10 Fayette
FAYETTE
El favor de los dioses es como el viento; cambia rápida e impredeciblemente.
Nota personal de Vivienne Moryena
—¿Adónde te diriges? —La voz de Reena retumbó en sus pensamientos.
Fayette se despertó sobresaltada, levantó sus párpados pesados y miró a su alrededor, desorientada.
No llevaba camisón y su cabeza descansaba sobre un brazo bien definido, y un cuerpo masculino desnudo le calentaba la espalda.
Vaya manera de empezar la mañana. Lentamente, fue uniendo los fragmentos de la realidad, y un aleteo se apoderó de su estómago mientras el recuerdo de la noche anterior tomaba forma.
¡Noah! Había luchado contra el sueño durante mucho tiempo, decidida a no perder ni un solo momento de aquel hermoso encuentro.
Y como si Noah hubiera percibido su inquietud, se había despertado una y otra vez, buscando su cercanía.
Y cada vez, su mutuo deseo se había avivado de nuevo, hasta que Fayette cayó rendida por el agotamiento, a pesar de su determinación.
A cambio, se sentía más relajada y feliz de lo que había estado en mucho tiempo.
Pero su euforia se derrumbó de golpe cuando su mente terminó de despejaste y la realidad la golpeó con toda su fuerza.
La piedra de las hadas. Reena. La Fuente.
Un momento. ¿Fue la diosa quien la despertó?
El hada permaneció inmóvil, esperando que la divinidad simplemente la dejara en paz.
Pero fue en vano.
—¡Te hice una pregunta! —estalló la diosa en sus pensamientos.
—¿Podrías repetirla, por favor?
—¿Exactamente hacia a dónde viajan?
—A Calor, ¿por qué? —preguntó, fingiendo ignorancia, mientras su pulso se disparaba.
—Bueno, hay rumores.
Su voz peligrosamente tranquila se deslizó bajo la piel de Fayette, poniéndola en alerta. ¿Sabía de su plan? Y si era así, ¿cómo? ¿Descubrieron a los demás? Esa idea la asusto incluso más que las consecuencias para ella misma.
—¿Qué rumores? —insistió, con fingida calma.
—Exijo que me digas la verdad, Fayette.
—¿Qué verdad? —Hacerse la tonta no le salvaría el pellejo, pero con un poco de suerte, podría comprarle otro respiro.
—¿Estás dirigiéndote a la Fuente de la Creación?
—¿Qué Fuente de la Creación? —Fayette siguió interpretando su papel—. ¿Y quién dice eso, de todos modos? Estamos viajando a Calor. —Intentó seguir respirando con normalidad.
—Los otros dioses están hablando.
Fayette se mordió el interior de la mejilla, esperando un destello de inspiración sobre cómo salir de esta situación. Una idea se formó en su cabeza. Sería audaz. Megalómana. Pero mejor que nada.
—¿Y qué están diciendo?
—Dímelo tú, Fayette —gruñó la diosa.
—Ni siquiera sé qué tipo de fuente es esa. Así que la pregunta que me viene a la mente es por qué los otros dioses están difundiendo mentiras.
Remond escribió que los dioses desconfiaban unos de otros. Tal vez podría salvarse el cuello una última vez si provocaba un poco de problemas entre ellos.
—¿Qué ganan con eso? —añadió.
Se encontró a sí misma muy convincente, pero la tensión parecía estar destrozándola mientras esperaba la respuesta de Reena.
La diosa la mantuvo en vilo. O estaba considerando si concederle una muerte rápida o lenta, o si de verdad estaba pensando en su pregunta.
—Podrían querer impedir que recupere fuerzas a través de mi nueva Reina de las Hadas. —Reena sonaba como si estuviera pensando en voz alta.
La semilla estaba sembrada. La pequeña planta no tendría mucho tiempo para madurar, ya que su ruta de vuelo pronto sería obvia, pero la duda de Reena podría comprarle unas horas.
—Bien. ¿Ahora puedo prepararme para el viaje en paz o tengo que seguir esperando? —dijo en un tono molesto, para enfatizar que ni remotamente entendía la gravedad de la situación.
Sin esperar una respuesta, se liberó de los brazos de Noah y sacó las piernas de la cama.
—Te lo advierto, Fayette.
—Será mejor que adviertas a tus camaradas allá arriba, o dondequiera que esté tu reino celestial. He entendido que mi vida está en tus manos. Y, para serte sincera no haría nada que pudiera enfadarte.
Reena volvió a quedarse en silencio, luego Fayette sintió que la presencia divina se desvanecía.
Había sido por los pelos. Y quizá el último respiro que podría haber conseguido.
¡Con qué descuido había tratado su tiempo y en qué tonterías lo había malgastado! Ahora que se agotaba con cada segundo que pasaba, era dolorosamente consciente de cada suspiro que trascurría y quería llenarlo solo de cosas importantes. Con Noah.
En silencio, volvió a acostarse a su lado.
Él gruñó en sueños, la buscó sin abrir los ojos y la atrajo de nuevo contra su pecho.
Atrapada por su calor, sorprendente para un elfo invernal, se le escapó un suspiro.
La naturalidad con la que besó su cabello antes de cambiar un poco su peso y acercarse más hizo que el momento fuera perfecto.
Quería quedarse aquí, con él, entre sus brazos.
Este profundo deseo le llenó los ojos de lágrimas.
Intentó parpadear para hacerlas desaparecer, pero una sola se escapó del rabillo del ojo y cayó sobre la mano de Noah.
Incluso mientras la limpiaba con el dorso de su mano, esperando que no se hubiera dado cuenta, el cuerpo de él se tensó.
—¿Qué ocurre?
—Yo… es que esto es un poco abrumador —dijo de forma evasiva, sin mentir.
—¿Porque…? —preguntó despacio, y ella oyó cómo contenía la respiración.
Noah nunca le había confesado sus sentimientos; y quizá ni siquiera era el tipo de hombre que expresara tales cosas con palabras. Pero a más tardar esta mañana, ya no había lugar para la duda: la amaba, en cuerpo y alma.
—Porque por primera vez en mi vida, me he despertado junto a un hombre y en lugar de querer huir, quiero acurrucarme más profundo entre sus brazos.
—Y eso te asusta. —Lo dijo como una afirmación, pero por una vez, su valoración sobre ella era errónea.
—No. Eso no me asusta en absoluto. Eso es lo que resulta tan abrumador.
Al instante, los músculos del brazo de Noah se ablandaron; todo su cuerpo se relajó.
—Ya veo. —Oyó la sonrisa en su voz—. Entonces deberíamos aprovechar bien el tiempo en la cama que nos ha regalado tu falta de respuesta de huida. —Su mano vagó hasta sus senos y rodeó sus cimas con una deliciosa lentitud.
¿Por qué siempre había querido escapar antes y nunca había pensado en las innumerables posibilidades que podían surgir a la mañana siguiente? Muchos mundos se le estaban abriendo ahora mismo, al final de su vida. No era justo.
Noah la arrancó de su arrebato de pesimismo presionando su entrepierna contra sus nalgas, demostrando así su disposición para la acción.
—¡Deberíamos ponernos en marcha! —retumbó una voz desde el otro lado de la puerta, seguida de un fuerte golpe.
—Ese Delayar —refunfuñó Noah, malhumorado—. Un día de estos le voy a arrancar la cabeza.
Fayette soltó una risita.
—Nunca te había visto tan tenso.
Con el corazón encogido, se apartó de Noah porque, quisiera o no, el elfo del bosque tenía razón. Aún les quedaba un largo camino por recorrer y debían estar en la Fuente en dos días.
Con un gemido, su compañero de cama se dejó caer de espaldas.
—Retomaremos esto esta noche… o cuando volvamos a parar en una posada.
Fayette forzó una sonrisa.
—Eso sería agradable. —Se dio la vuelta con rapidez y fue hacia la jofaina. Ahí se refrescó.
Noah se tumbó de lado, con la cabeza apoyada en la mano, y la observó visiblemente complacido.
Verlo así hacía que su corazón rebosara de amor y, al mismo tiempo, se encogiera.
Su muerte lo destrozaría. ¿Debería prepararlo para ello después de todo?
Cualquier conversación de ese tipo haría que toda la ligereza entre ambos desapareciera, pero al menos él tendría la oportunidad de despedirse de ella.
—Noah, yo…
Un fuerte estruendo en la puerta la interrumpió.
—Rosalind y Ryanoch ya están listos. —Esta vez era el propio rey de Oritea quien les apremiaba.
Eso también incitó al elfo a levantarse con un gemido silencioso.
—Llegará el día en que el mundo sea más amable con nosotros.
Luego de eso se lavó y se vistió.
Fayette recogió sus pocas pertenencias y pronto estuvieron en la puerta. Con melancolía, miró atrás una última vez hacia la pequeña cabaña de madera. La mágica noche en este lugar ya era cosa del pasado, pero se llevaría cada uno de los recuerdos consigo.
Noah le tendió la mano. Ella la tomó y juntos salieron al exterior. Tan pronto como respiró el aire fresco de la mañana, sintió una extraña atracción que dirigió su mirada hacia el bosque contiguo. Y lo que vio allí la dejó sin palabras.
En cada rama del denso follaje se posaban innumerables hadas, envueltas en un suave resplandor azul que iluminaba los alrededores.
Y cuanto más tiempo las miraba, más oía su zumbido.
Este penetraba el silencio, subiendo y bajando en ondas como un canto respirado que resonaba por el bosque y conectaba todo.
—Empezaron a llegar anoche. Sospechamos que pueden sentir la piedra de las hadas. —Noah inclinó la cabeza hacia atrás y miró las copas resplandecientes de los árboles.
Fayette creía que existía otra razón, pues ese sentimiento de estar conectada con ellas volvía a agitarse en su interior.
Y si sentían lo mismo por ella, su reina…
Suspiró y consideró cómo manejar esta situación.
Puesto que las pequeñas criaturas permanecían pacíficas y solo la observaban en silencio desde la oscuridad, decidió ignorarlas por ahora.
Se irguió y siguió a Noah en silencio hacia la posada, donde los demás ya los esperaban.
Vindariel ataba el equipaje del rey con manos tranquilas, mientras Delayar robaba un último beso en un rincón a la criada que había ordenado su cabaña la noche anterior. Así que él también tuvo una noche agradable. ¡Bien por él!