CAPÍTULO 29 #2
Jen encontró a su padre en la capilla del castillo.
No la capilla bonita, la de los vitrales y los bancos de madera y el olor a incienso.
La otra. La capilla vieja, la que estaba debajo de la torre del homenaje, excavada en la roca como una herida en la carne de la montaña.
La capilla que nadie usaba porque olía a humedad, a olvido y a algo más oscuro que ninguno de los dos.
Jen bajó las escaleras de piedra con los pies descalzos y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.
Las paredes estaban cubiertas de los mismos símbolos que había visto en las mazmorras, en el templo, en el lago.
Espirales. Montañas. La mujer con los brazos extendidos.
Y en el centro de la capilla, de pie frente a un altar de piedra negra, estaba su padre.
El elfo.
El hombre que la había golpeado con un palo durante años. Ese ser que la había entrenado hasta que los dedos le sangraban y que la había mirado durante toda su vida con una expresión que no era amor sino deber. O culpa. O algo más oscuro que ninguno de los dos.
Edric.
No era el mismo hombre que Jen recordaba.
Siempre lo llamó padre o señor y no se preguntó el motivo.
El elfo que ella conocía era alto, erguido, con una mirada vacía y manos que parecían diseñadas para empuñar un palo de corrección.
Este elfo era diferente. Más viejo. Más encorvado.
Con los ojos hundidos en las cuencas y la piel gris como la ceniza.
Tenía el pelo blanco, no de la edad sino de algo peor: del poder del Conquistador que le había consumido por dentro durante demasiados años.
Estaba hablando solo.
O no. Estaba hablando con alguien que Jen no podía ver.
—Haré lo que me pidas —decía Edric, con una voz que sonaba a alguien que ha perdido la razón hace mucho tiempo y que finge todavía tenerla—.
Haré lo que me pidas. Mátalos. Los mataré a todos.
Solo... solo devuélvemela. Devuélveme a Lysa.
Prometiste. Prometiste que si hacía lo que me pedías, me la devolverías.
Jen sintió que el corazón se le detenía.
*Lysa.*
Ese no era el nombre de su madre.
¿Ni siquiera había sabido su nombre real? ¿Ella nunca se lo dio?
Recordó que el nombre de una sirena era poderoso, te daba el poder de controlarla si lo decías. Y ella decidió protegerse a ella y a Jen de la única forma que pudo. Negando el nombre real y dando un sustituto.
—Padre —dijo Jen.
Edric se giró. Los ojos vacíos la encontraron en la penumbra de la capilla, y algo cruzó por ellos: algo rápido, algo profundo, algo que podía ser reconocimiento o podía ser locura.
—Jen —dijo Edric, y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar—. Jen. Has venido.
—He venido —respondió Jen, con una voz que sonó más firme de lo que sentía.
Edric la miró un momento largo. Luego, con una voz que temblaba ligeramente, dijo:
—¿Sabes por qué lo hice?
—¿Hacer qué?
—Todo. El entrenamiento. El dolor. La cueva. El canto de control. La marca. ¿Sabes por qué lo hice?
Jen no respondió. Se quedó de pie frente a él, con las manos a los lados y la espalda recta, la misma postura que él le había enseñado durante diecisiete años.
—Por ella —dijo Edric, y la voz se le quebró—.
Por tu madre. El Conquistador me dijo que si hacía lo que me pedía, me la devolvería.
Que si te entrenaba, si te marcaba, si te convertía en lo que él necesitaba, ella volvería.
Que la muerte no era permanente. Que había un trato.
Que había un precio. Y yo... yo pagué. Ella murió antes de todo, ¿sabes?
Parecía un loco.
—Éramos jóvenes. Yo enamorado de una dulce sirena y la mataron. La pescaron como a un pez. A mi Lysa. Entonces el Conquistador me susurró que si seguía sus pasos me la devolvería. Y me la devolvió, hasta hace poco. Me la quita cada vez que me desvío del camino.
Jen sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Padre —dijo, con una voz que ya no temblaba—.
Madre murió. Murió hace años. El Conquistador no puede devolverla.
El Conquistador no puede devolver a nadie.
Te mintió. Te mintió como le miente a todo el mundo.
Y se llamaba Nerithim. Ella ni siquiera te dio su nombre para que no lo usaras contra ella. Sobrevivió a ti.
—No —dijo Edric, y la voz sonó más firme, más desesperada—. No mintió. Prometió. Prometió que volvería. Y yo... yo hice lo que me pidió. Te entrené. Te marqué. Te convertí en un arma. Todo por ella. Todo por Lysa.
Edric se tocó las sienes.
—Mientes, se llamaba Lysa. Y lo hice todo por ella.
—No por mí —dijo Jen y la palabra le supo a sangre.
Edric la miró. Los ojos vacíos la encontraron en la penumbra y por un instante, solo un instante, Jen vio algo en ellos que no esperaba: dolor. No el dolor de la locura. No el dolor de la desesperación, la angustia de alguien que sabe que ha hecho algo terrible y que no puede deshacerlo.
—No —admitió Edric, con una voz más baja que nunca—. No por ti. Nunca por ti. Tú eras... tú eras el medio. El instrumento. La herramienta. Yo te usé. Te usé como el Conquistador me usó a mí. Y ahora... ahora no queda nada. Solo cenizas y mentiras y un padre que no merece ser llamado padre.
Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas.
—Madre merecía algo mejor —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—. Madre merecía un marido que la amara. No un hombre que la entregara al Conquistador por un trato imposible. Madre merecía una hija que creciera libre, no un arma forjada en una cueva. Merecía todo lo que tú no le diste.
Edric cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas, silenciosas, como la lluvia en una noche sin viento.
—Lo sé —susurró—. Lo sé. Y no puedo pedir perdón porque el perdón no borra lo que hice. No borra el dolor. No quita la marca.
—No —convino Jen—. No borra nada.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el latido de su propio corazón.
—Pero puedo hacer una cosa —dijo Edric, abriendo los ojos—. Puedo acabar con esto. Puedo acabar contigo. Puedo acabar conmigo. Puedo acabar con todo. Y entonces... entonces el Conquistador no tendrá razón para mantener el trato. Y Lysa... Lysa será libre.
—¿Qué? —dijo Jen.
Edric sacó un cuchillo.
No era un cuchillo normal. Era una hoja de cristal negro, del mismo material que el cuerpo de Selthar, con un filo que brillaba con una luz enfermiza bajo la luz de las antorchas. Un cuchillo del Conquistador. Un cuchillo diseñado para matar.
—Lo siento, Jen —dijo Edric, con una voz que sonaba a alguien que ha tomado una decisión que no va a cambiar—. Lo siento mucho. Pero no puedo dejar que sigas viva. Si sigues viva, el Conquistador me seguirá controlando. Si sigues viva, Lysa seguirá muerta. Si sigues viva...
—¡Padre! —gritó Jen—. ¡No! ¡Escúchame! ¡El Conquistador te mintió! ¡Madre no va a volver! ¡No importa lo que hagas! ¡No importa si me matas! ¡Ella no va a volver!
Pero Edric no escuchaba. La locura le había cerrado los oídos hacía mucho tiempo, y ahora solo oía la voz del Conquistador resonando en su cabeza como un eco que se niega a morir: *mátala, mátala, mátala, y te la devolveré.*
Edric atacó.
El cuchillo de cristal negro se abalanzó sobre Jen con una velocidad que no correspondía a un hombre de su edad y de su estado.
La hoja silbó en el aire, buscando la garganta, el pecho, el corazón.
Jen se apartó por instinto, el mismo instinto que su padre le había enseñado durante diecisiete años de entrenamiento brutal, y el cuchillo pasó rozándole la mejilla, dejando un corte fino que sangró inmediatamente.
—¡Padre! —gritó Jen—. ¡Para! ¡No soy tu enemiga!
—Eres mi carga —respondió Edric, con una voz que ya no temblaba—. Eres la herramienta que usé para salvar a Lysa. Y ahora la herramienta ha dejado de servir.
El cuchillo volvió a atacar. Jen retrocedió, esquivando, moviéndose con la agilidad que diecisiete años de entrenamiento le habían dado.
El agua dentro de ella vibraba, buscando salida, pidiendo ser usada.
Pero Jen no quería usar el agua contra su padre.
No contra el hombre que la había criado, por muy terrible que hubiera sido esa crianza.
No contra el hombre que, en algún lugar profundo de su locura, todavía amaba a su madre.
—¡Padre! —gritó Jen—. ¡Madre no querría esto! ¡Madre no querría que me mataras! ¡Madre me querría viva!
Edric se detuvo. El cuchillo se quedó suspendido en el aire, a medio camino entre el golpe y la quietud. Los ojos vacíos parpadearon con una intensidad que era más confusión que furia.
—Lysa... —susurró Edric.
—Lysa me querría viva —repitió Jen, con una voz que ya no temblaba—. Lysa me querría libre. Lysa me querría lejos del Conquistador. Lysa querría que me dejaras ir.
Edric cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas, silenciosas, como la lluvia en una noche sin viento.
—No puedo —susurró—. No puedo dejarte ir. Si te dejas ir, Lysa...
—Lysa no va a volver —dijo Jen, y la palabra le supo a sangre—. Nunca va a volver. El Conquistador te mintió. Te mintió como le miente a todo el mundo. Y si me matas, ella no va a volver. Si me matas, solo vas a añadir otra muerte a la lista. Y Lysa no querría eso.
Edric abrió los ojos. Los ojos vacíos la encontraron en la penumbra, y por un instante, solo un instante, Jen vio algo en ellos que no esperaba: lucidez. La claridad de alguien que ha estado dormido durante mucho tiempo y que de repente despierta.
—Tienes razón —susurró Edric—. Tienes razón. Lysa no querría eso.
—No —confirmó Jen—. No lo querría.
Edric dejó caer el cuchillo. El cristal negro golpeó el suelo de piedra con un tintineo que resonó en la capilla como una campana funeraria.
—Lo siento —dijo Edric, con una voz que sonaba a alguien que se despide—. Lo siento mucho, Jen. Lo siento por todo.
Jen dio un paso hacia él. Quería abrazarlo. Quería decirle que lo perdonaba. Quería decirle que, a pesar de todo, él era su padre y que ella lo quería.
Pero entonces Edric se movió.