41
Septiembre
La confirmación llegó con una nota en una web del sector.
Un anuncio de «nuevo proyecto» y, debajo, una sinopsis que no era exactamente la mía…
pero lo era lo suficiente como para que el estómago se me cayera al suelo, como si alguien hubiera soltado una piedra dentro de mí y la gravedad, por fin, hubiera hecho lo suyo.
Aun así, el corazón del concepto estaba ahí, intacto y latiendo con mi ritmo.
Lo leí una vez, con incredulidad; lo leí una segunda, con un hilo de esperanza absurda; lo leí una tercera y ya no fue incredulidad, fue certeza, una certeza limpia que no necesitaba pruebas nuevas porque el cuerpo la reconocía antes de que la mente pudiera discutirla.
Me senté en el borde del sofá y me quedé mirando el Coliseo a través de la ventana, como si ese lugar de piedra, eterno e indiferente, pudiera entenderme mejor que cualquier despacho.
Roma estaba preciosa; yo, en cambio, me sentía como un objeto que alguien ha vaciado por dentro y ha vuelto a dejar en su sitio, fingiendo que sigue siendo lo que era.
Aquella tarde oí a Sasha hablar con un abogado, caminar de un lado a otro, abrir cajones, cerrar puertas; ella solo hace eso: moverse, correr, empujar, convertirlo todo en estrategia para no tener que sentir.
Cuando colgó, entró en mi cuarto sin pedir permiso. Tenía el móvil en una mano y el cansancio en la cara; ese cansancio de quien lleva tiempo sosteniendo una catedral con las manos.
—Vale —dijo—. Esto va para largo. Pero no nos van a comer. ¿Me oyes? No.
Yo la miré como se mira a alguien que habla en un idioma que tú ya no entiendes. Ella me observó un segundo en busca de un gesto que le permitiera identificar el problema y, por tanto, solucionarlo.
—Siena, háblame.
Tragué saliva. Dentro de mí solo existía una frase, repetida como un latigazo, como una verdad que ya no se podía rebatir con ninguna reunión ni con ningún abogado:
El monstruo no vive en Madrid. Vive en mí. Viaja en mi maleta.
Italia había sido igual de dolorosa. Solo que con monumentos más bonitos, y eso, en el fondo, lo hacía aún más cruel, porque la belleza no sirve de nada cuando el daño va pegado a tu sombra.
—Estoy cansada —murmuré.
Soltó un suspiro que no era conmigo, sino con el mundo.
—Yo también. Pero esto es una guerra y las guerras se ganan con movimiento.
No supe cómo explicarle que lo mío no era una guerra externa, que mi batalla se libraba en un sitio donde los abogados no entran. Sasha entiende de contratos, de cláusulas, de titulares, pero no entiende de vacíos.
Me levanté despacio.
—Necesito irme unos días —dije.
Parpadeó.
—¿Irte? ¿A dónde?
—A la costa. A cualquier sitio. —Me obligué a sonreír, porque la sonrisa es una coartada—. Vacaciones, respirar. Un reset .
Mi representante se quedó mirándome con desconfianza, no por emoción, sino por logística. Me veía como una pieza del puzle salirse del tablero y pensaba en el desorden que eso genera.
—¿Ahora? ¿Con esto encima?
—Precisamente —respondí demasiado rápido. Sentí cómo el miedo me empujaba a convencerla—. Si me quedo aquí, me voy a romper.
Eso sí lo entendió.
—Vale —cedió—. Vale. Pero dime dónde vas. Dame un hotel. Un teléfono fijo. Algo.
—Te lo paso luego —mentí.
Sasha se frotó la frente.
—Y prométeme que te vas a cuidar. Necesito que vuelvas con fuerzas —añadió, como quien dice «prométeme que contestas los mails», sin mala intención, solo sin conciencia del abismo.
—Lo prometo —volví a mentir.
Se acercó y me tocó el brazo con un gesto torpe e incómodo.
—Descansa —dijo—. Dos días, tres; pero vuelve. Tenemos que reaccionar.
Esa noche hice la maleta o fingí hacerla. Metí dos camisetas, un pantalón, un cepillo de dientes: lo justo para construirle a ella una mentira creíble. Dejé la maleta junto a la puerta como una coartada, esperé a oír el sonido de la puerta al cerrarse… y me quedé.
Me quedé encerrada en mi piso frente al Coliseo.
No fui a ninguna costa ni respiré ningún mar.
No vi ninguna puesta de sol; me quedé en Roma con las persianas a medias, con el silencio entero y el monstruo sentado conmigo en el sofá, como un invitado al que nunca has llamado y que, aun así, siempre encuentra la dirección.
El primer día no comí.
No por voluntad, sino por ausencia de hambre, por esa anestesia que llega cuando ya no puedes más.
Bebí agua, café, nada más, y me moví por el piso como un fantasma, de la cama al sofá, del sofá a la ventana, de la ventana al baño, como si recorriera siempre el mismo circuito esperando que, en algún punto, algo dentro de mí se encendiera otra vez.
Ringo me siguió con los ojos, desconcertado, y se me subió a las piernas con insistencia; creo que quería anclarme a la realidad. Yo lo acaricié sin sentir, con un movimiento que imitaba el cariño, porque el cariño real, ese día, me quedaba lejos.
Me pasé horas mirando el Coliseo, viendo a la gente allá abajo caminar, hacerse fotos, comer helado, reír, vivir con una naturalidad que a mí me parecía una especie de milagro. Y entonces pensé —sin dramatismo— que parecía una buena idea morirse allí, frente a aquel monumento.
No lo pensé como amenaza, más bien fue como descanso.
El segundo día llegó el móvil, que siempre llega, porque el mundo no se detiene cuando tú te apagas.
Cris me llamó.
Hooper hizo lo mismo.
Una vez. Dos. Tres. Mensajes. Audios. Un «¿ estás bien ?» que me atravesaba como un cuchillo porque yo no podía contestar sin abrir la puerta a todo lo que no quería decir.
El monstruo odia las preguntas. Ama el silencio.
Miré la pantalla y la dejé boca abajo. Luego volvió a sonar, y otra vez. Yo apreté un cojín contra la cara y Ringo maulló, insistente, se me subió al pecho, pesado y cálido; lo aparté con cuidado y me odié por apartarlo.
Por la tarde Sasha me escribió: « ¿Qué tal el mar? »
Me quedé mirando esa frase un minuto entero, inmóvil, sin saber si lo que me dolía más era la mentira o el hecho de que, para ella, mi sufrimiento fuera una coordenada en Google Maps.
No le contesté.
A los cinco minutos: « Mándame el nombre del hotel. »
Mis dedos temblaron sobre el teclado. Escribí: « Estoy bien. Necesitaba dormir. Luego te paso todo. »
Mentira.
Sasha tardó un rato, pero respondió: « Vale. Descansa hoy. Mañana hablamos. Esto no se queda así. »
El tercer día la casa empezó a oler a encerrado y yo también.
La piel estaba mucho más seca, las uñas peor, el pelo sin lavar y la cabeza pesada. Abrí la nevera varias veces y miré dentro; cerré, volví al sofá, volví a la ventana, volví al baño. Repetía el circuito para convencerme de que seguía siendo una persona y no un hueco.
No era Madrid lo que me hacía daño.
No era Italia lo que me curaba.
No era Matteo el origen ni la solución.
Era yo con mi monstruo. Era yo, que lo llevaba pegado al alma como una segunda piel y no importaba si el escenario era un piso en Chamberí o un salón frente a un importante monumento. El monstruo viaja en mi maleta.
Esa noche el móvil volvió a sonar una y otra vez. No contesté. Me acurruqué en la cama con Ringo encima, escuchando el sonido como si fuera lluvia lejana, y pensé —sin lágrimas ya, porque ni eso me quedaba— que solo quería que parara.
De pronto, un portazo me despertó.
No entendía de dónde venía ni quién lo había dado. El sonido se quedó vibrando. Alguien había tirado una piedra contra un cristal y yo tardé unos segundos en recordar que el cristal era yo.
Me costó incorporarme. La cama me sujetaba como si tuviera manos. Las sábanas se me pegaban a la piel con un calor húmedo y el aire del cuarto olía a algo que ya no era vida sino espera.
Escuché pasos rápidos y decididos. Demasiado reales para ser un sueño. Abrí los ojos del todo cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe y apareció alguien.
No podía ser. Mi cabeza buscó una explicación: la imaginación, una pesadilla, el monstruo inventándose una escena para castigarme. Pero era ella, era Cris, era su pelo y su cara. Era esa mirada que no se equivoca cuando detecta peligro.
Por un segundo, me miró sin moverse y entonces vi cómo le cambiaba la expresión. Primero el susto, luego algo peor: miedo.
—Siena… —dijo mi nombre como si lo tocara con cuidado.
Yo intenté hablar, pero no me salió nada. No era que no quisiera. Era que mi garganta parecía un pasillo estrecho por el que ya no pasaba la voz, solo aire.
Cris dio dos pasos hacia mí, despacio, como si temiera que cualquier ruido me rompiera. Se arrodilló al lado de la cama, me miró la cara y yo sentí vergüenza, una vergüenza tan grande que quise desaparecer dentro del colchón.
—Dios… —susurró, y se le quebró la palabra.
Intenté incorporarme para fingir normalidad, para hacer lo de siempre, para decir «no es para tanto», para sonreír.
Mis manos buscaron apoyo en las sábanas y no encontraron fuerza.
El cuerpo obedeció a medias, torpe, como si ya no fuera mío.
Cris me puso una mano en el hombro, firme.
—No, no —dijo—. Tranquila. No hagas nada deprisa.
Yo tragué saliva. Noté el temblor en mis dedos, el latido en la sien como si la sangre estuviera pidiendo auxilio.
—¿Qué… haces aquí? —logré decir al fin.
Ella apretó la mandíbula.
—He venido porque no cogías el teléfono. —Su voz sonaba controlada, demasiado controlada. Estoy segura de que no lloró para no asustarme más—. Porque Hooper y yo llevamos días llamando, porque Sasha no sabía decirme dónde estabas. Porque… —respiró hondo— porque algo no olía bien.
Quise protestar, decir que estaba bien, que solo necesitaba dormir, que Roma, que el trabajo, que el estrés. Quise defender mi mentira, pero ya no me quedaban fuerzas para eso.
Mi amiga me miró el cuerpo con rapidez —piernas, brazos, clavícula— y vi cómo se le endurecía el gesto. No lo hizo por juicio, más bien era por alarma. Fue el tipo de mirada que no se puede fingir: la de alguien que se asusta de verdad.
—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó, más suave.
Yo bajé los ojos. Mi mente quiso calcular una respuesta decente, redonda, soportable, pero no apareció.
—No lo sé —susurré.
Cris cerró los ojos un segundo y cuando los abrió, su expresión ya no era solo miedo: era decisión.
—Vale —dijo, como si hablara consigo misma—. Vale. Escúchame.
Se inclinó hacia mí y me colocó un mechón detrás de la oreja con ternura.
—Nos vamos directas al hospital, necesitas ayuda, Siena.
El monstruo, dentro de mí, se revolvió con rabia. Quiso gritar, correr, negociar y prometer que mañana, que la semana que viene, que cuando se calmara todo.
Yo abrí la boca para decir que no, pero el cuerpo… el cuerpo no me siguió.
Me di cuenta con una claridad humillante: ya no podía defenderme con esa furia que a veces me salvaba porque me mantenía de pie.
Esta vez, lo que me sostenía era solo el colchón y Cris lo vio.
Lo vio en la manera en que mis hombros se hundieron.
En cómo mis ojos se llenaron sin ruido. En cómo mi cara dejó de pelear.
—No —intenté decir, y salió un hilo.
Ella negó con la cabeza, pero sin enfado. Con un cariño feroz.
—Sí —respondió—. Y no te estoy castigando. ¿Me oyes?
La oía, pero sonaba lejana, como si yo estuviera bajo el agua.
Me rodeó con un brazo por la espalda y el otro por debajo de las rodillas, con cuidado, como si levantara a alguien herido. Yo pesaba tan poco que su cara cambió otra vez, un microsegundo de horror que intentó esconder al instante.
Me incorporó despacio y me sentó en el borde de la cama.
—Mírame —dijo, y su voz se le quebró, aunque intentara disimular—. Respira conmigo. Uno, dos… eso es.
Yo obedecí como una niña, porque había tocado un tope. El tope de ya no puedo.
Cris me puso una chaqueta encima. Mi cuerpo era una cosa frágil que había que tapar para que no se rompiera con el aire. Me ajustó las mangas, me abrochó la chaqueta sin preguntarme y yo no protesté.
El monstruo, por primera vez, no tenía fuerzas para hablar más alto que ella.
Me miró a los ojos y se le llenaron los suyos, pero no dejó que se le cayeran las lágrimas; se las guardó como se guarda el pánico para más tarde.
—Lo siento —murmuré, y me odió la garganta por decirlo, porque era la frase inútil de siempre.
Apretó los labios, se inclinó y apoyó su frente en la mía un instante.
—No me pidas perdón —susurró—. Quédate. Solo quédate conmigo ahora.
Yo asentí, mientras temblaba.
Y cuando me levantó para sacarme del cuarto, el mundo se me inclinó.
Las paredes parecían demasiado altas, el pasillo demasiado largo, el Coliseo demasiado lejos y, sin embargo, en medio de ese mareo, algo se volvió nítido: la mano de Cris que me sujetaba con una firmeza que no era control, era amor.