Fuego de los caídos CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—Escuchad —continuó Brokk, caminando hacia el centro del círculo con la determinación de un hombre que ha tomado una decisión importante y que no va a cambiar de opinión—.

Sé lo que estáis pensando. Sé que veis al monstruo.

Sé que veis al tirano. Sé que veis al hombre que ha acabado con seis resistencias en cuatrocientos años.

Lo sé. Y no os pido que dejéis de pensarlo.

Solo os pido que escuchéis antes de sacar las espadas.

Gorath abrió la boca para responder, pero Brokk se adelantó.

—Esta chica —dijo, señalando a Jen con la copa de cerveza—, la misma chica a la que condenasteis a muerte hace tres días, ha venido aquí con la verdad.

Toda la verdad. No la verdad que os han contado durante cuatrocientos años.

No la verdad que os han susurrado los ecos del Conquistador.

La verdad de verdad. Y si la escucháis, si tenéis el valor de escucharla, entonces tal vez, solo tal vez, tengamos una oportunidad de salir de esto vivos.

Gorath miró a Brokk. Miró a Jen. Miró a Kaeros. Los ojos pequeños y brillantes recorrieron el círculo de rostros que lo rodeaban, buscando apoyo, buscando confirmación, buscando algo que le dijera que estaba haciendo lo correcto.

—Habla —dijo Gorath, finalmente, con una voz que pretendía ser autoritaria y sonaba a cualquier cosa menos autoritaria—. Habla, Jen Delay. Y que los dioses tengan piedad de tus palabras.

Jen avanzó hasta el centro del círculo. Las cincuenta personas la miraron con rostros que oscilaban entre el miedo y la curiosidad y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Kaeros se quedó en la puerta, inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda y las sombras moviéndose a su alrededor como un manto silencioso.

Jen tragó saliva. El aire del sótano olía a sudor, a cerveza vieja, a pan recién horneado y a la desesperación acumulada de personas que llevan demasiado tiempo esperando algo que no llega.

Y entonces habló.

—Os he mentido —dijo Jen, con una voz que no temblaba—. O mejor dicho, me han mentido a mí y yo os he repetido la mentira. Porque eso es lo que pasa con las mentiras: se repiten. Se repiten tanto que acaban pareciendo verdades. Y luego las verdades suenan a mentira, porque nadie las reconoce.

El silencio era absoluto.

—Mi padre —continuó Jen, y cada palabra le supo a sangre—. Edrin. Ese es su nombre. Edrin. El héroe del Lago Espejo. El padre que sacrificó todo por la causa. El hombre que vosotros veneráis como a un dios. Ese hombre. Ese padre.

Jen hizo una pausa. El silencio era tan denso que podía sentirlo presionándole los tímpanos.

—Edrin es un traidor.

La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo.

El murmullo que recorrió el sótano fue unánime: cincuenta personas intercambiando miradas, murmurando entre sí, moviendo las cabezas con esa expresión de indignación que solo tienen las personas que creen que la verdad es una ofensa personal.

—Edrin —continuó Jen, con una voz más firme—, trabajaba para el Conquistador.

No para la resistencia. No para vosotros.

No para el mundo. Para él. El Conquistador lo encontró, lo convirtió, lo usó.

Le dijo: "Ten un hijo con la sirena. Críalo como un arma.

Márcalo. Y cuando esté lista, envíala contra Kaeros. "

El murmullo se intensificó. Gorath dejó la copa de vino sobre la mesa con un golpe seco. El elfo mayor de pelo blanco apretó la mandíbula. La mujer joven de los ojos grandes se llevó la mano a la boca.

—Yo soy ese hijo —dijo Jen, y la palabra le supo a sangre—. Soy el arma que Edrin forjó para el Conquistador. Soy la herramienta que criaron durante veintitrés años para matar a Kaeros. Soy la pieza que pusieron en el tablero hace mucho tiempo y que vosotros, sin saberlo, habíais estado moviendo.

El silencio era absoluto.

—Mi padre me golpeaba —continuó Jen, con una voz que ya no temblaba—.

Mi madre me entrenaba hasta que los dedos me sangraban.

Me negaron un helado de fresa durante diecisiete años.

Me negaron amigos. Me negaron juego. Me negaron todo lo que un niño necesita para crecer sano.

Y todo eso, todo ese dolor, toda esa soledad, todo ese sufrimiento, no era un sacrificio heroico.

Era un plan. Un plan del Conquistador. Un plan que Edrin ejecutó con la eficiencia de un verdugo y la conciencia de una piedra.

Jen se detuvo. El silencio era tan denso que podía sentirlo presionándole los tímpanos.

—Pero eso no es lo peor —continuó—. Lo peor es que vosotros lo sabíais.

O al menos, lo intuíais. Porque los héroes no crían armas.

Los héroes crían hijos. Y si alguien os hubiera dicho, hace veintitrés años, que un padre estaba criando a su hija como un arma contra el Conquistador, vosotros habríais dicho que eso no es heroísmo.

Que eso es otra cosa. Que eso es monstruoso.

El murmullo que recorrió el sótano fue más intenso que antes. Jen vio caras que oscilaban entre la duda y la indignación y la vergüenza.

—Pero nadie os lo dijo —continuó Jen—. Porque la resistencia no quiere héroes. La resistencia quiere soldados. Y los soldados no hacen preguntas. Los soldados obedecen. Los soldados creen. Los soldados mueren.

Jen hizo una pausa. Miró a Gorath. Miró al elfo mayor. Miró a la mujer joven. Miró a los cincuenta rostros que la rodeaban.

—Yo no soy una soldado —dijo Jen—. Nunca lo he sido. Soy una persona. Una persona que ha sido usada por su padre, por la resistencia, por el Conquistador, por todos. Pero que ahora, por primera vez en su vida, ha decidido que ya no quiere ser usada.

El silencio era absoluto.

—Y hay algo más —continuó Jen, con una voz que ya no temblaba—. Algo que vosotros necesitáis saber. Algo que cambia todo.

Jen se giró hacia Kaeros. Él estaba en la puerta, inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos grises clavados en ella. Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre, como animales que han aprendido a no temer a su dueño.

—Kaeros no es vuestro enemigo —dijo Jen, y la palabra le supo a algo que no sabía nombrar—.

Nunca lo ha sido. Kaeros es un hombre. Un hombre que el Conquistador ha usado durante cuatrocientos años igual que me ha usado a mí.

Un hombre que ha perdido su nombre, su memoria, su esposa, su libertad.

Un hombre que ha acabado con seis resistencias porque el Conquistador se lo ordenó.

No porque quisiera. Porque no tenía otra opción.

El murmullo era más intenso que nunca. Gorath dejó la copa de vino sobre la mesa. El elfo mayor apretó los puños. La mujer joven tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Pero ahora —continuó Jen, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—, algo ha cambiado. Las sombras del Conquistador se han debilitado. Su control se ha roto. Y Kaeros puede elegir. Por primera vez en cuatrocientos años, puede elegir no obedecer.

Jen hizo una pausa. El silencio era absoluto.

—Y ha elegido liberaros —dijo Jen—. Ha elegido liberar Draevorn.

Ha elegido luchar contra el Conquistador.

No por vosotros. No por la resistencia. No por mí.

Por sí mismo. Porque está cansado de ser un monstruo.

Porque está cansado de ser una herramienta.

Porque está cansado de que el mundo le diga quién tiene que ser.

Jen se giró hacia la puerta. Kaeros seguía ahí, inmóvil, con las sombras moviéndose a su alrededor como un manto silencioso.

—Pero necesita ayuda —dijo Jen—. Necesita soldados. Necesita guerreros. Necesita a vosotros. Porque el Conquistador ha enviado un ejército. Seiscientos soldados. Seis comandantes. Seis banderas. Y llegarán en tres días.

El murmullo que recorrió el sótano fue el más intenso que Jen había escuchado. Cincuenta personas hablando al mismo tiempo, murmurando, gritando, gesticulando. El ruido era ensordecedor, como el de una colmena agitada.

Y entonces Brokk habló.

—¡Silencio!

La voz del enano resonó en el sótano como un trueno. Cincuenta personas cerraron la boca al mismo tiempo, como si alguien hubiera cortado el ruido con unas tijeras.

—Escuchad —dijo Brokk, caminando hacia el centro del círculo con la determinación de un hombre que ha tomado una decisión y que no va a cambiar de opinión—.

Sé que es difícil. Sé que duele. Sé que todo lo que habéis creído durante cuatrocientos años se está derrumbando como un castillo de naipes.

Lo sé. Pero dadme un minuto. Un minuto para deciros algo que llevo ochenta años queriendo decir.

Gorath lo miró. El elfo mayor lo miró. La mujer joven lo miró. Cincuenta personas lo miraron.

—Yo conocía a Edrin —dijo Brokk, con una voz que ya no tenía nada de enano borracho—.

Lo conocí antes de que fuera un héroe. Antes de que la resistencia lo convirtiera en una leyenda.

Lo conocí cuando era un elfo con cara de pocos amigos y manos que temblaban cuando alguien le mencionaba al Conquistador.

Y os digo una cosa: nunca creí en él. Nunca.

Porque los hombres que tiemblan demasiado no son héroes. Son hombres que esconden algo.

El silencio era absoluto.

—Jen tiene razón —continuó Brokk—. En todo.

En cada palabra que ha dicho. Edrin era un traidor.

La resistencia ha sido una herramienta del Conquistador durante cuatrocientos años.

Y Kaeros no es el enemigo. Nunca lo ha sido.

El enemigo siempre ha sido el mismo: la niebla.

La voz en la oscuridad. El ser que controla todo desde las sombras.

Gorath dejó la copa de vino sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Y qué propones? —preguntó, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada.

—Propongo que luchemos —respondió Brokk—. Que luchemos de verdad. No contra Kaeros. No contra Jen. No contra nosotros mismos. Contra el Conquistador. Contra el ejército que se acerca. Contra cuatrocientos años de mentiras.