Generación Cero. Tomo 1 La primera mentira
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La primera mentira

Eran más de las nueve de la noche de un martes y Mateo seguía trabajando.

No por obligación, sino porque era la hora en que su cabeza funcionaba mejor, cuando el piso dieciocho ya se había vaciado de casi todas las tres mil personas que durante el día venían, una tras otra, a pedirle que decidiera algo por ellas.

En algún lugar, un equipo nocturno vigilaba los servidores; otro ya estaba atendiendo a los mercados de Seúl y Singapur.

Su pasillo había recuperado ese silencio que él prefería a cualquier reunión: nadie a quien convencer, solo cifras que no pedían nada, y los reflejos nocturnos de Palo Alto en la pared de vidrio, que ninguna persiana había tapado nunca.

Nunca las bajaba; a quien le preguntara, le decía que un hombre que trabaja a oscuras por gusto siempre termina tomándole el gusto por malas razones.

El teléfono, bocabajo, llevaba una hora sin vibrar, un lujo raro que atribuía menos a la calma del expediente militar que a que esa noche nadie tenía todavía motivos para pensar que estaba pasando algo.

Estaba releyendo por tercera vez una nota de su departamento jurídico sobre el avance de un contrato de defensa de tercer nivel —el tipo de asunto que debería haber delegado sin reservas, si no hubiera aprendido hacía años que delegar del todo siempre traía, más adelante, una sorpresa que habría preferido ver venir antes que leer en un informe trimestral— cuando Elena dio dos golpes cortos en el marco de la puerta, que a esa hora siempre dejaba abierta.

No preguntó si interrumpía. Nunca lo hacía.

—¿Tiene dos minutos? —dijo ella.

No era una pregunta, y él no la trató como tal.

—Siéntese.

Elena Park-Mendes se acomodó en el sillón frente al escritorio con la soltura de quien lo ha hecho cientos de veces sin pensarlo.

Cincuenta y tantos años, un traje oscuro que podría haber sido de cualquier día de la semana, y esa manera tan suya de sentarse sin ocupar espacio, una presencia que siempre parecía calculada para caber en la habitación sin alterar su equilibrio.

Él la había contratado cinco años antes como directora de seguridad estratégica y riesgos, y desde entonces nunca le había oído perder una décima de temperatura en la voz, ni siquiera en primavera, cuando sus auditorías de accesos habían atravesado la mitad de los departamentos sin que ninguno supiera exactamente qué buscaba.

Un activo que había aprendido a respetar antes de entender que a veces también tenía que desconfiar de él.

No había usado el canal habitual de las síntesis semanales, el que sus equipos alimentaban cada lunes sin que él tuviera que leerlo nunca entero.

Viniendo de ella, una visita en persona, fuera de horario y sin cita previa, siempre significaba lo mismo: algo que no debía pasar por ningún sistema que pudiera dejar un rastro legible para alguien más que ellos dos.

—El expediente Okafor —dijo—. La policía avisó a nuestro departamento jurídico esta mañana.

El soporte incautado durante la investigación de la desaparición contiene datos cuyo formato corresponde a nuestros protocolos internos de investigación.

Nos informaron en calidad de presuntos propietarios, dentro del procedimiento normal en estos casos.

—¿Y?

—Se le entregó una copia del soporte, o de su contenido, la policía no aclaró cuál, a Maya Calder-Rao, a quien la investigadora había designado como destinataria, con el consentimiento de la familia.

Mateo dejó la pluma. No de golpe. Solo lo justo para dejar claro que había dejado de hacer otra cosa.

—¿Desde cuándo?

—Varias semanas. A jurídico solo le avisaron esta mañana; la policía no estaba obligada a informarnos antes, y nada indica que se haya demorado de mala fe.

—Quiere decir que eso lleva un mes fuera del edificio sin que nadie aquí lo sepa.

—Quiero decir exactamente eso —dijo ella, y se notaba que la frase no le costaba nada.

Él apreció, a su pesar, esa precisión: Elena nunca decía algo torcido cuando decirlo de forma más exacta costaba el mismo esfuerzo.

—Su padre —siguió ella— fue arquitecto de sistemas de seguridad. Es razonable suponer que no se la quedó para ella sola.

—Razonable —repitió él—. No confirmado.

—No confirmado —admitió ella, sin que nada en su voz indicara que el matiz la incomodaba o le venía bien.

Se echó hacia atrás contra el respaldo del sillón, un movimiento que reservaba para los momentos en que quería que lo creyeran pensando más despacio de lo que en realidad pensaba.

Nassim Calder. No había vuelto a tratar directamente con él desde hacía diez años, desde la época en que trabajaban en el mismo edificio sin llegar nunca a estar del todo en el mismo equipo.

De aquellos años guardaba sobre todo el recuerdo de un hombre que hacía dos preguntas más de las necesarias antes de firmar cualquier cosa y que parecía considerar eso una virtud y no una pérdida de tiempo para todos.

Ese tipo de hombre no perdía el tiempo con un expediente que no entendía, y tampoco soltaba uno que empezaba a entender.

Mateo rara vez pensaba en las personas como individuos; pensaba en ellas como variables a las que había que fijarles límites antes de saber si se quedarían dentro del intervalo previsto.

Nassim Calder acababa de salirse del suyo, y nada en su expediente indicaba que fuera a volver por su cuenta.

—Quería preguntarme algo —dijo—. Adelante.

—¿Había algo en el trabajo de Samira Okafor que explique el interés de ese hombre por este expediente en particular?

La pregunta tenía la neutralidad exacta de una auditoría, como si le preguntara si había que provisionar un riesgo y no si había algo concreto que temer.

Era, pensó, la pregunta que él mismo habría hecho primero si no hubiera sabido ya, antes de que ella entrara en la oficina, qué era exactamente lo que Samira había pasado dos meses documentando, y por qué un hombre capaz de haber diseñado salvaguardas reconocería, al abrir ese expediente, algo que llevaba en alguna parte su firma.

Podría haberle preguntado a Elena qué decía exactamente el informe policial sobre el contenido del soporte.

No lo hizo. Esa pregunta habría abierto una puerta por la que no tenía ninguna intención de dejar pasar a Elena con él.

No por desconfianza hacia ella, sino porque en ese tipo de asuntos la confianza nunca era la variable que importaba.

Una respuesta honesta habría exigido que ella supiera lo que él sabía.

Y lo que él sabía había decidido, mucho antes de esa noche, no compartirlo con nadie cuyo puesto no lo exigiera estrictamente.

—Que yo sepa, nada —dijo.

Eligió el mismo tono que para cualquier otra respuesta de esa reunión: sin subrayar ni aflojar, con la fluidez de un hombre que no tiene nada que esconder.

Una fluidez que, lo sabía por haberla observado en otros durante toda su carrera, era imposible de distinguir de la honestidad para cualquiera que no tuviera, como él, un motivo para buscar la diferencia.

Elena asintió, sin que nada indicara si aceptaba la respuesta o solo tomaba nota de ella.

—¿Qué quiere hacer? —preguntó.

—¿Qué opciones tenemos?

—Podemos volver a contactar a la familia por la vía jurídica para plantear la devolución completa del soporte.

Podemos pedirle a la policía un acceso adicional, en calidad de presuntos titulares de la propiedad intelectual.

Y podemos, si usted lo considera necesario, contactar directamente a Calder.

Una conversación, nada más, para evaluar qué sabe y qué piensa hacer con ello.

Las tres opciones venían formuladas exactamente como él esperaba: tres grados de intervención, del más discreto al más visible, presentados sin que ella favoreciera ninguno.

Elena nunca recomendaba. Exponía, y siempre le dejaba a otro la responsabilidad de la elección, que después ejecutaba sin discutir, fuera cual fuera.

—No —dijo él—. Ningún contacto con él. Ninguna gestión con la familia. Nada que haga pensar que este asunto nos preocupa más que una auditoría de rutina.

—¿Y el soporte?

—No lo recuperamos. No lo mencionamos. Un hombre como él, si notara que intentamos recuperar algo, se convertiría exactamente en el tipo de problema que queremos evitar.

Ella esperó sin insistir, con ese silencio tan suyo, ni impaciente ni apremiante, disponible hasta que él terminara de decir lo que ya había decidido decir antes de que ella entrara en la oficina.

—Refuercen la vigilancia de sus accesos a nuestras infraestructuras. Los de él, no los de su hija. Nada más.

—Defina «vigilancia».

—Sus identificadores, sus intentos de conexión, cualquier acceso actual o pasado a sistemas que él haya podido ayudar a diseñar. Nada que toque su vida fuera de eso. Por prudencia.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta nuevo aviso.

No se le movió un músculo al decirlo, pero anotó, en algún rincón de su cabeza que nunca abría delante de ella, que acababa de quitar la única frontera que podría haber fijado sin tener que pensarlo más.

La fórmula se quedó un instante entre los dos, y al pronunciarla Mateo entendió que acababa de hacer exactamente lo que llevaba años reprochándoles a los demás: vestir una decisión cuyo alcance real ya conocía con una palabra cuya modestia no le costaba nada a nadie, salvo a la exactitud.

—Nada más —repitió, como si la frase, dicha dos veces, pudiera por sí sola garantizar su límite.

—Entendido —dijo Elena.

No dijo que fuera a atenerse a eso. Tampoco dijo lo contrario.

Se levantó con la misma economía de movimientos con la que había llegado, se puso la carpeta cerrada bajo el brazo y se detuvo un segundo en la puerta.

No para añadir nada, sino para darle a Mateo la oportunidad de hacerlo, si le venían ganas.

No le vinieron.

—Gracias, Elena.

—Buenas noches, Mateo.

La puerta quedó abierta detrás de ella, como siempre. Oyó sus pasos alejarse por el pasillo vacío, regulares, ni más rápidos ni más lentos que de costumbre, hasta que el ascensor los borró.

Pasó un buen rato antes de que Mateo volviera a la nota que había dejado delante. El pensamiento se le fue un momento hacia Samira, y después hacia Nassim Calder: no hacia lo que ya sabía, sino hacia lo que un hombre capaz de haber diseñado esas salvaguardas terminaría reconociendo en los datos.

Le había contestado a Elena que no sabía de nada que pudiera explicar ese interés. Incluso ahora, la frase conservaba la apariencia exacta de una respuesta honesta.

Vigilen sus accesos. Nada más.

Había puesto una frontera. Y sabía que no había fijado ni plazo, ni procedimiento, ni a nadie encargado de decidir cuándo la prudencia dejaría de ser necesaria.

Mateo puso el teléfono bocabajo sobre el escritorio y no volvió al trabajo.

Por prudencia.