CAPÍTULO 29 #4
—No lo sé —respondió Jen—. Pero sé que madre te habría perdonado. Y eso es suficiente por ahora.
Edric cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas, silenciosas, como la lluvia en una noche sin viento.
—Gracias —susurró.
Luego, con una lentitud deliberada, Edric se dejó caer al suelo. No por la fuerza. No por el poder. Simplemente se dejó caer, como alguien que ha cargado un peso durante demasiado tiempo y que por fin decide soltarlo.
Jen se arrodilló junto a él. Lo sostuvo. Le acarició el pelo blanco.
—Padre —susurró—. Padre, quédate.
—No puedo —respondió Edric, con una voz que ya era apenas un susurro—. El Conquistador me ha usado durante demasiado tiempo. No queda nada. Solo cenizas.
—Padre...
—Dile a tu madre —dijo Edric, con los ojos cerrados—. Dile que lo siento. Dile que la quise. Dile que todo lo que hice, lo hice por ella. Dile que fui un idiota. Pero dile que la quise. Si algún día la ves…
Jen sintió que el corazón se le rompía.
—Se lo diré —susurró. Sabía que era imposible. Que Nerithim jamás regresaría, pero ese hombre necesitaba un segundo de misericordia antes de marchar.
Edric sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, como la primera luz del amanecer después de una noche larga.
Luego cerró los ojos.
Y se fue.
Edric. El elfo. El padre. El hombre que había golpeado a Jen con un palo durante diecisiete años. El hombre que la había entrenado hasta que los dedos le sangraban y que la había marcado para el Conquistador. El hombre que había amado a una sirena hasta la locura.
Se fue.
Jen lloró.
No fue un llanto escandaloso ni dramático. Fue el llanto silencioso de alguien que ha perdido algo que no sabía que quería hasta que ya no lo tenía. Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, mezclándose con la sangre del corte en la mejilla y el polvo del suelo de la capilla.
Kaeros se arrodilló a su lado. No dijo nada. No la tocó. Se quedó ahí, con las sombras moviéndose alrededor de los dos como un manto silencioso.
—Lo siento —dijo Kaeros al fin, con una voz que sonaba como piedras rompiéndose—. Lo siento mucho, Jen.
—No es tu culpa —respondió Jen, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Nunca ha sido tu culpa.
—Lo sé. Pero lo siento igual.
Jen lo miró. Los ojos grises de Kaeros la encontraron en la penumbra de la capilla, y por un instante, solo un instante, Jen vio algo en ellos que no esperaba: amor. El amor de un hombre que ha perdido todo y que ha encontrado, en ella, una razón para seguir vivo.
—Thalion —dijo Jen, usando su nombre real.
—¿Qué?
—La marca. Mi marca. Ya no es del Conquistador. Ahora es nuestra. ¿Lo sientes?
Kaeros cerró los ojos. La mano sobre el pecho. La sombra bajo la piel. El vínculo entre los dos.
—Lo siento —confirmó Kaeros—. Es diferente. Es... cálido. Como antes no era.
—Es nuestro —dijo Jen—. Es un puente. Un puente entre el agua y la sombra. Un puente que nadie puede romper. Ni el Conquistador. Ni nadie.
Kaeros abrió los ojos. La sonrisa que esbozó no era fría ni distante. Era una sonrisa triste, como una vela que se apaga pero que todavía humea.
—Entonces somos más fuertes que antes —dijo—. Más fuertes que el Conquistador. Más fuertes que cualquiera.
—Somos más fuertes porque estamos juntos —corrigió Jen—. Eso es lo que la marca significa. No una cadena. No un arma. Un vínculo. Un vínculo que nos hace más fuertes juntos de lo que seríamos separados.
Kaeros asintió. Las sombras se movieron a su alrededor, más cálidas, más protectoras.
—Entonces —dijo Kaeros—. ¿Qué hacemos ahora?
Jen se levantó. Se limpió las lágrimas. Miró a su padre, tumbado en el suelo de la capilla, con la sonrisa pequeña todavía en la cara.
—Ahora —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—. Ahora purificamos este reino. Acabamos con el control del Conquistador y hacemos que la muerte de Malachi, la de mi padre y la de todos los que han sufrido durante cuatrocientos años haya servido para algo.
—¿Y luego?
—Luego vivimos. Tú y yo. Con nuestras marcas. Con nuestro vínculo. Con todo lo que hemos perdido y todo lo que hemos encontrado.
Kaeros la miró un momento largo. Luego, sin decir nada, le tendió la mano.
Jen la tomó.
Las manos se encontraron: la suya, pequeña, con los nudillos marcados y las uñas rotas. La suya, grande, callosa, con cicatrices de quemaduras antiguas. Las dos manos se encajaron como piezas de un puzle que ha estado separado durante demasiado tiempo.
Y el vínculo entre ellos brilló con una luz dorada que llenó la capilla como un amanecer.
*En algún lugar, muy lejos, en el corazón de Kaelthar, un reino vecino, el Conquistador sintió algo que no había sentido en quinientos años: miedo.*
*No miedo a la muerte. No miedo al dolor. Miedo a algo peor: miedo a perder el control.*
*Porque el vínculo entre el agua y la sombra se había roto. No el vínculo que él había creado. El vínculo que ellos habían forjado. Un vínculo más antiguo, más profundo, más fuerte que cualquier marca que él pudiera poner.*
*Un vínculo de amor.*
*Y contra eso, pensó el Conquistador mientras la niebla a su alrededor se espesaba, no hay poder que valga.*