijo, levantándose y guardándose el papel en el bolso—. Lo consultas y me dices algo antes de las cinco, que tengo que llamar a las sillas.

Y salió del despacho del concejal de Fiestas de Beniflor a las trece cero cinco de un martes, con un plano de mesas doblado en tres y con la lista de invitados de otra boda dentro del bolso.

Desde el pasillo la oí decirle a Empar, ya en la escalera:

—Y del sábado ni una palabra a nadie hasta que lo diga yo.

Yo me quedé debajo del tablón de anuncios el rato que hiciera falta. Después bajé, crucé la plaza, entré en el Cafè Ribes, cogí los dos folios de debajo del bote de los palillos y me los llevé.