Fuego de los caídos CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

El ogro avanzaba por el centro, con la maza arrastrando el suelo y los puños como bloques de granito.

A su alrededor, los elfos oscuros se movían como sombras con voluntad propia, con los ojos del color de la sangre seca y los dedos largos y afilados.

El basilisco reptaba entre las filas con la sinuosidad de una serpiente gigante, con los ojos amarillos que brillaban como ácidos.

Y más allá, siluetas que Jen no podía identificar pero que intuía que eran peores que todo lo demás: formas que se movían en la oscuridad que precedía al ejército, como nubes de tormenta que se condensan y se disipan y se vuelven a condensar.

—Preparad las catapultas —ordenó Kaeros, desde la torre de mando.

Las catapultas de Drakheim eran más pequeñas que las del ejército, pero más precisas.

Eran máquinas de madera y hierro, construidas por los artesanos de la ciudad durante las tres jornadas anteriores, con una ingeniería que era mitad ciencia y mitad desesperación.

Los proyectiles eran bloques de granito negro que los mineros de las montañas habían extraído con picos y sudor durante noches enteras.

La primera catapulta de Drakheim disparó.

El bloque de granito voló describiendo un arco sobre la muralla, cruzó la distancia entre la ciudad y el ejército, y aterrizó en la primera fila de soldados con un impacto que sacudió el suelo como un terremoto.

Tres hombres cayeron. Otros cinco retrocedieron. La formación se abrió como una herida.

—¡Bien! —gritó Malachi, desde la muralla este, con la sonrisa torcida puesta y las manos vendadas agarrando una espada que probablemente no sabía usar—. ¡Otra! ¡Otra! ¡Que parecen piñatas en una fiesta de cumpleaños!

La segunda catapulta disparó. Otra formación se rompió. Otros soldados cayeron.

Pero el ejército siguió avanzando.

Lento. Implacable. Como una marea que no se puede detener.

Los soldados de a pie llenaban los huecos que las catapultas abrían, como agua llenando un agujero en la arena.

Los jinetes cabalgaban por los flancos, buscando los puntos débiles de la muralla, las grietas donde la piedra se había debilitado durante siglos de abandono.

Los seres mágicos avanzaban en el centro, con la determinación de quienes saben que el poder que los mueve no es el suyo sino el de algo más grande, más antiguo, más oscuro.

—¡La muralla sur! —gritó un soldado desde la torre de vigilancia—. ¡Están concentrando el ataque en la muralla sur!

Jen miró. Tenía razón. El ejército estaba moviendo sus fuerzas hacia el sur, hacia el punto donde la muralla era más baja, donde la piedra estaba más vieja, donde el sol daba de lleno y las sombras eran más débiles.

El ogro avanzaba por el centro de la formación, con la maza alzada y los ojos rojos como brasas.

Los elfos oscuros lo seguían, con los dedos largos y afilados brillando bajo el sol.

—Jen —dijo Kaeros, apareciendo a su lado con la parsimonia de quien camina por un parque y no por una muralla que está siendo bombardeada—. La muralla sur. Es tu punto. Agua y sombra. Como hablamos.

Jen asintió. No confiaba en su voz para decir algo. El miedo seguía ahí, pequeño y frío, sentado en algún lugar detrás de sus costillas. Pero debajo del miedo, la determinación vibraba como una cuerda de arpa que alguien ha tensado demasiado.

Se acercó al borde de la muralla. Miró hacia abajo. El ejército estaba a doscientos metros, avanzando con la parsimonia de una marea. El ogro estaba a la cabeza, con la maza arrastrando el suelo y los ojos rojos como brasas.

*Agua*, pensó Jen. *Hazlo con el agua. Hazlo como tu madre te enseñó. No con el canto de control. No con la presión. Con el agua de dentro de ti. Con la corriente subterránea. Con lo que es tuyo.*

Jen cerró los ojos. Respiró hondo. El aire le supo a metal y a humo y a sangre. Luego extendió las manos hacia el ejército y dejó que el agua fluyera.

No fue un látigo. No fue una ola. Fue algo más grande.

Algo más antiguo. Algo más suyo. El agua brotó de sus manos como una presa que se rompe: imparable, urgente, devastadora.

Se formó en torrentes, en cascadas, en ríos que cruzaron la distancia entre la muralla y el ejército con una velocidad que habría cortado la piedra, que habría partido la madera, que habría hecho que cualquier persona normal retrocediera con un grito de terror.

Los primeros soldados no tuvieron tiempo de reaccionar.

El agua los alcanzó como un muro líquido, derribándolos, arrastrándolos, empujándolos hacia atrás con una fuerza que no dejaba espacio para la resistencia.

Los hombres cayeron al suelo, golpeándose contra la tierra, contra las rocas, contra las armaduras de sus compañeros.

El agua los envolvió como un abrazo frío y oscuro, llenándoles la boca, los ojos, los pulmones.

Jen no se detuvo. El agua seguía brotando de sus manos con más fuerza, más intensidad, más poder.

Los torrentes se convirtieron en muros, los muros se convirtieron en olas, las olas se convirtieron en una inundación que arrasó con la primera fila de soldados como si fueran hojas secas en un huracán.

Pero entonces el ogro llegó.

Avanzó a través del agua como quien camina por un charco: sin detenerse, sin retroceder, sin mostrar el menor signo de que algo le importara.

El agua golpeó su cuerpo de piedra y se estrelló contra él como una ola contra un acantilado, dispersándose en espuma y vapor.

El ogro no se movió. No retrocedió. No hizo nada excepto seguir avanzando, con la maza alzada y los ojos rojos como brasas.

—¡No lo puedo detener! —gritó Jen, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía.

—No tienes que detenerlo —respondió Kaeros, desde su posición en la muralla—. Tienes que distraerlo. Déjamelo a mí.

Las sombras se movieron.

No las de Kaeros. Las sombras de todo Drakheim.

Las sombras de las murallas, de las torres, de los tejados, de las calles.

Las sombras de cuatrocientos años de oscuridad acumulada en la ciudad más temida de Elyrion.

Todas se movieron al mismo tiempo, como un animal gigante que se despierta después de una larga siesta, y convergieron hacia el ogro como una marea de oscuridad.

El ogro se detuvo. Por primera vez desde que había empezado a avanzar, se detuvo.

Las sombras lo envolvieron como un capullo de oscuridad, trepando por sus piernas, enroscándose en sus brazos, colándose por las grietas de su piel de piedra.

El ogro rugió, un sonido que era mitad bestia y mitad piedra rompiéndose, y golpeó el suelo con la maza, intentando sacudirse las sombras.

No sirvió de nada. Las sombras eran más rápidas, más numerosas, más determinadas. Se movían con la coordinación de un enjambre de abejas que ha decidido que el ogro es su presa, y lo envolvieron con una precisión que era mitad poder y mitad rabia.

Jen miró desde la muralla, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las puntas de los dedos. El agua dentro de ella vibraba con la proximidad de las sombras de Kaeros, como una cuerda de arpa que alguien ha pulsado muy fuerte.

*El agua y la sombra*, pensó Jen. *Juntas. Como siempre.*

Extendió las manos hacia el ogro. El agua brotó de sus dedos, no como torrentes sino como hilos finos, como venas líquidas que se movieron hacia el ogro con la precisión de un cirujano.

El agua se unió a las sombras, mezclándose, fundiéndose, creando algo que no era ni agua ni sombra sino algo nuevo: una niebla cálida, vaporosa, con un olor a lluvia y a tierra mojada que llenó el campo de batalla como un perfume.

La niebla se metió por las grietas de la piel de piedra del ogro.

Se coló por los poros. Llenó los espacios entre sus huesos.

Y dentro del ogro, algo se movió. Algo que no era piedra ni carne ni sombra.

Algo que era el corazón del ogro, el núcleo de su poder, el lugar donde la magia del Conquistador lo sostenía.

Jen sintió el agua dentro del ogro. Sintió la corriente subterránea de su propio poder encontrando algo dentro de la criatura que reconocía: agua. Agua atrapada en la piedra. Agua que el Conquistador había convertido en roca. Agua que todavía estaba viva, todavía latía, todavía quería fluir.

*Purifícala*, pensó Jen. *Purifica el agua dentro del ogro. Limpia la niebla. Saca lo que sobra.*

El agua de Jen se movió dentro del ogro como un río subterráneo, buscando la fuente, encontrando el punto donde la niebla del Conquistador se había enraizado en la criatura. Y entonces purificó.

El ogro rugió. Un rugido que sacudió la muralla, que hizo temblar las piedras, que resonó en todo el campo de batalla como un trueno. Luego, como un árbol que ha sido cortado en la base, se derrumbó.

La caída fue lenta, casi poética. El cuerpo de piedra se inclinó hacia adelante, con los brazos extendidos y la maza cayendo de sus dedos como un juguete que un niño ha dejado de sostener.

El impacto contra el suelo fue un terremoto que sacudió la muralla, que levantó nubes de polvo y de tierra, que hizo que los soldados del ejército retrocedieran como una ola que se retira de la orilla.

El ogro no se levantó.

—¡Bien! —gritó Malachi, desde la muralla este—. ¡La niña del agua ha matado al ogro! ¡Necesito una copa! ¡Dos copas! ¡Diez copas!

Jen se tambaleó. El poder que había usado para purificar al ogro la había vaciado, como si alguien hubiera abierto una compuerta en su interior y hubiera dejado salir todo el agua de una sola vez.

Las piernas le temblaron. Las manos le dolían.

El antebrazo le ardía donde los vasos sanguíneos se habían roto bajo la presión del agua.

Pero no cayó.

Porque Kaeros estaba a su lado, con las sombras moviéndose a su alrededor como un manto protector y una mano apoyada en su espalda con la delicadeza de alguien que sabe que está tocando algo frágil.