CAPÍTULO 30 #2
Kaeros los miró a los dos, con los ojos grises brillando con una intensidad que era más emoción que cualquier sombra. Y entonces, por primera vez en cuatrocientos años, Kaeros sonrió sin miedo o pena.
No fue una sonrisa pequeña ni contenida. Fue amplia, luminosa, que le cambió el rostro por completo. Una sonrisa que decía: *todo ha valido la pena. Cada día de soledad. Cada noche de dolor. Cada siglo de espera. Todo ha valido la pena porque ahora estamos los tres juntos.*
—Bienvenido a casa, Emeric —dijo Kaeros, usando el nombre real de Malachi.
Malachi parpadeó. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir.
—Gracias, Thalion —respondió, usando el nombre real de Kaeros—. Gracias por dejarme volver.
Los días que siguieron fueron de reconstrucción.
No solo del castillo, que tenía grietas en los muros, agujeros en el techo y un pozo que se había vuelto a hundir durante la batalla. Sino de todo. De la sociedad. De la confianza. De la esperanza.
El ejército del Conquistador se había retirado, pero no se había ido del todo.
Las noticias que llegaban de los otros reinos eran preocupantes: Valcorin movilizaba tropas en la frontera norte.
Sylvaen cerraba sus puertos a los refugiados de Draevorn.
Zyrah enviaba emisarios con mensajes que sonaban a amenazas disfrazadas de cortesía.
Y Eloria, el reino de las sirenas, guardaba un silencio que era más inquietante que cualquier declaración de guerra.
Draevorn había caído. O eso creía el mundo.
El Conquistador había perdido el control de su comandante. Su ejército había sido derrotado. Su emisario había sido destruido. Y su marca, la que había mantenido atado a Kaeros durante cuatrocientos años, había sido purificada por el vínculo entre el agua y la sombra.
Para los otros reinos, eso significaba una cosa: Draevorn era un reino caído. Un reino sin líder. Un reino vulnerable.
Un reino que podía ser conquistado.
—Nos llaman "el fuegos de los caídos" —informó Dain, con su voz grave y su expresión de siempre, esa que parecía un mapa de arrugas—. Los otros reinos creen que estamos acabados. Que sin el Conquistador, somos débiles. Que sin un comandante, somos presa fácil.
—Entonces están equivocados —respondió Kaeros, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme.
—Están equivocados —confirmó Dain—. Pero eso no les impide intentarlo.
La resistencia, que durante cuatrocientos años había trabajado contra el Conquistador, hizo algo que nadie esperaba: pidió perdón.
No con palabras. Con acciones.
Gorath, el elfo corpulento que había condenado a Jen a muerte y que había hablado del destino del mundo mientras comía pollo, se presentó en la torre de Kaeros con una delegación de la resistencia y una expresión que era mitad vergüenza y mitad determinación.
—Sabemos lo que hicimos —dijo Gorath, con una voz que ya no tenía nada de predicador—.
Sabemos que trabajamos que Edric nos engañó.
Sabemos que usamos a Jen y que la condenamos a muerte.
Y aunque todo eso se hablase antes de la batalla final…
Pedimos perdón ahora. Aquello fue una alianza por supervivencia. Esto es la realidad. Cometimos errores.
Kaeros lo miró desde su silla, con los ojos grises fijos en el elfo con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera.
—Entonces, ¿qué queréis ahora? —preguntó.
—Queremos ayudar —respondió Gorath—. No por redención. No por perdón. Sino porque este reino es nuestro tanto como vuestro. Y si los otros reinos vienen a por nosotros, queremos estar del lado correcto.
Kaeros los miró un momento largo. Luego, sin decir nada, asintió.
—Bienvenidos —sentenció.
La resistencia se puso a trabajar. Los hombres de Gorath ayudaron a reforzar las murallas.
Las mujeres de la aldea organizaron los suministros.
Los artesanos repararon las armas. Los niños llevaron agua a los soldados.
Y Brokk, el enano borracho que había defendido a Jen cuando nadie más lo hizo, se sentó en la taberna "El Último Trago" con una copa de cerveza en la mano y una sonrisa desdentada, y dijo a quien quisiera escuchar:
—Sabía que la niña del agua lo conseguiría. Lo supe desde el primer día. ¿Quieren cerveza?
La coronación no fue una coronación.
No hubo corona. No hubo trono. No hubo trompetas ni heraldos ni nobles arrodillados.
Hubo una asamblea en el patio de armas de Drakheim, con los soldados, los artesanos, los campesinos, los nobles menores y los miembros de la resistencia de pie en un círculo alrededor de la fuente seca, mirando a Kaeros con una mezcla de respeto, miedo y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
Gorath habló primero.
—Hace cuatrocientos años —dijo, con una voz que ya no tenía nada de predicador, sino que sonaba a alguien que ha decidido decir la verdad cueste lo que cueste—, el Conquistador nombró a Kaeros como comandante de Draevorn.
No porque lo eligiera. No porque lo mereciera.
Porque lo rompió. Porque le arrebató lo que amaba y le ofreció la inmortalidad a cambio de su nombre y de su voluntad.
Hizo una pausa. El silencio era absoluto.
—Hoy —continuó Gorath—, nosotros, los habitantes de Draevorn, elegimos a Kaeros.
No porque el Conquistador nos obligue. No porque tengamos miedo.
Sino porque Kaeros ha demostrado, durante cuatrocientos años, que es el único que puede protegernos.
Y porque Kaeros ha demostrado, durante las últimas semanas, que es el único que quiere protegernos.
Gorath se giró hacia Kaeros.
—¿Aceptas? —preguntó.
Kaeros miró a Gorath. Miró a los soldados. Miró a los artesanos. Miró a los campesinos. Miró a la resistencia. Miró a Jen, que estaba de pie en primera fila, con los ojos brillantes y una sonrisa que era mitad orgullo y mitad algo más cálido.
—Acepto —dijo Kaeros.
El aplauso que siguió no fue un aplauso ensordecedor. Fue un aplauso contenido, respetuoso, como el de alguien que ha aprendido que las celebraciones deben ser sobrias porque la guerra todavía no ha terminado. Pero estaba ahí. Y era real. Y era de verdad.
Jen se acercó a él cuando la multitud empezó a dispersarse.
—Bienvenido a casa, Rey Thalion —dijo, con una sonrisa que era mitad broma y mitad ternura.
—No me llames rey —respondió Kaeros, con un gruñido que pretendía ser malhumorado y sonaba a cualquier cosa menos malhumorado.
—¿Qué te llamo entonces?
—Thalion. Solo Thalion.
—Bienvenido a casa, Thalion.
Kaeros la miró un momento largo. Luego, sin decir nada, le cogió la mano.
Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un abrazo de oscuridad. Y el vínculo entre el agua y la sombra brilló con una luz dorada que llenó el patio de armas como un amanecer.
Esa noche, Jen se sentó en la escalera de la torre con Malachi a su lado.
El semihumano de fuego tenía una copa de cerveza en la mano y la sonrisa torcida puesta, exactamente como siempre.
Las marcas en sus manos se habían cerrado, dejando cicatrices blancas que brillaban débilmente a la luz de la luna.
El pelo rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse.
—¿Sabes qué es lo más divertido de todo esto? —dijo Malachi, bebiendo un trago de cerveza.
—¿Qué? —preguntó Jen.
—Que he muerto, he vuelto y lo primero que hago es sentarme en una escalera a beber cerveza. Eso es lo que se llama tener prioridades.
Jen soltó una risa que le salió del estómago.
—Eres un caso perdido, Malachi.
—Emeric —corrigió él, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más cálido—. Mi nombre es Emeric. Aunque Malachi me queda mejor para las presentaciones. Es más sexy. Más fácil de pronunciar. Y no tiene letras que se traben en la garganta.
—Emeric —repitió Jen, y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar.
—Eso es —confirmó Emeric—. Ese es mi nombre. El único que tengo. El único que me queda.
Jen se quedó en silencio durante un momento. El viento soplaba entre las almenas, trayendo el olor a mar y a piedra mojada. Las estrellas brillaban sobre Drakheim, indiferentes a todo lo que había pasado y a todo lo que estaba por venir.
—¿Sabes qué más es divertido? —dijo Emeric de repente.
—¿Qué?
—Que ahora somos un objetivo. Los otros reinos nos odian. Nos llaman “fuego de los caídos". Creen que estamos acabados. Que sin el Conquistador, somos débiles. Y van a venir a por nosotros.
Jen lo miró.
—¿Y eso te parece divertido?
—Me parece ridículo —respondió Emeric, con una sonrisa que era mitad broma y mitad algo más serio—. Porque no saben con quién se meten. Somos los mejores.
Emeric bebió un trago de cerveza y añadió, con una sonrisa que era la más honesta que Jen le había visto:
—No saben que estamos juntos. Y eso, Jen, es lo más peligroso de todo.
Jen lo miró un momento largo. Luego sonrió.
—Bienvenido a casa, Emeric.
—Gracias, Jen. ¿Hay cerveza?
—Siempre hay cerveza.
—Entonces estoy en casa.
Y en algún lugar, en la torre de cristal negro, Kaeros miraba por la ventana con los ojos grises fijos en el horizonte y una sonrisa que no había tenido en cuatrocientos años.
El reino estaba roto. El mundo era hostil. La guerra no había terminado.
Pero ellos estaban juntos.
Y eso, pensó Kaeros mientras las sombras se movían a su alrededor como un manto vivo, era más poderoso que cualquier ejército.