Fuego de los caídos CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Jen tiró de la camisa de lino gris de Kaeros.

La tela se levantó por encima de su cabeza con un movimiento torpe, urgente, como quien pela una fruta que no quiere estropear.

El torso quedó al descubierto: cicatrices, músculos tensos, la piel pálida de un elfo que no sale al sol.

Las sombras se movían bajo su piel como venas oscuras, latiendo al ritmo de su corazón.

Las grietas en sus hombros pulsaban con cada latido, oscuras, visibles, con sombras moviéndose dentro como peces atrapados.

Jen pasó los dedos por las grietas. El agua brotó de sus dedos, suave, cálida, como una caricia líquida que se movió sobre la piel de Kaeros como quien acaricia algo que cree sagrado. Donde el agua tocaba las grietas, las sombras se calmaban. Donde el agua tocaba la piel, el dolor retrocedía.

—Jen —gimió Kaeros, arqueando la espalda—. No tienes que...

—Quiero —interrumpió ella—. Quiero tocarte todo. Quiero sentirlo todo. Quiero que esta noche sea nuestra. Toda nuestra. Sin reservas. Sin miedos. Sin el Conquistador. Sin la marca. Sin nada que no seamos tú y yo.

Kaeros cerró los ojos. Las sombras se movieron a su alrededor con más agitación, como animales que detectan algo que no quieren interrumpir. Luego, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro, respondió:

—Toda nuestra.

Jen se quitó la túnica gris.

No hubo coquetería. No hubo juego. No hubo nada de lo que los cuentos hablan cuando hablan de mujeres que se desnudan delante de hombres.

Fue un gesto práctico, urgente, como quien se quita una chaqueta porque hace calor.

La túnica cayó al suelo de tierra, y Jen se quedó en camisola, con los hombros descubiertos y la marca del pecho pulsando bajo la luz de la vela como un segundo corazón frío.

Kaeros la miró. No con lascivia. Con asombro. Con la expresión de alguien que ha visto algo que no cree que sea real y que necesita tocarlo para confirmar que está ahí.

—Eres hermosa —susurró y la palabra sonó como si le costara pronunciarla.

—No lo soy —respondió Jen, porque era lo que siempre le habían dicho y porque no sabía decir otra cosa.

—Lo eres —insistió Kaeros, con una firmeza que no admitía réplica—. Eres la mujer más hermosa que he visto en cuatrocientos años. Y he visto muchas.

—Mientes —dijo Jen.

—Miento muy mal. Malachi me lo ha dicho.

Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba la ternura, el deseo y algo que se parecía peligrosamente a la desesperación de alguien que sabe que esta risa puede ser la última.

Se quitó la camisola. La tela cayó al suelo. Jen se quedó desnuda frente a él, con la piel pálida brillando a la luz de la vela y la marca del pecho pulsando como un segundo corazón frío y las marcas de las batallas anteriores todavía visibles en los hombros como tatuajes rojos.

Kaeros la miró.

Jen vio algo en sus ojos que no había visto nunca: lágrimas. No eran lágrimas de dolor. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alguien que ha estado cuatrocientos años sin llorar y que de repente descubre que hay algo en el mundo que merece ser llorado: la belleza de otra persona.

—No llores —dijo Jen, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme.

—No puedo evitarlo —respondió Kaeros, con una voz que sonaba rota—.

No puedo evitarlo cuando te miro. He estado solo cuatrocientos años.

Llorando a mi esposa. Y la amé, dios la amé, pero se fue.

Y ahora… Ahora que al fin vuelvo a abrirme…

Puede ser el último día. Así que, no puedo evitarlo cuando pienso que mañana puede ser el último día y que esta noche es la última noche y que tú estás aquí, desnuda, frente a mí.

Siento que el mundo tiene sentido por primera vez en cuatrocientos años.

Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas. No las limpió. Dejó que cayeran.

—Entonces llora —dijo Jen—. Llora todo lo que necesites. Pero no pares de tocarme. No pares de besarme. No pares de quererme. Porque esta noche es nuestra. Toda nuestra. Y nadie nos la puede quitar.

Kaeros se quitó los pantalones.

Jen vio la polla de Kaeros por segunda vez. Era larga, gruesa, con la cabeza brillante por el deseo. La vio y sintió que el deseo le subía por la garganta como una bilis caliente, mezclándose con el miedo y la ternura y la desesperación de alguien que sabe que esta noche puede ser la última.

—Ven —dijo Jen, echándose hacia atrás sobre la lona de la tienda, con los brazos abiertos y los ojos clavados en él con una intensidad que era mitad deseo y mitad súplica.

Kaeros se inclinó sobre ella. El peso de su cuerpo sobre el suyo fue como un abrazo que Jen había esperado toda su vida sin saber que lo estaba esperando.

Las sombras se movieron alrededor de los dos como un manto vivo, creando un espacio que era solo de ellos, ocultándolos del mundo, protegiéndolos de todo lo que venía.

—Kaeros —gimió Jen, arqueando la espalda cuando sus manos encontraron sus pechos.

—Thalion —corrigió él contra su cuello.

—Thalion —repitió Jen, y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar—. Thalion. Mi Thalion.

—Mía —gimió Kaeros contra su cuello—. Mía. Después de siglos... Alguien es mío.

Las manos de Kaeros bajaron por su cuerpo, encontrando curvas y pendientes y lugares que Jen no sabía que eran sensibles hasta que sus dedos los tocaron. La cintura. Las caderas. Los muslos. Cada roce era una pregunta, y cada respuesta de Jen era un sí que no necesitaba palabras.

Cuando los dedos de Kaeros llegaron al coño de Jen, ella gimió contra su boca. No de dolor. No de sorpresa. De algo más profundo, más antiguo, más suyo: la sensación de que alguien, por primera vez en su vida, la está tocando como si fuera algo valioso.

—Thalion —gimió Jen—. Por favor.

—¿Qué? —murmuró él contra su cuello.

—Necesito sentirte dentro —respondió Jen, con una voz que ya no temblaba—. Necesito sentir que esto es real. Que tú eres real. Que esta noche es real. Que no es un sueño del que voy a despertar en la cueva, con los dedos ensangrentados y el cartel del helado a mi derecha.

Kaeros se incorporó. Los ojos grises la miraron desde arriba, brillando a la luz de la vela con una intensidad que le quitó el aliento.

—Es real —dijo, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. Todo lo es. Y mañana, da igual lo que pase, esto habrá existido. Y nada, ni el Conquistador ni la niebla ni cuatrocientos años de mentiras, pueden borrar lo que esta noche significa.

Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas.

—Entonces ven —dijo—. Ven y hazme tuya. Porque yo ya soy tuya. Desde el templo. Desde el lago. Desde el helado. Desde el beso. Desde siempre.

Kaeros se colocó entre sus piernas. La cabeza de su polla rozó la entrada de su coño, húmeda, caliente, lista. Jen sintió que el corazón se le aceleraba.

—Lo necesito —murmuró Kaeros—. Me muero por sentirte.

—No pares —respondió Jen—. Nunca pares. Da igual lo que pase.

Kaeros empujó.

La polla entró en el coño de Jen con una lentitud que era mitad cuidado y mitad tortura. El dolor estaba ahí, punzante, breve, como el pinchazo de una aguja. Jen apretó los dientes. El agua brotó de su piel, mezclándose con las sombras en una niebla cálida que envolvía los dos.

—¿Estás bien? —preguntó Kaeros, deteniéndose.

—Estoy bien —respondió Jen—. Sigue. Sigue. Sigue.

Kaeros siguió. La polla se hundió más, llenándola, estirándola, adaptándose a su cuerpo con una lentitud que era casi reverencial.

Cuando estuvo entera dentro, los dos se quedaron inmóviles durante un momento, sintiendo el peso del otro, sintiendo la conexión, sintiendo que algo que había estado roto durante mucho tiempo se estaba reparando.

—Joder —susurró Jen.

—Joder —repitió Kaeros, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más cálido.

Y entonces empezaron a moverse.

Al principio fue lento. Kaeros sacaba la polla casi por completo y luego volvía a hundirla, con una cadencia que era mitad ritmo y mitad reverencia. Cada entrada era una pregunta, y cada respuesta de Jen era un sí que no necesitaba palabras.

—Más —gimió Jen, arqueando la espalda—. Más profundo. Más fuerte. Más todo.

Kaeros obedeció. Los movimientos se volvieron más profundos, más urgentes, más salvajes.

La lona de la tienda crujió bajo ellos. Los sacos de provisiones se movieron.

La vela parpadeó, como si quisiera darles algo de intimidad.

Y las sombras y el agua se mezclaban en una niebla vaporosa que envolvía los dos como un abrazo de oscuridad y luz.

Jen sentía la polla de ese hombre dentro de ella, dura, caliente, pulsante.

Sentía sus manos en sus caderas, sujetándola, guiándola.

Sentía su aliento en su cuello, caliente, entrecortado.

Sentía su corazón latiendo contra el suyo, más lento, más profundo, pero sincronizado, como dos tambores que aprendieron a tocar la misma canción.

—Thalion —gimió Jen, clavándole las uñas en la espalda—. Thalion. Mi Thalion.

Las uñas trazaron surcos en la piel de Kaeros, líneas rojas que brillaron bajo la luz de la vela como tatuajes de fuego. Kaeros gimió contra su cuello, un sonido que era mitad dolor y mitad placer, como el sonido que hace el hielo cuando se rompe.

—Más —gimió Jen—. Más. Más. Más.

Kaeros obedeció. Los movimientos se volvieron más profundos, más urgentes, más salvajes.

La cama improvisada crujió bajo ellos como un barco a punto de naufragar.

Las sombras se movían alrededor de los dos con más agitación, como animales que detectan algo que no quieren interrumpir.

El agua brotó de la piel de Jen como rocío de la mañana, mezclándose con las sombras en una niebla cálida y vaporosa que llenó la tienda como un perfume.

—Me corro —gimió Jen, apretando los puños contra la espalda de Kaeros—. Me corro. Me corro. ¡Me corro!