Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Zarek

Ashka ha conseguido asear a Gali y calmarla. La mestiza ha comido y ha sido atendida, y ahora descansa en sus nuevos aposentos. Pero todavía no he podido hablar con Ashka.

Mi consejo está revuelto por las noticias de Guardiara, y mi pueblo tiene muchas inquietudes. En varios frentes…

—Aún no has pronunciado tu discurso de ascensión, rey Zarek —me recuerda Drak. Fue consejero real en tiempos de mi padre—. Quizá si explicaras personalmente al pueblo lo que está sucediendo, se calmarían.

—Quizá —sugiere el padre de Naga, el gobernador del oasis de Sallar— sería mejor posponer el anuncio de que una reina humana ocupará el trono zendar.

—No —respondo con firmeza—. Ya he dejado claras mis intenciones ante nuestro pueblo. Y con toda la ciudad de Guardiara como testigo. Ashka es la madre de mi hijo y será mi reina.

—¿Qué hay de la mestiza? —pregunta otro—. ¿Cómo es posible que ya existiera un cruce entre nuestras razas y no supiéramos nada?

—Eso es lo que pienso averiguar —les digo—. Gali es la última mestiza viva, pero no fue la única.

Y eso no será así por mucho tiempo. Mi hijo nacerá, y no permitiré que le pase nada malo ni que lo traten como una aberración.

—Hasta ahora, lo único que sabemos es que la emperatriz de Guardiara conocía esta posibilidad y la mantuvo oculta, encarcelando a las mestizas y estudiándolas en secreto.

Una oleada de indignación recorre los rostros de los hombres reunidos a mi alrededor, lo que confirma que he elegido a las personas adecuadas para rodearme mientras gobierno mi reino.

Puede que no todos estén preparados para aceptar a una reina humana en el trono zendar.

Sin embargo, ninguno quiere que continúe la opresión y la esclavitud que Draconos normalizó.

Contra nadie: ni zendar, ni humanos, ni mestizos.

—Ahora, si me disculpan, voy a ver qué ha averiguado Ashka sobre nuestra nueva invitada.

Solo Xerion y Rudian me acompañan de vuelta. Ambos van sumidos en sus pensamientos, preocupados por el impacto de estos cambios en nuestro pueblo, pero confían en mí.

—Sigo dándole vueltas a los frutos de Rubrossa —reflexiona Xerion—. Parece que no tienen absolutamente nada que ver con el cruce milagroso de nuestras razas.

Rudian discrepa.

—No necesariamente. Esos frutos podrían haber llegado a Guardiara de todos modos.

—¿Cómo? —pregunta Xer—. Los vendemos a un precio demasiado alto. Los humanos jamás nos los compran.

Nuestro pueblo aprecia mucho los frutos de Rubrossa, los Frutos del Amor, por el valor romántico que les atribuyen. No se desprenden de ellos de buen grado.

—No los compran, no —digo—, pero un zendar podría haberle regalado algunos a una mujer humana como muestra de su amor. Igual que hice yo con Ashka.

Si la Rubrossa realmente tiene el poder de hacer fértiles a las mujeres de ambas especies, no hay otra explicación.

—Deberíamos difundir esta teoría e interrogar a todos los barqueros que han visitado los barrios bajos de Guardiara.

—¿De los últimos veinte años? —se burla Xerion—. Eso va a ser un trabajo enorme…

—Es la única forma que tenemos de localizar al padre de Gali y averiguar más. La chica no parecía lo bastante lúcida para darnos respuestas fiables. Samara también podría tener información útil.

—¿La dueña de La Caverna? —Xerion sonríe, entusiasmado con mi idea—. Seguro que Samara sabe algo, y no hay nada que no venda por el precio adecuado.

—Probablemente hizo desaparecer a mujeres embarazadas para entregárselas a la emperatriz, por el precio adecuado —señalo—. Si es verdad, recibirá un castigo severo.

Llegamos donde los soldados que custodian la puerta de mis aposentos, y me saludan con una reverencia.

—La señorita Ashka lo está esperando, rey Zarek —me informa Sal—. Tenía muchas ganas de hablar con usted.

Me despido de Xerion y Rudian.

—Empezad a investigar. No puedo retrasar mucho más mi discurso de ascensión ante el pueblo. Contar con algunas respuestas sólidas ayudaría.

Tal como me dijeron, encuentro a Ashka esperándome impaciente. En cuanto entro, se apresura hacia mí, visiblemente alterada.

—¡Zarek, lo he descubierto todo!

Ojalá pudiera decir lo mismo.

—¿De qué hablas, cariño?

—De Gali. De la emperatriz —dice emocionada—. Conseguí que Gali hablara. Bueno, más o menos. Interpretar lo que dice no es fácil. Pero recuerda a su madre, y era cien por cien humana. Era una marginada de los barrios bajos, y por lo visto, también lo eran las madres de todas las demás mestizas.

—Vendían su compañía a nosotros, los zendar.

Ya lo sospechaba.

—Exacto.

—¿Gali tiene idea de quién es su padre?

Ashka niega con la cabeza, angustiada.

—No. No sabe el nombre de su padre y se niega siquiera a considerar la posibilidad de que fuera un zendar. ¡Antes se vio en un espejo y lo rompió! Agarró un zapato y se lo lanzó a su reflejo. Nunca se había visto, ¿sabes?

Se lleva una mano al pecho para calmarse.

—En fin, eso no es lo importante. Todas las mestizas eran mujeres. Todas, ¿entiendes?

La noticia es impactante, pero me cuesta captar todo el alcance de la revelación que tiene a Ashka tan alterada.

—La emperatriz sabe que de la unión entre humanos y zendar solo nacen mujeres, y mantuvo vivas a las mestizas para estudiarlas. Incluso antes de condenarme a muerte, la emperatriz intentó cambiar mi castigo permitiéndome dar a luz… a la niña.

Una hija. Ashka cree firmemente que su intuición es acertada. Tendremos una niña.

—No fue un acto de misericordia por su parte. Quería a nuestra hija para estudiarla como a una rata de laboratorio.

Si la teoría de Ashka es correcta, las consecuencias serían de una magnitud sin precedentes.

Nuestro mundo está enterrado en arena, y las mujeres son tan escasas que tanto la población humana como la zendar han quedado reducidas a la ruina…

y la solución siempre ha estado justo delante de nuestras narices.

—¿Hemos estado en guerra y mantenido las distancias durante siglos, y unir nuestras especies era la solución más sencilla?

Ashka asiente con entusiasmo, contenta de que lo haya captado.

—Pero si la emperatriz lo sabía, ¿por qué no…?

Me detengo al darme cuenta de lo absurda que es mi pregunta.

—Guardiara se construyó sobre la premisa de que las mujeres son escasas y ostentan el poder. Por supuesto que la emperatriz jamás habría permitido que se alterara el statu quo.

Eufórica, Ashka se acerca y toma mi mano entre las suyas.

—Pero tú sí lo harás, ¿verdad? Llevará tiempo. Décadas, quizá. Pero si los humanos y los zendar dejan de verse como razas separadas, la desigualdad entre hombres y mujeres dejará de ser un problema para nadie.

Es una perspectiva tan esperanzadora que me cuesta creerla. Pero hay algo que sé con certeza:

—Si realmente es como dices, mi pueblo estará encantado de acoger a los humanos en nuestros oasis.

Ashka ladea la cabeza, dudosa.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Una sonrisa traviesa curva mis labios.

—A veces puedes ser increíblemente ingenua, muñequita.

Sus mejillas, que ya casi han recuperado su tono claro original, se sonrojan en cuanto se da cuenta de a qué me refiero.

—Cierto —murmura, avergonzada—. La mayoría de los zendar son hombres…

—Y nos gustan mucho las mujeres humanas —le susurro al oído—. Aunque yo ya me quedé con la más hermosa…

Y parece que traeremos al mundo una hija igual de hermosa. Una mezcla de los dos. Espero que tenga el cabello pelirrojo y los ojos oscuros de su madre… Y ya está. No estoy preparado para imaginarme espantando pretendientes si también hereda la figura de Ashka. Perdí la cabeza por esas curvas.

—¿Por qué te has quedado callado? —Ashka malinterpreta mi silencio—. ¿Te preocupa que no tengamos hijos varones?

—Me importa un bledo.

Este no es el momento de contarle en qué clase de padre protector podría convertirme. Ya habrá tiempo para eso. Ahora mismo, algo más me distrae. Necesito tocarla, besarla, consumirla, estar tan dentro de ella que sienta que podría quedarme ahí para siempre.

La deseo tanto que hasta los dedos que ya no tengo sueñan con desnudarla y recorrerla entera.

Me acerco a su oído.

—Te prometí un paseo bajo las estrellas.

Rozo su lóbulo con los labios, y su suspiro llena el espacio que aún nos separa.

—Y quitarte este vestido. ¿Por dónde quieres que empiece?

—Quítame el vestido. Ahora mismo.

Joder, la adoro.

Ella también me desea, y saber cuánto me desea solo me excita más. Tendré que esforzarme por ser delicado y no dejarme llevar, no tomarla como el hambre que crece dentro de mí me pide.

Le acaricio el rostro, luego los labios. Podría pasar horas recorriendo sus rasgos con los dedos. Jamás me cansaría de mirarla.

—Seré muy delicado —prometo, inclinándome hacia su boca, que me atrae como un espejismo.

—No quiero que seas delicado. Estoy bien.

Se pone de puntillas y profundiza el beso. Su lengua me provoca, y estoy a punto de atraerla hacia mí. Pero se escabulle.

—¿Adónde crees que vas?

Se dirige a la cama sola. Cuando se vuelve hacia mí, ya ha empezado a soltarse el vestido. La tela se desliza por sus hombros. Una cortina azul oscuro que cae arrugada a sus pies, revelando un paraíso en el que mis ojos podrían perderse.

—Estás intentando matarme.

—Quiero que me hagas el amor.

Pequeña provocadora. Me acerco a la cama como un depredador, sin apartar los ojos de los suyos. De pronto me asalta el impulso de contenerme. Ambos ardemos de deseo, pero estamos aquí ahora. Juntos. Tenerla de nuevo solo para mí —mía— es un momento demasiado hermoso para apresurarlo.

Ashka está más delgada ahora. Su tiempo en prisión en Guardiara y los días de recuperación en cama han mermado su figura voluptuosa.

Solo la curva ligeramente más pronunciada de su vientre delata su estado.

Es hermosa, pero me prometo que la haré atiborrarse de comida hasta que recupere esas formas tan apetecibles.

Me acerco a ella, y sus piernas topan con el borde de la cama. Ahora soy yo quien la besa. La ayudo a recostarse mientras empiezo a desnudarme.