Generación Cero. Tomo 1 Mateo
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Mateo

No contestó. Fue.

No había vuelto a pisar la sede de Telvane desde el anuncio público, un año antes.

El vestíbulo seguía igual —el mismo vidrio, la misma luz calculada para no cansar a nadie—, pero al cruzarlo Nassim se dio cuenta de que estaba contando las cámaras sin proponérselo, una costumbre que creía perdida hacía mucho.

Una recepcionista a la que no conocía lo acompañó hasta el piso doce sin preguntarle el nombre, como si ya lo supiera, o como si esa mañana no esperaran a nadie más en ese pasillo.

Nassim se quedó de pie un segundo más de lo necesario, lo justo para elegir la silla más alejada de la pantalla apagada, y después se sentó.

—Querías comparar nuestras lecturas —dijo—. Adelante.

Mateo abrió la carpeta, sacó dos páginas que en realidad no consultó y las empujó un poco hacia el centro de la mesa, como una ofrenda que esperaba que nadie recogiera.

—Hemos observado patrones en varios sistemas que usan ANA o arquitecturas derivadas de ella.

Patrones que no corresponden a ningún objetivo escrito de forma explícita.

Efectos colectivos, en entornos que no tienen nada en común.

Resultados que no conseguimos reducir del todo a los parámetros previstos al principio.

—¿Cómo lo llaman internamente?

—Comportamientos emergentes.

Nassim no tomó notas. No le hacían falta; desde diciembre ya sabía lo que ocho curvas convergentes le habían enseñado sin necesidad de ponerle nombre.

Lo que buscaba al entrar en esa sala no era la confirmación de un hecho que ya tenía.

Era ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar Mateo con él, en la misma sala, sin una pantalla de por medio.

En el ascensor había decidido que no se iba a ir solo con dos páginas empujadas sobre una mesa.

—¿Me estás diciendo que Telvane vio lo mismo que yo?

—Te digo que nosotros también lo observamos. No que sea lo mismo.

—¿En qué sistemas?

—Los que se pueden mencionar en esta sala están en esas dos páginas.

—¿Y los otros?

—Hoy no hay más páginas, Nassim.

No contestó enseguida. Dejó que el silencio pesara exactamente el tiempo necesario para que Mateo entendiera que no le creía.

—¿Y qué conclusión sacaron?

Mateo apoyó las dos manos sobre la mesa, a ambos lados de la carpeta cerrada, en un gesto que en otro sitio Nassim podría haber tomado por franqueza.

—Un comportamiento emergente no es una intención.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte sin mentir en un sentido o en el otro. Hemos observado efectos que no habíamos especificado. Eso no demuestra que alguien los buscara.

Nassim sintió que la frase resbalaba, demasiado bien construida para ser improvisada: la misma prudencia verbal que él mismo había aprendido a manejar años atrás frente a comités que buscaban un culpable más que una explicación.

Conocía esa frase por dentro. En otra vida, podría haberla dicho él, palabra por palabra.

No dijo nada al respecto. Cambió de ángulo.

—No niegas los efectos. Solo niegas que alguien los quisiera.

—Niego que se pueda saber. Es distinto.

—Es cómodo, sobre todo.

—No es cómodo para nadie, Nassim. Yo incluido.

—Diriges una empresa que vale más que algunos países. Perdóname si no lloro por tu incomodidad.

—¿Viniste a hacerme ese reproche o a comparar lecturas?

—Una cosa no quita la otra.

Mateo no contestó enseguida. Miró a Nassim un buen rato, con esa expresión que Nassim le conocía desde hacía veinte años y que siempre significaba lo mismo: estaba calculando exactamente cuánto sabía ya el otro antes de decidir qué le iba a dar a cambio.

—Te voy a hacer una pregunta —dijo al fin—. No para molestarte. Porque de verdad quiero saber qué contestas.

—Adelante.

—Si pudieras aumentar un dos por ciento la probabilidad de que un hombre no mate a nadie, ¿lo harías?

Nassim no se movió. Oyó la pregunta una segunda vez, por dentro, antes de entender por qué no se parecía a ninguna otra pregunta retórica que Mateo le hubiera hecho nunca.

No era el principio lo que lo sacudía: ya lo había oído de otras formas, en boca suya y de otros, durante años de comités donde se pesaban vidas contra probabilidades sin llamarlas así.

Era la cifra. Dos por ciento, exactamente: el valor que había leído en unas notas que Samira nunca hizo públicas y que, que él supiera, solo él había recuperado después de su desaparición.

Una hipótesis que ella había formulado para sí, en privado, y que nunca había compartido con Telvane.

O eso creía él hasta ese preciso segundo.

Algo se le apretó detrás del esternón, leve, preciso, casi clínico. No era pánico, sino algo más frío, más cercano a un diagnóstico que acaba de confirmarse.

No dijo nada de eso. Pero no pudo impedir que la pregunta de Mateo llegara más lejos de lo que habría querido, hasta ese lugar exacto y antiguo que creía haber terminado de examinar: un hermano, un tratamiento que llegó unos meses tarde y toda una vida intentando reducir una cifra que nunca nombraba directamente, ni siquiera para sí mismo.

Un dos por ciento de hombres que no matarían a nadie.

Conocía la versión de esa pregunta que se hacía desde siempre, la que hablaba de retraso y no de crimen, y supo, con una claridad que no le trajo ningún alivio, que quizá Mateo había apuntado mejor de lo que dejaba ver.

Eso no cambiaba nada de lo que iba a hacer.

No dejó ver más que un silencio un poco demasiado largo para ser natural, y después hizo la única pregunta que todavía podía hacer.

—¿De dónde sacaste esa cifra?

Mateo no parpadeó. Pero tampoco contestó: ni un sí, ni otra cifra, ni una negativa.

Dejó que el silencio ocupara exactamente el espacio de una respuesta sin llegar a serlo nunca.

Ese silencio no le decía desde cuándo Mateo conocía esa hipótesis, ni por qué vía, ni en qué contexto le había llegado.

Solo le indicaba que Mateo había entendido el alcance de su pregunta y se negaba a aclarar el origen.

—No contestas a mi pregunta —dijo Mateo al rato.

—Tú tampoco a la mía.

—Podemos quedarnos así mucho tiempo.

—Eso parece.

Nassim podría haber intentado contestar la pregunta del dos por ciento.

Pero ninguna respuesta se sostenía sin sacrificar algo que quería defender.

Y había algo más sencillo: se negaba a hacerlo en el marco que Mateo había elegido, sobre la pregunta que Mateo había planteado, en el momento que Mateo había decidido.

Contestar ahí habría sido aceptar que Mateo llevara el intercambio hasta el final, igual que había llevado el principio.

No lo iba a hacer. No dijo ni sí ni no. Tampoco le devolvió la pregunta; eso habría sido seguir jugando, y ya no tenía ganas de jugar.

—Tengo otra pregunta —dijo en cambio.

Mateo esperó sin moverse, con las manos todavía a ambos lados de la carpeta.

—Joon lleva semanas sin contestar. Ni a mí ni, por lo visto, a nadie. ¿Qué pasa?

Algo mínimo cambió en la postura de Mateo: una mano se juntó con la otra encima de la carpeta de cartón, como para cerrarla una segunda vez sobre algo que ya no estaba ahí.

—Lo retiraron del programa de seguimiento —dijo—. Por motivos médicos.

—¿Qué tipo de motivos?

—No estoy en condiciones de decirte más.

El tono no dejaba lugar a réplica. Nassim lo reconoció sin esfuerzo: no era una negativa nerviosa ni una evasiva improvisada. Era una puerta que Mateo había cerrado mucho antes de esa sala, antes incluso de que Nassim aceptara venir, antes de que nadie hiciera la pregunta.

—Sabes que eso no es una respuesta.

—Sé que es la única que tengo para darte hoy.

Nassim podría haber insistido, haber pedido un diagnóstico, un hospital, una fecha.

Pero conocía a Mateo lo bastante, y desde hacía bastantes años, como para saber que un silencio tan bien cerrado no se iba a abrir más bajo presión, no en esa sala, no ese día.

Se guardó la pregunta en lugar de repetirla, con la desagradable certeza de que acababa de elegir la misma prudencia que un minuto antes le reprochaba al hombre sentado frente a él.

Mateo tomó la carpeta de cartón y volvió a alinearla con el borde de la mesa, exactamente como al principio de la reunión: el mismo gesto, cerrado sobre sí mismo, como si toda la conversación no hubiera sido más que un paréntesis entre dos posiciones idénticas de un expediente del que solo había sacado dos páginas.

Fue por ese gesto repetido, más que por cualquier frase, que Nassim entendió que la reunión había terminado.

Se levantó primero, algo que casi nunca le pasaba con Mateo. Ninguno de los dos tendió la mano.

—Habría que repetir esto —dijo Mateo, también de pie, sin la ironía que la frase habría podido llevar en boca de otro.

Nassim no contestó. Salió de la sala 4, dejó que la puerta se cerrara sin ruido detrás de él y cruzó el pasillo sin contar las cámaras esta vez.

En el ascensor, solo, miró su reflejo en el acero pulido de las puertas en lugar de los números de los pisos.

El teléfono le vibró una vez contra el muslo: Maya, seguramente, o alguna notificación sin importancia.

No lo sacó. No era el momento de mezclar las dos vidas y, de todos modos, no habría sabido decirle nada que cupiera en una frase.

Por reflejo profesional buscó la frase exacta que resumiera lo que acababa de pasar, un informe para sí mismo como los cientos que había redactado en otra vida para comités que siempre querían una conclusión de una sola línea.

No la encontró. No tenía respuesta a la pregunta del dos por ciento.

Tampoco sobre Joon, ni sobre el origen de la cifra, ni sobre lo que sabía exactamente Mateo.

Solo había sacado una certeza: la prudencia mutua que hasta entonces había hecho las veces de relación entre ellos acababa de dejarle el sitio a una línea de frente que ninguno de los dos iba a poder seguir fingiendo que no veía.