Fuego de los caídos CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

"El último vuelo de Malachi"

Malachi se despertó con el sabor de la cerveza en la lengua y la certeza de que ese día iba a morir.

No era una premonición. No era un presentimiento.

No era uno de esos sueños proféticos que los elfos de Sylvaen decían tener cuando la luna estaba en cuarto menguante y el viento soplaba del norte.

Era algo más simple, más desnudo, más honesto: la certeza de alguien que ha vivido cuatrocientos dieciocho años y que sabe, con la misma precisión con la que sabe que el sol sale por el este y que la cerveza sabe mejor después de las tres de la mañana, que el día de hoy es el último.

Se incorporó en la camilla improvisada. Las manos le dolían.

No las quemaduras del gigante de piedra, que las sombras de Kaeros habían curado hasta dejarlas en cicatrices rosadas que brillaban ligeramente a la luz de la mañana.

Le dolían las palmas. Los dedos. Las muñecas.

Todo. Como si alguien hubiera metido sus manos en un torno y las hubiera apretado durante la noche entera sin detenerse.

*Las manos*, pensó Malachi, mirándose las palmas a la luz grisácea del amanecer que se colaba por la lona de la tienda.

*Siempre las manos. Primero el emisario.

Luego el gigante. Siempre las manos. Es como si el destino hubiera decidido que mis manos están hechas para romper cosas y que el precio de romper cosas es que ellas mismas se rompan. *

Se levantó. Las piernas le temblaron. No por debilidad. Por algo más. Por la sensación de que algo grande se acerca y no puedes esquivarlo. La sensación de que el suelo que pisas ya no es seguro y que lo que viene después no te ha pedido permiso.

Salió de la tienda. El aire de la mañana le golpeó la cara como una bofetada educada: frío, limpio, con ese olor a piedra mojada y a hierba húmeda que era el único perfume que conocía aparte del de la cerveza y el de las brasas.

El cielo estaba gris, con nubes bajas que parecían aplastar las montañas hasta dejarlas en una tira estrecha de piedra oscura.

Las antorchas de las murallas crepitaban con un sonido que era mitad fuego y mitad latido.

Y en el horizonte, el ejército.

Era más grande que el día anterior. Malachi lo vio desde la muralla este, donde se había sentado con la espalda contra la piedra y las piernas colgando sobre el vacío.

El ejército se extendía como una mancha oscura contra el horizonte, más ancha, más densa, más amenazante.

Los gigantes de piedra negra ya no eran seis.

Eran doce. Las catapultas ya no eran cuatro.

Eran ocho. Los soldados de a pie ya no eran seiscientos. Eran más. Muchos más.

*El Conquistador ha enviado refuerzos*, pensó Malachi, con la misma calma con la que pensaba en el precio de la cerveza o en el color del cielo. *Ha enviado lo que sea necesario para ganar. Y cuando el Conquistador decide que algo es necesario, no hay nada en el mundo que pueda detenerlo.*

*Excepto nosotros.*

*Que probablemente no podamos detenerlo tampoco.*

*Pero al menos podemos intentarlo.*

*Y morir intentándolo.*

*Que es, al fin y al cabo, la mejor manera de morir.*

Se sacó un odre de algún bolsillo interior de su túnica.

Cerveza. La última. La había guardado para esta mañana, porque Malachi sabía, con la certeza de alguien que ha vivido tantos años, que la última cerveza es la más importante.

No porque sepa mejor. Sino porque es la última.

Y las últimas cosas son siempre las más valiosas.

Las que más duelen. Las que más recuerdas.

Bebió un trago largo. La cerveza era amarga, fría, con un sabor a grano tostado que le recordó vagamente a algo que no sabía nombrar.

No era la mejor cerveza que había bebido.

No era la peor. Era una cerveza normal, de taberna mala, de hombre calvo que limpia vasos con un trapo que parece más sucio que el vaso mismo.

Pero era cerveza. Y la cerveza era lo que lo había mantenido cuerdo tanto tiempo.

No importa de dónde venga ni cuánto sepa.

Importa que está ahí. Importa que te acompaña.

Y que, cuando todo lo demás se cae a pedazos, ella sigue en su sitio como un amante.

*Gracias, cerveza*, pensó Malachi, guardando el odre vacío en el bolsillo. *Gracias por cuatrocientos años de compañía. Gracias por no juzgarme. Gracias por estar ahí cuando nadie más estaba.*

*Ahora voy a morir.*

*Y tú no puedes hacer nada al respecto.*

*Pero al menos me has acompañado hasta aquí.*

Los vio venir a las siete de la mañana.

No al ejército. No a los gigantes de piedra.

No a las catapultas. Los vio a ellos. A los dos.

A los dos que importaban. A los que eran la razón por la que Malachi estaba aquí, sentado en la muralla este, con las manos vendadas y la sonrisa torcida puesta y el corazón latiendo con un ritmo que no reconocía.

Edrin.

Y el comandante.

El elfo alto, delgado, con el pelo oscuro y los ojos del color de la sangre seca. La armadura de hierro negro. La espada de cristal negro que brillaba bajo el sol como un cuchillo de hielo. Poseía cara de alguien que ha perdido todo y que ha decidido que el mundo entero va a pagar por ello.

Al comandante no lo conocía. Nunca lo había visto. Pero lo reconoció por la forma en que se movía: no como un guerrero, no como un general, sino como un depredador.

Alto, más alto que Edrin, con un cuerpo que era mitad carne y mitad metal, recubierto de una armadura oscura que parecía absorber la luz del sol como un agujero negro.

Los ojos eran rojos, no del color de la sangre seca como los de Edrin, sino del color de las brasas cuando el fuego se está muriendo: rojos, brillantes, con algo que parpadeaba en el fondo como una chispa que se niega a morir.

Las manos eran enormes, con dedos que terminaban en garras de acero que brillaban bajo el sol como colmillos.

*El comandante*, pensó Malachi. *El comandante del ejército de las tinieblas. El perro del Conquistador. El que viene a matarnos a todos.*

*Y detrás de él, Edrin.*

*El padre de Jen.*

*El traidor.*

*El arma.*

Los dos avanzaban por el campo de batalla con la templanza de quien sabe que tiene tiempo y la ciudad no va a irse a ninguna parte, de quien sabe que los defensores están agotados, asustados, solos.

Los soldados del ejército se apartaban a su paso como el agua se aparta de una piedra: sin resistencia, sin protesta, con la sumisión de quien sabe que la piedra es más fuerte que el agua.

*Van hacia la muralla sur*, pensó Malachi, mirando la dirección en que avanzaban. * Hacia donde están los dos únicos seres en el mundo que importan.*

*Y yo estoy aquí.*

*En la muralla este.*

*Lejos.*

*Demasiado lejos.*

*Pero no tan lejos como para no llegar a tiempo.*

*Si corro.*

*Si me lanzo.*

*Si hago algo estúpido.*

*Que es, al fin y al cabo, lo único que sé hacer bien.*

Malachi se levantó de la muralla. Las piernas le temblaron. Las manos le dolían. El corazón le latía con un ritmo que no reconocía: más rápido, más urgente, como si algo dentro de él supiera lo que venía antes de que su mente pudiera procesarlo.

*Voy a morir*, pensó Malachi, por segunda vez esa mañana .  Lo sé. Lo sé con la misma certeza con la que sé que el sol sale por el este y que la cerveza sabe mejor después de las tres de la mañana. Mi cuerpo tiene ese conocimiento y, sorprendentemente, estoy en paz con esa certeza*.

*Lo que me importa es que Jen y Kaeros sigan vivos.*

*Lo que me importa es que alguien recuerde que hubo un semihumano de fuego que vivió mucho tiempo y que murió haciendo algo estúpido pero hermoso.*

*Eso es lo que me importa.*

*Y eso es lo que voy a hacer.*

Malachi corrió.

No caminó. No rebotó. No hizo su paso habitual, ese que era mitad andar y mitad rebotar, como si el suelo fuera un trampolín y él estuviera considerando seriamente usarlo.

Corrió. Con la velocidad de alguien que ha decidido que la velocidad es más importante que la supervivencia.

Con la determinación de alguien que sabe que lo que va a hacer probablemente lo mate pero que ha decidido que morir por algo es mejor que vivir sin nada.

Las llamas empezaron a brotar de sus manos.

No como el fuego habitual, rojo, naranja, con esa intensidad que hacía que el aire a su alrededor vibrara.

Era otro fuego. Más antiguo. Más profundo.

Más suyo. Un fuego que Malachi no había sentido nunca pero que reconocía, como se reconoce la voz de alguien que has olvidado, pero que sigue siendo parte de ti: dorado.

Brillante, cegador, con una intensidad que era más luz que calor, más vida que muerte, más promesa que amenaza.

*La llama dorada*, pensó Malachi, mirando sus manos envueltas en fuego de oro. *La llama que quema la vida*.

*Porque después de usarla, no queda nada.*

*No queda fuego. No queda carne. No queda nada.*

*Solo queda el recuerdo.*

*Y el recuerdo es lo único que importa.*

Malachi cruzó el campo de batalla como un meteorito viviente.

Los soldados del ejército retrocedieron al verlo, no por miedo sino por instinto, como los animales retroceden antes de un incendio.

La llama dorada se movía a su alrededor como un manto de luz, envolviéndolo, protegiéndolo, convirtiéndolo en algo que no era un semihumano de fuego sino un dios de fuego, una criatura de luz, calor y de vida que se consumía a sí misma con cada paso que daba.

Edrin lo vio primero.

El elfo alto, con el pelo oscuro y los ojos del color de la sangre seca, se detuvo en medio del campo de batalla cuando la llama dorada apareció en el horizonte como un sol que ha decidido caminar.

Los ojos se entrecerraron. La mandíbula se apretó.

La espada de cristal negro brilló con una intensidad que sugería que el cristal reaccionaba a la llama dorada como el hierro reacciona al imán.

El comandante también lo vio.