Generación Cero. Tomo 1 El último por ciento
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El último por ciento

Mateo cruzó el piso dieciocho sin frenar, con una tableta contra el pecho y un oído pendiente de Elyse, la directora de comunicación, que le recitaba por tercera vez en la mañana la lista de cadenas que pedían una entrevista exclusiva.

Ya no escuchaba los nombres. Escuchaba el ritmo de su voz, cómo se frenaba un poco antes de las peticiones que le parecían delicadas; una costumbre que él reconocía sin que nadie tuviera que señalársela.

—La cadena coreana insiste en tener acceso a los datos brutos de los ensayos —dijo ella—. Hablan de transparencia científica.

—Hablan de audiencia —dijo Mateo—. En lugar de los datos, ofréceles a Samira. Va a explicar más y a dar menos.

—¿Y si no quiere?

—Va a querer. Samira siempre prefiere explicar a callarse. Es una de las cosas que la hacen más valiosa que casi toda la gente de este piso, y una de las cosas que a veces la hacen difícil de dirigir.

Elyse anotó algo sin levantar la vista, acostumbrada a ese tipo de cálculo que parecía generosidad y nunca lo era del todo.

Unos días después del anuncio, el edificio seguía funcionando a un ritmo que ningún organigrama había previsto: un montón de peticiones simultáneas y de baja intensidad, cada una manejable por separado, pero tantas juntas que mantenían ocupado a un equipo entero de la mañana a la noche.

Por el ventanal del pasillo se veía el campus de Palo Alto bajo la luz plana de media mañana, los senderos casi vacíos, una calma de afuera que contrastaba con el ajetreo sordo de los pisos.

Un regulador había pedido, en una carta de una cortesía casi agresiva, el calendario detallado de los ensayos complementarios.

Dos delegaciones extranjeras habían solicitado una reunión bilateral dentro del mes.

Un socio clínico de muchos años había suspendido, por prudencia, la firma de un protocolo que llevaba semanas validado.

Nada de eso era alarmante en sí. Mateo había aprendido hacía años a no confundir nunca el volumen de las peticiones con su gravedad: cien mensajes nerviosos rara vez pesaban más que un solo dato que cambia algo.

En las oficinas que iba cruzando reconocía esa mezcla que siempre seguía a un lanzamiento de ese tamaño: un orgullo todavía algo incrédulo y, por debajo, casi invisible, el cansancio de gente que había trabajado cinco meses sin permitirse del todo imaginar que ese día iba a llegar.

Cuando se sentó en su oficina, ya parpadeaba una línea en el teléfono fijo: un contacto de una agencia sanitaria al que, con los años, había aprendido a no hacer esperar nunca más de diez minutos. Descolgó.

—Señor Chen. Necesitamos entender cómo pueden anunciar un calendario de dos años sin una caracterización completa de los riesgos a largo plazo .

—¿Una caracterización completa de qué, exactamente? —dijo Mateo, con la voz pareja—. ¿Del sistema, o de lo que va a pasar dentro de diez años en un cerebro humano que todavía no existe? Porque lo segundo no se lo puede dar nadie hoy. Ni nosotros. Ni ustedes, si estuvieran en nuestro lugar.

Del otro lado de la línea hubo un silencio, y lo dejó correr sin llenarlo.

Era un método que había ido afinando en años de llamadas como esa: devolverle la pregunta al otro un poco más grande de lo que había llegado y esperar a que el silencio hiciera el resto.

Casi siempre bastaba para bajar la tensión un punto.

—Queremos un informe detallado de los incidentes ocurridos durante la fase de pruebas —siguió la voz, algo menos firme.

—Lo van a tener. Según el calendario regulatorio, ni antes ni después.

Colgó sin brusquedad y se quedó un momento mirando la pantalla vacía.

Seguro que antes de que acabara el día los abogados le iban a pedir por escrito lo que acababa de decir, una fórmula que llevaba años repitiendo con variaciones mínimas delante de comités, periodistas y socios que querían que los tranquilizaran sin tener que entender por qué: ningún sistema de esa complejidad se deja caracterizar del todo antes de un despliegue real.

Para él no era una cifra que pudiera defender ante una auditoría; nadie había medido nunca nada al cien por cien.

Era una manera más íntima de nombrar lo que todavía escapaba a cualquier medida: el último por ciento, se decía, y no veía en eso más que una imagen cómoda para seguir avanzando sin pretender saberlo todo.

Siempre había trabajado así. Aceptar que ningún sistema, ningún protocolo, ninguna vida se deja caracterizar del todo antes de tener que actuar, y avanzar de todos modos, con un ojo puesto en lo que quedaba a oscuras.

Hasta ahora, esa imagen no le había fallado nunca.

Se quedó quieto un momento, con la mano todavía sobre el auricular tibio.

Desde el primer día, lo que lo fascinaba de ANA no era la potencia del sistema; las cifras de cálculo, por vertiginosas que fueran, nunca lo habían impresionado por sí solas.

Era otra cosa, más difícil de explicarle a un comité: esa forma que tenía a veces de mirar un problema desde un ángulo que ninguno de los ingenieros había considerado, sin que nadie pudiera decir nunca si aquello era inteligencia o solo una combinatoria lo bastante grande como para parecerlo.

No tenía respuesta para eso. Ni siquiera estaba seguro de que la pregunta tuviera respuesta, al menos en el sentido en que él la entendía.

Después tenía una reunión de seguimiento técnico.

De camino se cruzó con dos ingenieros que discutían en voz baja un parche de software, con un responsable de alianzas que hablaba por teléfono en inglés con frases claramente pensadas para un interlocutor nervioso, y con una becaria que cerró a toda prisa una pestaña al verlo acercarse.

Ese reflejo siempre le hacía algo de gracia: la idea de que bastaba su presencia para que se sintiera culpable alguien que no tenía nada que reprocharse.

Todo el edificio vibraba con esa energía que siempre venía después de un lanzamiento exitoso: demasiada gente, demasiadas preguntas y, debajo de todo ese movimiento, una satisfacción que nadie se atrevía aún a decir en voz alta.

La reunión fue corta. Un punto sobre la carga del portal de inscripción, saturado desde el anuncio por la avalancha de solicitudes para los ensayos ampliados, y una pregunta sobre el calendario de actualizaciones de software que Mateo, casi por reflejo, le devolvió a quien la había hecho: ¿con qué frecuencia creía él que había que publicar parches de un sistema que ya empezaba a vigilar de cerca un público mundial?

La pregunta quedó sin respuesta firme, y a Mateo le convenía así.

Algunas decisiones ganaban con madurar un día más, aunque la urgencia dijera lo contrario; lo había aprendido tan pronto en su carrera que ya no necesitaba repetírselo.

Cuando volvió, Samira lo esperaba delante de su oficina, con una tableta apretada contra el pecho como quien sostiene algo que teme dejar caer. La conocía desde hacía tiempo y sabía que nunca venía con las manos vacías, y menos sin haber comprobado tres veces lo que traía.

—¿Tienes cinco minutos? —dijo.

Por cómo lo dijo, no era una pregunta. Mateo lo entendió cuando ella ya había dado un paso hacia la puerta sin esperar respuesta.

Se apartó para dejarla pasar y cerró detrás de los dos, algo que casi nunca hacía.

Ella lo notó; Mateo lo supo por cómo la mirada de Samira siguió un instante su mano sobre el picaporte.

A esa hora la oficina todavía tenía luz suficiente para no encender nada, una de las pocas ventajas, pensaba a veces, de un piso todo de vidrio orientado al oeste.

Samira no se sentó. Se quedó de pie, con la tableta contra el pecho, en la postura de alguien que no ha venido a charlar.

—¿Por qué ocultaste el incidente de Joon? —dijo, sin preámbulos.

Mateo no contestó enseguida. No era duda. Era la costumbre que aplicaba a cualquier pregunta que llegara sin rodeos: dejar que el silencio hiciera su parte y ver qué más dejaba caer el otro antes de responder.

—No oculté nada —dijo al fin—. Todo sistema lo bastante complejo produce anomalías. Esta fue una. La clasifiqué como no bloqueante. Es una decisión, Samira, no un secreto. Tomo decenas por semana.

Mientras lo decía, recordó el párrafo exacto del informe semanal: interrupción voluntaria por parte del sujeto, sesión ciento cuarenta y tres, ninguna anomalía fisiológica detectada a posteriori, el sujeto menciona un pico de naturaleza no especificada.

Una línea entre cientos, en un documento que nadie antes de Samira se había molestado en leer dos veces.

Él no había escondido esa línea. La había leído, la había puesto en la balanza frente al calendario del anuncio y había decidido que, sola, no justificaba un retraso.

El propio Joon le había restado importancia en la evaluación posterior —un pico, nada claro—, algo coherente con la ausencia de anomalías fisiológicas en el informe.

Quedaba un detalle que Mateo nunca había terminado de cerrar: en ciento cuarenta y tres sesiones, Joon jamás había interrumpido un protocolo por su cuenta. Esa vez sí.

—Sabías que Joon había cortado la sesión él mismo —dijo Samira—. Sabías que la ingeniera de guardia no le había sacado nada más que «nada claro». Y dejaste que el anuncio siguiera adelante sin ninguna verificación adicional.

—Una verificación adicional habría retrasado el calendario varias semanas por una señal que el propio sujeto consideraba menor. ¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?

—Yo no estaría en tu lugar —dijo ella—. Justamente por eso me mantienes aquí.

No era un cumplido, y tampoco del todo una acusación. Era el tipo de frase que ella solo decía cuando ya había decidido lo que venía después, y Mateo lo sabía lo bastante bien como para no contestarle.

Samira dejó la tableta sobre el escritorio, la encendió y se la acercó deslizándola con la punta de los dedos, como si no quisiera tocarla más de lo necesario.

—Mira bien esto.

En la pantalla apareció un gráfico sencillo en apariencia: una línea de tiempo, una pila de picos de actividad, casi todos marcados con códigos que él reconocía vagamente.

La firma normal de una sesión de entrenamiento, las mismas curvas que había visto pasar cientos de veces en los informes de síntesis.

Y luego, en un momento preciso, un pico aislado, más nítido que los demás, dentro de un recuadro rojo que ella misma había añadido.

—Eso —dijo— es una estimulación. No una lectura. Es el sistema mandando algo hacia el cerebro, no al revés. Tres segundos antes de que Joon apretara la parada de emergencia.

—Un artefacto de medición —dijo Mateo, casi antes de que ella terminara la frase.

—Lo comprobé. Tres veces. Ese pico no corresponde a ninguna orden del protocolo, a ninguna entrada de operador, a ningún parámetro de prueba previsto para ese día. El sistema mandó algo que nadie en esa sala había pedido.

Dejó que la frase se asentara entre los dos sin añadir nada, sin levantar la voz, sin darle el menor asidero para rebajarla a incidente menor.

Dramatizar no era su estilo. Lo que hacía era peor: había traído un hecho, uno solo, limpio y comprobado tres veces, y ahora esperaba a ver qué hacía él con eso.

Mateo miró el pico en su recuadro rojo, quieto en la pantalla entre los dos. Buscó por reflejo la frase que casi siempre le servía para devolver ese tipo de dato a su casilla —anomalía no bloqueante, a vigilar, el último por ciento— y, por primera vez en toda la semana, no la encontró.

Afuera, al otro lado del ventanal, el campus seguía con su media mañana de siempre: alguien cruzaba el césped con un vaso de café, pasaba una bicicleta, todo ajeno a lo que se decidía detrás de los vidrios polarizados del piso dieciocho.

Samira no se había movido. La tableta seguía sobre el escritorio, entre los dos, con la pantalla encendida.

Ella esperaba de pie, como si ya hubiera dicho todo lo que venía a decir y no pensara añadir una palabra mientras él no hablara primero.

Por una fracción de segundo, Mateo volvió a la frase que había dicho por teléfono una hora antes —no se lo puede dar nadie hoy, ni nosotros, ni ustedes, si estuvieran en nuestro lugar— y, por primera vez desde que la había pronunciado, ya no le pareció del todo suficiente.