DÍA −5 · LUNES (noche) · PUNTO MEDIO17. La mentira en directo18. Seiscientas ochenta y siete
La mentira en directo
A una corona de naranja y almendra le puedes enseñar a la gente veinte minutos de trabajo o le puedes enseñar cuatro.
Los veinte son la masa, el reposo, el molde y el horno, y de eso no se ve nada: se ve un bulto blanco encima de un mármol y un hombre esperando.
Los cuatro que se ven son el final. El brillo, la almendra por el canto y la naranja confitada colocada a mano en el borde, gajo a gajo, que es lo único de todo el proceso que se hace con los dedos y despacio.
A las nueve y media del lunes yo tenía dos bases horneadas de aquella tarde, que las había hecho para la prueba del jueves y que ya no iban a servir para la prueba del jueves, y tenía la almendra molida, y no tenía naranja.
La naranja confitada está en el Cafè Ribes, en la trastienda, en tarros de kilo, y la hace Amparo Ribes desde antes de que yo naciera.
Esto lo quiero dejar dicho antes de contar lo otro: aquella noche yo trabajé de verdad.
No hice una demostración. Hice una corona. Y la hice bien, con el mármol frío y la espátula que uso yo y la almendra pesada esa tarde, delante de cuatrocientas personas y de una mujer con la que había roto ocho días antes, porque cuando yo no sé qué hacer con una cosa, la trabajo.
—Se lo pido yo —dijo Alba.
—Que se lo pida Puri.
—¿Por qué Puri?
—Porque si se lo pides tú, te pregunta.
Se lo pidió Puri, y Amparo salió a la plaza a las nueve y treinta y cinco con dos tarros de kilo, uno en cada mano, y los dejó en la mesa que habíamos sacado delante del Forn Salvat, y no dijo nada, y se quedó.
Ese es el resumen de todo lo que pasó aquella noche, y lo digo antes para que después no parezca que se me olvidó: el directo no lo montamos nosotros. El directo lo montó el pueblo en cuarenta minutos porque tenía ganas.
Puri con el móvil en un trípode de la comisión, de los de las charlas de la Cruz Roja.
Kevin sujetando el foco de la furgoneta con un palo de fregona.
Las hermanas Ferri barriendo delante para que no saliera el suelo sucio.
Ximo Blasco moviendo una maceta porque decía que tapaba.
Y Rosa Marí Ferrando, que había venido a preguntar si el acto seguía y se quedó, apagando la luz del escaparate porque hacía reflejo.
Marisa no vino. Marisa se fue a su casa a las nueve y me dijo desde la esquina que a las cinco estaba aquí, y esa frase, dicha desde una esquina y sin volverse, es lo más parecido a una opinión que he oído en treinta y tres años.
Alba llegó a las nueve y cuarenta con la camisa que se pone para trabajar y con el pelo recogido, y se paró a metro y medio de la mesa y estuvo un rato mirando la base sin decir nada.
—¿Y qué digo yo? —dijo.
—Tú no digas nada.
—Voy a estar de pie ahí callada media hora.
—Tú estás porque es tuya la mitad. —Le puse un tarro delante—. Si tienes que decir algo, lo dices. Y si no, pasas cosas.
Se quedó callada.
—Vale —dijo.
Empezamos a las diez menos cuarto con cuarenta y una personas mirando.
Cuarenta y una en la pantalla y unas sesenta delante, que son cosas distintas y que aquella noche se mezclaron: la mitad de la gente de la plaza estaba viendo en el móvil lo que tenía a tres metros, porque en el móvil se ve mejor.
A los seis minutos había cuatrocientas.
Puri leyó el número en voz alta, encantada, y a partir de ahí lo leyó cada cinco minutos, como quien canta una tómbola.
Voy a contar lo que hice yo, que es lo único que sé contar. Puse la base en el mármol, la giré para que la costura quedara detrás, la marqué con la espátula en ocho sectores y empecé a colocar la naranja. Y mientras la colocaba, hablé.
Hablé del bizcocho. De por qué la almendra tiene que ir gruesa y no fina, que es la diferencia entre que se note y que no se note. De por qué la naranja de agosto viene de cámara y qué le pasa a una naranja de cámara si la confitas con prisa.
Conté también, porque me salió solo, cuántos gajos lleva el borde de una corona, y cuando iba por el sexto me di cuenta de que estaba contando en voz alta delante de cuatrocientas personas y de que en aquella semana ya había contado demasiadas cosas, y lo dejé a la mitad.
Y en algún momento de los primeros diez minutos, sin darme cuenta, dije la palabra «nosotros» refiriéndome a las dos casas.
No lo dije para la cámara. Me salió porque tenía a un metro un tarro de naranja de la casa de enfrente y llevaba veinte minutos trabajando con él.
Alba estaba a mi izquierda, que es donde se pone ella desde el jueves, o donde me pongo yo, ya no lo sé. Ella no hizo nada durante ocho minutos. Estaba de pie, con las manos delante, mirando lo que yo hacía, y por dos veces me pasó un tarro sin que se lo pidiera.
Yo miraba a la plaza.
Miraba a la plaza porque tenía que mirar a la plaza. Delante del trípode había cuarenta o cincuenta personas de pie, y detrás, hasta la fuente, otras tantas sentadas en las terrazas, y en la esquina de la farmacia siempre hay tres o cuatro hombres que no se acercan nunca a nada.
Mi padre no estaba en ninguno de esos sitios.
Lo busqué durante diez minutos mientras hablaba de la almendra marcona, y no estaba, y a los diez minutos empecé a mirar la ventana de arriba de la casa de al lado y el hueco entre el contenedor y la furgoneta y la boca de Sant Roc, que desde donde yo estaba se ve en diagonal y muy poco.
Alba me pasó el segundo tarro sin que se lo pidiera. Después me pasó el paño. Después me apartó del borde del mármol una bandeja que estorbaba, y lo hizo por el lado bueno, cogiéndola por debajo y no por el canto.
Llevaba tres años viéndome hacer esto en una cocina de Valencia los domingos por la tarde.
Los comentarios los leía Puri en voz alta cuando le parecía.
—Dice uno que si tiene gluten.
—Tiene gluten.
—Dice María José que si se envía a Alicante.
—Eso lo miramos.
—Dice uno de Carcaixent que la de Carcaixent es mejor.
—Que se la coma.
Y la plaza se rió, y aquello fue lo mejor que dije en toda la noche, y fue lo único que no había pensado.
—Y dice María del Carmen —siguió Puri— que enhorabuena a los novios y que su madre iba a la escuela con Amparo.
Amparo, que estaba de pie a tres metros y que no había abierto la boca desde que dejó los tarros, dijo:
—¿Qué María del Carmen?
—La de Benicull.
—Ah. —Y se quedó otra vez callada, y no se movió de allí en media hora.
Lo que yo no había calculado, y esto es culpa mía y de nadie más, es que un directo no se puede acelerar.
En un obrador, cuando algo se complica, tú aprietas.
Trabajas más rápido, saltas un paso, mandas a alguien a por otra bandeja.
Un directo no. Un directo va al ritmo al que va y no se puede pasar de página, y encima hay una barra de comentarios subiendo por un lado a una velocidad que no controla nadie.
Yo llevaba cinco días manejando un asunto con la idea de que iba a poder apretar cuando hiciera falta.
A los dieciocho minutos, Puri se quedó callada.
Estaba leyendo la pantalla y no leyó. Bajó el móvil un poco, miró a Alba y volvió a mirar la pantalla.
—Puri —dijo Alba—. ¿Qué pone?
—Nada.
—Puri.
Y Puri Albiol, que lleva sesenta y siete años sin callarse, leyó lo que ponía porque estábamos en directo y porque el que lo había escrito lo estaba viendo.
—Pone: «El anillo de la foto es el de la Alba. Yo se lo he visto en la barra.»
Nadie dijo nada.
Duró un segundo y medio y en la plaza se notó, porque cuarenta personas dejaron de moverse a la vez, y eso se oye.
—Y hay tres —dijo Puri, muy bajito—. Tres que dicen lo mismo.
Alba tenía la mano izquierda apoyada en el borde del mármol, con la palma hacia abajo y el anillo hacia arriba, a la vista de una cámara que estaba a metro y medio, y no la movió.
No la movió y no dijo nada.
Yo la conozco desde hace tres años y la he visto contestar a un director general de una cadena de supermercados con la boca llena. Alba Ribes no se queda callada. Alba Ribes contesta antes de que termines la pregunta y contesta la que tú querías hacer y no la que has hecho.
Y aquella noche, delante de cuatrocientas personas, se le acabó.
Se le acabó de una manera que yo no había visto nunca y que no le he vuelto a ver: no se puso nerviosa, no miró a los lados. Se quedó exactamente igual que estaba y dejó de estar dentro.
Hay una cosa peor, y es que yo sabía por qué se había quedado callada.
Todos los demás pensaban que era vergüenza, o que era la sorpresa, o que la niña se había cortado.
Yo sabía que Alba Ribes acababa de calcular, en un segundo y medio, que en esa plaza había cuarenta personas que le habían visto ese anillo de cerca, y que cualquier explicación que diera iba a ser peor que el silencio, y que el silencio también era peor.
Y sabía otra cosa que ella no sabía, que era quién había hecho la fotografía.
Yo tenía cuatro segundos.
Cuatro segundos y una espátula en la mano derecha, con la que estaba a mitad del segundo sector de naranja, y una fila de gente delante y un móvil en un trípode de la Cruz Roja.
Podía hablar yo. Podía decir «claro que es el suyo, si la foto es nuestra», que es exactamente lo que había que decir y lo que dije después, tarde y a nadie.
Hice lo otro.
Me giré hacia ella, le puse la mano izquierda en el codo y la besé.
Iba a durar dos segundos. Eso lo tenía calculado como se calcula todo lo que hago: dos segundos, boca cerrada, la cara hacia la cámara, un gesto de los que la gente ve y deja de preguntar. Yo he hecho ese cálculo delante de gente cuatro veces en mi vida y siempre me ha salido.
Lo que pasó fue que ella levantó la mano izquierda del mármol y me la puso en la muñeca.
En la muñeca derecha. En la que tenía la espátula.
Y ahí, no antes, es donde se acabó.
Porque yo tenía en la mano una herramienta con producto y la mesa a la derecha, y la manera correcta de soltarla es girar el cuerpo y dejarla en el borde del mármol, y eso son dos movimientos y medio segundo y se hace sin mirar.
Y yo lo que hice fue pasármela a la mano izquierda.
Me pasé la espátula de una mano a otra por detrás de ella, sin mirar, para tener libre la derecha, y la derecha se la puse en la cara.
Un hombre que se pasa una espátula de una mano a otra en mitad de un beso ya no está haciendo un gesto para una cámara. Está haciendo sitio.
A partir de ahí ya no hubo nada calculado.
De lo que pasó después hay poco que decir, primero porque estaba en directo y lo puede ver cualquiera, y segundo porque lo que se ve en el vídeo no es lo que pasó.
En el vídeo se ve a dos personas besándose siete segundos.
Lo que pasó fue que ella olía igual, y que la mano que tenía en mi muñeca subió al antebrazo y se cerró, y que en algún punto de esos siete segundos los dos dejamos de tener delante a cuatrocientas personas y nos quedamos en la cocina de un piso de Valencia, en marzo, discutiendo por una cosa que ya no me acuerdo de cuál era.
Yo no la solté.
Ella tampoco.
Nos separó Puri.
—Bueno —dijo, con el móvil en la mano y una voz que no era la suya—. Bueno, bueno.
Y la plaza aplaudió, y alguien silbó, y una señora dijo «ai, mare».
Alba se giró hacia el mármol y cogió el tarro de naranja y siguió como si nada.
Y siguió bien. Siguió mejor que yo. Colocó cuatro gajos, dijo a la cámara que la naranja era de los Bosch y que en agosto no hay, explicó lo del almíbar como si lo hubiera hecho ella toda la vida, y no le tembló la voz.
A mí me temblaba lo suficiente como para no coger nada durante unos veinte segundos, así que me quedé de pie hablando de la almendra marcona.
Y entonces le vi.
Estaba en la boca de Sant Roc, en el borde, a unos veinticinco metros, con las manos cruzadas por delante, en la sombra. No sé cuánto llevaba. Yo llevaba veinte minutos buscándolo y le vi justo en el momento en que ya no lo estaba buscando.
Mi padre se quedó ahí un segundo más.
Después bajó las manos y se dio la vuelta y se metió por Sant Roc.
Yo he visto a mi padre irse de sitios muchas veces. Se va de las bodas antes del baile, se va de los entierros antes del pésame y se fue de aquella plaza el lunes por la tarde antes de que leyeran nuestro nombre. Y siempre se va igual: recto, sin prisa, con el paso corto.
Aquella noche no se fue igual.
Aquella noche se fue como se va de un sitio un hombre al que se le ha caído una cosa y ha decidido no agacharse a recogerla.
Y en los diez minutos que quedaban de emisión hice lo único que sé hacer, que fue terminar la corona.
Alba habló más que yo. Contestó a una señora que preguntaba si se podía congelar, y contestó bien, y contestó a un chaval que preguntó si se podía comprar solo media, y le dijo que no, y la plaza se rió otra vez.
Nadie volvió a escribir nada del anillo.
Eso es lo que hace un beso en un sitio como este: no responde a la pregunta, la sustituye.
Terminamos a las diez y veintisiete.
Puse la última naranja, le di la vuelta a la corona para que se viera entera, y Alba dijo a la cámara la única frase que traíamos preparada de casa:
—El sábado, en la plaza. Y a partir del sábado, para todo el mundo.
Puri cortó.
Y durante unos cuatro segundos, en la plaza mayor de Beniflor, a las diez y veintisiete de la noche de un lunes, no pasó absolutamente nada. La gente empezó a recoger sillas. Ximo Blasco devolvió la maceta a su sitio. Alguien pidió dos cafés.
Y entonces Kevin bajó el foco, miró su móvil y dijo:
—Hostia.