Capítulo 18
El ataque no ocurrió donde debía.
Ocurrió donde dolía.
No fue contra una oficina ni durante una operación. Fue en tránsito, en un momento gris del día, cuando la atención suele relajarse por costumbre. Dos coches del equipo circulaban separados por pocas cuadras, sin formación evidente, sin señales que delataran coordinación.
El primer impacto fue un choque lateral. No fuerte. Preciso. Lo suficiente para obligar a frenar.
—Tenemos contacto —dijo Thomas por el canal—. No es accidente.
Antes de que la frase terminara de salir, el segundo coche quedó bloqueado adelante. Puertas que se abrían demasiado rápido. Armas visibles sin intención de ocultarse.
—Ahora sí —murmuró Carol—. Se cansaron de jugar.
King ya estaba fuera del vehículo, buscando cobertura. El tráfico se desordenó en segundos. Gritos. Frenazos. Un disparo al aire que no buscaba herir, solo despejar.
—No disparen primero —ordenó King—. Mantengan posición.
Victor se movía con cuidado, más atento a los ángulos que al ruido. Uno de los atacantes intentó flanquear por la acera, sin mirar quién venía de frente.
—Ese va mal —dijo Thomas.
Y fue así. Carol lo interceptó con un movimiento rápido, sin dramatismo. El arma cayó antes de que el hombre pudiera apuntar bien.
—Uno menos —dijo ella—. Y sigo sin sudar.
King no sonrió.
—Concéntrate.
El segundo atacante no tuvo tanta paciencia. Disparó directo hacia donde creía que estaba King. El tiro golpeó metal, rebotó, nada grave. Suficiente para que la situación cambiara de tono.
—Ya cruzaron —dijo Victor—. Ahora es defensa activa.
El intercambio duró poco. Demasiado expuestos. Demasiados testigos. Los atacantes lo sabían. No buscaban ganar. Buscaban marcar.
Un tercer vehículo apareció solo para desaparecer segundos después. Sin disparar. Sin frenar. Solo confirmando presencia.
—Eso fue una firma —dijo Thomas mientras esposaban a uno de los hombres heridos—. Nos dicen que pueden llegar cuando quieran.
Las sirenas llegaron tarde, como siempre. El tráfico estaba hecho un nudo. La escena, llena de ojos.
King se acercó a Carol.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió—. Y ahora estoy molesta.
—Eso también lo notaron —dijo Victor.
En la oficina, el silencio fue más pesado que el tiroteo. Nadie hablaba de protocolo. Nadie hacía bromas esta vez.
—Esto ya no es advertencia —dijo Thomas—. Es declaración.
King asintió.
—Sí. Y cometieron un error.
—¿Cuál? —preguntó Carol.
—Atacaron sin ocultarse —respondió—. Cuando alguien hace eso, es porque cree que ya no necesita hacerlo.
Victor levantó la vista de la pantalla.
—O porque alguien les aseguró que no habrá consecuencias.
La frase quedó suspendida.
King cerró el informe sin enviarlo.
—A partir de ahora —dijo—, esto deja de ser solo un caso. Es personal para ellos. Y eso nos da ventaja.
Carol lo miró fijo.
—Entonces ya no vamos a esperar.
—No —respondió King—. Ahora avanzamos.
Afuera, la ciudad seguía como si nada. Tráfico. Luces. Gente apurada.
Pero para el equipo, algo había cambiado de forma definitiva.
El enemigo había salido de la sombra.
Y cuando eso ocurre, la guerra deja de ser silenciosa.